domingo, 30 de octubre de 2011

Viaje a los dos Orientes


El viaje es una experiencia de vida y de conocimiento y, como tal, un movimiento que relaciona al que lo inicia con el espacio visitado. Si el viaje es a Oriente, viene a representar, además, el retorno al origen de la sabiduría del hombre.

Dado que la Tierra es redonda y Oriente es el punto cardinal del horizonte por donde aparece el sol en los equinoccios, todos sus espacios pueden revestir la condición de Oriente. Ahora bien, oriente puede ser también un impulso, un lugar interior. Oriente es además –y es belleza– «el brillo especial de las perlas», el «nacimiento o principio de las cosas», y es, igualmente, un viento.

Pero también el viaje y la aventura –sobre todo para un niño–, lo próximo y lo lejano, no sólo geográficamente. Hay aquello que uno reconoce de inmediato como distinto, países con pobladores de otras razas, que visten de modo extraño, que escriben con caligrafías indescifrables, que seducen por su colorido y aquellos en los que uno se reconoce, cuyos textos se pueden leer aunque no se entiendan.

Y además, situándonos en España, todos los países visitados quedan al Este, excepto uno: Portugal. Pero, a decir verdad, y como afirma la escritora y poeta catalana Clara Janés, nunca sabemos si se mira a Lisboa como Occidente, desde Barcelona, o como Oriente, desde la imaginada Kioto.

"La vida es en sí movimiento, pues el respirar es el viaje del aire por nuestro paisaje, atrapar el aire y devolverlo, de modo que pasa de lo exterior a lo interior y regresa enriquecido. Resulta natural, pues, que el hombre sienta el impulso de salir hacia el otro, que es lo que está en la esencia del viaje". Así valora Clara Janés esa íntima trama psicológica que esconde el deseo de viaje.

En Viaje a los dos Orientes (Siruela, 2011), asume un viaje a Oriente Medio y Extremo Oriente. Su mirada poética y atenta nos acerca a culturas como la turca, la india o la japonesa, y nos desvelan panoramas llenos de color y belleza, costumbres y vínculos históricos y de pensamiento que suponen ya de por sí una aventura. Y nos enseña a viajar, a mirar no sólo con los ojos sino con el alma y el corazón. Una realidad visual que esconde otra realidad espiritual más profunda que cala en el visitante.

Los lugares que visitamos ofrecen variedad de paisajes, costumbres, arte, literatura y distintos modos de despertar el intelecto. El viajero curioso, en este caso la escritora Clara Janés, no puede dejar de asombrarse, anotarlo. El próximo miércoles, dia 9 de noviembre nos conducirá fascinada ante el paisaje azul de Ispahán, el misterio del Wadi Rum y la noche cerrada en el Adén. A las siete y media de la tarde tendremos la oportunidad de escuchar en el Salón de Actos del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón su declaración de amor a la música persa, a la poesía yemení o a los versos de Adonis, gracias al ciclo de charlas-coloquio “Punto de Destino”.


Nacida en Barcelona en 1940 e hija del famoso poeta y editor Josep Janés, Clara Janés se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad de Pamplona y recibió el título de Maître de Lettres en Literatura Comparada por la Universidad de la Sorbona. Ha destacado tanto por su producción poética como por su labor como traductora, que la ha llevado a traducir obras de autores de la importancia de Marguerite Duras, William Golding o Katherine Mansfield. Su excelente labor de traducción, que incluye también textos de poetas turcos y persas, así como de Rainer Maria Rilke y el poeta checo Vladimir Holan, la hizo merecedora del Premio Nacional de Traducción en 1997.


jueves, 27 de octubre de 2011

Ay, muerte de mi vida


¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? Éstas son las grandes preguntas que nos hacemos, y quizá la respuesta es la misma: venimos y vamos a un lugar que desconocemos. ¿Quizá ese lugar es el mismo? Así lo creían el hombre y la mujer cuando aprendieron a cultivar la tierra. De la Madre Tierra nacía todo y a ella todo regresaba para volver a dar vida: y es esta antigua forma de entender la muerte, como algo necesario, la que permanece en los cuentos populares de todas las culturas.

