martes, 28 de septiembre de 2010

Empacho monumental


Siempre he sido muy goloso. Pero mi padre tenía una particular teoría que a mí me iba muy bien. Opinaba que el mejor remedio era el aburrimiento por empacho. Por eso, todos los jueves, que era día de mercado, antes de ir a trabajar me compraba un kilo de galletas variadas de chocolate para después de comer, hasta que agotase la bolsa. Y los domingos, sin excepción, me mandaba a la pastelería para que escogiese una bandeja de pasteles a mi gusto. Por si fuese poco, todos los meses de junio, cuando le traía las notas al finalizar el curso, le encargaba a un amigo pastelero una tarta con la máxima cantidad posible de chocolate que yo me comía a cucharadas, lo que me hacía sentir como el niño gordo de Willy Wonka, mientras él, a mi lado, se reía al ver cómo me ponía ciego.

Si mi madre, alarmada por tal ataque dietético, ponía el grito en el cielo, mi padre la tranquilizaba con la socorrida frase de “un día es un día”, y “déjalo que disfrute, a ver si se harta de una vez y no come más chocolate en su vida”. Pero nada, el remedio nunca surtió efecto y todos los esfuerzos fueron infructuosos.

Cuando mi hermano pequeño tomó la comunión mis padres encargaron, por ser mis preferidas, varias tartas de trufa, chocolate y nata con cobertura de yema tostada. Al terminar la comida mi padre me llamó para que fuese a recoger una tarta entera que había sobrado, porque "esa -me dijo señalándola con el dedo-, nos la llevamos a casa". Durante cuatro días con sus cuatro noches solo comí de aquella tarta gigantesca que a duras penas cabía en un estante de la nevera. Así que solo tenía que abrir mi particular cofre del tesoro y tomar una porción de mi botín. Al mediodía del cuarto día mis hermanos y mis padres estaban a punto de comer un plato de garbanzos. A pesar del calor de mayo y ver que iban a comer algo que nunca me había gustado, me pareció que tenía una pinta sabrosísima. Y con cara de pena, casi a punto de llorar, le dije a mi madre, que no quería más tarta… que si me podía comer un plato de garbanzos.

Acabo de venir de Bilbao. He ido expresamente para ver el Guggenheim. Y me ha dejado sorprendido un artículo que leí en el avión acerca de lo importante que es el impacto que este edificio genera en la economía regional. Espero que se quede en eso. En impacto. Porque, ¿se imaginan que la decisión de crecimiento la tomase alguien como mi padre y decidiese construir un Guggenheim en cada una de las calles de la ciudad? Y que, de paso, desde Santurce a Bilbao inundara toda la orilla de reproducciones a escala monumental del "Peine del Viento" de Chillida, visto el brillante resultado conseguido en la bahía de la Concha de San Sebastián.

¡Menudo empacho! ¡Si lo sabré yo que sigo viviendo en Castellón!.


miércoles, 22 de septiembre de 2010

La vuelta a Castellón en 80 citas: ¡Miqui, tienes talento!


Aunque para muchos es conocido por ser jurado en 2007 y 2008 de los programas de televisión “Factor X” y “Tienes Talento”, la realidad es que el gran Miqui Puig (1968, La Ametlla, Barcelona), ha desarrollado una amplia trayectoria artística como DJ, agitador social, crítico musical, compositor y cantante.

Por eso viene a Castellón, para compartir con nosotros el proceso que va “de la demo al escenario”, en el ciclo de charlas-coloquio “De Razones y Hombres” del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón la tarde del próximo jueves, 30 de septiembre, a las 19.30 horas. Porque para este amante de la música todo es espectáculo y nadie mejor que él sabe donde empieza y acaba todo. Nadie mejor que él pues para contárnoslo.

