domingo, 20 de febrero de 2011

Forges, vacuna contra la estupidez


Es posible que los que tienen la creencia de que el humor gráfico es solo un instrumento de distracción no lleguen jamás a darse cuenta de su enorme valor a la hora de analizar la realidad. Los humoristas gráficos tienen una especie de excelsa misión de cantar, gritar, sugerir, susurrar al poder lo que nosotros, como simples ciudadanos, no le podemos hacer ver; de ser intérpretes, en definitiva, de lo que es el sentido común.

De hecho, la mayor parte de los acontecimientos que hemos vivido o la práctica totalidad de la vida social y política que conocemos, forman parte ya de los libros de historia, pero como paso previo tuvieron que pasar por el trazo de los humoristas gráficos. Sus caricaturas y sus viñetas, antes incluso de que los más ávidos historiadores lo vislumbrasen crearon el pulso de la realidad. Con una sola diferencia, si los historiadores y los analistas políticos necesitaron varias páginas para contar algo, a un buen humorista gráfico le bastarán tan solo unos pocos trazos para poder resumirlo.

Si bien en el siglo pasado el humorista político ejerció una función de cronista del momento, como encargado de mostrar a los lectores la imagen de los acontecimientos de esa época o como crítico irónico de su sociedad, hoy, más que nunca, nos muestra cómo, qué y quién somos, lo que nos gustaría o quién quisiéramos ser. Además, el humor gráfico, para ejercer un efecto cómico, no puede ser oficialista. Ha de ser siempre crítico, y en algunos casos claramente opositor, inconformista con la situación a la que se enfrenta, dibujando en sus textos o caricaturas a un oponente. Es un instrumento que el humorista utiliza para mostrar el mundo que percibe, de modo que nos permite contrastar la movilidad o el estancamiento de la transformación política y social en la que vivimos.

El próximo miércoles, de la mano del periodista y humorista Tonino, la Fundación Caja Castellón nos ofrece, esta vez, la posibilidad de “escuchar” la charla-coloquio “Mare Suyum” de Forges, uno de los iconos españoles del humor gráfico, en el Salón de Actos del Edificio Cavallers de Bancaja.

Imagen, pocas y certeras palabras, mucha genialidad y un claro compromiso son los ingredientes básicos que viene utilizando desde hace ya algunas décadas el humorista Antonio Fraguas, conocido por la mayoría como Forges, para llamar la atención sobre los hechos y las injusticias que ve a su alrededor.

Porque Forges, en su trayectoria artística, ha desarrollado una serie de arquetipos que son inconfundiblemente suyos. Utiliza unos muy personales bocadillos de gruesa línea negra y un refinado lenguaje extraído directamente de la calle y es uno de los pocos humoristas con oído sensible al lenguaje popular.

En su obra ocupa un lugar fundamental el costumbrismo y la crítica social. Su fuerte es la visión crítica de las situaciones de la vida cotidiana, creando toda una extensa iconografía de personajes y situaciones cómicas que refleja la idiosincrasia y la sociología de la España contemporánea: desde Mariano, el burgués frustrado casado con una gordísima mujer llamada Concha, que representa a la represiva conciencia; los Blasillos que representan la España rural y eterna; las viejas que conjugan informática y paletez; los oficinistas cabreados, el jefe potentado y gilipollas o el niñato pijo e imbécil. Todos ellos crean un repertorio a través de la constante denuncia en llamar la atención sobre los hechos y las injusticias que ve a su alrededor.

Las de Forges son historias que pasarán a la historia. Y la historia, ya se sabe, ésa sí que no se equivoca nunca. Aunque a veces, claro está, depende de quién y cómo la dibuje.



martes, 15 de febrero de 2011

¿Arte o vandalismo?


La relación de las ciudades con los grafiteros pasa pronto del amor al odio. Si sus trabajos han logrado llegar a ser aceptados y a formar parte de rutas turísticas, también es cierto que no deja de ser curioso que estos artistas sean perseguidos por inscribir sus creaciones en espacios públicos y que las multas por hacerlos sigan constituyendo la otra cara de la moneda.

El arte urbano tiene que ver con la conquista del espacio callejero, la necesidad de apoderarse de un entorno que nos ha sido robado por la publicidad, las marcas y el mobiliario urbano, es decir por la creciente privatización del espacio público. El artista del graffiti se resiste a la colonización intensiva de estos lugares por parte del capital privado, a la vez que revela constantemente que es el espacio mismo el que está siendo transformado en una mercancía sobre la que no se puede operar sin permiso de sus dueños.

