martes, 31 de agosto de 2010

Reinventarse


Hablaba el otro día con Jordi Nadal, director de Plataforma Editorial, sobre lo importante que ha sido para mí este verano la posibilidad de verme desde fuera y cómo al poner tierra de por medio percibimos todo de otro modo e incluso con mayor claridad y objetividad. Y, aunque seis semanas no son mucho tiempo, sí que es un periodo lo suficientemente largo como para poder desconectar y vivir una realidad diferente a la habitual. Varias horas después un mensajero me entregaba el ensayo “Reinventarse”, recientemente publicado en Plataforma, que me lo iba a aclarar todo mucho mejor.

En este trabajo el Dr. Mario Alonso Puig reflexiona sobre el hecho de que al enfrentamos a determinados problemas y obstáculos que nos encontramos en nuestras vidas nos quedamos paralizados, porque nos invade la convicción de que no podemos hacer nada por resolverlos. En otras ocasiones estamos rodeados de personas que son como agujeros negros que merman nuestra energía, nuestra eficiencia y nuestra salud porque parece que disfruten recordándonos de manera continua todo lo que está mal y todo lo que hay de defectuoso en nosotros o en los otros. Por eso, cuando llegamos al punto en el que decidimos “hasta aquí”, “se acabó”, “así no sigo”, y resolvemos dar un paso adelante rompiendo los límites aparentes damos un salto al vacío. Y es en ese momento, al provocar el cambio, cuando el gusano que nos hemos creído, o nos han hecho creer que somos, empieza a convertirse en mariposa.

Plantea también la reflexión de cómo construimos nuestra identidad, nos aferramos y nos identificamos con ella resistiéndonos, por ello, al cambio. Incluso aunque haya estados que nos dejan congelados y nos generan un enorme sufrimiento, aceptando la cotidianeidad en la que vivimos atrapados sin darnos cuenta. Lamentablemente, los años pasan y, con no poca frecuencia, vemos que las situaciones se repiten. Y, al igual que el agua acaba erosionando la piedra, la sensación de que “todo sigue igual” va erosionando nuestra moral hasta que concluimos que ni se puede cambiar ni el cambio es posible.

Y la realidad, afirma Alonso Puig, es que tenemos recursos, fortalezas y talentos por descubrir. Sin embargo, nos aferrarnos a lo conocido y eso nos impide adentrarnos en otros espacios de descubrimiento y evolución. Por eso es necesario cambiar la forma de ver las cosas, porque una vez que lo hacemos todo cambia por sí mismo. De ese modo nos adentramos en el terreno de los estados de ánimo que generan salud y vitalidad, que ayudan al despliegue de la inteligencia y de la creatividad. Y al tiempo descubrimos que las situaciones y personas que menos nos agradan son la que más tienen que enseñarnos acerca de nosotros mismos porque nos permiten reconocer, no pocas veces, la irascibilidad, la impaciencia y la falta de compasión que todavía anida en nuestro interior.

Hay realidades más hermosas y nosotros no lo sabemos. El problema es que los muros de la mente son más sólidos que los de piedra y tienen la capacidad de no permitirnos ni siquiera planearnos que puede existir la posibilidad de otra realidad distinta a la que experimentamos. La clave está en no prestar atención a lo que nos perturba.

sábado, 28 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 13: Grupo Corpo


Nunca imaginé que estudiar idiomas fuese algo que pudiese llegar, en algunas ocasiones, a parecerme impúdico, ya que incita al cotilleo con la excusa de que es necesario hablar, aunque nos metamos a veces en terrenos muy personales.

Cada mañana al llegar a clase, un por uno, vamos respondiendo las preguntas del profesor, como si estuviésemos cantando las tablas de multiplicar: ¿qué hiciste ayer por la noche al irte de clase?, ¿con quién lo hiciste?, ¿hasta qué hora? y ¿cómo fue?.

En el caso de mis compañeros, casi todos en pleno furor adolescente, y para los que éste es el primer viaje fuera de casa sin sus padres, la respuesta es la obvia cuando se está en Escocia y la razón por la que llegan a clase muertos de sueño: todos dicen que fueron al pub a tomar cervezas. Al menos eso es lo que dicen, a no ser que haya otras razones que no saben, o no quieren, explicar en inglés.

Pero en mi caso, cuando me llega el turno de decir qué he hecho el día anterior, intento escabullirme haciendo como que estoy tomando apuntes para no contarlo. Porque aunque es confesable en todas las ocasiones, me hace sentir el más posh de toda la clase.