Sus influencias van de Gato Pérez a la música soul pasando por Jaume Sisa, Jimi Hendrix, la New Wave, el Punk y el Hardcore. Pero Los Sencillos fue su escuela. Durante los 16 años que duró el grupo llegó a publicar seis discos en los que se incluían muchos de los himnos que durante los noventa más hemos bailado: Mala mujer o Bonito es. Dos años después de disolverse el conjunto inició una nueva etapa como “cantante de amor”, esta vez en solitario, siendo responsable de uno de los álbumes más elegantes y delicados de la música en castellano “Casualidades”, uno de esos trabajos imprescindibles para entender, ya no sólo una década, sino para entender una forma de asimilar la vida, un manual de supervivencia para las relaciones sentimentales. Después llegarían “Miope”, “Impar”… y la culminación con la grabación de un disco en directo, en el que colaboró su amiga y consejera Alaska.

Dice Miqui Puig que se dedica a huir. A escapar hacia delante, sin control ni freno, y que en esa estampida diaria se debate en lo que quiere ser de mayor. Nos recuerda que sobre su persona recaen multitud de prejuicios y que le acusan de padecer la incurable enfermedad llamada “bulimia cultural”, patología que con el paso de los años, lejos de menguar, va creciendo hasta límites insospechados. Dice también que hace en cada momento lo que dicta el corazón y no la cabeza, que tiene errores a montones de los que no aprende y que salta alegremente hacia otros mayores. Y dice también que lidia con iras incontrolables que surgen del prejuicio, pero para eso tiene las canciones, ésas armas terapéuticas que nos provocan tantas emociones.

Pero entre tanto le queda tiempo para actuar como Dj en festivales como el Sonar o el Primavera Sound, colaborar desde los años 80 en programas de radio y televisión, ser actor ocasional en cortometrajes y series, colaborador en revistas y prensa musical y compositor de música para desfiles. En fin, que sería más rápido decir a qué no se dedica.


lunes, 20 de septiembre de 2010

Cultura ciudadana


Iba por la calle Campoamor en dirección hacia la plaza Hernán Cortes a eso de las cinco de la tarde cuando he visto llegar a dos adolescentes que riendo a mandíbula batiente iban lanzando al aire como si de confeti se tratase folletos de publicidad que debían haber cogido de algún establecimiento cercano. Su divertida fiesta, ignorada por toda la gente que en aquél momento circulaba por la calle, iba generando un rastro de basura que a nadie parecía importar.

Cuando con toda tranquilidad les he preguntado por su divertido plan se han puesto a reír más fuerte todavía y han seguido calle arriba lanzando mazos de hojas al aire como si nada y entre el tumulto de la gente han desaparecido.

Un rato después, al llegar a casa y dejar mis cosas he salido a pasear con mi perra. Cuando hemos llegado a la rosaleda del parque nuevo de Censal había dos chicas que con guantes y tijeras podadoras cortaban tranquilamente capullos de rosa de tallo largo, que iban apilando en el suelo donde ya habían hecho un buen montón de al menos nueve o diez docenas.

Tal era la tranquilidad con la que estaban realizando su tarea jardinera mientras la gente paseaba impertérrita a su lado que me he acercado a preguntarles qué es lo que estaban haciendo. Como si estuviesen respondiendo a la mayor de las obviedades me han dicho que estaban cortando rosas. Cuando les he dicho que esas rosas no eran suyas, con el tono más chulesco que imaginarse pueda me han dicho que mías tampoco. Probablemente por eso cuando les he dicho que eran mías para verlas precisamente allí y no en su casa se han puesto a reírse de mí mientras seguían a lo suyo. O sea, cortar flores del parque.

Cuando he vuelto con mi perra a casa, los dos con las orejas caídas, y ella además con el rabo entre las patas, ha querido la casualidad que hayamos coincidido en el ascensor con mi vecino, que para ambientar el trayecto no se le ha ocurrido otra cosa que decir que todo va fatal por culpa de los políticos. Por no contestarle los ojos se me han inyectado de sangre y al darse cuenta que la rabia contenida me salía por las orejas en forma de humo ha apostillado como para arreglarlo: “Unos y otros” y con una sonrisita complaciente se ha quedado tan tranquilo.

