sábado, 30 de julio de 2011

Por haberlas, haylas


Ningún novelista ha dado más importancia a las casualidades que James Joyce. Más de cien aparecen en su novela "Ulises". Nada que ver si lo comparamos con Winston Churchill. Propenso a las coincidencias, y gracias a ellas, salvó la vida en numerosas ocasiones. Durante la guerra de Sudáfrica huyó de los bóers, que le tenían prisionero en Mozambique, y fue a parar a una comunidad minera. Llamó al azar a una puerta y resultó que era la única casa en cuarenta kilómetros donde no lo entregarían, pues el propietario era británico. En la I Guerra Mundial, su trinchera fue destruida por un proyectil justo después de haberla abandonado. Su esposa Clementine cuenta que, en los años de la II Guerra Mundial, Churchill siempre entraba en su coche por la puerta derecha. Pero un día, durante un bombardeo, se detuvo, dio la vuelta y entró por el otro lado. En el trayecto hacia Downing Street, una bomba hizo levantar el coche del lado derecho. "¿Qué te hizo cambiar de opinión?", le preguntó la mujer. "Algo me ha dicho ¡detente!", confesó él. En 1943, el propio Churchill declaraba ante un grupo de mineros: "A veces tengo la impresión de que una mano orientadora ha interferido en mi vida".

Aunque no creo que las casualidades nos marquen la vida, es tentador pensar que son señales de algo importante que nos ha llevado a ser exactamente lo que somos y no otra cosa. Así, cualquier suceso aparentemente trivial revestido de casualidad puede convertirse en esa primera ficha de dominó que con su caída provoca una reacción en cadena. Pero la verdad es que nada es un accidente marcado por la casualidad. 

Un amiga me contaba que no hay que preguntarse por qué a veces no logramos lo que tanto deseamos. Según ella, si no nos pasa es porque no nos ha pasado y ya está, no hay que sentirse impotente por ello. No nos ocurre lo que deseamos pero nos ocurrirá otra cosa más adelante. Eso sí, hay que ir a por ella. En ese caso podría decirse que todo tiene un propósito y que no queda otra que vivir la vida como un continuo aprendizaje donde lo que importa son nuestras decisiones y nuestras acciones. 

No existen las casualidades. Nadie ni nada está detrás de las que consideramos sorprendentes coincidencias de nuestra vida. No somos marionetas en las manos del azar o de una mente superior que lo decide. Tan solo la ilusión de que existen las coincidencias, una relación de causas y efectos. Esta es la razón por la que los sucesos que componen nuestra existencia no están regidos por la "casualidad", sino por la "causalidad". Según "la ley del karma", cada uno de nosotros "recibe lo que da", lo que elimina toda posibilidad de caer en las garras del inútil y peligroso victimismo. Y eso es algo que ya sabían en Oriente hace más de 25 siglos.

jueves, 21 de julio de 2011

Mestizaje cultural


Si el curso de los acontecimientos no se invierte bruscamente (y todo es posible) Europa asistirá a la negación de la idea del melting pot. Así pues, las culturas coexistirán como sucede en Nueva York, donde algunos grupos se han fundido entre ellos (como ha ocurrido entre italianos e irlandeses), mientras que otros se mantienen separados en barrios diferentes, hablando lenguas y practicando tradiciones distintas, pero coincidiendo todos en la base de algunas leyes y de una lengua vehicular común, el inglés, que cada uno habla de forma insuficiente. Y ningún racista, ningún reaccionario nostálgico, podrá impedirlo. Asistiremos pues al “mestizaje de culturas”.

Los fenómenos de inmigración pueden controlarse políticamente, limitarse, impulsarse, programarse o aceptarse. Pero no sucede lo mismo con las migraciones, suceden y nadie las puede controlar. En las migraciones no tiene importancia cuánta gente permanece en el territorio original, sino en qué medida los migrantes cambian la cultura del territorio al que han migrado. Estamos, pues, ante un fenómeno de “inmigración” cuando los inmigrantes aceptan en gran parte las costumbres del país al que emigran, y estamos ante una “migración” cuando los migrantes transforman la cultura del territorio al que migran.

