jueves, 29 de diciembre de 2011

Una España (perdida) para siempre


Como resultado de la colaboración de la Fundación Bancaja con la Hispanic Society of America nos llega la publicación Atesorar España, catálogo de la exposición homónima, en el que se muestra una selección de la que es considerada una de las mejores colecciones de fotografía de España que existen en la actualidad.

Gracias a la inspiración del filántropo Archer M. Huntington (1870-1955), fundador de la institución americana, tenemos la oportunidad de conocer cómo éramos hace un siglo, materializado en las instantáneas de ciudades pequeñas y zonas rurales de la entonces considerada la España más genuina y tradicional, un país alejado de la visión estereotipada de toros y pandereta. Así pues, son imágenes también de una España que voluntariamente se deseaba contemplar genuina y mítica, que ya entonces miraba hacia un ayer en trance de desaparecer de manera inexorable gracias a la irrupción de la modernidad industrial y urbana.

Pero en el deseo de compendiar el alma de España con la mayor exhaustividad posible, de mostrarnos la crónica visual de un tiempo que se ve en sus calles y plazas, castillos, iglesias y monumentos, paisajes rurales o marítimos, así como en las escenas de la vida cotidiana, el espectador queda atrapado por la sensación de deterioro y tristeza que lo envuelve todo. La imagen de la España que transmiten estas fotos es la de una existencia con toda seguridad más dura y austera, una España decadente, abandonada y aparentemente más fría. La de un país vivido en blanco y negro o en sepia.

Por eso, al ver estas fotos he recordado a mi abuela que, nacida con el siglo XX, me contaba su infancia de penurias, sacrificios y esfuerzos vividos siempre con resignación y dignidad. Me han evocado a ella, que nunca subió a un avión ni conoció más allá de Castellón, que nunca fue de vacaciones y se levantaba cada día con las luces del alba, que vivió en una España que afortunadamente hemos perdido. Que sea para siempre.





sábado, 24 de diciembre de 2011

El poder de los libros


A los esclavos, en el sur de Estados Unidos, se les prohibía por ley que leyesen. Y en muchas culturas a las mujeres se les ha prohibido escribir y aún en gran parte del mundo sus familias no quieren que vayan a la escuela, porque las educan para ser criadas y esclavas de sus maridos. En el régimen nazi, en el estalinista, en la China de Mao..., en cualquier dictadura, los periódicos y los libros se someten a una estricta censura y se queman o se destruyen los considerados perniciosos. Un libro prohibido te puede costar la libertad, precisamente porque te la ofrece, porque te abre una ventana al mundo.

De ahí la creencia en la absoluta e ilimitada libertad de la lectura; en las virtudes de pasear por entre pilas de libros y coger el primero que llame la atención; en la elección de los libros por la tipografía e imágenes que ilustran su portada; en la lectura de libros porque a otros les disgustan o los consideran peligrosos; en la elección del libro más difícil que quepa imaginar... Pero lo que no hay que creer es en que nadie diga qué hay que leer, cómo leer, cómo interpretar, y sobre todo dónde leer.

Porque en los libros están todas las pasiones, todas las respuestas y ejercen sobre nosotros una irresistible atracción. Tan solo tenemos que extender la palma de la mano para acariciar las palabras, o cerrar los ojos para dejarnos llevar por el suave sonido que los dedos producen al acariciar el papel. Y, además, no hay dos libros iguales, porque las mismas palabras, en libros distintos, pueden significar cosas completamente distintas.

A todas estas reflexiones nos conduce Tinta, el último libro de Fernando Trías de Bes (Seix Barral, 2011). Un original homenaje al poder de las palabras y al libro impreso, donde nos muestra cómo funciona la literatura y la imaginación. Un curioso homenaje al texto impreso donde nos invita a reflexionar acerca de la posibilidad de que un libro pueda llegar, incluso, a modificar nuestro destino. Ese es, probablemente, el poder de la literatura.

domingo, 18 de diciembre de 2011

El hábito no hace al monje


No había leído nunca a Graham Greene. Y hace unos días me regalaron El Dr. Fischer de Ginebra. “Léelo entre líneas”, me dijo quien me lo regalaba. Y así hice. Se trata de una comedia negra, una novela breve, escrita con un sentido del humor bastante ácido en la que el personaje que mueve los hilos de la trama es el que da título a la historia. El Dr. Fischer es un millonario misántropo y cruel adepto a la idea de que todo lo puede el dinero, de que cualquier cosa y cualquier hombre tiene un precio. Por ello se divierte humillando a un grupo de aduladores avarientos. Pero la historia nos llega distorsionada a través de los ojos de Alfred, su yerno, frustrado y mucho más pobre que él, pero más digno, a quien tanto Fischer como sus secuaces le resultan patéticos e incomprensibles.

El autor satiriza sin concesiones sus costumbres y con una agudeza implacable muestra sus vicios más repulsivos. “Creo que detestaba al doctor Fisher más que a ningún hombre de cuantos he conocido, así como amé a su hija más que a mujer alguna”, afirma Alfred refiriéndose al Dr. Fischer, una persona que nos extraña que pueda ser tan cruel. Pero por desgracia, en la realidad, hay seres que dejarían en pañales a este supuesto doctor que representa la codicia ilimitada que devora a la gente que considera que tiene poder.

El Dr. Fischer, y especialmente a través de su mayordomo -que es el que decide en primera instancia a quién va o no a recibir el doctor-, se encarga de que quede bien claro dónde se sitúa cada uno y cuál es su posición en el imaginario, y a veces no tan imaginario, organigrama de la vida. Unos mandan y otros obedecen. Unos desean y otros cumplen. Unos son jefes y otros empleados. Que quede bien clara la autoridad, porque hay dos niveles. Unos están arriba, y otros abajo. Y los que están abajo, por mucho que se empeñen, nunca lograrán llegar al corazón de la cebolla, que es el Dr. Fischer, a salvo bajo capas y capas de protección, de filtro, de barrera y de imposición.

Lo que no sabía el Dr. Fischer es que la autoridad no se exige ni se impone, ni se legitima por los gestos. La autoridad es un estado moral que se gana, se concede y te legitima. Se puede tener aunque estés sentado en la mesa de al lado pues ya no es necesario ser el que ocupa el despacho de suelo de mármol con mobiliario de maderas nobles y cueros repujados.

martes, 13 de diciembre de 2011

El contenido del silencio


Lucía Etxebarria no planeó dedicarse a la literatura. Tener siempre las mejores notas en literatura y ser la responsable de escribir las obras y redacciones del colegio la hizo merecedora de la consideración de niña prodigio. Por eso relacionaba escribir con las obligaciones escolares. Pero una cosa fue llevando a otra. Y, a los 28 años, tras una gran crisis personal, escribiendo para desahogarse, surgió Amor, curiosidad, prozac y dudas.

Ahora regresa a Castellón con el que es considerado su mejor trabajo hasta la fecha, El Contenido del Silencio, donde muestra un cambio radical de estilo que marca el inicio de una etapa diferente y más ambiciosa en su narrativa. Etxebarria ha madurado, ha dejado la frescura y la inocencia del principio, pero ha ganado, indiscutiblemente, en habilidad narrativa y en capacidad de construir personajes, como evidencia esta novela que consigue atrapar al lector desde el primer momento con sus personajes nada planos, en los que nada es blanco o negro, ni malo, ni bueno, sino todo lo contrario.

La novela, cuyo origen fue un guión cinematográfico, está basada en historias reales. Entre ellas, el suicidio ritual que se había planeado en la “Secta de Heidi” en Tenerife y la historia del Grupo de Acción Analítica, en La Gomera, donde un grupo de personas que vivía sujeto a las decisiones de un líder se retiró a una cala sin otro contacto con el resto del mundo que la salida por mar. Y aborda también el tema de los nazis que se quedaron a vivir en España tras la guerra. Los nazis tuvieron un gran interés por Canarias, y no sólo por su situación estratégica. Antropólogos alemanes estudiaron a los guanches y sus raíces étnicas, y los miembros de la SS de creencias esotéricas buscaron en las islas petroglifos y símbolos celtas.

