martes, 27 de julio de 2010

Un verano en Edimburgo. 2: I don’t feel abroad


I don’t feel abroad. Sin embargo, aunque ya me siento como uno más de esta ciudad, hay ciertos detalles cotidianos a los que todavía no me he acostumbrado que me delatan como recién llegado… o bastante atolondrado si queremos ajustarnos a la realidad de las cosas.

Hoy, sin más, he dado demasiadas pruebas de ello. A media mañana, excepcionalmente, el sol se ha prodigado en todo su esplendor. Aprovechando el momento nuestra profesora Maggie nos ha sugerido hacer la clase al aire libre y nos han sorprendido al proponernos ir nada más y nada menos que al cementerio de Dalry, un lugar decimonónico formado por una gran extensión de árboles y césped lleno de tumbas con sus viejas lápidas erosionadas por la humedad y caídas por el paso del tiempo que pareciera sacado de una novela romántica.

Nos ha dado una hoja y nos ha pedido buscar adjetivos en los epitafios. En un momento dado he apoyado el dedo en una de de las inscripciones para indicarle a una compañera  que había encontrado uno de ellos. En ese momento no sé qué es lo que ha pasado, pero he notado cómo se vencía aquella gran placa de piedra de unos dos metros de altura que ha pasado a escasos centímetros de mi cara hasta llegar al suelo haciendo sonar un mudo “ploffff” al caer encima del césped. Ante el grito de mi compañera Raghdah todos han girado sus miradas hacia nosotros. Yo estaba blanco y petrificado.

Maggie me ha llevado a la entrada del cementerio para  que leyese la inscripción de una placa  que recomienda no acercarse las tumbas porque son inestables, y ha decidido dar por concluida la clase.

Al salir del cementerio, tras mirar a la izquierda y ver que no venía ningún coche, he puesto el pie en la calzada para cruzar la calle. En ese momento un autobús de dos pisos ha aparecido de la nada y nuevamente he sentido la sensación de velocidad a escasos centímetros de mi nariz. El ritmo cardíaco en esta ocasión se me ha acelerado a dos mil por hora. Había olvidado que aquí el tráfico circula al revés.

Por ello, Maggie nos ha llevado a clase por un sendero que sigue el curso del Union Canal, que atraviesa la ciudad. Pasear por estas tranquilas vías verdes es un auténtico placer para los sentidos. Para el placer de los demás... porque en un momento dado he empezado a gritar la única palabra que me venía a la mente en inglés: “Danger, danger, danger!” señalando a un cocodrilo que venía directamente hacia nosotros. Yo estaba muerto de miedo. Al momento, cuando mi miopía me ha permitido ver las cosas con más claridad me he dado cuenta que era un patito marrón nadando tranquilamente que dejaba una estela que se confundía con la rugosa espalda del reptil. Mientras mis compañeros me miraban expectantes esperando a que les dijese cuál era el peligro, me he dado cuenta de lo muy improbable que es que un cocodrilo nade en libertad por estas frías aguas, por lo que cuando me he tranquilizado nuevamente, y todos mis compañeros han dejado de reír tras mis explicaciones, mi profesora Maggie nos ha propuesto ir el próximo domingo a buscar más adjetivos al jardín botánico. Pero con una condición: que no me acerque a las plantas carnívoras y que sea very, very, very, very careful.


domingo, 25 de julio de 2010

Un verano en Edimburgo. 1: El cultivo de las formas


Por fin me he decidido a aprender inglés.

Durante mi adolescencia el paso por el instituto o la facultad, más que un deseo de estudiar fue un requisito, un trámite obligado para mi vida profesional futura. Sin embargo, en este momento, con el bagaje que la vida me ha ido dando, la experiencia del aprendizaje se convierte en un descubrimiento, en un deseo, porque el objetivo hace tiempo que dejó de ser aprobar un examen.

