domingo, 25 de abril de 2010

Campanas de vacío


Casi todas las librerías son para mí como campanas de vacío en la vorágine de la ciudad. Un lugar donde el tiempo queda detenido, en el que los ruidos del tráfico rodado y los empujones de las aceras repletas de gente ensimismada en sus ocupaciones cotidianas no logran acceder, a pesar de encontrarse, simplemente, al otro lado de las cristaleras de la entrada. Pero a diferencia de las campanas de vacío, las librerías no son un espacio de experimentación, sino un lugar de encuentro.

Mi librero se llama Ismael y, aunque lo suyo es la venta de libros, la realidad es que en su librería puedo actuar como si estuviese en mi casa, porque es un lugar en el que puedo pasear por las estanterías disfrutando serenamente de la compañía muda de los cientos de libros allí expuestos, sin sentir la mirada atenta o la no solicitada asistencia de ningún dependiente. Porque en la librería de Ismael se puede leer, hojear, incluso tomar un café, y por supuesto conversar, especialmente de libros.

Por estas razones, cada vez que voy allí siento la sensación que me provoca una gran librería inabarcable, un lugar lleno de libros ordenados que constituyen un espectáculo en sí mismos: desde los libros-regalo de fotografía que miran a la calle en los escaparates, a las novelas de bolsillo; desde los libros de música, cine e historia de la planta baja, a las últimas novedades editoriales… todos sin excepción me esperan y se muestran a mi servicio para que pueda seguir disfrutando de uno de los actos más placenteros y libres que nos quedan, el de la lectura.

Porque, y por supuesto, no es necesario esperar a que vuelva a ser Sant Jordi para comprar un libro.

Imagen: cartel de la Feria del Libro de Madrid 2010

martes, 13 de abril de 2010

Actos de poder


Dante, con seguridad el poeta más perfecto que ha dado la humanidad, afirma en el Canto III de La Divina Comedia que es en los rincones más oscuros y recónditos del averno, bajo un cielo sin estrellas, donde resuenan los suspiros, quejas y profundos gemidos de las tristes almas de los que vivieron sin merecer alabanza ni vituperio y de los que, por lo tanto, el mundo no conservará ningún recuerdo. Su gravísima falta consistió en que no se comprometieron ni con el bien ni con el mal; su falta consistió en que no vivieron para el bien de otros, sino que su vida la reservaron para ellos mismos. Su falta consistió en la omisión del compromiso, en elegir un camino intermedio y no definirse con ardor ni para el bien ni para el mal.

Hoy siento la necesidad de revelarme en contra de aquellos que cada día se vuelven más acomodaticios y del silencio cómplice de los que no quieren exponerse a nada, porque, en contra de su parecer, ni el compromiso está pasado de moda ni adoptar posturas críticas es inconveniente.

En nuestro día a día abundan los motivos de ofensa, pero aceptamos los convencionalismos, las obediencias, el silencio… y no hacemos nada por cambiar el ambiente cada vez más insufrible que nos oprime y nos sume en una especie de tristeza ambiental y anodina en la que parece que lo más oportuno es pasar lo más desapercibido posible.

Afortunadamente, frente a los sumisos, los desmotivados, los gregarios, los aduladores y los hipócritas que nos agreden con su actitud la convivencia cada día, quedan algunas personas que con su compromiso, y el precio que están dispuestos a pagar por ello, lograrán que los que vengan tras nosotros disfruten como realidades nuestros sueños utópicos.

Pero lo más fácil es echar las culpas de lo que nos ocurre siempre a los demás porque, evidentemente, una parte de lo que somos o tenemos se debe a las circunstancias, a factores que están fuera de nuestro control. Pero, qué duda cabe que otra parte se debe a nuestra actitud, a nuestro compromiso. Por eso es imprescindible ejercerlo para construir realidades con las que nos sintamos, al menos, un poco más identificados en lugar de dejarnos llevar y acomodarnos como uno más de la manada.

miércoles, 7 de abril de 2010

Fuera de ruta


Da la impresión de que hoy en día el que no viaja, a ser posible, en navidades, pascua y verano, es porque es un don nadie o un aburrido de manual. Lo que importa es viajar, a ser posible al lugar más exótico y lejano posible donde, con toda seguridad, o nos moriremos de frío o de calor, los fiordos noruegos en navidad o las pirámides en verano, y donde nos encontraremos, sin ningún género de dudas, con miles de personas con el mismo plan que nosotros.

Sin embargo, no caemos en el detalle de que lo que hacemos, en lugar de viajar, es desplazarnos. Vamos de un lugar a otro apelotonados en una línea aérea de bajo coste para, una vez en la ciudad escogida, seguir el itinerario previsto desde nuestras casas, el mismo que habrán realizado incontables turistas inmediatamente antes que nosotros y que harán otros tantos inmediatamente después de nuestra partida, entrando así a formar parte de un mecanismo imaginario que nunca se detiene.

