jueves, 25 de noviembre de 2010

Venecia, la mirada del agua


A primera vista Venecia no es pintoresca, es algo más, ¡es fascinante! Nos sorprende y anonada lo sobrenatural que hay en ella que provoca que no sepamos si estamos despiertos o si, al contrario, todo es un sueño. Y así, al llegar a la laguna, todavía sin góndolas ni vaporettos, surge del agua, de repente, una superficie de torres y más torres, cúpulas y más cúpulas, columnas y más columnas y un bosque de mástiles, apretujados palacios, la torre de San Marcos, su dorada cúpula, el esplendor de Santa Maria della Salute y de la Dogana y por fin, en toda su amplitud, la gigantesca ciudad. Nuestros ojos, habituados a ver barcos en el mar, no lo están sin embargo para ver una ciudad que flota oscilando con sus torres, iglesias y palacios en el movible espejo de las aguas que configuran un cuadro que nos hace admirar las fuerzas naturales y el poder del genio humano. Pues sólo dioses o gigantes pudieron haber concebido la idea de fundar una ciudad tal sobre las olas.

A pesar de la decadencia que también sufre desde tiempo inmemorial, por la que ha llegado a ser llamada la Palmira del desierto marino, es preciso penetrar en su interior para percibir en su esencia este ocaso. Sin embargo, vista desde fuera y de lejos, sigue siendo Venecia una ciudad que irradia un resplandor mágico… El primer impacto de su aparición –y Venecia semeja realmente una aparición- sigue siendo impresionante, casi conmovedor y provoca que no nos parezca una morada humana, sino una ciudad de los dioses y nereidas del mar que se sumergen en él. De este modo, fascinados por la primera vista de Venecia, al navegar por el Gran Canal, que atraviesa la ciudad y sobre el que cabalga el atrevido Rialto, apreciamos en seguida que aquí todo es diferente, todo al revés de lo que la costumbre y usos urbanos cotidianos nos tiene habituados.

Si queremos ver de un solo vistazo sus palacios y rodrigones, sus calles acuáticas y sus casas, sus canales, islas y puentes, sus lagunas y sus Lidos, sus puertos, la Veste Malghera, el Canalazzo que divide en dos mitades la ciudad, su Rialto y la Guidecca, la soberbia plaza de San Marcos, las lejanas islas y las masas urbanas a nuestros pies –el mar, el verde sonriente de la Tierra Firme y las nevadas cimas de los Alpes Friáulicos- hemos de ascender al campanario de San Marcos, una admirable obra edificada entre 888 y 1148 adornada con la hermosa loggieta de Sansovino. Desde aquí se nos presenta el “milagro de Venecia” en toda su disonante peculiaridad. La plaza de San Marcos no tiene igual en el mundo. Palpita en ella todavía el antiguo y poderoso corazón veneciano. Afluye aquí toda la vida ciudadana en esta plaza que ha sido el escenario de su preñada historia: escenario de lucha de los partidos, mercado, paseo, recinto de reuniones, teatro, patria y hogar de los venecianos, resplandeciente a la abigarrada luz del día y retándonos de noche, ofreciéndonos comercios y relucientes cafés bajo sus arcadas a modo de gigantesco pabellón popular. En esta plaza revive ante nosotros la historia de un poderoso estado. Aquí se encuentran Oriente y Occidente; el Palais Royal y Constantinopla están aquí. Aquí se halla el café de Florian, bolsa y punto de cita de los antiguos venecianos. Y en el medio se mueve una agitada multitud que se dirige a la catedral de San Marcos, resplandeciente del lujo de Oriente a través del arte griego, bizantino y neoitaliano… Las paredes y bóvedas doradas, quinientas columnas de los más costosos mármoles, alabastro y lapislázuli y las obras de la antigüedad, botín traído de Oriente, nos invitan a ver en este fabuloso templo toda la vieja historia de Venecia. El singular exterior de esta iglesia, comenzada en el año 967, con sus entradas angostas y altas cúpulas, sus atrios con mosaicos del siglo XI con fondo de oro y las puertas de Santa Sofía de Constantinopla nos atraen de un modo irresistible, del mismo modo que los incontables tesoros artísticos que alberga y que encuentra en Sansovino, Ticiano y Aretino una particular trinidad veneciana.

Porque evidentemente, y como se encarga de recordárnoslo Eugenia Rico, la ciudad de Venecia es mítica, una ciudad tejida de puentes, hilvanada por pequeñas puntadas de piedra. Una ciudad que es como un decorado de teatro, tan hermosa como irreal donde también las pasiones y las mentiras flotan, del mismo modo que los muelles y los palacios.

