domingo, 29 de enero de 2012

Nada es lo que parece


Hacía poco que había llegado al trabajo actual. Me sentía todavía fuera de lugar, con la falta de seguridad que da estar en terreno desconocido. Bajé a la cafetería a media mañana a tomar algo cuando una compañera, al verme, me presentó a una amiga suya con la que estaba charlando. En cuanto le dijo que hacía poco que me habían contratado, su amiga me preguntó mi edad que, casualmente, resultó ser la misma que la de su hijo. Un chico que según ella, era la encarnación del éxito. Inmediatamente empezó a contar lo maravilloso e inteligente que era, lo mucho que valía y lo espabilado que les había salido en todas las cosas de la vida, el dineral que ganaba y lo muy contentos que estaban sus jefes con él.

-¿Y a qué se dedica? -le pregunté.

Ella no supo decirme exactamente en qué trabajaba, así que lo resumió con un certero y rotundo “a cosas de ordenadores”.

-Ah, claro, es ordenanza -añadí con una seriedad y certeza que no sembró la menor sombra de duda sobre mis palabras.

-Sí, sí, eso es, ordenanza, tú lo has dicho muy bien -agregó aliviada la amiga de mi amiga-, Ordenanza. Es un ordenanza muy bueno.

-Pues nada, me alegro de haberla conocido – Cogí mi café y me fui a mi sitio de trabajo, a seguir haciendo fotocopias pendientes que me había encargado mi jefe, antes de repartir el correo al resto de trabajadores de la empresa. Lo que se esperaba de mí, que en aquel tiempo era, casualmente, el ordenanza del lugar. Mientras, la señora, en otros cafés y con otras personas, seguiría presumiendo henchida de orgullo como un pavo real, eso sí desplumado, de lo muy considerado y remunerado que era su hijo el ordenanza.

Y es que nada hay tan molesto como la gente vanidosa y orgullosa. O peor aún, los hipócritas.

Este sábado hemos acudido a una comunión. Un amigo y su mujer, ateos manifiestos los dos, han celebrado, en esta extrañísima fecha, tal evento y para sorpresa de todos, en el más sacro de los templos de la ciudad. Si hay que ponerse manos a la obra, que sea a lo grande. La madre del niño parecía la más devota de las presentes mientras se dirigía con su hijo al altar, a pesar de que este, aparentemente, no prestaba el menor interés a toda la representación.

Todos hemos ingresado el importe del eufemisticamente llamado "regalo" en la cuenta bancaria de la criatura. Cada uno habrá hecho sus cábalas, unos pensando que no nos querían confesar que el niño estaba en las últimas, presa de una enfermedad terminal, o a punto de entrar a un seminario, como consecuencia de un delirio de fe. Nadie sabía a qué obedecía tal montaje. Hasta que el propio niño, en su falta de picardía, lo ha soltado todo con una sonrisa, mientras tomábamos un refresco a la salida de la iglesia:

-Mis papás me han regalado un viaje a Orlando, nos vamos a la Disney.

Cuando hoy, domingo, me he puesto a leer El último recurso de Edith Wharton me he dado cuenta de que no hay nada nuevo bajo el sol. La hipocresía no ha cambiado en nada. Frente a la opresión de las convenciones sociales la única terapia que nos queda es la ironía crítica y el sentido del humor. Edith Wharton nos iluminaba ya a principios del siglo XX, ridiculizando la mezquindad que reina en las zonas oscuras de nuestro comportamiento, sometido a la constante vigilancia de una sociedad, a veces demasiado rígida. Por eso los relatos de este libro siguen diciendo cosas esenciales sobre el ser humano, sobre todos nosotros.

Pero la historia parece que no acaba ahí...


Según la entrada precedente, y de lo que se deriva de la lectura del libro Adela Lucía. La última amante de un rey romántico. Entre la historia y la leyenda, del historiador Norberto Mesado, tras la muerte del rey Alfonso XII, sin un hijo varón que heredase la corona, el asunto se arregló por el método más expeditivo posible. Su mujer, la reina María Cristina, que estaba embarazada en el momento de la muerte del monarca, tuvo una hija, que por lo que afirma el historiado Mesado, fue intercambiada por el hijo que Adela Lucía, la amante del monarca, tuvo casi al mismo tiempo que la reina. De este modo Alfonso XIII, hijo natural de Alfonso XII y Adela Lucía, fue hecho pasar por hijo legítimo del matrimonio real.

El tema ha protagonizado todas mis conversaciones de sobremesa de esta semana. Que el rey tuvo amantes no lo duda nadie. Es sabido que ya su madre, la reina Isabel II, en su exilio parisino, patrocinó la relación de su hijo con la contralto Elena Zanz, que antes y después de la muerte de la reina Mercedes era popularmente conocida como La Favorita. También parece ser que la reina María Cristina estuba convencida de que el monarca dejaría a su amante tras en nacimiento de un príncipe. Pero la realidad fue mucho más cruel. Elena tuvo con su regio amante dos hijos llamados Alfonso y Fernando, mientras la reina daba a luz a María de las Mercedes. Tras una tercera hija de Elena Sanz, Isabel Alfonsa, el Rey cambió a La Favorita por La Biondina, la también contralto Adelina Borghi, igualmente hermosa pero ni elegante ni desprendida, además de la ya conocida Adela Lucía.