Ayer, cuando me llegó el interrogatorio, le comenté a mi profesora que había estado en dos conciertos de música folk que me habían gustado mucho. Inmediatamente sacó de su bolso una invitación para un espectáculo de danza escocesa que esa misma tarde había en el Fringe. Pero le tuve que decir que no podía ir porque tenía entradas para el espectáculo de danza del Grupo Corpo.

Inmediatamente, del ala de los que en clase se consideran hombres de pelo en pecho, surgió un coro de silbidos, gestos de lanzar besos al aire y risitas cómplices. Probablemente el miedo y el prejuicio de alguno de ellos les impida ni llegar a pensar que algo como la danza pudiera siquiera llegar a gustarles.

EL GRUPO CORPO

El ballet no se cuenta, solo puedes llegar a él de dos modos: si tienes la suerte de estar en escena y generar belleza con tu cuerpo, o desde el patio de butacas.  La cuestión es que a nosotros, como espectadores, la representación de Parabelo y Onqotô del grupo Corpo, en el Festival de Edimburgo nos hizo ser otros.

En 1975, un grupo de jóvenes bailarines y coreógrafos brasileños, capitaneados por los hermanos Rodrigo y Paulo Pederneiras, decidieron fundar una compañía en Belo Horizonte, ya que todavía no había conjuntos coreográficos consolidados profesionalmente en el incipiente género de la danza contemporánea.

Lo llamaron Grupo Corpo porque conformarían el primer “equipo de trabajo” en danza contemporánea, actuando como un grupo de gente que persigue un mismo objetivo, un cuerpo colectivo, creando un lenguaje propio e inconfundible que les ha hecho merecer ser considerada la más importante compañía de danza contemporánea de Brasil y una de las más prestigiosas internacionalmente.

En sus producciones, que tienen una dimensión cuasi operística, en el sentido de una colaboración estrecha entre las artes, colaboran desde 1992 músicos invitados a escribir sus obras especialmente para cada ballet. Música, escenografía, vestuario y coreografía van siendo construidos simultáneamente, de modo que cada espectáculo es el resultado de esa interacción.

Por eso, asistir a este espectáculo en el que se fusiona la danza contemporánea con la música de Caetano Veloso, una puesta en escena tremendamente plástica y colorista y un cuerpo de ballet formado por diez hombres y diez mujeres de distintas regiones de Brasil, todos con la marca de sensualidad y libertad en el movimiento que caracteriza al bailarín brasileño, es una experiencia única.

Mis compañeros, los que se ríen de los que van al ballet, nunca sentirán lo que significa ser espectador de una creación como la del grupo Corpo. Mientras ellos apuraban su quinta pinta en el pub de la esquina, en lo que para ellos es el colmo de la diversión, yo me volvía loco aplaudiendo. Yo no disfruto tanto con una cerveza en la mano y por eso no voy tanto a los pubs. Pero les aseguro que si no voy no es por miedo.


sábado, 21 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 12: La música amansa a las fieras


En su clase de hoy mi profesora Heather nos ha comentado que uno de los métodos más eficaces para memorizar palabras en inglés consiste en establecer relaciones entre las palabras nuevas que vamos estudiando con lugares, recuerdos, o incluso otras palabras ya conocidas.

Cuando en la siguiente clase nuestra profesora Maggie nos ha propuesto mantener una conversación en la que charlásemos sobre cuál es la persona que más nos desagrada y por qué, he tenido que echar mano de todos los adjetivos a mi disposición y el universal lenguaje de los gestos hasta que ha logrado entender y clarificarme que en inglés las personas a las que yo me refería se las denomina shit stirrer.

¡Menuda palabra!, me he dicho. Por eso, al recordar el consejo de Heather, me he dado cuenta que buscarle algún tipo de relación para poder recordarla iba a ser una ardua tarea.

Pero, casualidades de la vida, la resolución al misterio la iba a encontrar horas después en otro lugar, también muy enigmático. En Greyfriars Kirk. The Sixteen interpretaba música coral de los compositores renacentistas españoles Tomás Luis de Victoria y Juan Gutiérrez de Padilla. Ambos músicos encontraron en el Nuevo Mundo nuevos sonidos y música y compartieron su arte con los autóctonos, pero hoy era yo quien iba a descubrirlos al escucharlos por primera vez.

Greyfriars Kirk es uno de los edificios más antiguos de Edimburgo. Se encuentra rodeado por el cementerio Greyfriars Kikyard que ha sido considerado como uno de los lugares más tenebrosos de la Tierra, ya que tiene fama de estar embrujado por el espíritu inquieto del infame George Mackenzie, conocido como "Bloody" (el sangriento). Su presencia sigue siendo tan activa que se dice que ha llegado a atacar a los que entran en contacto con él, de modo que las autoridades de la ciudad han tenido que tomar medidas para proteger a los ciudadanos de sus fechorías, impidiendo la visita a su tumba.

