martes, 27 de septiembre de 2011

Me llamaba Pikolo



Aunque todos somos iguales, no todos reaccionamos igual, en eso somos muy distintos unos de otros. Y aunque para algunos pesimistas parezca que nos dirijamos hacia un medio hecho para la supervivencia de los más inescrupulosos, la realidad es que la resistencia moral ante la injusticia no es menos valiosa que la resistencia física.

Jean Samuel tenía veintidós años cuando fue trasladado a Auschwitz, donde vivió la experiencia humana más absoluta que conoció el siglo XX. En Me llamaba Pikoloel extraordinario testimonio de este compañero de Primo Levi, publicado en España por Plataforma Editorial, nos muestra cómo aprendió a adaptarse a la vida del campo de exterminio, un lugar donde el sufrimiento, el frio, el hambre y el miedo estaban siempre presentes. Un lugar donde lo importante era saber ser neutro, gris, fundirse en la inmensa masa de los concentracionarios. Porque solo había un objetivo: sobrevivir. Sobrevivir tratando, a veces sin tener verdadera conciencia de ello, de seguir siendo un hombre.

Convertido en número, degradado a cuerpo-objeto en el que los superiores pudieren secarse las manos, obligado a permanecer concentrados en el trabajo como si nada pasara mientras alguien era apaleado hasta morir, o mearse encima a causa del miedo, provocaron que tuviera que endurecerse para tener una oportunidad de salir adelante. No había derecho a llorar, tampoco el derecho a las reacciones humanas. Ni se podía ni se sentía vergüenza por ello. Era, como los demás, transparente, no existía, había llegado al borde de la condición más miserable a la que alguien puede ser arrojado.

Sobrevivieron unos y otros no. Y fue por suerte, por supuesto, porque el criterio moral no tenía ningún papel. Sin embargo, en ese contexto, en lo peor de la aflicción de los campos, conoció extraordinarios momentos de solidaridad con algunas raras y escogidas personas, a partir de gestos tan banales y risibles como compartir el resto de una cuchara de mermelada. Gestos de una gravedad memorable, la marca de una inmensa confianza mutua y sólida; la prueba de que, aun en aquel infierno se podía no pasar al estado de pura animalidad y resistir la tentación de transformarse en bestias. Momentos que demuestran que hubieron personas que preservaron su humanidad, una humanidad aislada entre la masa de los demás, que sucumbieron al mal endémico del campo. Son estas las imágenes que flotan y sobreviven, las que nos dejan la convicción de que jamás el hombre podrá ser rebajado por entero, que siempre habrá algo en él que pueda ser salvado.


viernes, 23 de septiembre de 2011

Las trece últimas horas en la vida de García Lorca


El historiador Miguel Caballero Pérez ha dedicado buena parte de su trabajo a desentrañar los misterios que envuelven la desaparición de Lorca, de la que se cumplen ahora 75 años. Su exhaustiva investigación, plasmada en el libro Las 13 últimas horas en la vida de García Lorca, redunda en la idea ya diseccionada por el autor en Historia de una familia. La verdad sobre el asesinato de García Lorca, que quita épica e idealismo a la muerte del poeta.

Rencillas privadas, lejanas a posicionamientos políticos y a otras causas maceradas en la cuba de los odios nos conducen a la vega de Granada en 1880. En ese momento la familia de Lorca, compuesta por labradores arrendatarios de la nobleza terrateniente, intentaba ascender en la escala social. Aspiran a ser propietarios de las tierras que labran desde tiempo inmemorial a una nobleza en descomposición social y económica que vive en Madrid muy por encima de sus posibilidades. Es esta aristocracia la que nombra encargados de las propiedades a los Roldán, García Lorca y otros, entre los que se encuentra la familia de Francisca Alba (Bernarda Alba en el drama rural de García Lorca), que se lucran de manera ilícita y se alían para comprarlas en indiviso ya que no tenían suficiente dinero para comprarlas a título particular. De este modo se da comienzo a un proceso de enriquecimiento, gracias al cultivo de la remolacha azucarera en la vega granadina, tras el corte del suministro de azúcar con motivo de la pérdida de Cuba en la guerra de 1898.