Pero hay ciertos detalles que no dan verosimilitud a la historia de Adela Lucía. Muy guapa debía ser la señora para que el rey, pasando en el tren por la estación, quedase prendado de una pobre trabajadora, supuestamente sucia y desaliñada, debido al trabajo que desarrollaba, me comenta irónicamente un amigo historiador. Aunque hay quien no duda de que la reina hubiese dejado a su hija en manos de otra persona, en función de su sentido del deber de Estado. De lo que nadie duda es de que Alfonso XIII era físicamente Habsburgo, se parecía a su madre. Además, nada había en la legislación española que prohibiera reinar a las mujeres. Isabel II, su madre, que había sido reina de España desde 1833 a 1868, es buena prueba de ello. De hecho, la hija mayor del rey Alfonso XII, la infanta María de las Mercedes, fue nombrada Princesa de Asturias, durante toda su vida, con lo cual no hubiese habido ningún conflicto serio en caso de no haber habido un heredero.

La reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, siendo ya viuda del rey Alfonso XII se guió por la sensatez y el equilibrio en sus diecisiete años de regencia. Los historiadores le reconocen su impecable observancia de las obligaciones constitucionales. De hecho, durante el medio siglo que vivió en España fue conocida como Doña Virtudes. Porque María Cristina de Habsburgo llegó a Reina de España precisamente por sus virtudes, públicas y privadas. El recuerdo licencioso de Isabel II y la constatada afición a las faldas del joven rey obligaban a buscar una candidata fiel, que pudiera tener descendencia y que se atuviera religiosamente a los preceptos constitucionales del régimen político español. Y como no parecía persona capaz de enamorar demasiado ni de influir en exceso, pero sí de comportarse con la profesionalidad esperada, nadie mejor que esta hija de los archiduques de Austria, tíos del Emperador Francisco José I, el marido de Sissi, con poco más de 20 años y educada para el matrimonio en el capítulo de Nobles Damas Canonesas de Praga, del que fue nombrada Abadesa, sin rango eclesiástico. No era rica, pero era germánica, católica, estudiosa, melómana y no se le conocía un desliz, ni se le sospechaba.


Pero vivió. María Cristina, cumplida su tarea oficial, se dedicó, entre otras cosas, a poner algún entretenimiento a su soledad. Es ahí cuando entra la leyenda, como se deriva de la lectura de un nuevo libro que un amigo puso sobre mi mesa. En The sex lives of the Kings and Queens of England, el escritor anglo-americano Nigel Cawthorne, afirma que la reina regente María Cristina conoció en Madrid a Jorge de Windsor, entonces duque de York, y posteriormente príncipe de Gales tras la muerte de su abuela la reina Victoria, antes de llegar al trono británico en 1911 con el nombre de Jorge V. La cuestión es que la visita llegó más allá de lo públicamente previsible. Aquél hombre pequeño, de poca envergadura, pero atractivo, culto y sensible sedujo a la reina, que debía sentirse sola en una corte rodeada de gente a la que no entendía muy bien. Y a resultas de aquella visita quedó embarazada. Como en la época la presencia mediática de los monarcas no tenia el alcance actual, y la vestimenta lo permitía, el embarazo pasó desapercibido. Y la reina tuvo una nueva hija, que bautizada con el nombre de Elena Cristina Habsburgo Windsor, vivió en Malta, donde murió en 1990 a la edad de cien años.

Aunque probablemente, como en el caso de Adela Lucía, todo sea una pura leyenda... Todo un Sálvame Deluxe al más puro estilo retro.

Foto superior: Rey Jorge V de Inglaterra. Foto inferior: Reina María Cristina de España.

sábado, 21 de enero de 2012

Sangre azul entre los naranjos


Las hay que van por ahí con aires de marquesa, cogidas del brazo de sus maridos que, a su vez, parecen generales de infantería. No es necesario señalar a nadie. Que conste. Pero ahora va y resulta que algunos, o algunas, se lo pueden permitir. Lo que ocurre es que solo ellos, y unos cuantos correveidiles saben el por qué.

Es lo que se deduce de la lectura de Adela Lucía. La última amante de un rey romántico. Entre la historia y la leyenda, publicado por la Diputación de Castellón, donde el historiador burrianense Norberto Mesado, y gracias a testimonios recogidos entre los mayores de esta localidad de la Plana Baixa, afirma que el abuelo el rey Juan Carlos I es hijo de una mujer de les Alqueries y no de la reina María Cristina.

Mesado ha dedicado más de una década a investigar y estudiar la vida de una misteriosa mujer, Adela Lucía Eduarda de la Santísima Trinidad Almerich Cardet (1854-1920). Considerada por unos "una gran señora y por otros una fulana", lo que nunca había trascendido más allá del saber popular es que se trataba de la amante de Alfonso XII. El rey, camino a Barcelona en tren desde Valencia, paró a la altura de la estación de Burriana y Alqueries y se quedó prendado de la joven, que entonces era una humilde guardabarreras.

Guapa, espigada, "alta como una palmera", de tez blanca y oscura cabellera, enamoró al monarca. Pero estaba casada. Así que el rey mandó al marido a la guerra de Cuba donde, azares del destino, murió. Después hizo construir junto a la vía férrea un chalet con su puerta principal frente a los raíles, para visitarla sin ser observado por el vecindario. El vagón real era visto hasta el amanecer en una vía muerta hasta que, al despertar del alba, tomaba el camino de regreso a la corte sin que nadie pudiese verle por la escasa luz de la alborada. Pero todos lo adivinaban.