Venecia, afirma nuestra escritora, no es de cartón-piedra pero a veces lo parece. Las campanas se echan a volar canal abajo y las miradas se escapan campanile arriba. Suele decirse que ésta es una ciudad para venir con la persona de la que estás enamorado y no es cierto, porque cualquiera que venga a Venecia se enamorará para siempre pero no de quién está a su lado, sino de la ciudad. Y la ciudad es una amante celosa. Te atrapará con su belleza y sobre todo con el reflejo de su belleza que se escapa entre las manos como el agua y la vida.

La escritora Eugenia Rico ha vivido el último año en la ciudad de Venecia donde ha iniciado la escritura de su próxima novela. El día 1 de diciembre participa en el ciclo de charlas-coloquio “Punto de destino” con su personal visión de la ciudad de los canales. A las 19.30 horas en el Salón de Actos del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón.




sábado, 13 de noviembre de 2010

La suerte es de todos


No sé por qué pero siempre que suena inesperadamente el timbre de casa me da un vuelco el corazón porque no asocio esas llamadas con nada bueno. Por eso ayer, al escucharlo, justo cuando me disponía a hacer mi siesta de todos los días, me puse en estado de alarma. Al mirar por la mirilla y ver a mi vecino de abajo, con el que raramente coincido por las mañanas y que a duras penas le da para decirme furtiva y velozmente ‘enos días cuando le saludo al entrar en el ascensor, no pude menos que preguntarme extrañado qué es lo que querría de mí a aquellas horas.

Al abrir la puerta lo primero que llamó la atención fue ver en su cara una inusual sonrisa gigantesca de oreja a oreja que enmarcaba una perfecta dentadura brillante, probablemente recién blanqueada para la ocasión, que me dijo en tono cantarín y vocalizando a la carrerilla: “Buenas tardes, me preguntaba si te interesaría comprar lotería de navidad del barrio”.

Con la misma sonrisa impostada que él y adoptando un tono de lástima le dije: “¡Uy!, ¡qué pena tan grande!, he comprado dos papeletas justo esta mañana antes de subir… ¡Si me las hubieses ofrecido antes!”. Y con un “pues nada, buenas tardes, otra vez será”, cada uno de nosotros volvió a su rutina habitual. Cerré la puerta, me tumbé en el sofá y me dispuse a dormir la siesta que nunca debió haberse interrumpido.

Y es que pensándolo bien hay que ver la cantidad de amigos y conocidos que me quieren una barbaridad o que consideré mudos que descubro la segunda quincena de noviembre de cada año. Hay personas con las que la única palabra que me cruzo de noviembre a noviembre son las de la frasecita en la que me proponen comprarles lotería. Aunque el resto del tiempo nos ignoramos mutuamente, resulta que es precisamente en esta época del año cuando les renace la amistad altruista y me ofrecen lotería no vaya a ser, como ellos mismos se ocupan de repetirme también cada doce meses, “que vaya a tocar y seas el único que se quede sin… ¡menuda pena sería esa!” añaden, como si me estuviesen haciendo un favor por el que deba estarles agradecido.

Pues sí, su generosidad de noviembre es tan falsa como la sonrisa que les he venido poniendo cada año mientras con toda su cara dura al venderme sus papeletas me sableaban los euros que el resto del año no aceptarían de mí ni aunque fuesen para invitarles a tomar un café, porque del mismo modo que yo a mi vecino me dirían: “¡Uy!, ¡qué pena tan grande!, acabo de tomarme uno justo ahora mismo antes de verte… ¡Si me lo hubieses ofrecido antes!”...

viernes, 5 de noviembre de 2010

Con voz propia


En el Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón, Eduardo Mendoza afirmaba de sí mismo que es el “garbanzo negro” de los hijos de Barcelona porque siempre ha procurado irse de la ciudad. Y sin embargo, cree que en la mayoría de los casos es precisamente ese vástago el que acaba por contar la historia de la familia. Comentaba también que su ciudad le interesa, pero le oprime, razón por la que le gusta el cambio. Esa es la razón por la que, probablemente, ha vivido muchos años en otros lugares, en países como Holanda, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Austria… que siempre ha procurado estar fuera porque le gusta ser extranjero, de modo que al volver -porque siempre acaba volviendo-, ha visto la ciudad con otros ojos. Una visión distinta de la de aquél que siempre vive en su casa, del que le parecen normales cosas que no lo son o le parecen raras cosas que son normales. Porque lo importante para Mendoza es tener elementos de comparación.