En décadas posteriores, los ya propietarios se repartirán sus terrenos en procesos en los que surgen divergencias debido a la calidad de las tierras, sus servidumbres y sus horas de riego. En una segunda etapa de enriquecimiento, estos labradores propietarios participan en la fase de industrialización del azúcar, dando lugar a la chispa que encendió las desavenencias entre los García Lorca y los Roldán, que tendría otro episodio en 1905, cuando el padre del poeta tiene conocimiento de la instalación de una fabrica azucarera entre cuyo accionariado se encuentra la familia Roldán. El padre del poeta, sin ser accionista de dicha fábrica, logra vender los terrenos para su instalación gracias a sus influencias. Esto molesta sobremanera a los Roldán, que hubiesen querido que la fábrica se instalase en sus tierras, de modo que en las sucesivas ampliaciones de la industria, le tendrán que comprar las tierras a la familia García Lorca.

En un año de escasez de remolacha, como fue 1931, el padre de García Lorca logra paralizar la actividad de la fábrica de los Roldán con unas denuncias por vertidos de residuos de la industria a las acequias que regaban sus tierras, y de este modo consigue inmovilizar la industria de los Roldán para que la remolacha fuera a parar a la factoría de la que él era accionista. Es una larga lucha de hombres de negocios, que continuaría en otros episodios, generando unas rencillas que no olvidaría la familia Roldán. Dos familias que a toda costa intentaban emularse y superarse la una a la otra, pero en la que los García Lorca siempre resultaron mejor situados.

Por último, y en lo que se puede considerar una venganza literaria por parte del poeta contra las familias Roldán y Alba, que eran prácticamente la misma, Federico les agravió con la escritura de La casa de Bernarda Alba, en la que el poeta recrea las miserias de esta familia. Fue 
esta venganza literaria en toda regla, en la que oscuras pasiones todo lo inundan, la que selló la sentencia de muerte de Lorca, pues ataca a Francisca Alba (Bernarda Alba) tildándola de autoritaria cuando de hecho era un mujer muy generosa. También ofende a su segundo marido, Alejandro Rodríguez, presentándolo como mujeriego que levanta la falda a las criadas. Y todo ello sin cambiar siquiera los nombres, por lo que los Alba se molestaron muchísimo.

Por todo esto, cuando el dramaturgo volvió a Granada, los cuchillos le esperaban en alto en busca de revancha. Para el historiador, las familias Roldán y Alba fueron los instigadores intelectuales del asesinato, en el que no mediaron motivos políticos. El hecho es que García Lorca estaba rodeado de una serie de circunstancias y de personajes que hacían difícil que pudiera escapar de su destino, el caldo de cultivo explosivo de la Guerra Civil hizo que las ganas de venganza existentes contra su padre se materializasen en él, que era la joya de la familia.


Foto: Manuscrito de La casa de Bernarda Alba, 19 de junio de 1936. Colección Fundación Federico García Lorca, Madrid.

martes, 20 de septiembre de 2011

Hialurónicos


Dicen que el fotógrafo Richard Avedon no se expresaba con demasiada elocuencia, que encontraba su lenguaje más adecuado en el silencio. Sin embargo, su cámara, su verdadera voz, habló con admirable claridad.

Su trabajo, comentado y alabado por sus ingeniosos matices, por su ácida penetración psicológica y por el juvenil sentido de movimiento y de pletórica vitalidad que lograba infiltrar en algo tan estático como una fotografía, le convirtió en el fotógrafo estadounidense más cotizado y más alabado de su generación, así como, según atestigua el exagerado número de sus imitadores, en el de mayor influencia estética.

Sin embargo, resulta curioso hoy en día, que al ver sus trabajos se perciba la tendencia a resaltar la vejez. Incluso entre los retratados de mediana edad, rastrea sin piedad cada pata de gallo duramente ganada. Y, aunque acusado de malevolencia, afirmaba que la juventud no le conmovía, porque raramente encontraba algo realmente hermoso en un rostro joven. Pero, curiosamente, sí lo encontraba en la curva descendente de los labios o en las manos de una persona de edad.

Es en el sentido contrario, en la obsesión por borrar los signos que la vida nos va dejando, lo que hace que casi me muera de claustrofobia hoy en el ascensor de mi casa. De claustrofobia, pero también del susto y de grima. Una vecina, a la que solo veo de tarde en tarde, ha entrado en el ascensor y cuando, al levantar la vista para saludar le he visto la cara, casi me desmayo.

Parecía, literalmente, un pato. Al devolverme el saludo lo ha hecho sin mover un milímetro el labio superior, inflado como la piel de un perrito caliente de tamaño gigante a punto de explotar en las brasas ardientes de la barbacoa, que ya habían encendido sus dos pómulos tersos y tensos como la piel de un tambor. Dice mi compañera que eso no es botox, que son vitaminas o ácido hialurónico que, como ella comenta “te lo deja todo hinchadito”.