El historiador considera que hay cierta leyenda en el modo en el que se conocieron, que posiblemente no fue cuando ella era guardabarreras sino años después cuando, según otras fuentes, frecuentaba círculos influyentes gracias al estatus de su marido, que en realidad era un adinerado vecino de Vila-real, Matías Cantavella. Lo que sí da Mesado por cierto, como demuestra la documentación facilitada por un reconocido historiador cubano, es que Cantavella falleció en la guerra de Cuba «como un hombre soltero».

Pero la historia no acaba aquí. Las confesiones de la gente continúan al añadirle un cambio de bebés. Tras morir Alfonso XII la reina María Cristina tenía dos hijas, las infantas, pero estaba embarazada. Según el "Pacto del Pardo", del que los historiadores de la época no supieron explicar su contenido por el enorme secretismo que lo rodeó, se dice que Cánovas del Castillo, urgido a consolidar la restaurada monarquía borbónica y protegerla de conspiraciones carlistas y republicanas, se reunió con Sagasta para darle el mando a cambio de que guardase el secreto de la continuidad de la sucesión de la corona en el caso de que el tercer hijo del rey no naciera varón. Como así ocurrió. Por ello, y alegando razones de estado, el hijo de Adela Lucía fue intercambiado por la hija que había tenido, casi al mismo tiempo, la reina. De este modo Alfonso XIII, hijo natural de Alfonso XII y Adela Lucía, fue hecho pasar por hijo legítimo del matrimonio real. Adela Lucía adoptó como propia la que en realidad era hija carnal del matrimonio real, para sembrar en tierra de naranjos una estirpe de sangre azul anónima, lejos de la corte de Madrid, alcurnia que a partir de entonces siempre ha sido rodeada de toda clase de secretos.

Tras esta decisión, Adela Lucía será desterrada a Barcelona por la reina regente y se irá acompañada de una criatura que prácticamente nadie sabía quién era, y de un pequeño séquito de criadas. En una de las entrevistas a Lola Serra, descendiente de una prima hermana de Adela Lucía, cuenta que Alfonso XII había muerto en sus brazos y se dice que estando ya muy grave el rey, Cánovas le prohibió a María Cristina y a la reina Isabel II, su madre, entrar en la habitación, cosa inexplicable si no es porque el rey estaba acompañado por quien él más amaba, relata Mesado en su libro.

La niña Adelita nunca supo de quiera era hija, ya que su partida de bautismo deja en blanco los apellidos de sus padres y abuelos. Su madre nunca le quiso confesar su más hondo secreto. Así lo asegura una de las hijas de Adelita, Rosalía Fenollosa, que vive en Barcelona y guarda su diario, en el que muestra su angustia por la misteriosa historia que rodeó su vida, aunque da por verdadera la historia que narra Norberto Mesado. «Mi madre tenía un cerrojo en la boca, no quería recordar a mi abuela, porque ella también lo tenía. Muchas veces se le ponía de rodillas y le suplicaba que le dijese quién era ella, cosa que nunca consiguió saber», recuerda la nieta de Adela Lucía en el libro. Y es que nunca tuvo respuesta a la pregunta de si ella era verdaderamente la tercera infanta de España y su verdadera madre era la reina María Cristina.

Adela Lucía siguió cobrando una modesta pensión del estado que no le bastaba para cubrir sus gastos, por lo que fue vendiendo sus alhajas, sus tierras y el chalet donde había vivido sus amores con el monarca. Privada de movimientos, y ya en su lecho de muerte en el Hospital Provincial de Castellón, las relaciones entre hija y madre eran frías y distantes, pero «Adela ordenó a una monja, que la cuidaba, que mandase un telegrama a su hija para que corriera al hospital y confesarle su secreto. El telegrama llegó a la casa del amante y no de su hija y cuando se lo comunicaron ya era tarde porque Adela había fallecido», recoge Mesado. Murió sola y pobre sin ningún vestigio del lujo que rodeó su vida. Sus restos descansan en una fosa común del cementerio de Castellón.

Es esta la historia una mujer de fuerte personalidad, libre de vínculos morales, ama y señora de su vida, lo que no deja de ser algo insólito para la época. Su privilegiada posición económica y un poder de influencia propio de la élite de la que formaba parte la harían sentirse poderosa, proporcionándole una aura y refinamiento que debió de alimentar su leyenda entre la gente del pueblo, asombrada al verla cómo vivía rodeada de pájaros exóticos mientras fumaba puros habanos que envolvía con billetes.

Una historia verosímil en el que todas las piezas encajan. La suerte es que nunca acabará por resolverse. Por eso, nos quedará su leyenda para siempre.

La reina Maria Cristina, viuda,
con las infantas María de las Mercedes y María Teresa junto al futuro Alfonso XIII

Alfonso XII

Adela Lucía. Hacia 1885
Foto superior: Retrato de Adela Lucía. Óleo de José Brel.

jueves, 19 de enero de 2012

Martirio, la renovación de la copla


La tarde del próximo miércoles tendremos la oportunidad de conversar con Maribel, la mujer que cuando canta se convierte en Martirio. La cantante onubense viene al Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón para hablar del maravilloso momento que está viviendo la copla y compartir con nosotros la visión de la que es considerada por todos una de las grandes revolucionarias del género.

Cuentan que hace más de 25 años Maribel se subió a un escenario de una plaza sevillana, con el pelo recogido en un moño coronado por una peineta y unas gafas de sol que apenas dejaban vislumbrar sus ojos verdes. Desde aquel momento se convirtió en ‘la Martirio’, un personaje de todos que nació con una intención: ser ella misma. Junto a Kiko Veneno, sentados en una mesa de camilla, había ideado una renovación de la copla española acorde con las inquietudes estéticas y musicales de aquel tiempo de movida social y cultural de los años 80. Contribuyó a desempolvar y redefinir un género que tras su auge en la España de la II República había sido fagocitado por la dictadura franquista utilizándolo a través de la imagen de algunos de sus más reconocidos intérpretes y, por ende, rechazado por los prejuicios de la entonces burbujeante progresía.