Pero esa supuesta oscuridad desaparece en la iglesia. En su amplio y luminoso interior  las enormes vidrieras de motivos geométricos de intensos y vivos colores sobre fondo blanco con grisallas ocupan un lugar predominante, de modo que la luz, movida por las ramas de los árboles, provoca la sensación de encontrarnos dentro de un enorme caleidoscopio.

Probablemente por eso, en este contexto tan mágico, cuando ha empezado el concierto no he podido evitar pensar que dentro de un par de semanas volveré a la rutina cotidiana, una realidad en la que no existen este tipo de ensoñaciones. Y en ese preciso momento ha venido inevitablemente a mi memoria la palabrita de mi profesora Maggie. Pero he decidido aprovechar el momento. He entornado los ojos para que la realidad se desdibujase, escuchar la música y aislarme del mundo. Nunca como hoy sentí tan acertado aquello de que la música amansa a las fieras y nos hace olvidar las ambiciones y las frustraciones que arrastramos en la vida.

Es por eso los shit stirrer no suelen encontrarse en un lugar como este. Esperan fuera, haciendo compañía y tramando oscuros plantes con George.

jueves, 19 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 11: Innovación creativa


Cuenta la anécdota que el teatro Bolshói, después de 67 años representando exactamente el mismo espectáculo de danza sin introducir ninguna variación se decidió, con motivo de la llegada de un nuevo director, a modernizar la puesta en escena. Cuando finalizó la representación una joven espectadora le dijo a su abuela que le había parecido fabulosa, a lo que la abuela respondió: “Sí, pero tendrías que haber visto la original”.

La semana pasada asistí a un coloquio sobre innovación creativa en el que participaba William Eddins, director de la Chicago Symphony Orchestra, invitado por la  Opera de Lyon para dirigir Porgy and Bess de George e Ira Gershwin, que esa misma tarde se iba a estrenar en Edimburgo en el marco de su Festival Internacional. Una ambiciosa y transgresora combinación de música, danza, video-instalación, hip hop y ópera que realmente funciona en escena, por lo que se ha convertido en el espectáculo más aclamado del certamen de este año.

La pregunta inevitable es si estamos preparados para la introducción de todos estos nuevos elementos en la creación, que muchos podrán considerar excesivamente arriesgados o, incluso, inaceptables. Probablemente no todo el público está preparado. Algunos sí, pero muchos no.

Comentó William Eddins que Gershwin no podía evitar incorporar a su música todo lo que escuchaba en la ciudad de Nueva York, por eso su arte se convirtió en transcendente. Y del mismo modo Leonard Bernstein, considerado por él la figura más innovadora del siglo XX, más que retratar la diversidad lo que hizo fue crear híbridos. Veía Nueva York con los ojos abiertos y no tenía temor de explorar ningún elemento del arte que se estaba creando a su alrededor, porque le movía el ansía de entender. Y el resultado más claro de lo híbrido es West Side Story, que no se sabe qué es porque es muchas cosas, es una ópera, es un musical, es un panfleto político, es un drama clásico… bebe de todas las fuentes que el artista tenía en su entorno y esa es la seña de identidad por la que perdura. Esta idea de lo híbrido es la que se retoma en el montaje actual de Porgy and Bess.

Esta ópera no es nueva, pero su montaje es creativo. Porque, ¿dónde está lo nuevo y dónde lo creativo?. En nuestras ciudades podemos pasear por la calle y descubrir que cada mes hay una novedad presuntamente artística, como novedades nos prometen todas las semanas en la tele, pero no hace falta ser muy estudioso para comprobar que ni en nuestras calles ni en la televisión lo nuevo es igual a creativo.

martes, 17 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 10: Edenburgo


Hoy, como es habitual, caía la típica lluvia fina casi imperceptible que ni moja ni encharca, de modo que la gente actúa como ignorándola, pero sabiendo que está ahí, porque si bien no tiene la fuerza de una tormenta, es de una persistencia sibilina que acaba por calar y penetrar hasta los huesos.

Por eso he tomado mi camino a clase sin prestarle demasiada atención, atravesando como cada día al menos dos de las siete colinas sobre las que se asienta esta ciudad, motivo de orgullo para sus ciudadanos ya que es lo que les hace sentirse tan identificados con la Ciudad Eterna.