Pues lo dicho, mi vecina, al igual que Avedon no se expresa con demasiada elocuencia, y pronto encontrará también su lenguaje más adecuado en el silencio. Y en su caso es su cara, su actual cara, la que habla con admirable claridad.

Foto: Isak Dinesen, por Richard Avedon, 1958.


domingo, 18 de septiembre de 2011

La deuda


En “La deuda” tres agentes del Mossad capturan en Berlín Este, en una misión realizada entre 1965 y 1966, al criminal de guerra nazi Dieter Vogel, el temible “Cirujano de Birkenau”. El equipo paga un considerable precio para cumplir la misión, lo que les merece la más alta consideración una vez de regreso a su país. Pero, ¿de verdad la cumplieron? Finalmente, Rachel, uno de los tres agentes, ya retirada, no tendrá más remedio que ocuparse personalmente del asunto y zanjarlo de manera expeditiva.

Viendo esta película es inevitable reflexionar, al margen de cuestiones morales acerca de la barbarie nazi y del desarrollo de determinados episodios de la historia europea del siglo XX, sobre el punto en el que se encuentra la frontera que separa el sentido de justicia del de venganza.

En cada época la sociedad ha determinado el valor de la justicia, surgida de la necesidad de mantener la armonía entre sus integrantes. Es de suponer, por tanto, que los jueces deben proceder según las leyes vigentes, pero en determinados momentos se les opone una exigencia moral, una pasión, de modo que la legalidad en esos casos pueda convertirse en una arbitrariedad cuando los hechos nos empujan a la aplicación de un castigo más que solemne. ¿Pueden cambiarse las reglas?

Rousseau, en en El Contrato Social viene a decir que cuando alguien ataca el derecho social es preciso que perezca en beneficio de la perdurabilidad del Estado. Pellegrino Rossi añade que la pena capital cumple una función positiva en una época determinada, teniendo que ser abolida cuando deje de cumplirse dicha función. Pero, ante esto, cabe preguntarse qué cabida tiene en nuestros estados democráticos, de derecho y sociales, este sentido de justicia sustentado en el fundamento de la Ley de Talión, que persigue un objetivo más injurioso que reparador. La conclusión es más que clara. Las respuestas posteriores al delito, tales como la pena de muerte y la cadena perpetua, no son más que el reflejo del fracaso del Estado en llevar a cabo sus funciones. Y este fracaso recae sobre la vida y libertades de un sujeto. Porque aceptar lo intolerable pone en cuestión nuestra propia identidad.

Si un acto de justicia permite cerrar un capítulo, uno de venganza escribe uno nuevo y aceptarlo pone en cuestión nuestra propia identidad.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Sorpresas te da la vida


Aunque suene a superstición, en los funerales a los que voy intento no ver al fallecido. Cuando tenía cinco años, una vecina que pasaba de los cien, altísima y delgadísima hasta no poder más, que siempre andaba torpemente con una bata que le llegaba hasta los pies, tropezó al bajar la escalera. Aunque vino la ambulancia y la intubaron a toda prisa, murió momentos después. Los enfermeros olvidaron retirarle la ventilación asistida y parece ser que la fallecida pasó un buen rato con aquel tubo en la boca. Una vez instalado el velatorio, en la planta baja de la casa, todo el vecindario acudió a presentar sus respetos. Mi madre también. Y yo, con ella, de paso, muerto de curiosidad.

Por eso no me sorprendió que enseguida los allí reunidos pidiesen ver por última vez a su vecina. Los familiares quitaron la tapa del ataúd, que al levantarse me permitió observar que estaba bordada por su parte interior de crucecitas moradas de tela. Pero cuál no sería mi asombro al ver que una segunda tapa metálica precintaba toda la caja, excepto una pequeña ventanita con un cristal que permitía ver la cara. Y entonces fue cuando el mundo me cayó encima como una tonelada de ladrillos. El rigor mortis había dejado la cara de la fallecida con una grotesca mueca en la boca, que había quedado, hasta la eternidad, abierta en forma de un círculo perfecto.