Para escribir esta historia ha necesitado realizar una exhaustiva labor de documentación bibliográfica e histórica, así como entrevistas a ex-acólitos de sectas y a un sacerdote especializado en desprogramación, además de cinco viajes a Canarias, Tenerife y Fuerteventura. Todo ello para bucear a fondo en un tema escabroso y opaco, las sectas destructivas, especialmente las instaladas en Canarias, cara oscura de las Islas Afortunadas. La presunta fuerza telúrica, el sincretismo cultural de las islas, así como los avistamientos de ovnis, su orografía impactante y ser un destino turístico, con mucho tráfico de gente pero con un interior despoblado donde poder actuar sin llamar la atención, crean las condiciones perfectas para estos hechos.

Este contexto es el que ha servido a la autora para buscar la explicación de qué es lo que lleva a una persona adulta a ingresar en un grupo sectario. Cualquier persona es vulnerable de ser manipulado y captado. Se trata de personas que en un momento determinado se encuentran particularmente vulnerables por la razón que sea. Siempre hay un captador que les invita a asistir a conferencias o a retiros y, poco a poco, el grupo teje sus redes a su alrededor convenciéndole de que es especial y valioso, de que tiene unas cualidades espirituales muy raras y únicas, y que está destinado a algo muy alto. Cuando, por fin, está captado el grupo insiste en que corte todo contacto con sus familiares y amigos, y a partir de entonces se inicia la verdadera desprogramación, el lavado de cerebro. Ese suele ser el punto de no retorno.

La novela presenta una estructura típica de thriller con pistas que conducen a otras pistas, pistas falsas, misterio dentro de otro misterio… Es un thriller psicológico-romántico donde observamos la influencia de Patricia Highsmith, a la que la autora admira reverencialmente, pero con una historia de amor y confianza en el género humano, la historia de una redención a través del amor.

Gabriel, un chico a punto de casarse en Londres recibe una llamada telefónica. Su hermana, a la que no veía desde hace diez años, ha desaparecido. Ingresó en una secta y desde entonces nunca más se supo. Ha habido un suicidio ritual y su cuerpo no está entre los que el mar ha devuelto. La secta estaba relacionada con la orden negra a la que perteneció Himmler y con los nazis refugiados en Canarias tras la segunda Guerra Mundial. Pero ese viaje es paralelo a un viaje interior. Tiene que viajar a lo más profundo de sí mismo para recordar por qué su hermana huyó de él, para admitir sus culpas y sus miedos, y para exorcizarlos. Es una historia de liberación, la historia de cómo a través de ese viaje ese hombre asume que el peso de un secreto compartido con su hermana y guardado años en el silencio le ha incapacitado para amar y ser feliz. Es un viaje en lo exterior (por Tenerife y Fuerteventura) siguiendo la pista de su hermana y en lo interior es un viaje hacia sí mismo y la verdad. Por eso es una novela poética.

La secta sirve a Lucía Etxebarria de excusa para abordar sobre los mecanismos de manipulación. Toca temas profundos y mucha gente se va a ver reflejada incluso si jamás ha estado en una de ellas, porque los métodos de captación de una secta y los de que usa un perverso narcisista (una pareja que te capta solo para sacar provecho de ti) son muy parecidos. El dolor y el sufrimiento son temas universales; la confusión y el deseo también.

El mejor premio que uno puede tener es contar con lectores que le siguen y le apoyan. “No escribo para que no me lean, no tengo vocación de escritora maldita. Prefiero lectores fieles a un premio de la crítica”, afirma. Sin embargo, con obra traducida en más de 20 países, las críticas feroces siempre las ha recibido en España. Con esta obra busca ser, al fin, profeta en su tierra. El próximo miércoles la esperamos a las siete y media de la tarde en el Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón.


lunes, 12 de diciembre de 2011

¿Cómo se cuenta la risa?


La Semana de las Letras en Español es el evento literario más importante que desarrolla el Instituto Cervantes en su red de centros en todo el mundo. Cada año, una ciudad desarrolla esta actividad que congrega una muestra representativa y plural de la creación verbal en español. Después de haberse celebrado en ciudades como Londres, Manila, Pekín, Nápoles, Dublín o París, ahora le ha tocado el turno, del 21 al 25 de noviembre, a Roma. En esta ocasión el tema central de este encuentro ha sido el humor. Ese humor que está en la raíz fundacional de una literatura que desde el Quijote comprendió que la risa es una fundamental herramienta de la vida y la creación.

Autores con trayectorias literarias bien distintas como Alicia Giménez Bartlett, Ignacio Vidal-Folch o Gabriela Bustelo, entre otros, intercambiaron impresiones acerca de la narración, la ironía y el humor. El último día Eugenia Rico y Eduardo Mendicutti, además del bloguero Daniel Díaz, desvelaron en la mesa redonda “¿Cómo se cuenta la risa?” su visión personal sobre el humor en la literatura en la Sala de Piazza Navona del Instituto Cervantes en Roma.

Para Eugenia Rico la risa es la manera de soñar despierto más maravillosa que conoce, porque en la literatura es “la sacudida del sueño, el temblor del alma”. Por su parte Eduardo Mendicutti afirma que «En España en estos momentos está resucitando el aspecto humorístico de la realidad, porque en unas circunstancias adversas, dolorosas o difíciles, el humor se convierte en una forma de coraje. La gente puede pensar que el humor significa frivolidad, una especie de escapismo, pero es un arma como cualquier otra para afrontar los problemas de la vida».

La ironía nunca lo ha tenido fácil, no sólo dice lo que dice, sino también todo lo contrario. El humor, por contraste, y en su justa medida, es uno de los condimentos esenciales de la literatura, porque nos muestra lo insignificante que es todo, muestra la humanidad despojada de solemnidad, nos ofrece una catarsis ante las mayores adversidades, y por eso, hoy en día, podemos afirmar que lo hace todo más habitable. Como señala Mendicutti, la seriedad no está reñida con el humor. Afortunadamente.

domingo, 11 de diciembre de 2011

¿Por qué nos odian si somos tan buenos?


George Orwell escribió que en una sociedad libre las ideas impopulares podían suprimirse sin necesidad de usar la fuerza. La forma más importante para lograrlo es la buena educación. Si tienes una buena educación, dijo, has interiorizado que existen ciertas cosas que no deben decirse, o incluso, ni siquiera pensarse.

Los que, como Noham Chomsky (Filadelfia, 1928), el mayor intelectual de Estados Unidos, buscan con ahínco la verdad y la justicia son despreciados por quienes tienen como objetivo el poder y los privilegios. Implacablemente autocrítico, ha denunciado y desenmascarado desde hace décadas las mentiras de la élite en el poder y de los mitos que construye. Una pequeña muestra de su trabajo queda recogido en los escritos, conferencias y respuestas seleccionados en La era Obama y otros escritos sobre el imperio de la fuerza, de la editorial Pasado y Presente, donde nos anima a no dar por sentadas nuestras suposiciones y adoptar una actitud escéptica hacia todo lo que sea sabiduría convencional porque si la obligamos a justificarse descubriremos que, por lo general, no puede.

Chomsky nos enseña a vivir en el presente con actitud esperanzadora porque existen opciones, la decisión es nuestra: cada individuo tiene el deber de actuar de acuerdo con principios morales y obligar a quienes están en el poder a hacer lo mismo. El cambio social sigue estando a nuestro alcance. La respuesta depende en gran medida de lo que decidamos hacer, porque escandalizarnos no sirve para nada. Si de verdad queremos impedir nuevas atrocidades, tenemos que intentar averiguar cuáles son sus raíces.

De hecho estamos en el origen de muchas de las que se comenten en el mundo. Nuestros propios crímenes quizás sean monstruosamente peores, pero no entran dentro de nuestro campo de visión. No los estudiamos, no nos informamos sobre ellos, no pensamos en ellos, nadie los menciona. Sencillamente no se nos permite pensar al respecto y, si estamos de acuerdo con que así sea, es nuestra decisión. Pero no debemos olvidar que la vara con que juzgamos hoy a los demás es con la que la historia nos juzgará mañana.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Se acabó la fiesta


Todo lo que sube y sube en algún momento tiene que bajar. Tras veinte años de oportunidades y soñar a través de la arquitectura, hemos pasado de la emoción a la conmoción. Pero, ¿cómo se ha llegado al actual panorama de proyectos cancelados, espacios vacíos y edificios públicos sin fondos? Tras el banquete de los años noventa, en los que todo parecía posible, ha llegado el momento de la reflexión. En "Se acabó la fiesta" el escritor Félix de Azúa, los arquitectos Richard Rogers, Blanca Lleó, Emilio Tuñón y Luis Mansilla, los editores de la Revista El Croquis, Fernando Márquez y Richard Levene, y el periodista Llàtzer Moix, reflexionan acerca de la arquitectura realizada en los últimos 20 años en España.