Pues bien, iba calle abajo cuando me he topado con las consecuencias de una de las habituales razzias de las gaviotas, que llegan desde el mar, en pocos minutos por la mañana, al ataque de las bolsas de basura, cuyo contenido esparcen por las aceras mientras buscan restos de comida. Tras su paso queda un rastro de desperdicios que parece más bien el resultado de una banda de gamberros callejeros. Pero queda claro que estas aves prefieren las sobras de comida ultracongelada, más sabrosa y condimentada que los frescos pescados del mar del Norte.

Como no llevaba gafas mi miopía me ha jugado una mala pasada. Me ha parecido que al romper una de las bolsas de basura las gaviotas habían esparcido los pañales de celulosa desechables de algún recién nacido del vecindario. Por evitar pisarlos he puesto mi pie sin pretenderlo en un trozo de plástico y he acabado con mis huesos en el suelo mojado en lo que ha sido mi particular snowboarding matutino.

Gracias al batacazo he visto pegados a mi nariz los paquetitos y he podido darme cuenta que eran las más gigantescas bolsitas de té jamás vistas, pero que en una ciudad como esta tiene toda su razón de ser. Deben ser, a mi parecer, infusiones de té de a litro.

Ha querido la casualidad que a última hora de la mañana haya ido, renqueando, a una conferencia sobre la arquitectura de Edimburgo. La conferenciante ha comentado que l
os distritos de la Old y New Town fueron nombrados Patrimonio de la Humanidad en 1995, por lo que se convirtió en la ciudad  habitada con mayor superficie protegida del planeta por la UNESCO. Y ha comentado que sus ciudadanos se sienten tan honrados con este reconocimiento que se han negado a la instalación de los antiestéticos contenedores para recoger la basura que afearían sus calles. Los efectos secundarios son conocidos, pero no deja de ser paradógico que el eslogan del departamento de reciclaje de basuras de la ciudad se denomine Edenburgo. El jardín de las delicias para las gaviotas...


Vistas arriba: Plano de Kirkwood, 1819, y vista aérea de la New Town de Edimburgo en 2001

domingo, 15 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 9: National Galleries of Scotland


Del mismo modo que descubrimos una ciudad a través de sus edificios, sus calles y los lugares que la conforman, en una exposición realizamos un recorrido a través de la vida de un artista, una época o una temática determinada.

Y si bien de niños lo que quedaba en nuestro recuerdo de los lugares visitados era todo aquello que nos parecía más grande, que nos impactaba por su monumentalidad, con el paso de los años vamos descubriendo que lo realmente espectacular no está en los edificios gigantescos ni las esculturas colosales, porque la poesía queda concentrada cada vez con mayor frecuencia en los detalles y en aspectos muy particulares de la creación.

Esta experiencia en poco diverge de lo que nos ocurre cuando nos enfrentamos a la contemplación de un cuadro. Y así la impresión que de niños nos provocaron los grandes cuadros de temática histórica va cediendo el lugar, también con el paso del tiempo, a otras obras de mucho menor tamaño.

Esto es lo que ocurre en las dos exposiciones que acaban de inaugurar las National Galleries of Scotland. Another World analiza exhaustivamente en la Dean Gallery el movimiento surrealista, demostrando que las pesadillas y los irracionales sueños de estos artistas se han convertido en parte integrante de nuestro lenguaje visual diario, formando parte de los códigos de comunicación habituales empleados en los campos del diseño y la publicidad. Para ello muestra obras fundamentales de Salvador Dalí, René Magritte, Joan Miró, Picasso, Max Ernst, Yves Tanguy o Giacometti, muchas de ellas pertenecientes a los fondos de las Modern Art Galleries de Escocia, una de las más importantes del mundo en este periodo, que se exponen en su totalidad por primera vez.

De esta exposición conmueve especialmente Cabeza rafaelesca estallando, de 1951, de Salvador Dalí. A pesar de impresión de monumentalidad de la obra, en este pequeño lienzo de 67x57 cm.,  el artista se muestra fascinado por  la física nuclear, combinando sus observaciones científicas con las influencias religiosas y su admiración por los viejos maestros del Renacimiento y de la pintura académica de escrupuloso detalle del siglo XIX. Y así, en esta pintura la parte del craneo de la cabeza de la virgen se transforma en la cúpula abierta del Panteón de Roma, mostrando un dinamismo compositivo y un virtuosismo técnico extraordinarios que crean una obra de increíble magnetismo.