Para realizar sus reivindicaciones utiliza elementos tan rústicos como el spray. Pero precisamente por esto los espectadores consideran a los integrantes de este movimiento como simples degenerados, enemigos del orden y la limpieza. De hecho, una ciudad como Nueva York, en los años 70 gastaba 10 millones de dólares en eliminar de todo tipo de superficies los tags con los que miles de jóvenes querían dejar constancia de su presencia en la ciudad. En la actualidad, esa cifra se ha multiplicado, pero ese notable esfuerzo económico no logra borrar una huella que ni siquiera a estas alturas sabemos si debemos considerar arte o vandalismo. ¿Hay que proteger los edificios cuyas paredes han desaparecido bajo el reino de la pintura o, por el contrario, es necesario someternos al imperio del disolvente que les devuelva la limpieza y la homogeneidad?

La realidad es que el grafiti sigue teniendo muchas cosas que decir y ha demostrado ser mucho más que una moda surgida en los años sesenta, cuando se convirtió en un movimiento con sus propias normas y motivaciones. Sin embargo, han pasado los años y seguimos en el mismo punto o en el mismo instante de fascinación y desconcierto ante el grafiti. Y aunque los grafiteros todavía viven anclados en la idea de la mitología del proscrito urbano, la realidad es que todo cambió desde que un tal Banksy, jugando al escondite del anonimato, se hizo famoso por sus plantillas en el Londres de finales de los años ochenta, optando por la rama más política del arte urbano. Banksy crea un arte en constante interacción con la sociedad, como demuestra el hecho de que llegase a colgar sus propios cuadros en prestigiosas galerías, sumiendo al visitante en el desconcierto; que instalase en el parque Disneyland de California un muñeco inflable con el overol naranja y la capucha de los prisioneros de Guantánamo; o que colase en el mercado del arte una de sus obras para ser vendida por cifras millonarias, lo que provocó el nacimiento de un mito sobre el que se escribe no sólo en periódicos como fenómeno de masas, sino también en las revistas de arte.

Los grafiteros de los años 70 sí que revolucionaron algo. Los actuales, en muchos casos se han instalado en el establishment, de modo que la situación del street-art hoy en día tiene pocas diferencias con lo que se vive en otras manifestaciones artísticas. La fe en el grafiti parece haberse perdido, aunque su mítica resulte sumamente ventajosa para el mercado más fashion, para el mundo del cine o el mercado editorial de alto postín. Lo que en otros tiempos se consideraba transgresor es vigilado ahora por los grandes agentes del mercado.

Banksy, al que nadie pone cara, dirige el interesante documental Exit though the gift shop, pensado para mayor gloria de colegas y protagonizado por algunos de los grafiteros más mediáticos de todos los tiempos, permitiéndonos descubrir que son mucho más que una banda nocturna que recorre las calles armados con sus botes de pintura manchando paredes. Pero también para poner en evidencia la volatilidad del mercado del arte y cómo este puede ser manipulado a voluntad si uno conoce las teclas correctas.


Mientras esto ocurre, los grafiteros que siguen viviendo al margen continúan buscando paredes blancas en espacios que no molesten donde recuperar el espacio callejero y mostrar lo que consideran arte, aunque deban hacerlo siempre con un ojo delante y otro detrás, atentos a los coches patrulla. Y lo curioso es que el interesante trabajo de estos artistas, que plasma su visión del mundo y de la sociedad en la que vivimos, desaparecerá pocos días después gracias a las diligentes brigadas municipales que dejarán los muros impecables para que el bochornoso y complaciente arte institucional, que lenta pero inexorablemente va invadiéndolo todo, pueda lucir el vacío de su contenido sobre un impoluto fondo blanco.

Efectivamente. De momento, la pregunta sigue sin respuesta.






viernes, 11 de febrero de 2011

El Cervantes alemán para Eugenia Rico


En La muerte blanca, de lectura honda y reposada, la escritora Eugenia Rico consigue una dolorida exposición de los sentimientos sin caer en el sentimentalismo. La protagonista de esta novela se convierte en escritora tras la muerte de su joven hermano, que le había animado en vida a escribir porque solo quedarán las palabras que ella escriba de él, que son menos que nada, pero no sin antes hacerle saber que lo importante es dejar una huella, ser recordado por algo. Hacer algo grande, muy grande.