Sin duda, los éxitos de la Barcelona Olímpica y el Guggenheim de Bilbao marcan el inicio del gran milagro arquitectónico español. Pero en lugares como Bilbao encontramos el criterio del especialista porque, como afirma Blanca Lleó, tenemos la suerte de ser muy creativos. Pero la mala suerte de tener muy malos gestores, añade. El Guggenheim ha sido capaz de establecer una relación con su entorno, poniéndolo en valor y revitalizándolo. Sin embargo, el resultado de este fenómeno ha sido una gran borrachera de entusiasmo desarrollista al límite, un derroche de medios; y al hacer mucho más de lo necesario, se ha llegado a ser destructivo.

Muchas ciudades quisieron emular el caso Guggenheim por el simple mecanismo de construir un gran edificio de un arquitecto estrella. Un modelo que no siempre ha funcionado, entre otras razones por no acompasar bien la inversión con el rendimiento que se pretendía obtener. Según Llàtzer Moix cuando uno busca distinguirse pero en el entorno todo el mundo hace lo mismo, la distinción desaparece. Y ahora, al llegar la crisis, este fenómeno ha desaparecido de muerte accidental al poner en evidencia estas operaciones desmesuradas.

Como se afirma en el reportaje de La 2, el poder siempre ha buscado quién dé forma a sus sueños. Por eso, los arquitectos han concebido edificios que en unos casos se han convertido en símbolo del poder, mientras que en otros, los menos, han pasado a ser símbolos. Y, aunque pocos son los genios independientes que han sabido innovar, también es cierto que se necesitan clientes exigentes con los pies en el suelo. Cosa que evidentemente no ha existido en muchas ocasiones.

¿Cuál es la imagen que queda para nuestras ciudades de algo que en sí mismo es un puro derroche estéril cuando no queda para sanidad o educación?. Los edificios son como las personas, pueden ser bellos, pero no por ello tienen que ser buenos...



miércoles, 7 de diciembre de 2011

Merezco ser feliz


«Todo ser humano tiene la opción de embarcarse en la búsqueda y el disfrute de su propio bienestar emocional. Tenemos derecho a la felicidad. Ese estado especial está a nuestro alcance, en el interior de cada uno de nosotros. Un derecho que debemos reivindicar y que nos hemos ganado tan sólo por estar aquí; simplemente por vivir». Estas palabras del psicólogo Guillermo Ballenato, responsable del asesoramiento psicológico y psicopedagógico de la Universidad Carlos III de Madrid y autor del best seller Educar sin gritar, ofrecen una nueva perspectiva sobre nosotros mismos y nuestra felicidad. Nos brinda una mirada positiva que anima al cambio a la alegría, a tomar la iniciativa, a llevar una vida coherente, plena, con sentido.

Pero la felicidad es fundamentalmente ser uno mismo y ser libre. Y en la posibilidad de elegir con libertad e independencia, sin adherencias, sin lastres, sin nada que nos obligue, sin condiciones que nos lleven a hacer lo que creemos que no se debe hacer, encontramos el ingrediente fundamental para lograrla.

El estudio y la práctica de la psicología conducen de forma natural a la reflexión sobre el bienestar emocional y la felicidad del ser humano. La ciencia se cuestiona de manera recurrente de qué variables depende, intentando entender por qué se da en unos sujetos con tanta facilidad mientras otros tienen dificultades para encontrar satisfacción en sus vidas. Por ello, Guillermo Ballenato compartirá el próximo miércoles en Castellón lo que observa y constata a diario desde la experiencia profesional. Más de dos décadas de ejercicio de la psicología le permiten reflexionar sobre las que considera algunas claves de la felicidad del ser humano.

“Soy testigo del poder de cambio de las personas, de su capacidad de adaptación y renovación, y de su gran competencia para mejorar sus vidas”, afirma. Porque “el cambio es posible. Nace de la reflexión, el análisis y la acción. Habrá aspectos de la realidad que no podremos cambiar, pero también es posible ser felices en circunstancias adversas, sin necesidad de modificar las condiciones externas. Lo que sí podemos cambiar es la mirada y la forma de ver las cosas. A menudo aplazamos nuestra felicidad, supeditándola a determinados logros: «Seré feliz cuando tenga dinero, encuentre el amor de mi vida, tenga hijos, termine los estudios, recupere la salud…». Y, aunque es posible que eso también sea así, en este momento, con lo que tiene y con lo que es, ya puede ser feliz. Muchas personas se sorprenden cuando descubren que no era tan difícil, que lo tenían al alcance de la mano aunque no habían sido capaces de darse cuenta”.

Ballenato defiende que está en nuestra naturaleza ser felices. Y que esa felicidad crece cuando se comparte y se brinda también a otras personas. Porque, añade, que la felicidad es incompatible con la sensación de prepotencia, está vinculada con el valor de la humildad, con el del altruismo, con la actitud de entrega y apoyo a los demás. De hecho, somos seres sociales, compartimos nuestras vidas y crecemos juntos. El cambio social nace del cambio individual. Cuando mejoramos, cuando reímos, cuando nos ilusionamos y somos felices, ayudamos también a que mejore nuestro entorno. Contagiamos a quienes tenemos cerca. Somos portadores de bienestar. Sin embargo, cuando nos infravaloramos, cuando nos culpabilizamos por haber cometido algún error, cuando el miedo nos impide afrontar los retos que nos presenta la vida y nos quejamos de nuestra suerte, entonces, no nos permitimos ser felices.

Por eso nos anima a darnos permiso para ser felices. Ahora, aquí, tal como somos y tal como estamos, aceptando las adversidades y valorando sus posibilidades. Nos sentimos felices cuando «somos» personas en un sentido amplio. Personas capaces de desarrollar nuestro potencial, de encontrar nuestra esencia y de vivir conforme a nuestros valores.

Estas son algunas de las orientaciones y recursos que podemos escuchar la tarde del día 14 de diciembre en la Fundación Caja Castellón que pueden ayudarnos a incrementar nuestro bienestar emocional. Porque la felicidad es una cuestión prioritaria. Y como afirma el profesor Ballenato no hay que dejar pasar más tiempo; no hay que temer a los cambios; ni retrasar nuestras decisiones. Debemos tomar las riendas de nuestra vida, que es muy corta porque hoy, aquí y ahora es el momento ideal: «¡Puedo ser feliz! ¡Merezco ser feliz! Todos los días están llenos de regalos, y son para el que quiera cogerlos».

sábado, 3 de diciembre de 2011

Manifiesto personal


Ana María Moix, en su Manifiesto Personal reflexiona con indiscutible acierto y contudencia sobre los temas que nos importan hoy en día. Preocupaciones que ha registrado prestando atención y, sobre todo, oído, a aquellos que viven, trabajan (con suerte), votan, pagan impuestos, sufren y se divierten: experiencias, lamentos, reflexiones, esperanzas y, especialmente, preocupaciones de gentes de su entorno.

Afirma que los aspectos negativos de nuestra vida actual no anidan en la libertad sexual, ni en el divorcio, ni en el aborto, ni en la homosexualidad abierta, ni en el imparable progreso de la mujer en todos los aspectos de la vida. La enfermedad, el mal, se llama dinero, sociedad de consumo, fomento del gasto individual, adicción a la compra, a las marcas caras, a la exhibición de la prepotencia económica, a la superficialidad bobona disfrazada de sofisticación. Hemos sucumbido a la religión del dinero, al culto a la apariencia, a una falsa estética aplicada no a las artes sino a los productos de marcas cuanto más caras mejor, al credo de la salud y cuidado del cuerpo como bien indispensable para alcanzar lo más deseado en este mundo: el éxito en el trabajo, en sociedad y en las relaciones humanas y familiares, cuanto más banales y menos exigentes mejor, con tal de poder sentirse ganador en el ejercicio para el que el sistema nos ha estado astutamente adiestrando: la competitividad.