Por su parte Impressionist Gardens, en el Royal Scottish Academy Building, que tras su exhibición en Edimburgo podrá visitarse en el Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid entre el 16 de noviembre y el 13 de febrero de 2011, es la primera muestra dedicada por completo a esta temática en el Impresionismo. A través de obras de Monet, Manet, Pissarro, Renoir o Sisley, examina los posibles precedentes de estas obras en Delacroix, Corot o Courbet y su impronta en los paisajes de creadores posteriores influidos por esta tendencia en los siglos XIX y XX, como Bonnard, Cézanne, Van Gogh, Gauguin, Klimt o Sargent.

La presencia del jardín como motivo iconográfico en el Impresionismo radica en el interés decimonónico por el concepto clásico de locus amoenus, lugares de placer ligados a nuestra idea de hogar. Las flores y los jardines domésticos de las ciudades o de residencias privadas se hicieron también presentes con fuerza en la producción de los impresionistas, que encontraron en la intimidad de sus jardines particulares el espacio ideal para ubicar su estudio o su taller, para analizar los efectos del tiempo sobre la luz, de la luz sobre el color y de éstos sobre la atmósfera que rodea a plantas, animales y figuras. Además, la introducción de especies vegetales hasta entonces desconocidas procedentes de África, Asia y América y la inauguración de parques reales en varios países europeos contribuyó a afianzar la popularidad de estos jardines, sobre todo en la Francia de la década de 1860.


De entre las obras expuestas destaca Capuchinas dobles, de Henri Fantin-Latour,  de 1880, conservada en The Victoria and Albert Museum, que constituye un auténtico jardín en miniatura en el que el artista ha sabido captar exquisitamente la compleja estructura de los pétalos y los brotes, así como el vigor y la impaciencia del crecimiento de la planta creando un momento completamente íntimo entre el espectador y la obra.

Dos propuestas dirigidas claramente al gran público en torno a dos movimientos centrales en la historia de arte moderno que nos demuestran que más que estilos artísticos son un ideario de actitudes frente a la vida. Un refugio para perderse en una de las habituales tardes de lluvia de Edimburgo.

viernes, 13 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 8: Typical Spanish

 
Desde que empecé a ir a clase en Edimburgo, hace ya más de un mes, no ha habido ni un solo día, ya sea en clase, ya sea en conversaciones con compañeros de otras partes del mundo, en el que no hayan surgido las típicas preguntas sobre los estereotipos del país de cada uno.

Ayer, sin más, en la clase de mi profesora Heather, el tema de conversación versó sobre lo que más me gustaba y lo que menos de mí país y sus gentes. Como siempre, planteé la misma reflexión de todos los días: ni mi país es un desierto de doradas arenas rodeado en su totalidad por playas, ni una pradera húmeda y fresca que lo cubre todo de verdor. Me parece injusto que se me considere tacaño o juerguista según dónde el extranjero de turno ponga su vista; no tengo una dieta exclusivamente a base de pallela o tortilla de patatas; no visto pantalones estilo taleguilla de torero, ni he visto a mi madre con peineta y mantilla cuando va a por el pan cada mañana.

Para más inri, una compañera francesa que me ofreció un croissant en el descanso de la primera hora de la mañana, entendió lógico que no me apeteciese comer nada a esas horas porque según ella en España nos levantamos muy tarde debido a que hacemos la siesta después de comer para evitar el sol abrasador que 365 días al año cae sobre nosotros y por la noche nos dedicamos a comer jamón hasta altas horas de la madrugada mientras escuchamos a Camarón de la Isla. 

Es de perogrullo que reducir la realidad de un país a ideas estándar es injusto y aunque en un primer momento nos dé rabia, la verdad es que no merece la pena gastar muchas energías para explicar que el tópico es falso. ¿O no?.

Empiezo a tener mis dudas. Al salir de clase por la tarde teníamos previsto ir a uno de los conciertos de la National Gallery y cuál no sería mi sorpresa al ver acercarse por el centro de Rose Street, sorteando a los viandantes, un auténtico ganado de typical Spanish toritos bravos seguidos de su genuino aunque escuchimizado matador, con una capa 100% poliéster made in China que los iba toreando al grito de sonoros "olés".

Y sentí vergüenza ajena. No entiendo por qué cuando salimos de nuestras casitas de Pladur de protección oficial para ir al extranjero sacamos el hortera que llevamos dentro como nuestro más genuino signo de identidad. Es en estos momentos cuando entiendo que Paco Martínez Soria, más conocido por estos lares como The chicken guy siga ocupando un lugar preferente en nuestro inconsciente colectivo peninsular.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 7: CARGO


El sábado empecé siendo una pequeña ola de playa, pero acabé sintiéndome como una triste ola perdida en medio de la inmensidad de la mar océano.