Al aplicar esa filosofía al ámbito literario afirmaba que también hay cientos de escritores de los que se siente influenciado. Es decir, que no se pasa la vida leyéndose a sí mismo. Unos porque son buenos y son grandes maestros. Otros, porque no son buenos, pero hay algo en ellos que le resulta relevante. Es muy importante, afirmaba, la influencia de los escritores malos, ya que uno aprende lo que no se debe hacer, se les ve la trampa y eso enseña mucho. Porque, como afirmaba Eugenia Rico, también en el edificio Hucha, el escritor tiene que leer mucho para tener una voz propia y única, para no parecerse a nadie. Porque si no lee, se parecerá a quien no quiere.

Pues sí, es cierto. Pero frente a esta necesidad de viajar, de conocer otros lugares, otras personas, otras culturas y tradiciones, frente a la necesidad de fomentar la curiosidad, que nos recuerda Mendoza, nos enfrentamos a una visión narcisista de lo que consideramos propio, que nos aísla y nos hace autosuficientes en un discurso continuista que probablemente nos reduce a un mundo cada vez más pequeño. Y así, en nuestro particular mundo local encontramos que nadie necesita de nadie porque todos nos consideramos el centro del universo en lo nuestro, el culmen de la perfección en lo que hacemos, un foco emisor a imitar que no necesita de referencias porque todos y cada uno de nosotros nos consideramos perfectos.

Dejémonos pues de paternalismos en este mundo cada vez más deslocalizado y descentralizado para empezar a estar abiertos y curiosos, para empezar a saber estar atentos a las propuestas que definen las nuevas líneas por las que marcharemos mañana mismo. Líneas que precisamente no son las nuestras.


miércoles, 3 de noviembre de 2010

La diva ha llegado


En sociedad somos como los demás nos perciben, o como dicen que nos perciben. El espejo crea la imagen. Y esa no es más que la trampa a la que el ego nos tiene acostumbrados y en la que nos mantiene prisioneros. Porque nos vemos a través de los ojos del otro sin tener en cuenta que la forma en que nos ve depende de cuánto nos quiere y de cómo proyecta en nosotros lo que a su vez quiere ser.

De este modo se acaba por crear un espejismo, una ilusión que en la mayoría de los casos no se corresponde en absoluto con la realidad. Y es por eso también por lo que nuestros conocimientos aprendidos nos anclan y nos impiden mirar sin prejuicios. Es esa y ninguna otra la razón por la que el hecho de que una dragqueen entre por la puerta grande de un templo de la cultura sea tan improbable como que la reina de España salga de compras con Lady Gaga charlando animadamente de “sus cosas”. Y, con toda seguridad, y en ambos casos, ellos se lo pierden.

Porque aunque cada uno tiene en su mano el timón de su vida, en nuestro intento de ser normales todo el tiempo dejamos que nos digan cómo tenemos que ser  y entonces lo que ocurre es que dejamos de ser excepcionales.

Pero esta tarde la diva, maquillada concienzudamente, con guantes de raso hasta el codo y vestida en un prodigioso traje de seda con aplicaciones de plumas y lentejuelas doradas llegó subida en sus vertiginosos tacones encarnada en una perfecta femme fatale.

-Uuuuauuuu…. Es Miss Shangay Lily ¡Recién llegada para triunfar!. Pensaba el público que abarrotaba la sala sin salir de su asombro mientras escuchaba su disertación sobre el mundo de la televisión, de la falsa vanidad, de los egos hiperbólicos y de la gente que se queda solo en la superficie puesto que no tiene nada más. Hoy nos has hecho descubrir que aunque se puede alcanzar la notoriedad y convertirse en un icono, también es cierto que a veces forma y contenido no son un todo indisoluble. Hoy nos has demostrado que se puede ser diferente y no parecerse a nadie, pero que para eso suceda hay que poder ver más allá de la excentricidad y la provocación, hay que poder ver más allá de la superficie.

Gracias por venir y hacernos ver las derrotas internas que nos autoinflingimos al escuchar a extraños que nunca han visto nuestro poderoso interior, por mostrarnos que somos excepcionales, que sólo hay una vida y miles de justificaciones para no vivirla.

No importa lo que parezcas, yo sé quién eres...


© foto: Andrea Savini