Maribel venía con el aire flamenco que sus padres le habían inculcado en las venas desde niña. Pero sería tras las clases de guitarra que el maestro Rofa de Huelva le dio a los 15 años cuando empezó a elaborar la lista de los artistas que le han influenciado. Una lista que va desde Lole y Manuel a Atahualpa, de Chavela a Edith Piaf, de Leonard Cohen a Enrique Morente, de Compay a Camarón, de Pata Negra a Mina, de Kiko Veneno a Billie Holiday, de Marifé a Cassandra Wilson, de Battiato a Paolo Conte; de la música pop al rock, de la música romántica italiana al soul... Música, música, música y letra... su alimento.

Con ello, uno de los elementos que define la carrera de Martirio es la revalorización de la copla. Gracias a ella, y a otros artistas como Carlos Cano, la han colocado en el lugar que merecía, depojándola de todo lo que no fuera su maravillosa calidad. Y podemos afirmar que ha abierto el difícil camino que luego han seguido otros músicos, desde Miguel Poveda a Plácido Domingo, o desde Buika a La Shica, gente de todos los géneros musicales que, ya en nuestros días, se está apropiando del género.

Porque Martirio es una de las mejores “seleccionadoras musicales”, una “arqueóloga musical”. Sin cultismos ni elitismos ha reivindicado la copla para hacerla más actual, pero sin desvirtuar su origen. Enseguida se percató de que tiene una melodía, una armonía y una estructura musical que casa muy bien con géneros afines. Desde entonces, sin renunciar a la propia tradición, ni anclarla en el pasado, le ha quitado el polvo a los clásicos de la copla y ha sabido beber del rock, del jazz e incluso del rap para modernizarla, introduciendo instrumentos nunca usados y llevándola a otra lectura como no había ocurrido con anterioridad. Y todo gracias a que, como ella misma afirma, “le gusta mucho investigar, reinventarse e ir buscando caminos que no haya transitado antes para aprender, ir hacia adelante y cada vez aumentar mi camino con músicas nuevas”.

“Tener un sueño es de las cosas más importantes que te pueden pasar en la vida. Y nunca me podía imaginar cuando empecé que iban a pasar tantas cosas preciosas. Desde conocer a artistas que admiraba, poder cantar con ellos, ir a países donde me han recibido estupendamente, cantar en otros idiomas, haber tocado con rockeros, con flamencos, con jazzistas… Y seguir teniendo las mismas ganas, la misma vocación, la misma ilusión y conseguir seguir siendo independiente, autónoma y tener esa libertad creativa que me es imprescindible. Le doy absolutamente las gracias a la música porque, aunque ha habido bajones y ha habido momentos también malos, no le doy ninguna importancia al compararlos con la belleza que significan más de 25 años”. Si ser Martirio fuera obligado “sería muy pesado, pero al ser una cosa que nace de mí es un placer, un juego… lo hago porque disfruto”; porque lo que en estos años lo que no ha cambiado ha sido el carisma intransferible de la artista, ni la peculiaridad de su discurso musical y visual. Por eso no piensa marcharse. Le quedan todos los sueños.







Fotografía superior de Óscar Romero Villalobos, pertene a la portada CD Martirio: 25 años en directo

martes, 17 de enero de 2012

Cría fama


Se llama Viorica. En su país era ayudante de farmacia. Lo primero que hizo, nada más llegar a España, fue trabajar limpiando casas o de camarera los fines de semana. Su madre, ya muy mayor, sigue viviendo en su país. Sola. Lo sé porque llena de orgullo me lo contó mientras me enseñaba su foto. La guarda dentro de un broche que lleva colgado de una cadenita dorada que la muestra al abrirse, junto a un pequeño mechón de cabello oscuro.

Ahora Viorica cuida a una señora, también ya muy mayor, enferma de Alzheimer. Nunca antes se había dedicado a este trabajo. Y es por eso que la conocí. Desde mi terraza veo la de la señora que cuida. Es una terraza cerrada con una estructura de cristal y aluminio. Cuando hace bueno tiene las ventanas abiertas y las veo allí sentadas. Si hace fresco las tiene cerradas y tras el cristal siguen tomando el sol de la tarde, mientras miran el parque. Pero, de todos modos, protege los pies de su señora tapándolos con una mantita. No es raro que después de comer las venza el sueño, lo sé porque la veo con los ojos cerrados y con la revista con la que mata las horas dejada caer sobre el pecho.

Viorica es enfermera todas las horas de todos los días de todas las semanas del año. Mientras su señora mira al infinito desde la terraza, ella la peina, le da de comer o le arregla la chaqueta sobre los hombros. Nadie se lo pide, pero ella se adelanta para que no pille frío. Porque la señora que cuida se pasa la gran parte del tiempo dormida o mirando a las palomas que se detienen en la cornisa y se arrullan. Y entonces aprovecha para hacer brazos de galletas con moca.

Podría decirse que esa es la rutina de todos los días. No sé que pensará la señora que cuida. Visitas, lo que se dice recibir visitas, no parece que ocurra. De nadie. Imagino que creerá que es su hija. O su madre. De todos modos no creo que necesiten ya hablarse y darse explicaciones. Me da la impresión de que aunque no son familia, ni falta que hace, se comportan ya como si lo fueran. La anciana que cuida la mira y se bastan con unas sonrisas para comunicarse.