El terror se apoderó de mí desde entonces y cuando, por la noche, mi madre me pedía que bajase la basura a la calle se me cortaba el aliento en la oscuridad de la escalera, asustado por la idea de que la vecina, cual espíritu de mueca atormentada, se me apareciese. Así que los siguientes años tomé la salomónica decisión de dejar caer la bolsa desde el balcón a la calle, en perfecta puntería. Y decidí que no iría a ver, como he dicho, a ningún muerto más en mi vida.

Con esa ceguera acudo a los entierros desde entonces. Hoy he acudido a uno con mi compañera de trabajo, aprovechando el descanso para comer del mediodía. Sabíamos que el velatorio estaba nada más entrar en el tanatorio. Y allí hemos acudido. Al entrar nos hemos sentado en uno de los sillones a la espera de que llegase algún familiar. Y aunque había más personas en la salita de visitas nadie nos ha dicho nada. Una media hora después le he comentado a mi compañera que ya era raro no ver a nadie conocido allí. Ella me ha dicho en voz baja, pero segura, que estarían todos comiendo. Y entonces ha sido cuando una señora se ha acercado a nosotros y nos ha agradecido la deferencia de la visita, a pesar de que no le habíamos presentado ningún tipo de condolencia.

Cuando nos ha dicho que Pepe ya descansaba al fin nos hemos mirado todos en silencio, con mirada resignada, dando la razón a la afligida viuda. Pero la verdad es que al mirar a mi compañera he notado que en el fondo, muy en el fondo de sus ojos, más que pena lo que había era el brillo de las lágrimas que produce la risa contenida. La que hemos dejado explotar una vez fuera.

Ya no hemos vuelto a entrar. Hubiese sido imposible poder comportarse. La vida fluye, y es lo que tiene. Unos con sus penas y otros con sus alegrías. Y nuestra querida amiga Lupe viéndolo todo ya desde la otra vida.  

martes, 13 de septiembre de 2011

Evangelios de odio


Hacia finales de 1889, el director de una escuela primaria de Berlín, Hermnann Ahlwardt, se enfrentaba a la perspectiva de la ruina económica. Nacido en una familia empobrecida de Pomerania en 1846, los ingresos que le proporcionaba su humilde cargo en la jerarquía educativa prusiana le resultaban insuficientes para cubrir los considerables gastos de su vida diaria. Desesperado, cometió un delito que parecía casi deliberadamente calculado para horrorizar a sus superiores: robó dinero de los fondos recaudados para pagar la fiesta de Navidad de los niños de su escuela. No tardó en descubrirse la fechoría y fue destituido de su cargo, lo que le privó de la última fuente de ingresos que le quedaba. Estos desastres habrían destrozado a muchas personas, dejándolas abrumadas por sentimientos de culpa y de remordimiento. Pero no a Hermann Ahlward. “El director de escuela”, como pronto pasaría a conocérsele, decidió pasar a la ofensiva. Buscó a su alrededor a alguien a quien echar la culpa de sus infortunios y no tardó en centrar su atención en los judíos.

En conjunto, la historia judía de finales del siglo XIX fue una historia de éxito, y se les relacionaba sobre todo con los aspectos más modernos y progresistas de la sociedad, la cultura y la economía. Eran esos aspectos los que hacían de los judíos el objeto de agitadores descontentos y sin escrúpulos, así como de los desafectos y fracasados, que tenían la sensación de que el avance implacable de la vida les dejaba marginados y anhelaban una sociedad más simple, más ordenada, más segura y más jerárquica, como la que ellos imaginaban que había existido en el pasado no tan lejano.

Todo ello favoreció que en la década de 1870, demagogos y escritorzuelos en busca de un chivo expiatorio para sus dificultades económicas, recurrieran a los judíos como minoría y, aunque la inmensa mayoría de la opinión respetable de Alemania se oponía a este tipo de comportamiento, empezaron a abogar no por su asimilación total en la sociedad alemana, sino por la absoluta exclusión de ésta.

Lo peor es que nunca ha habido racismo entre los ricos. La intolerancia más tremenda es la de los pobres, que son las primeras víctimas de la diferencia, los que la ponen en práctica sin plantearse problemas de orden interno ni moral. Y cuando la intolerancia se convierte en doctrina, entonces es ya demasiado tarde para batirla.