Esas son las preguntas a las que se busca dar respuesta la tarde del próximo 2 de noviembre, Día de los Difuntos, a través del maratón “Cuentos populares de la Madre Muerte”, que ha organizado la Fundación Caja Castellón en el edificio Hucha. Como en ocasiones anteriores, se contará con la participación de más de cien lectores, por lo que permanece abierta la invitación a todos aquellos que deseen formar parte de esta iniciativa de animación lectora.

Para ello se ha contado con el trabajo de la escritora y filóloga leonesa Ana Cristina Herreros, especialista en cuentos populares y en el romancero, que ha dejado a un lado las brujas y los monstruos para perseguir a la muerte a través de 25 países y 44 relatos populares con ‘la dama de la guadaña’ como protagonista, personaje cercano y nexo de unión entre los cuentos recopilados en lugares tan diversos como el Tibet, Cuba, México, Groenlandia, China, Irlanda, Japón o Marruecos, además de España. Con esta apuesta de Siruela por publicar aquellos temas de los que nadie habla se pretende devolver a la muerte su significado primero: una Muerte que, como nuestra madre, nos acompaña desde que nacemos, que trata a todos por igual y que nos permite descansar cuando el tiempo hace que la vida nos pese. Una Muerte que actúa con justicia, se enamora, es burlada, es amiga, y también una muerte de la que a veces se regresa... o que nunca llega.

En estos 44 cuentos (no hay que olvidar que el cuatro es el número de la muerte en la Cábala, y en China es el 44), prevalece la idea de una muerte que carece de connotaciones negativas, que se aleja de la idea del miedo y del pecado para considerar la idea de una muerte acogedora que ha pervivido en las tradiciones orales de todo el mundo, donde la muerte se celebraba tanto como la vida. Sin embargo, la imagen de la muerte empieza a empeorar, según Herreros, con el paso de la cultura rural y agraria a la urbana, un lugar de asfalto que nada nos enseña de la vida porque en él nada germina ni nada se entierra. Un lugar que se aleja de la muerte a través de los modernos tanatorios, donde se escamotea el duelo, el dolor y la imagen de la muerte, mientras que la tradición del Día de los Difuntos, que servía para recordarlos, se ha sustituido por la importada moda del Halloween.

El próximo miércoles tendremos la oportunidad de leer estos relatos y leyendas rescatados del olvido que, en algunos casos, se forjaron en la hoguera paleolítica y que fueron pasando de padres a hijos durante milenios, cuentos populares donde la muerte no se oculta, donde la muerte se mira cara a cara, sirven para vivir y nos devuelven a los tiempos en los que el hombre tenía confianza en el otro, sin miedo. No en vano, Ana Cristina Herreros resume lo estimulante de estas leyendas con una historia de principios de siglo: durante el estalinismo descubrieron que en un barracón de un gulag, los presos no morían. En esa nave, cuando sonaba el toque de queda y todo quedaba en silencio, una mujer se sentaba en su jergón y comenzaba a contar un cuento. Durante el relato, la gente que allí se hacinaba escapaba de su destino y vivía una nueva vida gracias, dice la autora, "a esos cuentos populares en los que la muerte no se oculta, se mira de frente sin miedo, sirven para vivir".

lunes, 24 de octubre de 2011

Las viudas alegres


En la vieja Palermo, donde el sentido más tradicional de la vida lo sigue envolviendo todo, me sorprendía estos días la imagen de una señora de cierta edad que, vestida de luto riguroso, pasaba todo el día asomada a una portezuela de su balcón observando el cotidiano discurrir de la vida del barrio. En cierto modo, me recordaba a mi abuela, que una vez viuda, no volvió a encender nunca más en su vida la tele por respeto a la memoria de su difunto. Se guardaba muy mucho de reírse demasiado, no fuera y le tomaran por la viuda alegre y por eso vivió el resto de sus días en un silencio discreto, pendiente del qué dirán y con el único objetivo de esperar el momento final en el que de nuevo poder reunirse en el otro mundo con su amado esposo.

Inevitable compararlas con el grupo de mujeres, viudas todas ellas sin excepción, que cada día se visten de punta en blanco después de comer y acuden al club de jubilados del Edificio Hucha, en la Fundación Caja Castellón, para tomar café y charlar de sus cosas. A media tarde, y en función de la oferta cultural del día, asisten a una conferencia, al teatro, a la inauguración de una exposición, al cine o a lo que se tercie y les apetezca. Y después, se pasean, van de tiendas, a la peluquería, administran su casa, salen a cenar y, sobre todo, ríen.