En otro de los capítulos del libro afirma que la democracia es como la familia: una institución imperfecta, pero cualquier invento que pretenda sustituirla es indudablemente peor. No hay duda de que la familia es un nido de neurosis, de relaciones hipócritas y enfermizas, de malentendidos que duran años y abren heridas que nunca se cierran, de taras incurables, de odios ulcerosos, pero también de amores y afectos positivos que ayudan a vivir y a sobrevivir. La democracia, afirma, juega un papel similar. Por un lado, es un nido de trampas, de corrupción, de una falsedad sin fondo en la que caben toda clase de mentiras y engaños; pero, a la vez, es el único sistema político que ofrece mecanismos de defensa al ciudadano engañado, estafado e indefenso ante el cúmulo de atropellos que pueda sufrir. Aunque compartiendo la opinión de muchos afirme que parece estar a punto de caer gravemente enferma por culpa de la pésima relación entre la clase política y la ciudadanía, que se ha dado cuenta de que los políticos ya no ejercen la política porque su poder de acción ha sido arrebatado por los mercados, lo vuelve a llevar al inicio: el dinero.

Es evidente que nuestro sistema de vida está cambiando. Como afirma Ana María Moix es necesario recuperar las únicas armas con las que avanzar hacia un futuro no menesteroso ni vergonzante: los valores éticos y morales que, en algunas épocas de la historia hicieron de la humanidad una especie digna de vivir sobre la tierra.

Pero de momento así están las cosas, entre la desidia y el descontento. Y la casa sin barrer.

jueves, 24 de noviembre de 2011

La confesión de Guest o el bochorno


¿Quién no se ha visto en una situación comprometida de la que no hay manera posible de salir airoso, una de esas situaciones en la que ninguna explicación ni excusa resultan creíbles? David, en La confesión de Guest, la novela hasta ahora inédita en España de Henry James, asiste a una declaración humillante. Estar en el lugar equivocado y ser testigo y actor de la conversación a la que no debiera haber asistido jamás, condicionará dramáticamente su vida futura.

Yo mismo me vi en una situación embarazosa hace un tiempo. Colaboraba con la administración pública cuando un técnico necesitó de la ayuda de uno de sus compañeros, de categoría laboral funcionario, que cumplía escrupulosamente su horario: de ocho a tres, de lunes a viernes. Era por la tarde y surgió un imprevisto que se debía resolver inmediatamente, una de esas circunstancias que pueden ocurrir en el trabajo porque no pueden ser anticipadas por más previsor que uno sea. Apurado, usó un teléfono inalámbrico para explicarle el problema, cuya solución sólo podía dárnosla él. Su respuesta de “mañana te lo miro nada más llegar”, fue replicada, esta vez en tono suplicante, con un “no puedo esperar. Va a venir el jefe y esto debe estar resuelto”.

Pero diplomáticamente, desde la otra parte de la línea, se lavó las manos, añadiendo que aquél no era su horario, que lo entendiera, y se despidió. En ese momento, como espectador de la situación, escuché el ataque de mi colega contra toda la clase funcionarial y contra el acomodaticio y desmotivado de su compañero mientras el ritmo cardíaco se le disparaba a cinco mil pulsaciones. Y entonces sonó su móvil. Era el funcionario. No había pulsado la tecla de colgar del inalámbrico y por eso lo había oído todo. Si hacía unos segundos lanzaba palabras a chorro por la boca, en ese momento se quedó mudo, no le salió ni una. Cuando colgó, sentí cómo deseaba que la tierra se lo tragase.

Cuando alguien es demasiado orgulloso o se comporta de forma demasiado altanera esconde las sombras de su vergüenza humillando a los demás. Pero la vida lo mantiene todo en cierto equilibrio, y tal como hay algunas cosas torcidas, también hay otras derechas. Por cada virtud hay un pecado, por cada alegría una desdicha, por cada mal un bien y así, en el eterno girar de la rueda de la vida todo se compensa. El péndulo va y viene con inexorable precisión. Ya se sabe, todo es acción y reacción, causa y efecto.

martes, 22 de noviembre de 2011

Material sensible


El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la educación de un país, uno de los barómetros que marcan su grandeza o su descenso. Un teatro sensible y bien orientado en todas sus ramas, desde la tragedia al vodevil, puede cambiar en pocos años la sensibilidad de un pueblo; y un teatro destrozado, donde, como tan visualmente afirma Miguel García-Posada, las pezuñas sustituyen a las alas, puede achabacanar y adormecer a una nación entera. Ni qué decir tiene que la mejor evidencia de ello son algunos de los ejemplos que desde la televisión intentan alienarnos con obsesivo empeño, día tras día, año tras año.

El teatro es una escuela de llanto y de risa; una tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equivocadas y explicar, con ejemplos vivos, normas eternas del corazón y el sentimiento del hombre. Por eso, una sociedad que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerta, está moribunda. Sin duda alguna.

Empar Claramunt, de Teatre Buffo, entrará mañana en el salón de actos del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón-Bancaja, -convertido momentáneamente en sala de teatro-, de la mano de La Niña que Riega la Albahaca, de Federico García Lorca. Este viejo cuento andaluz en tres estampas y un cromo, que Federico adaptó para títeres con la colaboración del maestro Falla en la parte musical, fue estrenado en su propia casa la noche del 5 de enero de 1923 para la fiesta de Reyes de su hermana Isabel. En él descubrimos cómo la niña Irene lograba, a través de juegos de burlas y engaños y disfrazándose de mago, curar al Príncipe que se encontraba muy malherido por culpa del amor. Musicalidad, poesía y humor como homenaje a un gran artista que concibió la magia de una poética para niños con una fuerza y sensibilidad que salpica el mundo de los adultos.

No son buenos tiempos para la lírica. Pero tampoco podemos aceptar que la cultura es un inacabable prado donde siempre queda algo que podar. Por eso, un teatro como lugar para reflexionar no está mal, porque, a pesar de las dificultades, el ser humano no puede estar sin música, sin literatura, sin arte. Siempre ha sido así.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Palabras de arsénico


No hace mucho, me lamentaba en una conversación de lo dañinas que son las acusaciones lanzadas sin control ni evidencia. Mi interlocutor, como si nada, dijo que en la difamación siempre hay algo de verdad. Con ello no hacía más que poner en evidencia que en ocasiones, con demasiada frecuencia hoy en día, el lenguaje y las personas somos perversos. Las palabras no cuestan nada, pero si conociéramos toda su transcendencia, la perseguiríamos a sangre y fuego, con mucho mayor motivo que otros ‘pecados’.

El filólogo Victor Klemperer, en su libro La Lengua del Tercer Reich, nos recuerda lo peligrosas que son ciertas afirmaciones hechas de manera astuta, con dudosas intenciones, que acaban apoderándose de nosotros, introduciéndose en la carne y en la sangre de las personas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas impuestas al repetirlas millones de veces. Afirmaciones que acaban siendo adoptadas de forma mecánica e inconsciente que logran que ciertos tópicos acaben apoderándose de nosotros

Porque las palabras, especialmente cuando vienen de agitadores que gritan como charlatanes demagogos que machacan siempre las mismas teorías simplistas, pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: una vez narcotizados por ellas e inutilizada nuestra capacidad de reflexionar, acabamos tragándolas sin darnos cuenta, parecen inocuas, pero al cabo de un tiempo producen su efecto tóxico.

Palabras que proceden en su mayoría de personas frustradas que empiezan a sentir miedo de quedar apartadas e intentan vengarse de quienes no tienen culpa alguna de sus desventuras. Son la justificación para el que no le quedan más que sus sucios y menudos argumentos, en los que se pierden y se abaratan como personas, del que no le quedan más que sus rencores inagotables, unos temores que rozan la estupidez a causa de las susceptibilidades sin fin.

Todas las generalizaciones son falaces. Y los juicios no contrastados nunca tienen, por mucho que lo diga quien lo diga, ni una pizca de verdad. El problema es que se meten insidiosamente en la cabeza y son venenosas como el cianuro, inertes como el plomo, malas ideas malas que inducen a la pereza intelectual y moral, nos encierran, nos achican la mente, nos idiotizan, y nos convierten en cómplices del abuso y de la injusticia.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Palermo: una ciudad en la calle


A mediados del siglo XIX los viajeros de la época afirmaban que en Sicilia la naturaleza había reunido todo lo grandioso y lo bello que podía contenerse en un espacio relativamente pequeño del amplio mundo. Y Palermo, su corazón, ya era conocido en todo el orbe por sus señoriales calles, trazadas casi exclusivamente con palacios, que la reconocían como sede de una opulenta aristocracia; así como las estatuas de reyes alineadas a lo largo de la Marina, con surtidores en las esquinas de las calles y lápidas de mármol anunciando el nombre de sus fundadores; además de sus iglesias, con cuadros de la época de Rafael y las obras maestras de Il Monrealese.

