domingo, 29 de noviembre de 2009

Poder creativo y globalización


Acabo de leer el interesante libro de Emilio Ruiz Barrachina: Brujos, reyes e inquisidores. Me han llamado la atención sus reflexiones de las últimas páginas, donde afirma que el talón de Aquiles del actual sistema global es la anulación de la participación de los ciudadanos en el continuo avance político de nuestra sociedad, lo cual está terminando por ahogar muchas de sus libertades. El miedo y la intolerancia no pueden ser el motor exclusivo de un sistema de poder, por lo que la política, con su capacidad regenerativa, deberá desempeñar un papel importante en el futuro a la hora de manejar la globalización dentro de una equidad y unos valores diferentes a los que hoy propone el capital.

Pero, como afirma Ruiz Barrachina, el primer paso debe darlo el individuo, pues en él reside la capacidad de cambio. Cambio que sólo llegará a través de la creatividad, el intelecto, la educación, la cultura (por algo se dice que un pueblo es su cultura y poco más), la comunicación y todo aquello capaz de generar un poder constituyente. El individuo, y por ende la sociedad, debe reapropiarse de las fuerzas creativas y de los valores positivos de los que hemos sido expropiados -cuestión que se adivina un poco lejana ante la incultura, fanatismo, intolerancia, superstición y borreguismo campante que todavía pululan por el mundo. En cualquier caso, el ser no tiene por qué buscar las soluciones fuera de su propia historia y de su fuerza creativa.

El producto fundamental del poder creativo, continúa, tendría que suponer el libre y solidario acceso al conocimiento, a la comunicación, a la información veraz, a la producción inteligente, a la libertad de conciencia, a un autocontrol no programado, sino libre y basado en unos derechos y deberes justos. Es decir, a una democracia real y absoluta de modo que, al ocaso de la globalización económica deba seguir una globalización humana y democrática de nuevas libertades y responsabilidades.

Olvidamos que somos seres sociales y que la sociedad debe estar organizada poniéndose al servicio del ser humano. Por lo tanto, como ciudadanos construimos la sociedad en la que vivimos y debemos ser parte activa de ella, pues es también responsabilidad nuestra, en lugar de lamentarnos y echar las culpas a otros.

martes, 24 de noviembre de 2009

Renovarse o morir




Me comenta Guillermo Ballenato, asesor psicopedagógico de la Universidad Carlos III de Madrid, que ante las adversidades desarrollamos potenciales que, de no haberlas sufrido, no hubiésemos sabido jamás que teníamos. De este modo, situaciones adversas y que para nosotros resultan conflictivas constituyen la base de nuestro desarrollo y pueden anunciar una buena oportunidad para nuestro crecimiento y transformación.

Para Ballenato desarrollaremos nuestras habilidades personales si reflexionamos sobre nuestras opiniones y las de personas allegadas acerca de nuestras capacidades; si establecemos y clarificamos nuestras metas personales o profesionales; si mantenemos a punto nuestro método y herramientas para aprender, actualizando nuestros conocimientos y desarrollando habilidades; si mantenemos la motivación, la disposición para el trabajo, la constancia y la resistencia a la frustración, desarrollando la capacidad de aprender de la experiencia para convertir los fracasos en oportunidades, abriendo la mente para encontrar perspectivas y soluciones nuevas, arriesgando y rompiendo con la rutina e innovando; si desarrollamos las habilidades sociales y de comunicación tales como la empatía, la escucha, la flexibilidad, la asertividad y la habilidad para negociar; si administramos y gestionamos de modo eficaz nuestro tiempo. Y si, finalmente, desarrollamos las habilidades necesarias para coordinar nuestro entorno con entusiasmo y motivación.

Superar la adversidad puede estar relacionado con lo que entendemos por resiliencia, un término que desconocía hasta ahora que proviene del latín, de resilio, que significa volver atrás, volver de un salto, resaltar, rebotar; y que fue adaptado a las ciencias sociales para caracterizar a aquellas personas que, a pesar de nacer y vivir en situaciones de alto riesgo, se desarrollan psicológicamente sanos y exitosos.