Cuando entramos en el recinto al aire libre en el que se iba a representar CARGO, el espectáculo producido entre Iron-Oxide Ltd. y The Edinburgh MELA, y nos hicieron poner unos chubasqueros azules transparentes, pensé que estábamos a punto de adentrarnos en una lúdica batalla de agua; que lo que se nos avecinaba era una hora larga de carreras huyendo de mangueras y chorros a presión por todas partes.

Pero la realidad fue bien diferente. Cuando la música empezó a sonar y levanté la mirada, vi cómo del mar que formábamos los espectadores surgían otras olas que se mecían con el viento, gaviotas volando por encima de nosotros y un pequeño bote con un náufrago a la deriva navegando por encima de nuestras cabezas.

Fuimos olas embravecidas en un mar de tormenta; fuimos olas tranquilas en la calma de la madrugada; fuimos olas agitadas por la brisa de la mañana. Y así, según los vientos y las circunstancias fuimos olas que pasaron por todos los estados del alma mientras la acción se desarrollaba a nuestro alrededor. Todos fuimos actores y espectadores.

En un mundo de peligros, CARGO cuenta sin palabras y sin necesidad de hacer una tragedia griega la historia de dos personas en la búsqueda de ese lugar perfecto al que llamar hogar, y reflexiona sobre la urgencia primaria de todo humano de abandonar sus orígenes, ya sea en pos de una vida mejor, para escapar del pasado o simplemente para encontrarse… con uno mismo. En definitiva, una exploración de la necesidad universal de migrar. Pero en la búsqueda de ese objetivo el hombre se ha encargado de levantar muros, barreras e impedimentos. 

La lectura no puede ser más simple. La historia del hombre: unos son comida, otros comensales; unos propietarios, otros posesión; unos escogidos, otros expulsados; unos lo tienen todo, y a otros solo les queda la ilusión…

martes, 10 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 6: St. Mary's Cathedral


Tras una semana en la ciudad, metido todo el santo día en clase, el primer domingo salimos a dar una vuelta para conocer el vecindario. Como vivimos en el límite de la New Town, al lado de la catedral episcopal de St. Mary, fue lo primero que visitamos, y quiso la casualidad que en aquel preciso instante diese inicio la celebración dominical. No sé cómo, pero la cuestión es que nada más entrar me vi con una Biblia y una especie de programa de actos en mis manos mientras una procesión de al menos cuarenta niños cantores vestidos con túnica y gorguera cervantina se dirigían al altar seguidos por una comitiva de curas, monaguillos y demás oficiantes presididos por una mujer vestida de obispo.

En el momento en el que la mujer obispo se incorporó desde la nave lateral a la central, una fanfarria de trompetas dio la señal al órgano, aparatosamente visible al lado del altar, y el coro entonó una especie de Aleluya, o algo similar, como señal de bienvenida a los parroquianos, inundando sonora y majestuosamente el espacio.

Visto lo visto no era cuestión de ponerse a visitar las capillas laterales, por lo que decidimos sentarnos discretamente en uno de los bancos y observar.

Pasados un par de minutos la persona que estaba sentada a mi lado se acercó a mi oreja y susurró:
-         Page 25.
-         Ah!, Ok. Thanks –le dije. Pero yo seguí a la mía sin abrir el libro.

Unos minutos después mi compañero de banco me cogió el libro de las manos, lo abrió, y con su dedo, largo como de pianista, me indicó el lugar por donde iba el sermón, moviéndolo al ritmo de la lectura, como hace el padre a su hijo cuando le enseña a leer.

Me pareció que sería mejor no enfadarle y empecé a seguir la lectura, como si estuviese en clase. Resulta que toda la misa, incluso el sermón, estaban allí escritos, por lo que pensé que, mira por dónde, me acababa de encontrar con un listening comprehension edición especial de lujo.

Cuando a primera hora del lunes, al llegar a clase, le dije a mi profesor que el domingo me había dedicado a hacer un listening, no pudo menos que asombrarse al decirle que había sido en la catedral, provocando la "curiosidad" de aprender al resto de mis compañeros de curso.

Ahora todos los domingos a las diez y media quedamos para ir a misa. He mejorado notablemente mi vocabulario bíblico y el repertorio de adjetivos relacionados con la bondad y el altruismo. Pero la realidad es que lo que a mí me interesa es cuando la música del órgano empieza a sonar y el coro empieza a cantar, envolviéndolo todo de tal modo que ya no importa qué dicen o en qué idioma lo hacen.

sábado, 7 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 5: Tradiciones gastronómicas


En contra de la voluntad de nuestra profesora Maggie, que incansablemente nos pedía hablar in English, he compartido pupitre con Begoña. Y junto a Feras, de Libia, y Michele, de Italia, hemos vuelto a ser en muchos casos alumnos poco atentos. Porque Maggie de tonta no tiene un pelo y sabe que la gramática por sí misma no es capaz de provocar las risas que nos echábamos en clase.