Nuestro apoyo, en tantos y tantos casos, está donde menos lo esperamos y viene de quien menos pudiésemos imaginar. Porque viendo las noticias del fin de semana me llamó la atención escuchar a una de las víctimas de la reciente tragedia del crucero "Costa Concordia" en las inmediaciones de la isla italiana de Giglio, en aguas de la Toscana italiana. De su relato se deriva que la forma de comportarse de quienes debieran de ser los primeros en preocuparse por la seguridad de los pasajeros ha sido sencillamente delictiva. Que los trabajadores filipinos, hindúes o pakistaníes, que se suelen ocupar de las tareas de limpieza y arreglo de los camarotes, probablemente sobre los que recaerán todas las sospechas cuando algo falte en el barco, hayan sido los que ayudaran a los viajeros a salvarse, mientras el capitán lo abandonaba en medio de un caos vergonzoso, hace subir la indignación de la gente que ha padecido las consecuencias del suceso y de todos los que nos vamos enterando de los detalles del mismo. Como siempre unos tienen la fama y otros... cardan la lana.


foto: Creative Commons License photo credit: Meritxell Garcia

sábado, 14 de enero de 2012

Plantón para la bailarina


Mientras estuvo vivo la reputación del artista francés Edgar Degas (1834-1917) varió entre la admiración y el desprecio. Muchas veces logró cautivar a los críticos en los salones de pintura de París, pero no tuvo la misma fortuna con los compradores. La única pintura que vendió en vida, en 1873, retrataba una oficina de algodón en Nueva Orleans, una escena totalmente opuesta a la serie de bailarinas que lo harían famoso tras su muerte. Sin embargo, su decepción más grande la tuvo en la escultura. Cuando en 1881 presentó en el sexto Salón Impresionista La pequeña bailarina de catorce años, la más ambiciosa y compleja de sus esculturas, las criticas fueron tan feroces que probablemente le empujaron a tomar la decisión de no volver a exhibirlas.


El trabajo de Degas es el resultado de una larga observación, rechaza la representación bucólica, sensual y optimista de sus compañeros independientes para centrarse exclusivamente en el ser humano, especialmente en la mujer, en la que muestra una objetividad sin concesiones que raya lo cruel. Y es en esta obra precisamente en la que se materializa su ruptura con la tradición académica para abrazar una estética nunca vista hasta entonces. Porque para la realización de esta escultura, de apenas un metro de altura, empleó cera policromada, un material en auge pero poco común para la época, y utilizó con gran autenticidad materiales cotidianos a los que otorgó una función artística, pues la mostró ataviada con un tutú de gasa gris verdosa y zapatillas de satén y peinada con pelo natural con la coleta anudada con una cinta de seda amarillo claro.

Además, revelando a un Degas casi antropólogo o naturalista, fue presentada intencionadamente en una vitrina, a la manera de un espécimen de museo. La flanqueaban dos dibujos del artista de dos de los más famosos asesinos de la época, unos personajes con rasgos simiescos que se asemejarían bastante a la fisonomía de la bailarina, esculpida deformada de manera intencionada para seguir al pie de la letra los cánones del rostro criminal, según los estudios antropomórficos tan de moda en la época. No es de extrañar, por tanto, que la obra fuese violentamente acusada por los críticos de mostrar la niña de manera bestial, como ideal de fealdad y se propusiese su traslado a un museo de medicina en el que se exponían cuerpos con enfermedades extrañas.

La modelo, que se llamaba Marie van Goethem, era de origen belga, su madre era lavandera y su padre sastre. Vivían en la calle Douai, en la cuesta de Montmarte, justo al lado del estudio alquilado de Degas. Esa vecindad propició la amistad del artista con sus humildes vecinos, y tanto Marie como sus dos hermanas -Antoinette y Louise Joséphine- posaron a menudo para él, unas veces desnudas y otras vestidas. Marie no dejó de hacerlo durante una década, cuando ya no era bailarina porque la echaron del Garnier por hacer novillos. Después nada más volvió a saberse de ella.

Sin embargo fueron muchos los que encontraron el germen del vicio en la escultura; un vicio que se le presuponía que desarrollaría en su madurez, pero que ni siquiera ella sabía que existía. En la época era usual que las figurantes de la Opera Garnier, conocidas como “Petits Rats”, buscasen protectores entre los visitantes del foyer de la ópera, un lugar al que no todo el mundo podía acceder. Pero entre ellos se encontraba Degas, que por su condición social era un habitual del lugar. Por eso, se trata de una niña inmersa en un mundo promiscuo que acabará por desarrollar una bestialidad que ya late en su mirada. En la época la danza no era vista ya con el esplendor de antaño. Las bailarinas, más por su aspecto que por su talento, eran vistas como vividoras, un poco peligrosas y, sobre todo, públicas. Se exhibían, se exponían a un público que iba a juzgarlas por su sensualidad y era también común el mito de la muchacha pobre y de parentesco incierto. Y por ello, muchas de ellas, sin un futuro prometedor, terminaron siendo prostitutas.

Ahora bien, lo que nos sorprende en Degas no es el tema en sí, sino como nos lo presenta. Degas describió sin fingir, sin hipocresía, la sociedad de su época, por eso el escándalo. A Degas podríamos considerarlo como un mirón, el voyeur de la vida moderna. Pero, al contrario de lo que pudiésemos pensar nos muestra a una bailarina alienada que parece no prestar atención al espectador, una bailarina que se aplica en sus ensayos, que casi no es definida. No es definida la bailarina como tampoco lo es la postura que toma Degas frente a ella. Y por eso no sabemos si se adhiere o no al mito de la bailarina como objeto sexual.