Por eso, la resiliencia quiere potenciar nuestra capacidad de respuesta, nuestra capacidad para afrontar situaciones de crisis y encontrar una manera de superación a través de las herramientas adecuadas para afrontarlas.

Aunque hay que superar y crecerse ante la adversidad, también es cierto que hay que aprender a detectar prioridades, a marcar plazos, a distinguir lo importante de lo urgente y a buscar intensidad en lo que hacemos. Nos encontramos en un momento de cambio evidente, en el que las fórmulas aplicadas sistemáticamente durante años han pasado, en un periodo terriblemente corto, a convertirse en realidades obsoletas de nula rentabilidad. Es, probablemente, el momento de abrir nuestra mente, de explorar nuestras posibilidades para adaptarlas a los nuevos lenguajes, a los nuevos medios, a los nuevos públicos, porque nunca aquella máxima de renovarse o morir estuvo tan vigente. Y yo no tengo espíritu de dinosaurio.

domingo, 22 de noviembre de 2009

MOUNSTROS





Javi Munárriz Pérez. 8 años. Benicàssim (Castellón)

Dime cómo eres y te devolveré tu imagen


Estando en Castellón, me anima a comenzar este blog el interesante artículo que M.A. Sánchez Vallejo publica en la sección “Vida & Artes” de la edición digital del periódico "El País" del día 22 de noviembre, en el que afirma que si la reputación es la opinión o consideración en que se tiene a alguien o algo, tener una -a ser posible positiva- en un mundo expuesto a la visibilidad social gracias a las nuevas tecnologías, resulta una tarea más ardua que nunca. La reputación es, hoy, una unidad de medida del crédito, la confianza o el respeto que despertamos en terceros; un criterio valorativo que, lejos de la añeja categoría moral que en su día fue, los demás enarbolan al referirse a nosotros. Y ya no es la heredera directa de la honra clásica, ni suele acompañarse, como hace pocos años, de calificativos como "dudosa" o "equívoca", que sentenciaban moralmente. Es decir, ya tiene poco que ver con un juicio de cintura para abajo, porque es un instrumento que formula nuestro prestigio en términos pretendidamente objetivos.

La raíz de todas las reputaciones que en el mundo son radica en la valoración exterior que se hace sobre un individuo. “La reputación nos la dan los demás, y está muy relacionada con la imagen que uno quiere dar”, señala la psicóloga Laura Rojas-Marcos, para quien "la reputación tiene mucho que ver con cómo nos percibimos a nosotros mismos y por tanto con nuestra autoestima, pero también con la imagen que los demás tienen de nosotros. Hay un efecto espejo: damos una imagen que vuelve a nosotros modificada o transformada por la opinión de aquellos con los que nos relacionamos", afirma.

Pero incluso la reputación como arma de doble filo es una realidad insoslayable, puesto que a través de las nuevas tecnologías se puede destruir la reputación de una persona por completo desde un comentario colgado en una red social a una imagen enviada por móvil, porque el efecto de las nuevas tecnologías trasciende tu círculo y tiene consecuencias globales.

En el ámbito individual, el boca a boca de antaño, por el que la comunidad se transmitía información sobre algo o alguien, está siendo sustituido por consultas en buscadores de Internet y, cada vez más, por el ingente tráfico de información que mueven las redes sociales.

Es por eso por lo que el profesor Enrique Dans afirma que "pretender controlar lo que dicen de nosotros es un error; es imposible encontrar a alguien con una cierta visibilidad que no tenga detractores. Uno no puede aspirar a gustar a todo el mundo”. La crítica, en un mundo tan libre como Internet -"y que nos desinhibe tanto" -, no escasea, así que las sorpresas pueden ser frecuentes. Así pues, añade, "ante una crítica negativa sobre nuestra persona, hay que tener la habilidad política suficiente para no contestar”.

Corporativa o individual, expuesta o no al escrutinio público -aunque, por definición, la reputación siempre es social-, esa fama que nos precede y que proyectamos como una sombra nos acompaña siempre. En mayor o menor medida, eso sí. Ya lo dijo Rousseau: "La reputación de un hombre es como su sombra, unas veces parece más larga que él y otras más corta".