Ninguna de ellas se queja de cómo les ha tratado la vida, más bien al contrario, pero ninguna desea repetirla, y menos volver, como ellas dicen, a cuidar de otro hombre, que con uno ya tuvieron bastante. De ahí que a las viudas de hoy en día les queden pocas ganas de quedarse solas en casa y, una vez libres de las cargas familiares, aprovechan esta nueva oportunidad que la vida les ofrece para ponerse al día en el terreno cultural y recuperar el tiempo perdido.

Si antes no pudieron estudiar por falta de tiempo, medios o porque simplemente, no les tocaba, ahora despiertan a la llamada de la cultura y algunas hasta se hacen universitarias y expertas en tecnología digital. Conozco personalmente a una que, solamente un año después de ponerse frente a un ordenador por primera vez, ya me enseña trucos para que Internet vaya más rápido. Felices por descubrir un mundo del que no pudieron disfrutar hasta que sus maridos (que el Señor tenga en su gloria por muchos años) pasaron a mejor vida, las viudas de hoy quieren empaparse de todo lo que se les ponga por delante y saborear los años que les queden sin tener que pedir permiso ni dar explicaciones a nadie.

Seguro que cientos de turistas, de regreso a sus casas, alabarán con nostalgia lo pintoresco de la sociedad palermitana. Un pintoresquismo que, para ellos, nunca debiéramos haber perdido en Castellón, pero yo me pregunto qué interés tiene mantener una tradición, y ciertos valores a ella asociados, que no hacen felices a nadie. Y como esta tradición, ejemplos a millones.

martes, 18 de octubre de 2011

La cabra tira a los montes (Apalaches)


Hace unos días observaba en silencio cómo un niño de unos cinco años daba vueltas sobre sí mismo durante una representación de teatro, intentando infructuosamente atornillarse al asiento de la butaca por la parte donde la espalda cambia de nombre. En su obsesivo empeño giratorio, a 45 revoluciones por minuto, daba sus correspondientes 45 golpes a una señora a su derecha, y otros tantos a su hermana, que sentada a su izquierda dejaba salir un gritito hiposo a cada impacto.

Pasados unos minutos, el niño perdió el sentido de orientación del giro sobre su eje imaginario y decidió actuar esta vez cual martillo pilón; sus brazos se aupaban desde el respaldo del sillón, para liberarlos a continuación y dejarse caer sus quince o veinte kilos por acción de la fuerza de la gravedad.

Todos los espectadores seguían disfrutando del espectáculo, incluso la señora de su derecha, que a pesar de los continuos zarandeos a los que estaba sometida, disfrutaba estoica e impasiblemente de la obra, como si a su lado estuviese sentado un muerto.

Todo seguía en una tensa normalidad hasta que el niño, apoyándose en sus manos, decidió hacer el pino, mientras su progenitora jaleaba los malabarismos de su retoño, que dejaban a la altura de amateurs artrósicos a los actores que estaban interpretando la obra, de título “Escapismo del gran Houdini en los Montes Apalaches”.

En ese momento me acerqué a ella y le dije serena, amable, dulce y solícitamente que además de su hijo el resto de espectadores de la sala deseábamos disfrutar del espectáculo. No del de su hijo, sino del de los Montes Apalaches. La madre, sorprendida, me lanzó una mirada indignada y con la mayor de las certidumbres me dijo que qué poca sensibilidad la mía, qué dónde se había visto que no se pudiese dejar a un niño actuar como a un niño. Y, aunque le dije en la voz más almibarada de la que fui capaz que para actuar como niños ya estaba el parque, no hubo manera de convencerla de que más que un hijo aquella criatura era una cabra, una cabra en cautividad.