He venido hasta aquí para volver a clase a los 40 años, y aunque en esta fase solo será por un corto espacio de tiempo, no deja de ser gracioso que a estas alturas de mi vida deba cumplir ciertas normas escolares que había olvidado, como pedir permiso para ir al servicio entre clase y clase o almorzar cuando el horario académico así lo establece.

Hoy tocaba visitar la Galería Nacional de Edimburgo. Un museo a escala humana con una escogida colección de obras de los mejores artistas del Renacimiento al Postimpresionismo, completamente alejado de la idea de los macromuseos que adolecen de un gigantismo que los hace inasimilables e inabarcables.

Tras pasarnos medio día leyendo y traduciendo decenas de cartelas de cuadros y esculturas, al acabar la visita he ido al aseo. Al lavarme las manos me ha sorprendido un cartel en el espejo del lavabo puesto por la dirección del centro pidiendo disculpas por la sustitución temporal de la grifería que se ha roto en uno de los dos lavabos existentes. El museo ha encargado la fabricación de un grifo igual al anterior, pero mientras esto ocurre lo han tenido que sustituir por uno de diseño actual, de modo que en este momento hay dos lavabos con grifos de diferentes modelos. El museo entiende que esta solución es, por tanto, provisional y no válida.

Lo que para algunos no deja de ser un exponente más de la cultura británica del “yes, please” y el “no, thanks”, de un país en el que cuando el autobús está fuera de servicio un enorme “Sorry” ocupa el lugar normalmente destinado al número y destino del mismo en lugar de los lacónicos anuncios a los que estamos acostumbrados en nuestro país, a mí me parece el colmo del perfeccionismo y del respeto al usuario.

Todos vivimos cerca de alguna fachada trufada de antenas parabólicas de todos los tamaños imaginables y balcones llenos de tendederos con ropa de todos los colores conviviendo con bombonas de butano de estridente color naranja. Todos pasamos cada día por una acera a la que un aparato de aire acondicionado expulsa su tórrida corriente de aire reseco. Y todos vivimos en edificios en los que el vecindario ha ido cambiando las puertas de sus casas hasta convertirlos en el más completo muestrario de modelos, materiales y estilos existentes en el mercado. Solo por citar algunos ejemplos.

El cultivo de las formas, aunque solo sea una apariencia que para muchos será pura hipocresía, para mí hace que la vida sea mucho más agradable. Ahora comprendo por qué a mi profesora no le suena de nada un personaje de cómic tan genuinamente español como es Pepe Gotera y Otilio.

martes, 13 de julio de 2010

UBUNTU. Sudáfrica: El triunfo de la concordia


Las casualidades de la vida han hecho que mientras España ganaba la Copa del Mundo yo estuviera leyendo, a instancias del editor Jordi Nadal, el mismo libro que Vicente del Bosque: Ubuntu, Sudáfrica: El triunfo de la concordia, en el que se demuestra, una vez más, que el espíritu de equipo es la clave para poder llevar adelante grandes proyectos, para culminar los sueños de muchos.

Paradójicamente, como afirma el antropólogo Eudald Carbonell la conducta humana está repleta de inercias del comportamiento etológico de los primates: la necesidad de establecer fronteras y territorios, las jerarquías sociales, las conductas agresivas… Si falta pues un paso en la evolución para que la sociedad pueda ser, realmente, una sociedad humana, la filosofía del espíritu ubuntu es la que nos propone avanzar en este camino, ya que emociones negativas como el odio, el resentimiento o la agresividad contenida además de impedirnos el acercamiento a los demás repercuten indiscutiblemente y en todos casos negativamente sobre nosotros mismos.

Recuerda Albert Figueras que la huella más dolorosa y duradera en la memoria y la conciencia de los africanos ha sido el desprecio, la humillación y el sufrimiento, que ha creado en ellos un complejo de inferioridad y un sentimiento de daño moral jamás reparado que anida en lo más profundo de sus corazones.