Y va precisamente y dice Julia Roberts al recoger el premio Donosti que le obsesiona el trato de las personas entre sí, porque hemos dejado de mirarnos a los ojos, y hay una falta de conexión humana, en parte debido a los ordenadores y los blogs. Pues a mí me da la impresión que hemos dejado la educación para el mundo virtual, porque en determinados momentos, en la calle, uno llega a sentirse el viejo cascarrabias gruñón que no soy.

¡Si va a resultar que lo que tendría que haber hecho es quedarme en casa!.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Todo lo que tú quieras


Podemos llegar a entender que un ejecutivo agresivo de éxito con una vida convencional decida travestirse al quedarse viudo repentinamente porque su hija de cuatro años le pide que le haga de madre sustituta en la privacidad de su vida familiar. Que decida traspasar la frontera y romper con sus tabúes para hacerlo de puertas afuera enfrentándose al juicio de familiares, amigos, compañeros de trabajo e incluso arriesgarse a perder la tutela de su hija resulta, cuanto menos, insólito.

Pero ese es el pretexto argumental que Achero Mañas utiliza para sorprendernos en Todo lo que tú quieras, una propuesta inusual sobre los sentimientos más profundos, un retrato sensible y duro, un cuidado drama que reivindica el amor, en este caso paterno filial, en situaciones límite, una reflexión sobre la identidad y los cambios de rol en la vida moderna.

A pesar de lo forzado de la situación el personaje de Juan Diego Botto aporta dignidad y clase a un personaje que podía haber resultado poco creíble, pero que resulta cercano y nos hace empatizar en su particular causa, para darnos cuenta de lo dolorosos que pueden llegar a ser los prejuicios con los que aún cargamos cuando tenemos delante a alguien que no actúa como pensamos que debiera, aunque nunca hayamos experimentado la situación que juzgamos.

Nunca he tenido claro si las campañas de sensibilización son realmente útiles a la hora de romper con un prejuicio, con un tabú. Las ideas se resisten a cambiar, como si estuviesen cinceladas en nuestro entendimiento, que a veces es duro como el mármol. Por eso creo que sólo una situación límite será capaz de hacer estallar en mil pedazos esa idea grabada a fuego en nuestro inconsciente y generarnos un conflicto.

Eso es lo que vemos en Todo lo que tú quieras. Sentimos resistencia a la hora de derrumbar los prejuicios y somos intolerantes al juzgar situaciones que desconocemos sin dedicar el menor esfuerzo a ponernos en el lugar del otro. De ese modo nos sentirnos más cómodos porque con demasiada frecuencia nos resulta difícil entender que cada uno de nosotros, como afirma el propio Mañas, somos un ser exclusivo y único y que los prejuicios nos impiden ver a las personas de verdad.

Lo importante son los lazos afectivos, independientemente de la ideología o de la condición sexual. Pero desafortunadamente todavía hay sectores que consideran que todo lo que se sale de la ortodoxia es una aberración. Sin embargo, es imposible no conmoverse al ver esta película, una fábula en definitiva para reflexionar sobre la sociedad de hoy en día que a mí me emocionó.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

¿Tener o ser?


Cuando el director del Staatliche Museum de Berlín supo que El hombre del casco de oro de Rembrandt era falso debió llevarse un buen disgusto y decidió descatalogarlo. Lo curioso, como en tantos otros ejemplos de obras de autores consagrados cuyas atribuciones se han descubierto erróneas es que se produce un efecto psicológico negativo en la memoria colectiva y en el mercado del arte, donde la etiqueta o la marca de su autor es la base para asignarle un precio real e incluso su valoración artística. Pero lo que es indiscutible es que lo que nos atraía de la obra perdura y por lo tanto, aunque haya cambiado su autoría no ha perdido su calidad artística.