Precisamente ayer el profesor Elzo comentaba en la Fundación Caja Castellón que dentro de una tendencia generalizada a la delegación de responsabilidades, hemos creado una sociedad de jóvenes con derechos sin el correlato correspondiente de deberes. Por ello, los jóvenes crecen en un entorno sobreprotector y reciben una socialización que no les prepara para enfrentarse a la sociedad en la que viven, y en la que palabras como disciplina o responsabilidad no les son inculcadas. ¡Pues ya está claro!.

sábado, 15 de octubre de 2011

Jóvenes y valores, la clave para la sociedad del futuro


Ninguna de las generaciones que han precedido a la de los jóvenes de hoy en día ha tenido el nivel de vida del que ahora disfruta. Pero del mismo modo, la preocupación por el futuro de los hijos en un mundo cada vez más complejo va emparejada con la sensación de que no somos capaces de transmitir nuestros valores. El aluvión de estímulos que nos llegan a través de los medios de comunicación, la competitividad, la aceleración del consumo y los nuevos modelos de vida han provocado un cambio en las costumbres que se traduce en el miedo a asumir responsabilidades y en la pérdida del sentido colectivo.

Al hilo de esta idea, Javier Elzo, catedrático de Sociología en la Universidad de Deusto, presentará en la Fundación Caja Castellón el próximo miércoles, día 19 de octubre, a las 19,30 horas, una serie de consejos que contribuyen al fomento de los valores en el ámbito familiar para prevenir conductas de riesgo a partir del diálogo y la comunicación. Por la mañana la Fundación ha organizado un encuentro del profesor Elzo con 600 estudiantes de la provincia de Castellón en el que se abordarán también estos aspectos.

Afirma el profesor Elzo que los sistemas de valores dominantes en la sociedad occidental durante los últimos cincuenta años han condicionado las problemáticas actuales porque, dentro de una tendencia generalizada a la delegación de responsabilidades, hemos creado una sociedad de derechos sin el correlato correspondiente de deberes. Por ello, los jóvenes han crecido en un entorno sobreprotector y han recibido una socialización que no les ha preparado para enfrentarse a la sociedad en la que les ha tocado vivir, y en la que palabras como disciplina o responsabilidad no les son inculcadas.

De ello se deriva su afirmación de que a los padres actuales les falta tiempo para transmitir valores, que “han equivocado el nivel de vida con la calidad de vida y cada vez más inculcan en la disciplina para conseguir más dinero, más poder adquisitivo, un estilo de vida materialista". En su opinión, los padres deben actuar para que sus hijos "sean psicológicamente equilibrados, social y culturalmente insertados, éticamente responsables, capacitados para construir su futuro, dueños de sus vidas, actores y no meros espectadores, agentes activos y constructores de su destino". Sin embargo, afirma que en casi la mitad de las familias españolas falta comunicación entre sus miembros y sostiene que sólo cuatro de cada diez familias tiene capacidad para educar a sus hijos.

Si se supera con éxito la adaptación a la modernidad, las nuevas generaciones se insertarán con más garantías en la sociedad del futuro. Para ello, es indispensable la educación en valores, especialmente los valores de proximidad como la familia, los amigos, la lealtad a los suyos y la honestidad. Pero no debe confundirse la juventud con los jóvenes. Y nunca debe olvidarse que, a fin de cuentas, cada joven es una persona única.

jueves, 13 de octubre de 2011

Casticismo de abolengo


La aristocracia de rancio abolengo y la exaltación del flamenco abren las portadas de todos los periódicos y revistas de esta semana. Imágenes que inevitablemente nos derivan hacia lo castizo y pintoresco, lo que entendemos por español en general, y andaluz en particular. Una sensibilidad heredada del Romanticismo e investida de un aura idealizada y no sin cierto provincianismo.

Es la España cantada por Gautier, Quinet y Mérimée, entre la mezquita cordobesa, la Alhambra y las pinturas de Zurbarán, Velázquez y Murillo; medio mora y medio cristiana, mitad real y mitad inventada. La España de Cook, Borrow, Ford o del célebre Washington Irving; la de los bailes, ferias y mercados populares, que estos viajeros y escritores recrearon sin dejar de hacer referencias irónicas al catolicismo papista de la población; una imagen de España que aparecía a sus ojos como antesala del mundo oriental, en la que tan sólo se había sustituido el Corán por el Nuevo Testamento.

Inevitable recordar la imagen del tópico. La de los españoles considerados fanfarrones, orgullosos, susceptibles, celosos, salvajes y violentos, y al mismo tiempo leales, hospitalarios, sufridos, nobles y con un sentido democrático por el que el más pobre no se considera menos que el rico y poderoso. Y a la hora de destacar personajes lo hacen con aquellos a los que después se les va a sacar partido literario: Carmen, la cigarrera; José María, el bandolero; Paquito, el torero o Don Juan, el seductor. Todos ellos dispuestos a formar parte de la leyenda.