El artista se resistió a realizar ejemplares en bronce de esta obra, aunque diversos coleccionistas se lo pidieron. Y no sería hasta después de su muerte cuando los herederos del artista encargaron, entre 1921 y 1938, múltiples fundiciones en bronce de sus esculturas. En 1922 se realizaron un total de 28 copias en bronce, de unos 31 kilos de peso cada una, en la fundición Hébrard de París. La mayoría forman parte de las colecciones de destacadas instituciones, como el Metropolitan Museum de Nueva York, el Museo de Orsay o la Tate Gallery de Londres, de modo que muy pocas quedan ya en colecciones privadas. Por su parte, el modelo original de cera, adquirido por el filántropo americano Paul Mellon en 1956, fue donado posteriormente a la National Gallery of Art de Washington.

Tras 130 años Degas se revalorizaba como uno de los artistas clave en la historia del arte, y en 2009 su despreciada escultura batió el récord en una subasta de Sotheby's, al venderse en Estados Unidos por 19 millones de dólares, convirtiéndose en la obra más cara del artista francés. Curiosamente reapareció en el mercado artístico hace unas semanas. Pero, de momento, seguirá danzando sola. Su caché era demasiado alto. Valorada entre 18 y 25 millones de euros, como muchas de las piezas estrellas de la que se consideraba como la primera puja importante del otoño en Nueva York, se quedó sin comprador.







Foto inferior: Paul Mellon contemplando la obra de Degas en The National Gallery of Art Sculpture Gallery, West Building. ©Dennis Brack/Black Star

miércoles, 11 de enero de 2012

Ese vago resplandor


“El resplandor como tal no existe. Significaría que hay justicia e igualdad. Y yo no las he visto. Pero sin un vago resplandor nos vamos todos al carajo”. Es lo que afirma Emma Cohen, exploradora eterna y aventurera de ojos verde mar, ahora un tanto achicados, pero satisfechos al ver cómo la solidaridad sigue y puede ser plena. Satisfecha de seguir viendo el agua, la tierra, el viento y el sol. Satisfecha al gozar por la visión de la belleza. Lo dice ella, que formó parte de las cómicas del colegio y que al crecer descubrió, molesta, que ser mujer cerraba muchas puertas y que no quería aceptar el destino ya previsto de formar una familia. Porque lo que quería era "vivir y experimentar".

Por eso, cuando en 1968 fue a Nancy con la compañía teatral de Adrià Gual y vió "otros mundos" se dio cuenta de que "España estaba en la edad de piedra". De regreso se bajó del autobús en los Pirineos, decidió darse la vuelta y romper con la vida que había llevado hasta entonces. En autostop llegó a un París que se preparaba para las armas: era el 1 de mayo de 1968. “Empalmamos directamente con la manifa. Después de unos días me cogieron, me quitaron el pasaporte y me enviaron a España. Pero aquellos momentos fueron un trastoque vital. Fue una experiencia muy intensa que me marcó para siempre. Tenía 21 años y lo viví desde dentro. No tenía nada. Acababa de irme de casa en un acto de búsqueda de mi misma, no por molestar, sino por no morirme de asco. Vivía y dormía en los lugares donde se desarrollaban los hechos, y se me ha quedado grabado. Lo guardo en mi recuerdo, mi comportamiento, en mi hacer, y en mi creación artística”.

De regreso a Barcelona pronto se convertiría en “esa chica del 68”: guapa, rebelde, activista, reivindicativa, una de las «musas» de la Escuela de Barcelona con la que todos querían bailar en la mítica Bocaccio. Sin embargo, y a pesar de ganarse la vida en la pantalla y el escenario, Emma Cohen no quería ser actriz. Enamorada de la biología, deseaba ser médico. También le atraía el periodismo. “Pero mi padre –que era Teniente Alcalde de la ciudad- dijo: ‘¡Imposible! Médico es cosa de hombres, porque es muy desagradable. Y periodista no tiene una carrera universitaria’. Y ahí se acabó todo”. Así que empezó a estudiar Derecho. Y, aunque le hubiese gustado seguir siempre estudiando, entre otros motivos porque "terminar la carrera significaba que te casaban", lo abandonó en cuarto curso al darse cuenta de que lo suyo era el mundo del artisteo.

Contactó con un grupo que le inoculó sus inquietudes: "Allí estaban Mario Gas, Carles Velat, Carlos Trías, Gustavo Hernández, Cristina Fernández Cubas... Con ellos me di cuenta de que se podía aspirar a otras cosas. Descubrí a Faulkner y Artaud, yo, que hasta, entonces había leído “El Corsario” y “Alicia en el país de las maravillas”, y poco más. Hicimos teatro".