El caso contrario lo protagoniza una historia que me comentaba hace años el asistente de un conocido galerista valenciano. Este tenía un acaudalado coleccionista entre sus clientes que adquiría obra de los artistas por él sugeridos. El coleccionista confiaba ciegamente en el criterio de la galería y por lo tanto había comprado y colgado en su casa una fotografía de una prestigiosa artista contemporánea a pesar de que no le gustaba absolutamente nada. Por eso precisamente la había puesto en el baño, para verla lo menos posible. Y les aseguro que la historia es absolutamente verídica.

Lo aparentemente llamativo de estas historias es que en ambos casos parece que las obras no eran realmente admiradas ya que nadie se preocupó de ellas por sí mismas si no por ser de quien eran y me recuerda inevitablemente un modelo de sociedad que ha cobrado protagonismo en los últimos años y que parece que a partir de ahora entrará en crisis: es decir, la cultura del “tener” frente a la del “ser”.

Como afirmó Erick Fromm en su libro ¿Tener o ser? la sociedad “occidental” en la que vivimos nos ha hecho creer que ser es tener, que es indispensable adquirir muchas cosas para ser, como si el individuo que no posee nada no fuera nadie. Aunque es necesario tener cosas para subsistir, no es lo que da sentido a la vida. Y diríase que en los últimos años, tener ha sido la función normal de la vida, de modo que ha llegado a considerarse como el modo más natural de existir y, a veces incluso, hasta como el único modo aceptable de vida.

Un cuadro de Rembrandt vale mucho, pero, ¿cuánto vale la suerte de saber disfrutar al contemplar El hombre del casco de oro, aunque no sepamos quién fue su autor?.

Foto arriba: El hombre del casco de oro, 1650, 67,5 x 50,7 cm., óleo sobre lienzo, Staatliche Museen, Berlin.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Un verano en Edimburgo. 14: Lessons in folk


Algunos aficionados al folk a menudo justifican su pasión por esta música con argumentos de base racial y patriótica, y apelan a adjetivos como puro o genuino para calificar lo que, en esencia, no es más que la representación de la comunión entre la tierra y sus gentes. Estos lazos emocionales se fundamentan en la utilización de elementos –en este caso, instrumentos y melodías- fácilmente identificables con tal o cual lugar o con tal o cual época.

Dicho esto, cabría pensar que el mundo folk es algo monolítico, inamovible y, como algunos piensan, aburrido. No obstante, hace ya tiempo que gozamos de buenos ejemplos en los que la música tradicional es la masa con la que hacer nuevas y distintas piezas de repostería. Por algo, ya casi nadie habla de música folk y nos hemos instalado cómodamente en otro anglicismo, que es eso que llaman world music.

Dentro de la inabarcable programación de los diferentes festivales que se dan cita en Edimburgo en agosto, tuvimos la ocasión de asistir en el Queen’s Hall a tres espectáculos que son una buena muestra de cómo pasado, presente y futuro se dan la mano y fluyen como distintas corrientes hacia un mismo río.

Battlefield Band llevan siendo los guerreros de la Scottish music desde hace más de 40 años, y son dueños de un inconfundible estilo, tanto en las adaptaciones de la música tradicional como en sus propias creaciones, a pesar de los inevitables cambios que en ese periodo de tiempo ha ido sufriendo la formación. Todavía se mantiene fresco en el escenario Alan Reid, aunque ya ha anunciado su adiós definitivo a la banda para finales de año, dejándola ya huérfana de miembros fundadores.