Hoy, la rica ciudad del Mediterráneo antiguo, es una joya cubierta del polvo de la historia, de las desgracias que han reportado los desastres naturales, y del lastre provocado por la guerra, la especulación, la miseria o la delincuencia. Pero, si obviamos estos apuntes que no explican la totalidad de la realidad palermitana, nos encontraremos con una asombrosa ciudad, repleta de historia y vida, la amalgama que forma el gran puzzle de estrellas que brillan en Palermo.

Siendo tan abigarrada tiene un trazado poco regular, con calles estrechas, incluso las relativamente importantes. Lo más sugerente es callejear y descubrir una ciudad en la que los vestigios de sus diferentes conquistadores son tan variados que permiten coexistir la mezquita arabo-normanda de San Giovanni degli Eremiti, con la genial catedral, la capilla palatina del Palacio Normando, o la plaza de Quattro Canti, donde convergen las dos vías principales de la ciudad, Vittorio Emmanuele y Via Maqueda.

Pero donde realmente hoy se encuentra la vida del Palermo tradicional es en los bulliciosos mercados, con sus puestos de fruta, pescado, carne, quesos, conservas o especias, como el de Ballarò, entre las plazas del Carmine y Ballarò; el de Capo-Porta Carini, en la parte alta del barrio Seralcadio o el de Vucchiria, alrededor de la plaza Caracciolo y la vía Argenteria. Sorprende descubrir en este último, entre la mezcla de los olores y colores de los productos a la venta y de los sonidos de la calle, la Iglesia de Santa Eulalia de los Catalanes, construída en el siglo XVII en el lugar donde se encontraba la lonja de la Corona de Aragón, llegada a esta ciudad en el siglo XIII. Esta espléndida iglesia desacralizada, propiedad de la Obra Pía, fue restaurada en el año 2002 por la Generalitat de Catalunya para cederla cuatro años después como sede del Instituto Cervantes. Curiosamente, si en la calle la vida se encuentra en el ritmo trepidante de los puestos del mercado, una vez dentro el recogimiento y el silencio nos puso a la mesa, invitándonos a comprar, preparar y servir los productos que el mercado nos ofrece.




Imagen superior: “La Vucciria”, de Renato Guttuso. 1974, Palazzo Chiaramonte, detto Steri, Università degli Studi di Palermo.

domingo, 6 de noviembre de 2011

El enigma


Los prejuicios nos encierran, nos achican la mente, nos idiotizan, y cuando estos prejuicios coinciden, como suele suceder, con la convención mayoritaria, nos convierten en cómplices del abuso y de la injusticia. Actuar con compromiso no consiste en ponernos a favor de una causa, sino en mantenerse siempre alerta contra el tópico general, contra el prejuicio propio, contra todas esas ideas heredadas y no contrastadas que nos meten insidiosamente en la cabeza, venenosas como el cianuro, inertes como el plomo, malas ideas que inducen a la pereza intelectual y moral.

Jan Morris tenía tres años cuando se dio cuenta, con incuestionable convicción, de que a pesar de que todavía no conocía las diferencias entre los sexos, sentía la compulsión absoluta e irreprimible de que había nacido en el cuerpo equivocado, por lo que vivió una primera infancia confundida, incómodamente incompleta, como si en su puzle faltase una pieza. No era algo que afectase a lo físico, afectaba al ser. 

Durante los cuarenta años que siguieron un propósito sexual dominó, distrajo y atormentó su vida: la ambición trágica e irracional, formulada de manera instintiva pero seguida con perseverancia de abandonar la masculinidad para alcanzar la feminidad. Conforme fue creciendo el conflicto interior se volvió más patente y empezó a sentir que vivía una mentira. Iba disfrazada: su realidad femenina, para cuya definición no tenía palabras, se vestía fraudulentamente de hombre. Y, como les ocurre a los prisioneros incomunicados, sentía que estaba privada de identidad.

La idea de cambiar de sexo parecía, hasta hace muy poco, algo monstruoso, absurdo o contrario a los designios divinos. Por eso, todavía sigue siendo desconcertante para muchas personas conocer el testimonio de Jan, que llegó a casarse y tener hijos, en un matrimonio aparentemente armonioso y normal, cuando en realidad sentía que vivía en un engaño. Para Jan tener un cuerpo nuevo que no pareciese un híbrido o una quimera es lo que logró que alcanzase al fin el sentimiento de normalidad, alcanzar la realización personal, ser ella misma.

Afortunadamente la noción de identidad sexual ha cambiado, de modo que la considerable porción de la población que solía sentirse excluida de las categorías sexuales convencionales ha visto normalizada su vida. Lo importante es la libertad de cualquiera para vivir según los propios deseos, de amar de la forma que quiera y de conocerse a sí mismo. Qué duda cabe también de que los efectos de la costumbre y el entorno son muy poderosos. Pero Jan decidió seguir avanzando. Los problemas, como queda en evidencia en su autobiografía, lejos de ser negativos, más bien la estimularon, sobre todo por el deseo y la persistencia de salir adelante.

Siempre nos ha dominado la voluntad de estigmatizar lo que se sale de la pauta; lo cual no deja de ser un signo claro de nocivo primitivismo por parte de los que se consideran adalides de la libertad. Porque el sufrimiento no es más que tiempo desperdiciado que carece de utilidad real ni redentora. Evitar los desafíos es lo que nos consume más tiempo y energía, pero enfrentarnos a ellos es precisamente lo que nos mantiene vivos. No hay que dedicar nuestros esfuerzos a buscar las barreras para darse de cabeza contra ellas, ya que si se piensa demasiado en muros y normas, cuya única finalidad es hacer dormir la mente, se pierde la ocasión de alcanzar el objetivo que nos marcamos en la vida. Y esta vida es la mejor que tendremos jamás.

domingo, 30 de octubre de 2011

Viaje a los dos Orientes


El viaje es una experiencia de vida y de conocimiento y, como tal, un movimiento que relaciona al que lo inicia con el espacio visitado. Si el viaje es a Oriente, viene a representar, además, el retorno al origen de la sabiduría del hombre.

Dado que la Tierra es redonda y Oriente es el punto cardinal del horizonte por donde aparece el sol en los equinoccios, todos sus espacios pueden revestir la condición de Oriente. Ahora bien, oriente puede ser también un impulso, un lugar interior. Oriente es además –y es belleza– «el brillo especial de las perlas», el «nacimiento o principio de las cosas», y es, igualmente, un viento.

Pero también el viaje y la aventura –sobre todo para un niño–, lo próximo y lo lejano, no sólo geográficamente. Hay aquello que uno reconoce de inmediato como distinto, países con pobladores de otras razas, que visten de modo extraño, que escriben con caligrafías indescifrables, que seducen por su colorido y aquellos en los que uno se reconoce, cuyos textos se pueden leer aunque no se entiendan.

Y además, situándonos en España, todos los países visitados quedan al Este, excepto uno: Portugal. Pero, a decir verdad, y como afirma la escritora y poeta catalana Clara Janés, nunca sabemos si se mira a Lisboa como Occidente, desde Barcelona, o como Oriente, desde la imaginada Kioto.

"La vida es en sí movimiento, pues el respirar es el viaje del aire por nuestro paisaje, atrapar el aire y devolverlo, de modo que pasa de lo exterior a lo interior y regresa enriquecido. Resulta natural, pues, que el hombre sienta el impulso de salir hacia el otro, que es lo que está en la esencia del viaje". Así valora Clara Janés esa íntima trama psicológica que esconde el deseo de viaje.

En Viaje a los dos Orientes (Siruela, 2011), asume un viaje a Oriente Medio y Extremo Oriente. Su mirada poética y atenta nos acerca a culturas como la turca, la india o la japonesa, y nos desvelan panoramas llenos de color y belleza, costumbres y vínculos históricos y de pensamiento que suponen ya de por sí una aventura. Y nos enseña a viajar, a mirar no sólo con los ojos sino con el alma y el corazón. Una realidad visual que esconde otra realidad espiritual más profunda que cala en el visitante.

Los lugares que visitamos ofrecen variedad de paisajes, costumbres, arte, literatura y distintos modos de despertar el intelecto. El viajero curioso, en este caso la escritora Clara Janés, no puede dejar de asombrarse, anotarlo. El próximo miércoles, dia 9 de noviembre nos conducirá fascinada ante el paisaje azul de Ispahán, el misterio del Wadi Rum y la noche cerrada en el Adén. A las siete y media de la tarde tendremos la oportunidad de escuchar en el Salón de Actos del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón su declaración de amor a la música persa, a la poesía yemení o a los versos de Adonis, gracias al ciclo de charlas-coloquio “Punto de Destino”.