Evidentemente, hoy en día, es difícil decir si ciertos fenómenos son de inmigración o de migración. Pero es obvio que el Tercer Mundo está llamando a la puerta de Europa. El problema no es ya decidir si se admitirá a alguien con chador o no, o si el minarete de una mezquita puede o no formar parte de nuestro paisaje cotidiano de campanarios, porque la evidencia es que vamos hacia una sociedad multirracial y multicultural que nadie ni nada debiera parar.

El problema, como afirma Umberto Eco en Cinco escritos morales, es que ante la pura animalidad sin pensamiento, el pensamiento se encuentra desalmado. La intolerancia, que tiene raíces biológicas -se manifiesta entre los animales como territorialidad, y de niños no soportamos lo que es diferente o desconocido-, acaba por ser el resultado de pulsiones irracionales. Y el problema es cuando esa intolerancia se instala y se convierte en doctrina, porque en ese momento ya es demasiado tarde para batirla, y los que debieran hacerlo se convierten en las primeras víctimas. La intolerancia salvaje se ataja pues de raíz, a través de una educación constante antes de que se convierta en una costra de conducta demasiado espesa y dura.

Porque, aunque los racistas deberían ser (en teoría) una raza en vías de extinción, la realidad es que esta situación de mestizaje de culturas puede llegar a la confrontación o al choque. ¿Acaso no existió un patricio romano que no conseguía soportar que se convirtieran en cives romani también los galos y que pudiera subir al trono imperial un africano, como al fin sucedió? La evidencia es que nos hemos olvidado de él, ha sido derrotado por la historia. La civilización romana era una civilización de mestizos. Los racistas dirán que por eso se disolvió, pero se necesitaron quinientos años, y es un lapso de tiempo que también lo suficientemente amplio como para hacer proyectos para el futuro.

viernes, 15 de julio de 2011

Jóvenes pero alcanzables


Cuando a punto de empezar una obra de teatro para público familiar vemos a los padres hablando por sus teléfonos móviles, en una conversación que continuarán con sus compañeros de butaca a lo largo de la representación, es inevitable preguntarse cuál es el objetivo que el organizador persigue. Si se cumplirá algún día. Por eso, cuando al terminar la obra se inicia irremediablemente la misma conversación de siempre en la que el pesimista de turno dirá lo mal educados que son los jóvenes de hoy en día, para terminar por achacar todas las desgracias al colegio, a los profesores y al sistema educativo, no se puede evitar pensar en lo fácil que es mezclar churras con merinas, el ketchup con las lionesas de nata.

Porque releyendo estos días Jóvenes pero alcanzables. Técnicas de marketing para acercar la cultura a los jóvenes, de Franky Devos, director general del Centro Cultural BUDA de Kortrijk (Flandes, Bélgica), editado en España hace ya unos años, se descubre nuevamente que la actitud de los padres, que en muchos casos consideran por igual ir al teatro que a los encierros de San Fermín, tiene más importancia de la que a priori nos imaginamos.

Afirma el autor que entre los jóvenes, más que entre los adultos, juega un papel esencial el elemento social a la hora de acudir a actividades de carácter cultural; es decir, en muy pocas ocasiones un joven acudirá de manera individual a un servicio cultural porque la autonomía de la que suelen alardear es en gran medida una ilusión y son los amigos, el colegio, pero sobre todo los padres los que delimitan el campo de acción de sus hábitos culturales. Y se ha demostrado, por ejemplo, que los hijos de individuos con un nivel académico más alto aprecian una mayor diversidad cultural que aquellos con menos formación cuyos hijos ven por ello limitados sus intereses culturales sensiblemente.