El repertorio escogido para la actuación se basó, casi íntegramente, en la presentación de los temas de su último disco Zama, Zama…Try Your Luck, un proyecto que empezó siendo una indagación casi conceptual alrededor del oro y acabó, en plena crisis financiera mundial, denunciando todos los desastres a los que la avaricia y la explotación nos han llevado. El escenario vibró especialmente cuando los violines de Ewen Henderson y Alastair White se retaban para encender el escenario y a poco se sumaban Reid al teclado, Sean O’Donnell a la guitarra y, sobre todo, Mike Katz a la gaita, demostrando que la mala prensa que este instrumento tiene en nuestro país, por parecer pesado y estridente, no es más que un prejuicio por parte del público y, quién sabe si, una falta de imaginación y riesgo de los músicos patrios. Los asistentes a la cita, probablemente un buen puñado de fieles seguidores de una media de edad ya respetable, pudieron disfrutar del sonido celta más tradicional y constatar, al mismo tiempo, que la marca Battlefield tiene cuerda para rato.


La actuación de Capercaillie nos dejó algo más fríos de lo esperado. Al contrario que Battlefield Band, en su segunda actuación dentro en la ciudad, el grupo fundado por Donald Shaw en 1984 apostó por un repertorio más intimista que alternaba piezas instrumentales tradicionales y tranquilas baladas cantadas en gaélico por Karen Matheson, una de las voces más reputadas de la música tradicional escocesa, a quien no ayudó la estática puesta en escena de los otros siete músicos cómodamente sentados en sus sillas, cosa que no pareció importar demasiado al público que, entregado, aplaudió a rabiar todos y cada uno de los números. Músicos que, por otra parte, cumplieron con creces en su intento de mostrar su dominio de instrumentos tan esenciales en la música celta como la gaita, el whistle, el violín o el acordeón.

Capercaillie definió con su actuación el presente de la música celta, no por su vertiente más comercial, pero sí por el tipo de propuesta que, digamos, tiene más probabilidades de llegar a un mayor número de gente. Aunque intuimos cierta reiteración en sus temas, la banda escocesa no deja de plantear una propuesta sólida y fundamentada, un referente mundial indiscutible en el universo del folk de raíces celtas.


Y al final llegó el futuro. Si hablamos de propuestas arriesgadas, ¿qué tal un grupo de cámara que se ha atrevido con obras de Copland y Barber, que ha adaptado música de Edith Piaf, Kurt Weill, Astor Piazzolla, Frank Zappa, King Crimson o Goldfrapp? ¿Una orquesta de cámara para tocar jazz, tango o música electrónica? ¿Y si añadimos que en su actuación en Edimburgo se presentaron además con un piano, una gaita, un bajo eléctrico, una batería y percusiones varias? Probablemente ya no estemos hablando de folk, ni siquiera de world music: quítenle lo de world.

Con una discreta asistencia de público, Mr McFall’s Chamber presentó su propuesta actual, plasmada en el CD Birds and Beasts, un viaje a través de la música de Martyn Bennett y Frasier Fifield. El primero de ellos, compositor escocés aunque canadiense de nacimiento, se caracterizó en su corta vida –murió a los 34 años- por experimentar con los sonidos más actuales y la introducción de nuevas tecnologías desde su formación clásica. El segundo, un compositor multiinstrumentista contemporáneo indagador e innovador con los sonidos del folclore más variado. Precisamente Fifield fue parte integrante de la formación que se presentó en Edimburgo. Aunque Mr McFall’s Chamber son básicamente intérpretes y no están directamente relacionados con la música folk, sí representan el más serio intento de globalizar la música y despojarla de prejuicios y de tabúes, pasando por el tamiz de una orquesta de cámara poco convencional tanto a grandes compositores de la música contemporánea como a iconos reconocibles de la música popular del siglo XX y XXI.


Personalmente, me cuesta creer que este tipo de propuestas no tengan cabida en las programaciones culturales de las entidades de nuestro país y, me pregunto quién le pondrá el cascabel al gato y se atreverá a hacer algo parecido para revitalizar nuestro folclore, situándolo en el presente con unas expectativas de público similares. Seguiremos esperando…