Nacida en Barcelona en 1940 e hija del famoso poeta y editor Josep Janés, Clara Janés se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad de Pamplona y recibió el título de Maître de Lettres en Literatura Comparada por la Universidad de la Sorbona. Ha destacado tanto por su producción poética como por su labor como traductora, que la ha llevado a traducir obras de autores de la importancia de Marguerite Duras, William Golding o Katherine Mansfield. Su excelente labor de traducción, que incluye también textos de poetas turcos y persas, así como de Rainer Maria Rilke y el poeta checo Vladimir Holan, la hizo merecedora del Premio Nacional de Traducción en 1997.


jueves, 27 de octubre de 2011

Ay, muerte de mi vida


¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? Éstas son las grandes preguntas que nos hacemos, y quizá la respuesta es la misma: venimos y vamos a un lugar que desconocemos. ¿Quizá ese lugar es el mismo? Así lo creían el hombre y la mujer cuando aprendieron a cultivar la tierra. De la Madre Tierra nacía todo y a ella todo regresaba para volver a dar vida: y es esta antigua forma de entender la muerte, como algo necesario, la que permanece en los cuentos populares de todas las culturas.

Esas son las preguntas a las que se busca dar respuesta la tarde del próximo 2 de noviembre, Día de los Difuntos, a través del maratón “Cuentos populares de la Madre Muerte”, que ha organizado la Fundación Caja Castellón en el edificio Hucha. Como en ocasiones anteriores, se contará con la participación de más de cien lectores, por lo que permanece abierta la invitación a todos aquellos que deseen formar parte de esta iniciativa de animación lectora.

Para ello se ha contado con el trabajo de la escritora y filóloga leonesa Ana Cristina Herreros, especialista en cuentos populares y en el romancero, que ha dejado a un lado las brujas y los monstruos para perseguir a la muerte a través de 25 países y 44 relatos populares con ‘la dama de la guadaña’ como protagonista, personaje cercano y nexo de unión entre los cuentos recopilados en lugares tan diversos como el Tibet, Cuba, México, Groenlandia, China, Irlanda, Japón o Marruecos, además de España. Con esta apuesta de Siruela por publicar aquellos temas de los que nadie habla se pretende devolver a la muerte su significado primero: una Muerte que, como nuestra madre, nos acompaña desde que nacemos, que trata a todos por igual y que nos permite descansar cuando el tiempo hace que la vida nos pese. Una Muerte que actúa con justicia, se enamora, es burlada, es amiga, y también una muerte de la que a veces se regresa... o que nunca llega.

En estos 44 cuentos (no hay que olvidar que el cuatro es el número de la muerte en la Cábala, y en China es el 44), prevalece la idea de una muerte que carece de connotaciones negativas, que se aleja de la idea del miedo y del pecado para considerar la idea de una muerte acogedora que ha pervivido en las tradiciones orales de todo el mundo, donde la muerte se celebraba tanto como la vida. Sin embargo, la imagen de la muerte empieza a empeorar, según Herreros, con el paso de la cultura rural y agraria a la urbana, un lugar de asfalto que nada nos enseña de la vida porque en él nada germina ni nada se entierra. Un lugar que se aleja de la muerte a través de los modernos tanatorios, donde se escamotea el duelo, el dolor y la imagen de la muerte, mientras que la tradición del Día de los Difuntos, que servía para recordarlos, se ha sustituido por la importada moda del Halloween.

El próximo miércoles tendremos la oportunidad de leer estos relatos y leyendas rescatados del olvido que, en algunos casos, se forjaron en la hoguera paleolítica y que fueron pasando de padres a hijos durante milenios, cuentos populares donde la muerte no se oculta, donde la muerte se mira cara a cara, sirven para vivir y nos devuelven a los tiempos en los que el hombre tenía confianza en el otro, sin miedo. No en vano, Ana Cristina Herreros resume lo estimulante de estas leyendas con una historia de principios de siglo: durante el estalinismo descubrieron que en un barracón de un gulag, los presos no morían. En esa nave, cuando sonaba el toque de queda y todo quedaba en silencio, una mujer se sentaba en su jergón y comenzaba a contar un cuento. Durante el relato, la gente que allí se hacinaba escapaba de su destino y vivía una nueva vida gracias, dice la autora, "a esos cuentos populares en los que la muerte no se oculta, se mira de frente sin miedo, sirven para vivir".

lunes, 24 de octubre de 2011

Las viudas alegres


En la vieja Palermo, donde el sentido más tradicional de la vida lo sigue envolviendo todo, me sorprendía estos días la imagen de una señora de cierta edad que, vestida de luto riguroso, pasaba todo el día asomada a una portezuela de su balcón observando el cotidiano discurrir de la vida del barrio. En cierto modo, me recordaba a mi abuela, que una vez viuda, no volvió a encender nunca más en su vida la tele por respeto a la memoria de su difunto. Se guardaba muy mucho de reírse demasiado, no fuera y le tomaran por la viuda alegre y por eso vivió el resto de sus días en un silencio discreto, pendiente del qué dirán y con el único objetivo de esperar el momento final en el que de nuevo poder reunirse en el otro mundo con su amado esposo.

Inevitable compararlas con el grupo de mujeres, viudas todas ellas sin excepción, que cada día se visten de punta en blanco después de comer y acuden al club de jubilados del Edificio Hucha, en la Fundación Caja Castellón, para tomar café y charlar de sus cosas. A media tarde, y en función de la oferta cultural del día, asisten a una conferencia, al teatro, a la inauguración de una exposición, al cine o a lo que se tercie y les apetezca. Y después, se pasean, van de tiendas, a la peluquería, administran su casa, salen a cenar y, sobre todo, ríen.

Ninguna de ellas se queja de cómo les ha tratado la vida, más bien al contrario, pero ninguna desea repetirla, y menos volver, como ellas dicen, a cuidar de otro hombre, que con uno ya tuvieron bastante. De ahí que a las viudas de hoy en día les queden pocas ganas de quedarse solas en casa y, una vez libres de las cargas familiares, aprovechan esta nueva oportunidad que la vida les ofrece para ponerse al día en el terreno cultural y recuperar el tiempo perdido.

Si antes no pudieron estudiar por falta de tiempo, medios o porque simplemente, no les tocaba, ahora despiertan a la llamada de la cultura y algunas hasta se hacen universitarias y expertas en tecnología digital. Conozco personalmente a una que, solamente un año después de ponerse frente a un ordenador por primera vez, ya me enseña trucos para que Internet vaya más rápido. Felices por descubrir un mundo del que no pudieron disfrutar hasta que sus maridos (que el Señor tenga en su gloria por muchos años) pasaron a mejor vida, las viudas de hoy quieren empaparse de todo lo que se les ponga por delante y saborear los años que les queden sin tener que pedir permiso ni dar explicaciones a nadie.

Seguro que cientos de turistas, de regreso a sus casas, alabarán con nostalgia lo pintoresco de la sociedad palermitana. Un pintoresquismo que, para ellos, nunca debiéramos haber perdido en Castellón, pero yo me pregunto qué interés tiene mantener una tradición, y ciertos valores a ella asociados, que no hacen felices a nadie. Y como esta tradición, ejemplos a millones.

martes, 18 de octubre de 2011

La cabra tira a los montes (Apalaches)


Hace unos días observaba en silencio cómo un niño de unos cinco años daba vueltas sobre sí mismo durante una representación de teatro, intentando infructuosamente atornillarse al asiento de la butaca por la parte donde la espalda cambia de nombre. En su obsesivo empeño giratorio, a 45 revoluciones por minuto, daba sus correspondientes 45 golpes a una señora a su derecha, y otros tantos a su hermana, que sentada a su izquierda dejaba salir un gritito hiposo a cada impacto.

Pasados unos minutos, el niño perdió el sentido de orientación del giro sobre su eje imaginario y decidió actuar esta vez cual martillo pilón; sus brazos se aupaban desde el respaldo del sillón, para liberarlos a continuación y dejarse caer sus quince o veinte kilos por acción de la fuerza de la gravedad.