Añade que cuantos menos años tenga la persona en el momento del primer contacto con la cultura, más frecuente será su participación posterior. De hecho entre los 15 y 18 años el gusto de los adolescentes todavía se está desarrollando y generalmente no diverge mucho del de los padres. Por lo tanto, los padres, entre otros agentes, son responsables de la creación de un marco de referencia cultural para sus hijos. Y por ello las salidas a teatros, cines y museos serán más altas en sus hijos cuanto más temprano fue el primer contacto con estas manifestaciones.

Comenta también que los padres influyen en los gustos de los hijos. Así, una preferencia por la acción y la violencia en los progenitores conducirá a ese tipo de intereses. De hecho, se ha comprobado que el impacto de los padres en la participación cultural de los hijos es tres veces mayor que el del colegio que, excepto en casos muy puntuales, no cumple la función correctora que se le otorga. Y es probablemente por esta razón por la que los jóvenes participan menos en aquellas formas culturales que conocieron a través del colegio que en las que conocieron a través de sus padres.

Además la influencia de los padres no llega a desaparecer del todo. A los 18 años, los jóvenes que han crecido en un ambiente cultural siguen siendo más activos culturalmente que aquellos que no han conocido el mundo de la cultura en su casa. Evidentemente a los 18 años los padres tienen menos influencia en las visitas a los museos o la asistencia a los conciertos de sus hijos, pero el hecho de que jóvenes de esa edad realicen o no este tipo de actividades viene determinado en gran medida por la familia, ya que afirma Franky Devos que el efecto del ambiente familiar se prolonga, en cualquier caso, hasta los 35 años.

Si el objetivo es “contagiar” la pasión por la cultura a temprana edad es de destacar la vital importancia de la existencia de elementos referenciales, que son los que, en gran medida, determinan sus gustos. Ahora ya sabemos que esas referencias no están exclusivamente fuera de casa.

sábado, 9 de julio de 2011

¿Para quién es la Capilla Sixtina?


Qué paradoja, en mi última visita al Vaticano no cabía un alma. En los museos, grupos escolares adormecidos eran llevados de sala en sala por un guía que repetía mecánicamente las maravillas de las obras allí expuestas, compartiendo espacio y tiempo con otros tantos grupos de jubilados en la visita cultural obligatoria de su excursión de un día antes de ir a lanzar la moneda a la Fontana de Trevi –que es lo que realmente les interesaba hacer-, mientras que autobuses llenos de turistas de todo el mundo, en un incesante no parar, incrementaban a cada momento la multitud allí reunida. La marea humana salía de las salas egipcias, pasaba por delante del Laocoonte, seguía por las estancias de Rafael y de los apartamentos Borgia para dirigirse, acto seguido y con paso rápido, hacia el tesoro de los museos: La Capilla Sixtina.

Los paneles publicitarios nos recuerdan que cada año visitan el lugar más de cuatro millones de personas de todo el mundo. Es la evidencia que corrobora la idea de que corremos detrás de los iconos y una vez frente a ellos participar de su excelencia inmortalizando el momento en una rápida y mala foto, con flash a pesar de todos los avisos recordándonos no hacerlo, que demuestren que hemos estado allí.

Muy pocos consiguen sentir la mística del lugar, deslumbrados por los cientos de fogonazos de las cámaras fotográficas. Al tiempo, vuelve a nuestra mente el recuerdo de aquella clase de historia del arte o del documental de la televisión en el que descubrimos la maravilla que encierra el lugar. Es este capital cultural el que nos ha empujado a no dejar de lado esta apretada capilla que observamos envueltos por un ruido ensordecedor de centro comercial de la que nadie sale satisfecho, pensando por qué nos ha tocado disfrutarla en tan malas condiciones.