Pero los años sesenta y setenta eran los del landismo, el ozorismo, Pajares y Esteso. “Cine alimenticio… Tenía que comer y pagar el alquiler”. “Las petroleras” o “Mayordomo para todo” fueron algunos de los títulos de una etapa en la que se sintió en otro mundo. “Yo era una marciana y todos me veían como a una marciana, con lo cual me hacían sentir más marciana”, resume. Sin embargo, en el rodaje de la película “Pierna creciente, falda menguante”, de Javier Aguirre conoció a Fernando Fernán Gómez, que luego sería su pareja durante casi cuarenta años. “Con Fernando alcancé sintonía plena y mi vida fue suya, fue un hallazgo soberbio, fantástico: fue como encontrar el oasis que necesitaba para permanecer en esta ciudad sin amargarme”. Pero un día, después de haber trabajado con Jesús Franco, Gonzalo Suárez, José Luis Garci o Eloy de la Iglesia y haber obtenido prestigiosos reconocimientos, “me cansé, pensé que la vida es muy corta y para qué sufrir. Y me dediqué a hacer mis cosas”, o sea, escribir guiones de largometrajes, dirigir cortos, escribir artículos, entrevistas, cuentos, hacer collage, hacer de Gallina Caponata, escribir novelas y estar con Fernando “el pelirrojo”... "Me otorgué vivir lo mejor que yo podía en mi situación", asegura.

Hay quien afirma que Enma Cohen es una mujer melancólica y entusiasta a partes iguales. Ella misma opina que siempre ha tenido algo de insensato. Probablemente por eso siempre ha acometido con determinación cuanto le ha gustado hacer. Nunca quiso sentirse vencida por las circunstancias exteriores, las imposiciones sociales y todo aquello que nos impide disfrutar a tope de la vida. Y aunque afirma que con los años se pierde en vida, en seres queridos y también en tersura, también es cierto que se gana en recuerdos. Pero aparentemente sigue siendo la misma de siempre. Por eso, la chica rebelde del 68 viene el próximo miércoles al Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón con “Ese vago resplandor”, una novela mitad policíaca, mitad autobiográfica en la que recrea su infancia cuando veía a los sin techo como "seres mágicos y libres". Y a demostrarnos que está en plena forma.

domingo, 8 de enero de 2012

Tiempos modernos y la empaquetadora de azulejos


En el primer trabajo que tuve era el responsable de una máquina de ritmo enloquecido e incesante que no paraba de plastificar paquetes de azulejos. Mi labor consistía en meter los paquetes de tres en tres, y a toda velocidad, en cajas de cartón, porque la producción no debía detenerse jamás. El problema era que, debido al calor y al endiablado ritmo de embalado, los paquetes plastificados salían tan seguidos que se empujaban unos a otros y acababan por pegarse, de modo que había que separarlos, con cuidado de que no se rompiesen, antes de meterlos en las cajas. Mientras sudaba la gota gorda, sin poder parar ni para tomar un respiro, el encargado de la fábrica, desde un despacho con aire acondicionado, me vigilaba en su monitor gracias a la cámara que tenía instalada en mi cogote, al tiempo que se dedicaba a hacer sopas de letras. Y cada día, puntualmente a la hora de fichar a la entrada y a la salida del turno me repetía la misma frase: “No me defraudes, no me defraudes. No dejes perder la oportunidad que te he dado, porque de entre todos los candidatos te contraté a ti, así que ahora no me falles”. Por la noche, mientras dormía, la frase resonaba en mis pesadillas cual mantra atormentado mientras tiraba de los dos extremos de la almohada pensando que, como los paquetes plastificados, se había pegado. Así pues, durante la noche trabajaba en sueños, y durante el día, agotado por no haber podido descansar, vivía una en una extenuante pesadilla.

75 años después de su estreno vuelve Tiempos modernos. Al inicio de la película vemos un rebaño de ovejas encerrado en los límites de un redil que camina apretado y ordenadamente que da paso al plano en el que los trabajadores se agolpan para fichar a la entrada de la fábrica antes de dar comienzo a su frenética labor, aguantando lo que sea con tal de no ir a engrosar la temida lista del paro, lo cual demuestra que algunos de los temores que Chaplin mostraba aquí siguen, por lo tanto, completamente vigentes.

Tiempos modernos fue estrenada en un momento en el que el mundo vivía las consecuencias más dramáticas del crash de 1929. Una crisis de paro masivo, hambre, cierre de empresas, desigualdades, intolerancia ante el otro... un momento de falta de alternativas. Sin embargo la película termina con los protagonistas caminando hacia el horizonte, después de gritar con vehemencia “¡saldremos adelante!".

También es cierto que la siguiente película de Chaplin fue El gran dictador.

sábado, 7 de enero de 2012

Trifulca a la vista


Publicada en 1935, en pleno ascenso del fascismo en Europa, Trifulca a la vista satiriza a sus devotos seguidores del Reino Unido. Con ingenio, sentido del humor y el don para resaltar lo absurdo de cada personaje, Nancy Mitford nos desgrana las migajas de una sociedad convulsionada donde la tensión política se mantiene a la orden del día. Una novela ligera de enredo que habla de fiestas y de la conveniencia de lograr un buen matrimonio. Pero también el reflejo de una sociedad que aún veía con humor las salidas de tono de los primeros fascistas de la clase alta inglesa en un momento en el que un Hitler en ascenso todavía emitía la imagen de un líder que podía embaucar a las jovencitas como queda reflejado aquí en la figura de la mimada Eugenia Malmains, una de las muchachas más ricas de Inglaterra, fiel seguidora del capitán Jack y sus camisas tricolores. Le acompañan el cosmopolita Noel Foster y su intrigante amigo Jasper Aspect, que van a la caza de una rica heredera, y Lady Marjorie, junto a su amiga Poppy, que ha huido del revuelo provocado por la cancelación de su boda. Cuando estos personajes se unan a las fuerzas vivas locales de un pequeño pueblo inglés alejado de la capital en una representación teatral, las tensiones entre fascistas y pacifistas explotarán.