Hoy, que era el último día de Begoña en Edimburgo, en una de las clases hemos estado hablando de comida sana, por lo que ya conozco el nombre en inglés de todo tipo de hortalizas, frutas y métodos saludables de cocción. Y lo sé decir en presente, pasado y futuro. Pero nosotros, como cena de despedida hemos preferido una comida al más típico y tópico estilo escocés.

Así es que cuando me han dicho que debía empezar con haggis me he pedido una ración grande. Me he quedado sorprendido al ver que tampoco era para tanto. El haggis, a primera vista, es como la morcilla de Burgos. Pero realmente consiste en un pesado embuchado muy condimentado y de sabor intenso elaborado a base de asaduras de cordero u oveja, o sea, corazón, pulmones, hígado, y tripa picada con grasa y avena. Todo ello sazonado con cebollas, hierbas y especias para embutirlo dentro de una bolsa hecha del estómago del animal y cocido durante varias horas. Light total.

Como plato principal me he pedido una hamburguesa con queso y patatas, que también venía con sorpresa. Si en España existe la costumbre de condimentarlo todo con aceite de oliva, aquí la costumbre es rebozarlo todo como los fish and chips, de modo que la hamburguesa, doble, venía rebozada con el queso dentro.  Para las patatas, lo mismo. También light total.
 
Por eso, la recomendación de Begoña de que para el postre debía tomar un deep-fried mars bar me ha provocado más sudores. Y no me ha tranquilizado nada verla reír. Cuando me lo han traído me he dado cuenta enseguida de que no iba a poder acabármelo. Y no por su tamaño, sino por su  composición. El deep-fried Mars bar consiste en una barrita de cacahuetes con chocolate, caramelo y galleta, rebozada y pasada por la misma freidora por donde antes han pasado las patatas, la hamburguesa y el resto de pedidos del restaurante. Cómo describir el sabor objetivamente... pues es como comer una mezcla de chocolate, caramelo derretido y galleta frita que deja un curioso sabor a pescado en el fondo del paladar. O sea, para nada, la healthy food de la clase de la mañana.

Como no había desengrasante me he pedido una sidra fría del tamaño más grande posible y hemos dado la cena por concluída entre sofocos, sudores y un funny regusto en el paladar.

Lo bueno de todo esto es que he inyectado a mi cuerpo un aporte extra de calorías que me va a permitir enfrentarme con toda tranquilidad a los rigores del peor invierno que imaginarse pueda. De hecho, he guardado ya toda la ropa de manga larga en la maleta. Ahora solo me preocupan los resultados de la revisión médica anual, que este año me toca en septiembre. No sé cómo me las voy a arreglar para recuperar unos niveles decentes de colesterol de aquí a entonces, porque tengo reservas calóricas y colesterólicas como para volver a España a nado dando un rodeo a Escocia por el mar del Norte. No sé… lo digo por aquello de quemar. A no ser que alguien tenga otra sugerencia mejor que hacerme.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 4: El patio de mi casa


El patio de mi casa es particular y cuando llueve se moja como los demás. Y hasta ahí puedo leer... Porque ustedes, de mi casa, como mucho verán el patio y poco más.

Las cosas cambian sustancialmente en Edimburgo. Aunque aquí el patio de mi casa también es particular, y está siempre mojado, un corto paseo por la New Town nos revela el carácter semipúblico de muchos patios, salas de estar y hasta dormitorios.

En el siglo XVIII la ciudad vieja de Edimburgo, de origen medieval, no daba más de sí. Limitada por la orografía de la roca en la que se asienta el castillo, estaba superpoblada y la vida era, por tanto, insalubre. En 1776 James Craig, un arquitecto de 22 años, ganó el concurso para diseñar la New Town. El plan creado fue un rígido plano ortogonal, que concordaba con las ideas de racionalismo de la era de la Ilustración.

El resultado fue una ciudad de amplias calles, profusamente ajardinadas y elegantes edificios de estilo georgiano que crearon un estilo señorial que perdura en la actualidad.