Y recién acabo de leer esta novela cuando llegan los ecos de la calurosa, como también grande la acogida que la crítica literaria ha brindado a la escritora española en Alemania tras la publicación de su última novela Aunque seamos malditas por la prestigiosa editorial Hoffmann und Campe, presentada recientemente en el Instituto Cervantes de Berlín.

Hace treinta años que un escritor español no tenía esta acogida en Alemania. De hecho, desde que el destacado crítico literario Marcel Reich-Ranicki consagró a Javier Marías como un gran escritor español, los alemanes habían perdido interés en la literatura de España.

Ahora, Eugenia Rico, considerada de antemano una gran novelista por José María Merino, y aupada en su última obra por los comentarios de Fernando Marías, ha conseguido que Daniel Kehlmann, el escritor alemán más prestigioso del momento, la aclame como "la voz más importante de la literatura contemporanea en español" por Aunque seamos malditas. Y que, por su parte, Ulrike Timm, sucesora natural de Ranicki como crítica más prestigiosa de Alemania, desde su influyente programa cultural en la todopoderosa "Deustchlandradio", la defina como la nueva gran estrella de la novela, como la Virginia Woolf española.

Eugenia Rico sigue buscando a través de sus novelas. Pero todas las búsquedas tienen su recompensa. Y a pesar de ser escritora de culto todavía desconocida para el gran público es un continente literario por descubrir y por disfrutar.

domingo, 6 de febrero de 2011

Sedúceme


Tomando un café con un profesor de Psicología Social de la Universidad de Valencia en la pausa de unas jornadas de gestión cultural, comentó que a la hora de tomar una decisión sobre la correcta gestión de un centro cultural nos planteásemos cómo sería resuelta la misma situación en alguno de los grandes y modernos centros comerciales que encontramos en nuestras ciudades.

Efectivamente, en estos establecimientos todo favorece para que la visita del usuario sea una experiencia satisfactoria. Me resulta terriblemente fácil conocer sus ofertas porque su publicidad siempre está casualmente allá donde va mi mirada; no hay problemas de acceso ni de aparcamiento; hay guarderías donde poder dejar a los niños mientras hacemos compras o vamos al cine. Podemos encontrar fácilmente las papeleras, todas iguales y del mismo diseño que el resto del mobiliario, y están siempre vacías y limpias, como todo lo demás; los baños siempre parecen recién alicatados; no hay ni una sola zona que no esté correctamente iluminada, ni ningún empleado que te remita a otro cuando le preguntas por algo; y reina una temperatura ideal por todas partes que invita a quedarnos y comer en su variada y suculenta oferta de restaurantes. Todo es fácil. Pero sobre todo, y en todo el recinto –incluso el parking-, huele maravillosamente.

Resulta que nada de todo esto es casual. ¿Por qué compramos lo que compramos? ¿Es solo una cuestión de precio y de calidad? ¿Basamos nuestras decisiones de compra únicamente en consideraciones racionales? Los expertos de marketing se fijan cada vez más en nuestros patrones de conducta subconscientes. Sobre todo en tiempos de dificultades económicas. La batalla por capturar los sentidos ha comenzado porque los productos son cada vez más parecidos y los consumidores tenemos difícil la elección. Los seductores ocultos están dirigidos a nuestros sentidos: al tacto, a la vista, al olfato y al oído. La casualidad pertenece al pasado, hoy prima el poder calculado de los sentidos. Todo muy sutil.

No actuamos de forma racional, dejamos que nuestros sentidos nos engañen. Pero, ¿qué es ese algo misterioso que distingue a unos lugares de otros; ese algo misterioso que va directo al subconsciente, al cerebro, y allí desata emociones? En la solución está la clave. Porque, ¿quién no conoce bibliotecas que huelen a humedad, salas de conferencias pobremente iluminadas; museos abandonados a su suerte en medio de plazas reconvertidas en “botellódromos” y “orinódromos” y sobre todo, teatros en lugares donde el edificio de viviendas más cercano está a veinte kilómetros?. En ninguno de estos lugares, desde luego, invertiría ni un solo euro la más osada de las cadenas de supermercados de nuestro país.

No podemos pretener que un centro cultural sea como un centro comercial, pero si creemos que por “vender” cultura podemos olvidarnos de todo porque la clientela vendrá en manada ya podemos ir preparando el contenedor, porque nos vamos a quedar con toda la mercancía caducada en las estanterías.


Imagen superior: Andreas Gursky: 99 Cent II, 2001 (díptico). Monika Sprüth Galerie, Colonia