El desenlace de esta historia es por todos conocido. Pero parece que la lección no fue aprendida. En todo caso fue rápidamente olvidada. Cada mañana coincido frente a mi casa con un vecino que pasea a su perro. Su discurso siempre en la misma línea, la de que los extranjeros han tomado el parque y ya nada es seguro, que en ellos está el origen de todos los problemas. En mi caso, la inseguridad no la noto por ninguna parte y el único miedo que siento es el de sus palabras. Por eso decidí leer estos días La llegada del Tercer Reich y ha sido entonces cuando me he asustado. Porque descubro que hay comportamientos que, como ocurriese hace ya 75 años, parece que vuelvan a tener hoy día plena vigencia. Eso sí que me da miedo.


domingo, 11 de septiembre de 2011

Regálame un cuento

Recuerdo perfectamente la emoción que me producía de niño abrir por primera vez un cuento, el placer de leer sus historias. Pero recuerdo especialmente el placer que sentía al acercarme el libro para poder sentir el olor de la tinta recién impresa y la sensación de la textura del papel al pasar las yemas de los dedos suavemente por las páginas ilustradas.

Años después quiso la fortuna que tuviese que pasar la mayor parte de las horas del día en una biblioteca infantil. Si hay algo de lo que siento especial nostalgia de aquella época es de ir a buscar los libros que prestaría a mis jóvenes lectores. Esta circunstancia se convirtió en la excusa perfecta para ir de librerías estuviese donde estuviese, en días laborales o festivos, y en cualquier ciudad. ¿Y si resulta que casualmente en la librería con la que nos habíamos topado durante las vacaciones estuviese esperando el libro que hiciese las delicias de los lectores de mi biblioteca?

Los cuentos nos ayudan a estimular nuestra creatividad y nuestra imaginación. Nos permiten viajar a lugares fantásticos, nos enseñan a pasar por alto los complejos, a entender los defectos de los demás, a sucumbir al encanto de los personajes, a evadirnos… En definitiva nos ofrecen la posibilidad de comprender lo que nos rodea y adentrarnos en mundos llenos de interrogantes y respuestas, como es el caso de los dos libros que mi querida Nahir Gutiérrez, en colaboración con Àlex Omist, nos han regalado hasta la fecha.

Nahir llegó por primera vez a Castellón de la mano de Juan José Millás. Poco tiempo después lo hizo acompañada del hipopótamo Hipólito, del pájaro Serafín y su curiosa amistad, donde podemos entender por qué si convivimos en el mismo espacio lo mejor es que podamos, en beneficio de todos, colaborar unos con otros.

Pero ahora vuelve con su Premio Destino Infantil Apel·les Mestres debajo del brazo por ¿Dónde está güelita Queta?, un recorrido por el sentimiento de pérdida de los seres queridos inexplicable para todos, pero especialmente para los niños, porque hay muchas cosas que quieren saber y no sabemos contarles. Muchas veces porque somos los primeros desconcertados, pero también porque ninguna pregunta verdaderamente importante tiene una sola respuesta.

¿Dónde está güelita Queta? es una pequeña parte del universo de respuestas que podemos ofrecer quienes les queremos, pero también nos enseña a recordar a quien nos falta, buscando las maneras de encontrarlo siempre a nuestro lado.


Nunca me ha dado rabia que en mi infancia no existiesen todavía ni las nintendo ni las PSP. Si hay algo que me da realmente rabia es que en mi infancia no hubiese las gigantescas librerías de hoy en día con Hipólitos y Serafines esperando ser leídos por niños como el que fui yo.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Los ciegos del elefante


La parábola india de “Los ciegos y el elefante” narra cómo un grupo de ciegos toca el cuerpo del animal para comprender cómo es. Pero como cada uno de ellos toca una parte distinta de la que han tocado sus compañeros se dan cuenta, al comparar sus observaciones, de que no coinciden en nada. Por ello, este relato ilustra la incapacidad del hombre para conocer, a veces, la totalidad de la realidad. Y nos permite entender que hay personas que tienen un sistema de creencias diferente al nuestro, que la verdad puede ser dicha de diferentes maneras.

Buda usó la parábola haciendo referencia a los ciegos que guían a otros ciegos, como ejemplo del sectarismo al referirse a los que, en su ceguera, no perciben lo que les rodea y solo ven un lado de las cosas.

En otra historia, la del traje nuevo del emperador, todos son conscientes de la desnudez del monarca. Cuando Andersen lo escribió nos dejó un claro mensaje de advertencia: sólo porque muchos crean que algo es verdad, no significa que lo sea. Que muchos se obsesionen en defender lo contrario a lo obvio no quita fuerza a lo que es evidente, porque a veces la verdad es poco señalada por miedo, por temor, por vergüenza, por parecer estúpido o poco informado.