Todos los espectadores seguían disfrutando del espectáculo, incluso la señora de su derecha, que a pesar de los continuos zarandeos a los que estaba sometida, disfrutaba estoica e impasiblemente de la obra, como si a su lado estuviese sentado un muerto.

Todo seguía en una tensa normalidad hasta que el niño, apoyándose en sus manos, decidió hacer el pino, mientras su progenitora jaleaba los malabarismos de su retoño, que dejaban a la altura de amateurs artrósicos a los actores que estaban interpretando la obra, de título “Escapismo del gran Houdini en los Montes Apalaches”.

En ese momento me acerqué a ella y le dije serena, amable, dulce y solícitamente que además de su hijo el resto de espectadores de la sala deseábamos disfrutar del espectáculo. No del de su hijo, sino del de los Montes Apalaches. La madre, sorprendida, me lanzó una mirada indignada y con la mayor de las certidumbres me dijo que qué poca sensibilidad la mía, qué dónde se había visto que no se pudiese dejar a un niño actuar como a un niño. Y, aunque le dije en la voz más almibarada de la que fui capaz que para actuar como niños ya estaba el parque, no hubo manera de convencerla de que más que un hijo aquella criatura era una cabra, una cabra en cautividad.

Precisamente ayer el profesor Elzo comentaba en la Fundación Caja Castellón que dentro de una tendencia generalizada a la delegación de responsabilidades, hemos creado una sociedad de jóvenes con derechos sin el correlato correspondiente de deberes. Por ello, los jóvenes crecen en un entorno sobreprotector y reciben una socialización que no les prepara para enfrentarse a la sociedad en la que viven, y en la que palabras como disciplina o responsabilidad no les son inculcadas. ¡Pues ya está claro!.

sábado, 15 de octubre de 2011

Jóvenes y valores, la clave para la sociedad del futuro


Ninguna de las generaciones que han precedido a la de los jóvenes de hoy en día ha tenido el nivel de vida del que ahora disfruta. Pero del mismo modo, la preocupación por el futuro de los hijos en un mundo cada vez más complejo va emparejada con la sensación de que no somos capaces de transmitir nuestros valores. El aluvión de estímulos que nos llegan a través de los medios de comunicación, la competitividad, la aceleración del consumo y los nuevos modelos de vida han provocado un cambio en las costumbres que se traduce en el miedo a asumir responsabilidades y en la pérdida del sentido colectivo.

Al hilo de esta idea, Javier Elzo, catedrático de Sociología en la Universidad de Deusto, presentará en la Fundación Caja Castellón el próximo miércoles, día 19 de octubre, a las 19,30 horas, una serie de consejos que contribuyen al fomento de los valores en el ámbito familiar para prevenir conductas de riesgo a partir del diálogo y la comunicación. Por la mañana la Fundación ha organizado un encuentro del profesor Elzo con 600 estudiantes de la provincia de Castellón en el que se abordarán también estos aspectos.

Afirma el profesor Elzo que los sistemas de valores dominantes en la sociedad occidental durante los últimos cincuenta años han condicionado las problemáticas actuales porque, dentro de una tendencia generalizada a la delegación de responsabilidades, hemos creado una sociedad de derechos sin el correlato correspondiente de deberes. Por ello, los jóvenes han crecido en un entorno sobreprotector y han recibido una socialización que no les ha preparado para enfrentarse a la sociedad en la que les ha tocado vivir, y en la que palabras como disciplina o responsabilidad no les son inculcadas.

De ello se deriva su afirmación de que a los padres actuales les falta tiempo para transmitir valores, que “han equivocado el nivel de vida con la calidad de vida y cada vez más inculcan en la disciplina para conseguir más dinero, más poder adquisitivo, un estilo de vida materialista". En su opinión, los padres deben actuar para que sus hijos "sean psicológicamente equilibrados, social y culturalmente insertados, éticamente responsables, capacitados para construir su futuro, dueños de sus vidas, actores y no meros espectadores, agentes activos y constructores de su destino". Sin embargo, afirma que en casi la mitad de las familias españolas falta comunicación entre sus miembros y sostiene que sólo cuatro de cada diez familias tiene capacidad para educar a sus hijos.

Si se supera con éxito la adaptación a la modernidad, las nuevas generaciones se insertarán con más garantías en la sociedad del futuro. Para ello, es indispensable la educación en valores, especialmente los valores de proximidad como la familia, los amigos, la lealtad a los suyos y la honestidad. Pero no debe confundirse la juventud con los jóvenes. Y nunca debe olvidarse que, a fin de cuentas, cada joven es una persona única.

jueves, 13 de octubre de 2011

Casticismo de abolengo


La aristocracia de rancio abolengo y la exaltación del flamenco abren las portadas de todos los periódicos y revistas de esta semana. Imágenes que inevitablemente nos derivan hacia lo castizo y pintoresco, lo que entendemos por español en general, y andaluz en particular. Una sensibilidad heredada del Romanticismo e investida de un aura idealizada y no sin cierto provincianismo.

Es la España cantada por Gautier, Quinet y Mérimée, entre la mezquita cordobesa, la Alhambra y las pinturas de Zurbarán, Velázquez y Murillo; medio mora y medio cristiana, mitad real y mitad inventada. La España de Cook, Borrow, Ford o del célebre Washington Irving; la de los bailes, ferias y mercados populares, que estos viajeros y escritores recrearon sin dejar de hacer referencias irónicas al catolicismo papista de la población; una imagen de España que aparecía a sus ojos como antesala del mundo oriental, en la que tan sólo se había sustituido el Corán por el Nuevo Testamento.

Inevitable recordar la imagen del tópico. La de los españoles considerados fanfarrones, orgullosos, susceptibles, celosos, salvajes y violentos, y al mismo tiempo leales, hospitalarios, sufridos, nobles y con un sentido democrático por el que el más pobre no se considera menos que el rico y poderoso. Y a la hora de destacar personajes lo hacen con aquellos a los que después se les va a sacar partido literario: Carmen, la cigarrera; José María, el bandolero; Paquito, el torero o Don Juan, el seductor. Todos ellos dispuestos a formar parte de la leyenda.

Como ocurriera hace ya dos siglos, estos días la prensa nos ha mostrado la expresión de una sociedad andaluza que no tiene nada que ver con la Andalucía moderna. Una imagen en la que lo popular y lo religioso aparecen representados en los estereotipos vigentes de lo español: el mundo del toro con sus hombres morenos y el del baile, personalizado en sus mujeres gitanas de hermosa cabellera negra, ojos grandes y vivos y su gracia al andar. Sólo han cambiado los protagonistas, ahora sustituidos por personajes de la prensa del corazón.

Una imagen tópica y de cliché de un casticismo distorsionado, idealizado, exagerado y deformado que sigue teniendo demasiada fuerza, una etiqueta de la que todavía parece que es difícil escapar.

Aunque, como en todo, siempre podremos disfrutar de su esencia. 




domingo, 9 de octubre de 2011

Del chic al shock


En La Costa del Sol en la hora pop, Juan Bonilla analiza cómo los años sesenta supusieron un cambio radical en el aspecto y en la forma de vida de los pequeños pueblos pesqueros de la costa malagueña, especialmente la ciudad de Marbella. De repente, España y, sobre todo, el sur peninsular habían sido descubiertos por el turismo extranjero, que entró en aluvión cambiando mentalidad y estética. Y con él entraron también una serie de personajes, al principio de gran talla intelectual, que dieron a esta zona un prestigio internacional. Lo pop, arraigado a esos lugares de ocio, edificó la costa y la puso en la vanguardia del cosmopolitismo. 

El momento culmen en el que la zona perdió todo el encanto y prestigio que una vez la alhajaron, el momento preciso en el que polvos se convirtieren en lodos, no nos pilla por sorpresa. Es conocido por todos. Llegó de la mano visionarios que entendieron que la política era un negocio privado tan legítimo como otro para enriquecerse ellos y unos cuantos colaboradores selectos. Para mantener las formas no tuvieron más que convencer demagógicamente a la mayoría de votantes, previamente convencidos de que en ningún sitio encontrarían mejor valedor de sus intereses que en la cuenta corriente del propio alcalde. Y, de ese modo, fueron ganando una y otra vez las elecciones con el apoyo impresionante de la población. 