¿Cuáles fueron pues las herramientas utilizadas por Nelson Mandela y Desmond Tutu, figuras clave en el cambio de rumbo radical experimentado por Sudáfrica hacia el progreso a partir de la salud y el bienestar en lugar de la autolesión y de la autofagia? Curiosamente, para alguien como Nelson Mandela, que ha tenido la capacidad para entusiasmar, para convencer y para movilizar, “no es tan difícil cambiar la sociedad; puesto que lo realmente difícil es cambiarse a uno mismo”.

Pero a los seres humanos no siempre nos mueve la bondad y la candidez; el ser humano se guía a menudo por la venganza, el odio o el egoísmo. Y la reconciliación o el perdón, igual que la solidaridad, son conductas que requieren un esfuerzo con el fin de que el cerebro pase del yo hasta el nosotros. El fundamento a las respuestas humanas está pues en dos elementos simples: química y electricidad. Todos los hombres, incluso los que parecen tener la sangre más fría, son capaces de cambiar. El ubuntu requiere pues movilizar resortes de la conducta humana que no siempre son fáciles de articular pero que, cuando se consigue hacerlo, provocan un impacto extraordinario.

¿Qué es lo que provoca entonces que algo conceptualmente tan sencillo sea tan complicado de llevar a la práctica? Probablemente la propia naturaleza de la especie humana y el funcionamiento de su cerebro, lleno de miedos, prejuicios, envidias y anhelos materiales. Pero, si como afirma Albert Figueras, una persona sólo es persona a través de otras personas y el hecho de estar rodeado de personas felices incrementa la probabilidad de que uno también se sienta feliz, mi reto ahora es hacer que se rían igual de fuerte que yo los que con tanta insistencia me piden que no lo haga de una manera tan sonora.


miércoles, 7 de julio de 2010

La sal de la vida


Mi perra Senda y yo somos de naturaleza independiente y templada. Por eso convivimos perfectamente en nuestro piso. Ella hace su vida y yo la mía, respetamos nuestro espacio y no hay conflicto posible. Y esta es la razón por la que me identifico con ella cuando vienen visitas a casa fuera de hora y quieren hacerle bromas a pesar de que haya decidido que es hora de dormir. Aguanta estoicamente las primeras gracias, gruñe cuando empieza la cosa a durar demasiado y a nada que te descuides te da un mordisco si no tienes en cuenta sus mensajes de aviso.

Aunque no lo parezca, tiene que ver todo esto con el acupuntor al que acudo todos los sábados para unas sesiones que alivien unos dolores cervicales que tengo desde hace tiempo. Mientras me va poniendo las agujas, como para dar tema y que no me aburra, me va contando lo mal que va todo en un tono resentido del que se sabe poseedor de las soluciones para todos los temas, pero tenidas en cuenta por nadie. Entre “ya lo decía yo” y “yo ya lo había dicho” escucho sus argumentos tendido medio desnudo en una camilla sintiendo cómo mi tensión cervical en lugar de calmarse se va acusando semana a semana. Y es que al terminar cada sesión me siento como los toros en la plaza. Cuando no puedo más y le rebato alguno de sus argumentos entonces me pone una de sus agujas que siento perforarme la piel como si fuese una auténtica banderilla. De modo que al llegar a casa no me queda otra que acostarme y dejar que mi añorada templanza vuelva de nuevo a mí.

No podía imaginar que la respuesta estaría en el libro de Ana Gavalda “La Sal de la vida”, un libro de pocas páginas que pareciera a priori lectura de una tarde de verano, que cuenta cómo Garance, Lola y Simon huyen de una aburrida boda familiar a la que acuden por compromiso para ir a encontrarse con su hermano, dejando plantadas en la iglesia y sin avisar a la madre de todos ellos y a la mujer del último. Desde el primer momento no pude parar de leer esta historia, que podría ser la de cualquiera de nuestras vidas, ya que la identificación que se puede sentir en la novela va en aumento cuanto más profundas son las reflexiones sobre el sentido y la importancia de quién somos, de quiénes nos rodean y por qué estamos con ellos.