Como ocurriera hace ya dos siglos, estos días la prensa nos ha mostrado la expresión de una sociedad andaluza que no tiene nada que ver con la Andalucía moderna. Una imagen en la que lo popular y lo religioso aparecen representados en los estereotipos vigentes de lo español: el mundo del toro con sus hombres morenos y el del baile, personalizado en sus mujeres gitanas de hermosa cabellera negra, ojos grandes y vivos y su gracia al andar. Sólo han cambiado los protagonistas, ahora sustituidos por personajes de la prensa del corazón.

Una imagen tópica y de cliché de un casticismo distorsionado, idealizado, exagerado y deformado que sigue teniendo demasiada fuerza, una etiqueta de la que todavía parece que es difícil escapar.

Aunque, como en todo, siempre podremos disfrutar de su esencia. 




domingo, 9 de octubre de 2011

Del chic al shock


En La Costa del Sol en la hora pop, Juan Bonilla analiza cómo los años sesenta supusieron un cambio radical en el aspecto y en la forma de vida de los pequeños pueblos pesqueros de la costa malagueña, especialmente la ciudad de Marbella. De repente, España y, sobre todo, el sur peninsular habían sido descubiertos por el turismo extranjero, que entró en aluvión cambiando mentalidad y estética. Y con él entraron también una serie de personajes, al principio de gran talla intelectual, que dieron a esta zona un prestigio internacional. Lo pop, arraigado a esos lugares de ocio, edificó la costa y la puso en la vanguardia del cosmopolitismo. 

El momento culmen en el que la zona perdió todo el encanto y prestigio que una vez la alhajaron, el momento preciso en el que polvos se convirtieren en lodos, no nos pilla por sorpresa. Es conocido por todos. Llegó de la mano visionarios que entendieron que la política era un negocio privado tan legítimo como otro para enriquecerse ellos y unos cuantos colaboradores selectos. Para mantener las formas no tuvieron más que convencer demagógicamente a la mayoría de votantes, previamente convencidos de que en ningún sitio encontrarían mejor valedor de sus intereses que en la cuenta corriente del propio alcalde. Y, de ese modo, fueron ganando una y otra vez las elecciones con el apoyo impresionante de la población. 

En Marbella, como en tantos otros lugares, paso a paso, sin retroceder jamás, se devoró la naturaleza y se robó la belleza a lo que se enorgullecía de haber sido un paraíso para convertirlo en un lugar destruido y deglutido por una explosión incontrolable de mal gusto, destinado ahora al blanqueo de capital, que se guardaba en bolsas de basura custodiadas por algún amigote que pasaba por allí. Pero no pasaba nada. Todos participamos de la ceguera colectiva hasta que se descubrió un pastel que a nadie sorprendió, un cuento inverosímil conocido por todos.

Y fue así como se confirmó la regla no escrita según la cual las cosas sólo pueden mejorar muy poco, pero pueden empeorar de forma espectacular. Salvajismo y estupidez se aliaron en la Costa del Sol con consciente inconsciencia. De esa colaboración sacaron tajada muchos, pero muchísimos más fueron las víctimas.  Los tribunales y las urnas juzgarán a unos y otros. Pero los culpables morales, los que asistieron al crimen sin levantar la voz, encogiéndose de hombros, o depositando, por interés propio, la papeleta equivocada en la urna, desde luego, no lo serán. Y es esto, y nada más, lo que nos lleva a hacer descansar algo de la responsabilidad de haber llegado a esa pésima situación en los electores, es decir, en los ciudadanos.

De todo aquello, solo quedará el sol. El único lugar que queda al que poder mirar sin sentir náuseas.

lunes, 3 de octubre de 2011

Aguirre, el magnífico


Al igual que parece ser que le ocurrió a la propia Duquesa de Alba, cuando llegó a mis manos el libro Aguirre, el magnífico, del castellonense Manuel Vicent, sentí una gran curiosidad por conocer, no sin cierto regusto a cotilleo, la vida de su, hasta ahora, último marido. Pero Jesús Aguirre también le sirve a Manuel Vicent para mostrar con humor e ironía una crónica diferente de las generaciones que ocuparon la vida política y social desde el principio de la dictadura hasta el inicio de nuestro siglo, como si tratara de una novela de ficción; cincuenta años de la España que va desde el final de la Guerra Civil a la Democracia, con sus héroes y villanos. Una "España un poco esperpéntica que Aguirre anima", ya que era alguien que "tenía todas las connotaciones para ser un gran personaje de novela, afirma el autor.