En Marbella, como en tantos otros lugares, paso a paso, sin retroceder jamás, se devoró la naturaleza y se robó la belleza a lo que se enorgullecía de haber sido un paraíso para convertirlo en un lugar destruido y deglutido por una explosión incontrolable de mal gusto, destinado ahora al blanqueo de capital, que se guardaba en bolsas de basura custodiadas por algún amigote que pasaba por allí. Pero no pasaba nada. Todos participamos de la ceguera colectiva hasta que se descubrió un pastel que a nadie sorprendió, un cuento inverosímil conocido por todos.

Y fue así como se confirmó la regla no escrita según la cual las cosas sólo pueden mejorar muy poco, pero pueden empeorar de forma espectacular. Salvajismo y estupidez se aliaron en la Costa del Sol con consciente inconsciencia. De esa colaboración sacaron tajada muchos, pero muchísimos más fueron las víctimas.  Los tribunales y las urnas juzgarán a unos y otros. Pero los culpables morales, los que asistieron al crimen sin levantar la voz, encogiéndose de hombros, o depositando, por interés propio, la papeleta equivocada en la urna, desde luego, no lo serán. Y es esto, y nada más, lo que nos lleva a hacer descansar algo de la responsabilidad de haber llegado a esa pésima situación en los electores, es decir, en los ciudadanos.

De todo aquello, solo quedará el sol. El único lugar que queda al que poder mirar sin sentir náuseas.

lunes, 3 de octubre de 2011

Aguirre, el magnífico


Al igual que parece ser que le ocurrió a la propia Duquesa de Alba, cuando llegó a mis manos el libro Aguirre, el magnífico, del castellonense Manuel Vicent, sentí una gran curiosidad por conocer, no sin cierto regusto a cotilleo, la vida de su, hasta ahora, último marido. Pero Jesús Aguirre también le sirve a Manuel Vicent para mostrar con humor e ironía una crónica diferente de las generaciones que ocuparon la vida política y social desde el principio de la dictadura hasta el inicio de nuestro siglo, como si tratara de una novela de ficción; cincuenta años de la España que va desde el final de la Guerra Civil a la Democracia, con sus héroes y villanos. Una "España un poco esperpéntica que Aguirre anima", ya que era alguien que "tenía todas las connotaciones para ser un gran personaje de novela, afirma el autor.

Así, nos descubre a Jesús Aguirre, un hijo de madre soltera que creció en Santander entre misas, procesiones, concentraciones de Acción Católica y campamentos del Frente de Juventudes. Magnífico estudiante con un bagaje cultural y filosófico muy superior al de la inmensa mayoría de los españoles de su tiempo, que viajó a Alemania, tras su paso por el seminario de Comillas, para estudiar teología, donde conoció al entonces profesor Joseph Ratzinger, actual papa Benedicto XVI y se empapó de la ideas de Theodor W. Adorno, Martin Heidegger o Walter Benjamin.

Convertido en cura siempre estuvo acompañado en parte de una mentalidad marxista que no acabó de encajar con los ideales de la iglesia. Pero colgó el hábito para pasar al frente de la editorial Taurus, desde donde incorporó a la bibliografía española a los protagonistas más destacados de la Escuela de Frankfurt; al tiempo que, como hizo con Fernando Savater, concedió su primera oportunidad a algunos de los más importantes pensadores españoles actuales. Pero además fue Director General de Música, conferenciante, escritor y columnista, miembro de varias Academias, y sobre todo, desde el 16 de marzo de 1978, decimoctavo Duque de Alba, uno de los últimos movimientos de un proceso que culminaría el día de su muerte al ser enterrado en el panteón de la Casa de Alba en el convento de las madres dominicas en Loeches. “Allí -como señala Manuel Vicent- consiguió escalar finalmente el héroe un gran sarcófago de mármol por cuya conquista luchó toda su vida”.

El “Aguirre, el magnífico” de Manuel Vicent

Manuel Vicent, testigo privilegiado y amigo personal de Jesús Aguirre, tal y como recuerda al comienzo del libro al relatar el episodio en el que ya siendo Duque de Alba lo eligió como su biógrafo ante el Rey, demuestra una extraordinaria capacidad para narrar lo visto con ironía pero desde el distanciamiento. Lo retrata implacablemente pero a la vez reconociendo su genio y figura, situándolo por encima del bien y del mal. De este modo esboza, con amenidad y acierto, el perfil de este esnob inteligente, algo dandy, provocador y diletante pero también culto, muy inteligente, divertido y folletinesco que era Jesús Aguirre. Se apiada del amigo, pero se burla del duque hasta el sarcasmo, contándolo todo con un barniz literario, y siempre según "la primera regla del arte, que es saber detenerse a tiempo".

El autor afirma que contar la vida de Aguirre no era una tarea fácil porque "en el fondo era un hombre muy hermético que nunca acabó de mostrar sus sentimientos", "un artista a la hora de enmascarar su pasado y también su ambición". Alguien que tuvo la habilidad suficiente como para ir mudando de disfraces en su existencia sin delatarse. Alguien capaz de ser aceptado y venerado por todas las elites del país, desde la aristocrática hasta la intelectual. Estamos ante alguien que, en palabras de Vicent, emprendió a lo largo de su vida una continua "huida de sí mismo", pero "siempre hacia arriba", "no ambicionaba dinero ni riquezas temporales", sino que "a grosso modo huía de un pasado oscuro que no aceptó para regenerarse socialmente dejando atrás tierra quemada", sin importarle "cerrar puertas, cambiando de amigos, de rico en rico". Alguien, en definitiva, que va a pasar de la condición de hijo de soltera -nefasta en la España franquista- , para terminar dando un braguetazo sonado con la Duquesa de Alba.

Para ello realiza un retrato intermitente de su vida compuesto de cuadros de diferentes momentos en el que no escatima en anécdotas retratándolo, primorosamente en un libro donde brilla el lirismo soberbio de Manuel Vicent, su prosa virtuosa, casi poética. Un libro hermoso y cínico, metafórico, relator de una época, retrato de un tiempo de España en tono descreído y burlón del que todos formamos parte ya en cierto modo.

martes, 27 de septiembre de 2011

Me llamaba Pikolo



Aunque todos somos iguales, no todos reaccionamos igual, en eso somos muy distintos unos de otros. Y aunque para algunos pesimistas parezca que nos dirijamos hacia un medio hecho para la supervivencia de los más inescrupulosos, la realidad es que la resistencia moral ante la injusticia no es menos valiosa que la resistencia física.

Jean Samuel tenía veintidós años cuando fue trasladado a Auschwitz, donde vivió la experiencia humana más absoluta que conoció el siglo XX. En Me llamaba Pikoloel extraordinario testimonio de este compañero de Primo Levi, publicado en España por Plataforma Editorial, nos muestra cómo aprendió a adaptarse a la vida del campo de exterminio, un lugar donde el sufrimiento, el frio, el hambre y el miedo estaban siempre presentes. Un lugar donde lo importante era saber ser neutro, gris, fundirse en la inmensa masa de los concentracionarios. Porque solo había un objetivo: sobrevivir. Sobrevivir tratando, a veces sin tener verdadera conciencia de ello, de seguir siendo un hombre.

Convertido en número, degradado a cuerpo-objeto en el que los superiores pudieren secarse las manos, obligado a permanecer concentrados en el trabajo como si nada pasara mientras alguien era apaleado hasta morir, o mearse encima a causa del miedo, provocaron que tuviera que endurecerse para tener una oportunidad de salir adelante. No había derecho a llorar, tampoco el derecho a las reacciones humanas. Ni se podía ni se sentía vergüenza por ello. Era, como los demás, transparente, no existía, había llegado al borde de la condición más miserable a la que alguien puede ser arrojado.

Sobrevivieron unos y otros no. Y fue por suerte, por supuesto, porque el criterio moral no tenía ningún papel. Sin embargo, en ese contexto, en lo peor de la aflicción de los campos, conoció extraordinarios momentos de solidaridad con algunas raras y escogidas personas, a partir de gestos tan banales y risibles como compartir el resto de una cuchara de mermelada. Gestos de una gravedad memorable, la marca de una inmensa confianza mutua y sólida; la prueba de que, aun en aquel infierno se podía no pasar al estado de pura animalidad y resistir la tentación de transformarse en bestias. Momentos que demuestran que hubieron personas que preservaron su humanidad, una humanidad aislada entre la masa de los demás, que sucumbieron al mal endémico del campo. Son estas las imágenes que flotan y sobreviven, las que nos dejan la convicción de que jamás el hombre podrá ser rebajado por entero, que siempre habrá algo en él que pueda ser salvado.