Por eso necesitaba llegar al final de “La sal de la vida”. Sin embargo, hasta que la respuesta llegó no pude evitar recordarme una y otra vez en la camilla con las agujitas clavadas al cuerpo y mi ceño fruncido. Pero ahora, al fin, he logrado entender lo mal que he llevado esta situación. Paradójicamente, nunca una lectura tan divertida había resultado para mí tan terapéutica.

Les aseguro que cuando en la próxima sesión mi acupuntor intente clavarme con ahínco sus banderillas no logrará ni inmutarme, porque desde ya les digo que he dejado de ser toro de lidia. La solución está en tan sólo 156 páginas.

domingo, 4 de julio de 2010

Todos somos otro

Desde hace meses planea en la oficina el temor de despidos y reajustes y aunque intento controlar los nervios, puede, según indican todos los rumores que circulan por los pasillos, que sea el próximo en ser remplazado. Hemos aprendido a cuidar el puesto esmerándonos para fingir estar ocupadísimos. Pero tal estratagema que no logra engañar a nadie, de nada servirá llegada la hora final. Con mansedumbre, porque ningún argumento logra modificar la sentencia de nuestros superiores, he visto ya cambiar tantas caras que cada cambio, cada traslado, indica que nadie es dueño de nada y es percibido por los que quedan como una advertencia que no podemos más que aceptar.

A la preocupación por perder el puesto, una obsesión que todos compartimos en los corrillos cuando creemos que el jefe no nos ve, se ha unido la de sentir permanentemente miradas sospechosamente escrutadoras en la nuca por parte de unos y otros y la rara sensación que produce que al entrar en otros despachos con alguien hablando por teléfono interrumpa enseguida la conversación que pasa a ser de monosílabos para finalizar con un apresurado ya te llamaré luego. Entonces no puedo evitar pensar que en esas conversaciones aparentemente secretas debe haber algo en mi contra. Por qué no pensar que se están registrando mis movimientos a pesar de que me considere un empleado servicial y que nunca pretendí, en mi deseo empecinado de pasar inadvertido, destacarme perjudicando al prójimo.

En este combate de todos contra todos y sálvese quien pueda es inevitable sentir la sensación de que nadie puede confiar siquiera en su propia sombra y aunque algunos de mis compañeros parezcan incapaces de matar a una mosca, no me cabe duda alguna de que en el momento menos previsto, y de presentarse la oportunidad, podrían cometer un acto visto ahora como improbable.

Esta situación que me socava los nervios ha hecho que pierda mi capacidad de reflexión. Ha llegado el momento de saber qué es lo que hay al final de este túnel porque el temor retumba permanentemente en mis sienes y de seguir así me van a estallar en mil pedazos.

Pero no, no se alarmen. Esta no es mi vida, ni la suya, aunque no me negarán que lo parece. Y sí, por el contrario, no deja de ser el retrato fiel de un número cada vez mayor de personas en su rutina laboral cotidiana.


El oficinista es la novela con la que Guillermo Saccomanno, un gran desconocido en España hasta que ganó este año el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral, nos adentra en el ambiente gris de una oficina de un futuro aparentemente inmediato. Nos reconocemos en el protagonista y, al tiempo, nos asusta que lo leído sea posible, de que sea probablemente la lectura de nuestra vida misma. De que nos haga despertar para descubrir cuál es nuestro verdadero papel en nuestra competitiva sociedad presuntamente democrática en la que solo sobreviven los más aptos.

¿Qué puede hacer el oficinista para olvidar quién es? ¿Qué puede hacer para no sentirse un perdedor de escritorio en su ciudad apocalíptica?... ¿Puede ser otro?.