A diferencia de las líneas de telefonía móvil, para lo bueno y para lo malo, la amistad no es algo a lo que nos unimos con contrato de permanencia. Y me parece que acabo de perder una de esas estimadas amistades, que creí para siempre, por el hecho de no compartir criterio, por no ver las cosas del mismo modo, por tener otro punto de vista, porque cada uno de nosotros toca una parte diferente del elefante, porque donde uno ve ricos brocados el otro solo ve desnudez.

Parece ser que cada vez con mayor frecuencia el debate se convierte en desencuentro porque vivimos en una época de posturas encontradas. Conmigo o contra mí. Blanco o negro. O me adulas o me odias. O me admiras o me criticas. Y todo ello, además, incondicionalmente. Esa cerrilidad no constituye el espíritu que ha hecho progresar al mundo, pues contradice la suprema dignidad que a todos nos corresponde de pensar y juzgar por nosotros mismos. Lo siento. Si de lo que se trata es actuar como el ganado, para eso hay que irse al monte.

Por eso vivo en Castellón. Castellón de la Plana.

sábado, 3 de septiembre de 2011

La Casa de la Cascada


Se dice que uno de los lugares que hay que visitar antes de morir es la Residencia Kaufmann. Dicho así pocos serán los que entiendan por qué. Pero al saber que se trata de Fallingwater House, la más que célebre casa de la cascada que Frank Lloyd Wright diseñó en 1936 al sureste de Pittsburgh, en Pensilvania, pocos cuestionarán la afirmación de que es probablemente la mejor vivienda de todos los tiempos.

Este lugar había sido propiedad durante 15 años de la familia Kaufmann, dueños de unos grandes almacenes en Pittsburgh. Cuando le encargaron a Wright el diseño de la que sería su residencia de fin de semana, tenían en mente una casa enfrente de la cascada del arroyo Bear Run, y de ese modo poder apreciarla. Sin embargo, el autor integró su diseño con la propia cascada, posándola justo encima de ésta, para que pasara a ser parte de la vida de los Kaufmann.

Porque es en esta casa, que sigue los principios de la "arquitectura orgánica", enfatizados por Wright en su escuela, donde se redefinió a la perfección su mayor logro, la fusión entre el hombre, la arquitectura y la naturaleza. Una casa que como afirmó el propio autor está "diseñada para la música de la cascada... para quien le gusta oírla". De hecho, la casa fue pensada para que siempre se sintiera la fuerza con que cae el agua, no visualmente, sino a través del sonido. Y por eso, aún hoy en día se escucha desde cualquier lugar del edificio.

Para la cimentación del edificio se aprovechó el relieve rocoso ligeramente accidentado del lugar y se mantuvo prácticamente virgen el bosque de árboles caducifolios preexistente, ya que solo un camino peatonal conduce a la casa. Del propio terreno se extrajeron rocas que conforman las mamposterías de la parte baja de las fachadas, colocadas en ese lugar para crear una progresión desde la roca natural del suelo hasta el hormigón de las partes altas; mientras que el resto de las fachadas, al ser de color crema, constrastan armónicamente con el entorno verde o marrón, según sea la estación.

El diseño del interior se resolvió alrededor de la chimenea, el corazón de la casa, considerada como el lugar de reunión de la familia. Algunas rocas del terreno sobrepasan el ancho forjado de la primera planta asomándose junto a la chimenea, lo que trae físicamente la cascada al interior del edificio. Una casa de habitaciones sencillas, pero que se relacionan con el entorno natural. Así, las circulaciones dentro de la casa son oscuras, con pasillos estrechos, para que los habitantes tengan una sensación de encierro en contraste con lo abierto a medida que se acercan al exterior. Y los techos de las habitaciones son bajos, con el fin de dirigir la mirada horizontal hacia afuera.

La belleza de estos espacios se encuentra en sus conexión con la naturaleza. Como en las largas terrazas en voladizo que, proyectadas hacia afuera en ángulos rectos, aportan un elemento escultural a la casa de modo que la perfección de todos estos detalles perfecciona la casa en sí.

No hay duda de que la casa de la cascada, que es ahora un monumento histórico nacional, es una obra extraordinaria. Es la presencia física y espiritual del hombre y la arquitectura en armonía con la naturaleza.  Por eso, estos días, desde los monolitos inexpresivos de hormigón y ladrillo, sin personalidad, pero pretenciosamente modernos y funcionales de mi ciudad, contemplo en la distancia cómo se celebra su 75 aniversario.