Así, nos descubre a Jesús Aguirre, un hijo de madre soltera que creció en Santander entre misas, procesiones, concentraciones de Acción Católica y campamentos del Frente de Juventudes. Magnífico estudiante con un bagaje cultural y filosófico muy superior al de la inmensa mayoría de los españoles de su tiempo, que viajó a Alemania, tras su paso por el seminario de Comillas, para estudiar teología, donde conoció al entonces profesor Joseph Ratzinger, actual papa Benedicto XVI y se empapó de la ideas de Theodor W. Adorno, Martin Heidegger o Walter Benjamin.

Convertido en cura siempre estuvo acompañado en parte de una mentalidad marxista que no acabó de encajar con los ideales de la iglesia. Pero colgó el hábito para pasar al frente de la editorial Taurus, desde donde incorporó a la bibliografía española a los protagonistas más destacados de la Escuela de Frankfurt; al tiempo que, como hizo con Fernando Savater, concedió su primera oportunidad a algunos de los más importantes pensadores españoles actuales. Pero además fue Director General de Música, conferenciante, escritor y columnista, miembro de varias Academias, y sobre todo, desde el 16 de marzo de 1978, decimoctavo Duque de Alba, uno de los últimos movimientos de un proceso que culminaría el día de su muerte al ser enterrado en el panteón de la Casa de Alba en el convento de las madres dominicas en Loeches. “Allí -como señala Manuel Vicent- consiguió escalar finalmente el héroe un gran sarcófago de mármol por cuya conquista luchó toda su vida”.

El “Aguirre, el magnífico” de Manuel Vicent

Manuel Vicent, testigo privilegiado y amigo personal de Jesús Aguirre, tal y como recuerda al comienzo del libro al relatar el episodio en el que ya siendo Duque de Alba lo eligió como su biógrafo ante el Rey, demuestra una extraordinaria capacidad para narrar lo visto con ironía pero desde el distanciamiento. Lo retrata implacablemente pero a la vez reconociendo su genio y figura, situándolo por encima del bien y del mal. De este modo esboza, con amenidad y acierto, el perfil de este esnob inteligente, algo dandy, provocador y diletante pero también culto, muy inteligente, divertido y folletinesco que era Jesús Aguirre. Se apiada del amigo, pero se burla del duque hasta el sarcasmo, contándolo todo con un barniz literario, y siempre según "la primera regla del arte, que es saber detenerse a tiempo".

El autor afirma que contar la vida de Aguirre no era una tarea fácil porque "en el fondo era un hombre muy hermético que nunca acabó de mostrar sus sentimientos", "un artista a la hora de enmascarar su pasado y también su ambición". Alguien que tuvo la habilidad suficiente como para ir mudando de disfraces en su existencia sin delatarse. Alguien capaz de ser aceptado y venerado por todas las elites del país, desde la aristocrática hasta la intelectual. Estamos ante alguien que, en palabras de Vicent, emprendió a lo largo de su vida una continua "huida de sí mismo", pero "siempre hacia arriba", "no ambicionaba dinero ni riquezas temporales", sino que "a grosso modo huía de un pasado oscuro que no aceptó para regenerarse socialmente dejando atrás tierra quemada", sin importarle "cerrar puertas, cambiando de amigos, de rico en rico". Alguien, en definitiva, que va a pasar de la condición de hijo de soltera -nefasta en la España franquista- , para terminar dando un braguetazo sonado con la Duquesa de Alba.

Para ello realiza un retrato intermitente de su vida compuesto de cuadros de diferentes momentos en el que no escatima en anécdotas retratándolo, primorosamente en un libro donde brilla el lirismo soberbio de Manuel Vicent, su prosa virtuosa, casi poética. Un libro hermoso y cínico, metafórico, relator de una época, retrato de un tiempo de España en tono descreído y burlón del que todos formamos parte ya en cierto modo.