Qué duda cabe que antes iniciar el viaje habremos imprimido la previsión atmosférica del destino de nuestras vacaciones, habremos visto las prestaciones del hotel en su página web y las valoraciones que otros turistas dejaron online que, además, nos sugerirán las mejores horas para no hacer cola en el museo emblemático de la ciudad, el mejor lugar para tomar la comida típica de la zona así como los recuerdos que bajo ningún concepto debemos dejar de comprar para que, una vez llegados a casa, no sepamos dónde meter.

Pero eso no es viajar. Viajar es perderse sin prisa para poder descubrir. Por eso hoy quiero compartir dos descubrimientos fuera de ruta que por sí mismos merecen el viaje.

Uno de ellos es la farmacia del convento-iglesia de Santa María Novella de Florencia, creada por los frailes dominicos en 1221, y considerada la más antigua de Europa.

Los frailes, que con gran dedicación se entregaron al cultivo de hierbas y plantas, aplicaron éstas a la realización para su enfermería, de medicamentos, preparados y otros ungüentos de utilidad. Con el paso del tiempo, y viendo la eficacia y demanda de los productos, en 1621 abrieron la farmacia al público, concediéndole el duque de Toscana el título de "Botica de Su Alteza Real".

Su fama llegaría en el siglo XVIII hasta Asia, momento en el que con la desamortización de los bienes de la iglesia, pasaría a manos del Estado en 1866, que cedió su utilización al sobrino del último fraile director, cuya familia ha mantenido desde entonces su dirección y propiedad.

Entre los productos más antiguos fabricados en esta farmacia destaca la fragancia Acqua della Regina, que según historiadores fue preparada por los monjes para la reina de Francia Catalina de Médicis y aún se sigue fabricando con los mismos ingredientes, así como el agua de lavanda, jabones de oliva y con perfume o el aceite de baño.

El segundo lugar son los almacenes Liberty de Londres, cerca de Carnaby Street, fundados por Arthur Lasenby Liberty, que abrió en 1875 su primera tienda de sedas orientales en Regent Street. Entre sus primeros clientes figuraban artistas como Ruskin, Rossetti y Whistler. Muy pronto sus estampados y diseños, realizados por artistas como William Morris, personificaron el movimiento arts and crafts de finales del XIX y principios del XX.

El edificio actual, de estilo Tudor y con cierto aire rural data de 1925 y se construyó específicamente para albergar estos tradicionales almacenes. Al entrar en él, el turista descubre multitud de artículos realizados con sedas estampadas a mano y demás artículos orientales. La tienda mantiene estrechos lazos con artesanos de todo el mundo: alfareros, joyeros y diseñadores de muebles. De hecho la planta superior alberga muebles art nouveau, art déco y del moviento arts and crafts.

En estos dos lugares el tiempo parece haberse detenido y podemos sentir la sensación de estar en un lugar absolutamente diferente de los que nos proponen las guías de viaje. Por eso, si alguien conoce lugares de este tipo estaré encantado de que los comparta conmigo.

jueves, 1 de abril de 2010

A single man


Si entendemos que arte es lo que queda cuando olvidamos cómo era la obra en sí, podría decir que para mí arte es la banda sonora de A Single Man. Aunque hace más de un mes que fui a ver la película de Tom Ford y solo recuerdo ya de ella su exquisita perfección formal, su cuidadísima estética y la sensibilidad que ha demostrado el director para narrar la historia, la cuestión es que es su música la que me persigue a todas horas y ha pasado a formar parte de mi banda sonora particular.

Si hay algo que ocurre con la música de cine actual es que a veces se echa en falta la capacidad de emocionar. Sin embargo, en "A Single Man", Abel Korzeniowski, su autor, con la colaboración de Shigeru Umebayashi, ha creado una banda sonora basada exclusivamente en ese elemento, una de esas bandas sonoras que hacen que te enamores de la música de cine.

La película, que adapta la novela del mismo título de Christopher Isherwood, está ambientada en Los Ángeles en 1962. Narra la historia de un profesor universitario británico de 52 años que lucha por encontrarle sentido a su vida tras la muerte de su pareja, Jim. George rememora el pasado y no consigue ver su futuro mientras lo seguimos a lo largo de un único día, en el que una serie de sucesos y encuentros lo llevan a decidir si la vida tiene sentido sin Jim. De ahí que para el director “A single man” sea una historia romántica sobre el amor interrumpido, sobre el aislamiento que forma parte inherente de la condición humana y, en definitiva, sobre la importancia de los momentos aparentemente insignificantes de la vida.

Profundamente melancólica, sofisticada y profunda, la banda sonora nos permite interiorizar en el alma del protagonista y se integra a la perfección en el paisaje de la película. Así, las notas dan la sensación de pérdida que sufre el personaje, exploran emociones como la melancolía, la tristeza, la desesperación, e incluso el momento en el que uno siente que la vida ya no merece la pena. Y con ello Korzeniowski consigue, además, que nos sintamos en la piel del protagonista de la película.

La elegancia y clase de la música se hace evidente mientras uno la va escuchando. Pero además el torrente de emociones con que nos vamos encontrando, que representan todas aquellas que el protagonista debe ocultar y mantener escondidas, hace difícil que, por momentos, no lleguemos a conmovernos.

Un resultado realmente brillante.