Pues bien, una de las cosas que más me sorprende de esta ciudad es la aparente falta de pudor de sus ciudadanos. La práctica totalidad de las calles son residenciales, y los establecimientos comerciales se concentran en puntos muy concretos, de modo que el nivel de la calle también se destina a viviendas. Cuando uno va paseando por la acera puede contemplar a través de los enormes ventanales de las casas, sin rejas y casi todos sin cortinas, estampas tan banales y al mismo tiempo tan íntimas como el hecho de estar leyendo la prensa mientras alguien toma un té en pijama en su sala de estar, al que vive enfrente viendo la tele amorosamente abrazado a su mujer con el batín y los rulos, o la cotidiana toilette de mi vecino, que da muestras de tener unos hábitos higiénicos dignos de estudio. Si hiciese caso a una antigua compañera de trabajo aficionada a interpretar todas nuestras acciones a través de la psicología diría que mi vecino tiene un trauma sin resolver que intenta quitarse de encima a base de jabón, agua y guante de crin. Y empiezo a estar preocupado por la salud de sus encías de tanto limpiarse los dientes con semejante empeño.  Por eso, estas y muchas otras escenas cotidianas se trasforman en un espectáculo con unos protagonistas anónimos e (in)voluntarios que le dan el carácter especial a esta ciudad y a sus gentes.

Afortunadamente, los vecinos del final de la calle, que tienen un elegantísimo piano de cola en el salón, son madrugadores. A pesar de que voy temprano a clase, cuando paso frente a su casa ya se han levantado. Pero no es difícil adivinar por el estado en el que veo su dormitorio lo que ha podido pasar solo unos minutos antes de que yo pasara por allí.

A lo mejor tenía un poco de razón mi profesor cuando decía que soy un cotilla. Pero no me dirán ustedes que esto no es una provocación.

lunes, 2 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 3: Gossip

 
Cuando iba al colegio, muchísimo antes de la ESO, teníamos un libro con fragmentos de las más importantes obras de la literatura: El Quijote de Cervantes, El Lazarillo de Tormes, un Cuento del Decameron de Boccaccio -creo que aquí me he colado porque este me parece que es del último año de literatura del instituto. No estoy seguro. Pero bueno, da igual.

Pues bien, el profesor nos hacía leer en clase en voz alta aleatoriamente. Si cuando te pedía seguir te habías perdido porque estabas pensando en las musarañas, te fastidiaba el fin de semana ante la evidente bronca que te iba a caer en casa cuando le dieses a firmar a tu padre la notita del profesor. Como excusa nunca me sirvió decirle a mi padre, con cara de cordero degollado, que me había perdido en la lectura porque estaba pensando en la transgresión ecológica que supone la deforestación de la selva tropical. En esos momentos me decía “¡Ni selva, ni selvo!, castigado todo el fin de semana sin ver Marco, de los Apeninos a los Andes”.

Por eso pensé que la lecture de mi profesor Martin repeterían el esquema de mis clases de lectura del colegio. Pero la sorpresa fue que me encontré en una conferencia-coloquio sobre la prensa escrita. Y nada más empezar no se le ocurrió otra cosa que preguntarme cómo leo los periódicos:

    -Del final hacia delante –le dije en perfecto inglés británico.
    -¿Cómo? –me preguntó con cierto sarcasmo-, ¿los cotilleos primero?.

Mis compañeros se rieron al unísono, cómplices con el profesor, como si en Holanda, Francia, Italia o Arabia Saudí todo el mundo abriese los periódicos solo para leer asuntos de geopolítica internacional.

Pero no sería hasta esa misma tarde cuando al visitar el yate real Britannia lo comprendí todo. Resulta que aquí es cotilleo es terriblemente aristocrático. Y sin pretenderlo en absoluto me he enterado de que los sirvientes de la reina tienen un dispositivo oculto en los zapatos que hace que las tachuelas que sujetan las suelas giren automáticamente para dejarlos clavados al suelo ante la presencia  de Su graciosa majestad. Me he enterado de con quién se acuesta, con quién se levanta, cómo se viste y qué come. Y si no fui al royal golden toilet fue porque en ese momento no me apeteció.

Además, y por si quedase alguna duda, en las fachadas de algunas tiendas hay unos escudos reales flanqueados por dos caballos muy finos a los que en lugar de pelo les crecen penachos de sedosas plumas de avestruz que indican dónde la reina compra sus sombreros de pura lana de oveja de las Highlands, la ginebra, los pollos certificados de corral e incluso el royal underwear.

Por cierto, otro cotilleo, en el palacio de Holyrood me enteré de que cuando el príncipe Carlos viene a Escocia y se pone la falda no lleva underwear. Por eso, en su presencia, nadie, nadie, nadie, ni él mismo, puede llevar zapatos de charol.