Vivimos en una sociedad compleja, individualista y diversa. En un momento en que cada uno va a lo suyo y en el que todo el mundo consume lo que le interesa (o han sabido venderle). Además, teniendo en cuenta las enormes dificultades económicas por las que pasamos, la mayoría de los equipamientos culturales buscan desesperadamente la atención del público que con su presencia justifica el precio de mantenerlos abiertos y legitima su viabilidad social. Pero contentar a la clientela siempre puede incorporar ciertos peligros, porque el elevado crecimiento de las audiencias en estos lugares que custodian las maravillas de la creación humana es tan evidente como lo es la degradación que ese acceso masivo comporta.

Las soluciones a este equívoco dilema no son fáciles si todos queremos poder contemplar con tranquilidad la gran obra de arte. Sin embargo, mientras la gente no se queje y la obra no sufra el abuso al que es sometida, nadie tomará medidas impopulares que, además, reduzcan los ingresos que genera. Cualquier decisión en este sentido genera oposición pero qué duda cabe que si no queremos que el lugar acabe cayendo a trozos no va a quedar otra.


sábado, 2 de julio de 2011

Mohamed


Lo primero que pensamos la noche que Mohamed llegó a casa fue el lío en el que nos habíamos metido. Uno niño de unos cinco o seis años, llegado de los campamentos de refugiados Saharauis de Tinduf, que no paraba de llorar y del que nos separaba la barrera del idioma, inconveniente que en aquel momento creímos infranqueable. Un par de horas después de conocernos seguía llorando, pero toda su angustia se desvaneció en el momento en el que le ofrecimos un vaso de agua al entrar en la que sería su habitación de aquel verano. Se tumbó en la cama, y a través de sus indicaciones con los brazos descubrimos que no quería que le dejásemos sólo allí.

Aquel verano desaparecieron nuestros compromisos individuales, las obligaciones inexcusables, y los horarios desiguales en las comidas. Y durante ocho semanas Mohamed fue uno más en la familia. Cuando a principios de septiembre, ya angustiados por la cercanía de su partida, nos dijeron que se quedaría diez días más, fue como si hubiésemos conquistado esa prórroga a un destino ya fijado, y decidimos apurarlos al máximo.

Mohamed se llevó ropa nueva, unos cuantos billetes aportados por todos los amigos y familiares y el deseo reforzado cada día mientras estuvo con nosotros de volver con su madre, su padre y sus hermanos. Pero nos dejó su recuerdo, que persiste en cada reunión de verano, y la realidad de que aquellas vacaciones estuvimos más unidos que nunca gracias a él, que no traía nada para darnos.

Hoy, tras estar diez años colaborando en la puesta en marcha de pequeños proyectos de desarrollo en las comunidades indígenas de Ecuador a través de la Asociación Santa Bárbara de Onda, descubro que me encuentro en una sociedad cambiante. Me encuentro en una sociedad que deseo intercultural, pero que ha cambiado en un proceso del que prácticamente no me he dado ni cuenta, de tan rápido como ha sido. Pero sí de sus consecuencias.

Ser voluntario, para mí, es una cuestión de egoísmo. Y de necesidad. De egoísmo porque indiscutiblemente al final de la injusticia siempre estamos nosotros. Esos que hoy consideramos como los otros un día próximo podemos ser nosotros y por eso debemos saber ponernos en su lugar y mirarnos a nosotros mismos desde fuera, ya que la injusticia que sufren siempre acabará por salpicarnos de un modo u otro. Y de necesidad, porque siento que tenemos la obligación de activar y ejercer la pequeña o gran parcela de poder que tenemos en nuestra vida para construir una sociedad en la que nos identifiquemos y de la que sintamos que todos formamos parte por igual a pesar de ser distintos.

Como afirmaba Hélder Câmara, cuando solo es uno el que sueña en algo, ese algo es una fascinación. Sin embargo cuando son muchos los que sueñan en lo mismo el sueño se convierte en una realidad. Y qué duda cabe que las realidades que disfrutamos hoy no son más que los sueños utópicos por los que lucharon aquellos que nos precedieron en su compromiso voluntario. Y qué deseo nos cabe si no mas que nuestras utopías dejen de ser sueños muy pronto…