Trifulca a la vista es la tentativa de Mitford de entender un fenómeno que acabaría desgarrando Europa y a su propia familia. De hecho, la historia de la novela enlaza de una forma fascinante con la de su propia familia. Nancy Mitford nació en Londres en 1904 y era la hija primogénita del barón de Redesdale. Sus padres tenían una visión particular de la educación de sus cinco hijas y las únicas clases a las que asistieron en su infancia fueron las de equitación y francés. Eso no impidió que las hermanas Mitford fuesen figuras famosas en la Inglaterra de su tiempo: Nancy empezó a escribir en 1932 y logró ser una de las autoras inglesas de más éxito de su época; Pamela fue una aristócrata rural; Deborah fue la duquesa de Devonshire; Diana era fascista; Unity era nazi y Jessica, que era comunista, se fugó a Estados Unidos con un primo comunista donde terminó convirtiéndose en una prestigiosa periodista.

Glamurosas y heterodoxas, las Mitford parecían personajes de ficción. De hecho, la fuente de inspiración de esta novela se encuentra en las relaciones que Diana, la hermana de la autora, tuvo con Sir Oswald Mosley, el caudillo de la Unión Británica de Fascistas. Aunque para ahorrarse disgustos familiares, y una posible demanda por libelo, expurgó los tres capítulos donde caricaturizaba a quien terminaría por convertirse en su cuñado, la estocada definitiva al libro llegó en 1939 e influyó en que la novela no volviera a ser reeditada: su hermana Unity, la muchacha que a comienzos de esa década había quedado prendada de Hitler y sus acólitos se pegó un tiro con 25 años tras conocer la declaración de guerra de Inglaterra a Alemania y no poder soportar el conflicto entre sus dos países. La bala no le mató, pero le dejó daños cerebrales y nueve años después murió de meningitis. Era la primera consecuencia en la familia de lo que significó abrazar el fascismo en la febril adolescencia.

En 1951, el editor de Nancy le pidió volver a publicar la historia. La guerra había terminado y, aunque su hermana Diana no hubiera renegado del fascismo, la situación estaba menos candente que en los años treinta. Sin embargo, en esta ocasión fue la propia Nancy quien se negó. "Han ocurrido demasiadas cosas para que los chistes de nazis puedan considerarse divertidos. Son de pésimo gusto. Queda descartado", le confesó la escritora a su amigo Evelyn Waugh. Después del fallecimiento de Unity, las cámaras de gas y los millones de muertos, el pequeño Führer ya no daba tanta risa.

A eso se suma que, a pesar de que las hermanas nazis instigaran a la retirada de la novela, los lazos familiares entre ellas y Nancy nunca se rompieron. Unity siempre fue "la adorable" y "encantadora" hermana pequeña cuyo pensamiento se consideró un acto de rebeldía juvenil. Diana nunca dejó de visitar a Nancy, aunque esta sí intentó que no saliera de la cárcel durante la guerra por ser "una fascista ferviente".

Ha habido que esperar setenta y cinco años para que los herederos de la autora autorizan por fin una nueva edición. Ahora acaba de ser editada por primera vez en castellano por Libros del Asteroide, editorial que ya ha publicado cuatro novelas menos polémicas de esta autora.



Foto superior: The Mitford Sisters, por Cecil Beaton
Foto inferior: Jessica, Nancy, Diana, Unity y Pamela Mitford en 1935

martes, 3 de enero de 2012

A veces el alma duele


Nada es tan triste como el recuerdo del dolor vivido en el pasado. Aunque no lo parezca siempre nos acompaña y acaba por formar parte de lo que somos, porque nunca logramos dejarlo atrás. Es lo que ocurre en El hijo del legionario, la que podríamos calificar como autobiografía gráfica, diario íntimo, del artista talaverano Aitor Saraiba, donde nos cautiva, cual niño grande, con sus dibujos e historias de trazos infantiles repletos de supuesta inocencia, candidez, ternura e ingenuidad, aunque también incisivos y dolientes, y en los que nada se esconde. Probablemente por eso conectan rápidamente con nosotros y nos conducen a un estado de risueña melancolía.

Un viaje físico, pero también interior y emocional, de crecimiento, en busca de las raíces. Una historia sobre el desarraigo afectivo, el destierro social "auto impuesto" y la desconexión con el entorno durante la infancia y adolescencia. Para ello, a partir del análisis de las difíciles relaciones familiares con sus padres, divorciados cuando tenía un año, surge este libro, que supone un regreso a su infancia en Talavera de la Reina, después de haber recorrido otros países y continentes. Así culmina la relación del autor con un padre que estuvo "lejos" y al que, ya de adulto, intenta comprender y llega a perdonar. De este modo y tras realizar un ejercicio de profunda y conmovedora exhibición sentimental, en el que descubre sus pensamientos y sus obsesiones, sus sueños y sus pesadillas, sus deseos y sus miedos, logra cerrar ese círculo, hacer las paces con sus raíces e intenta entender las cosas que pasaron en su infancia.

Un libro de la aventura de vivir y de la fortaleza para tomar determinadas decisiones que no admiten vuelta atrás en la vida; del descubrimiento de la amistad verdadera y la paulatina revelación amorosa. Un libro sincero y valiente que enternece y hiere a partes iguales en el que es fácil involucrarse y verse reflejado, porque es inevitable no acabar convertido en uno de los personajes que lo conforman porque el amor, la soledad, el dolor y la felicidad siguen siendo sentimientos comunes a todos nosotros. Un libro también para los que tienen fuego dentro y viven y mueren por la poesía.

Hace tiempo Saraiba compuso un trabajo para que a su madre le dejara de doler la cabeza. «Mi abuela rezaba, y yo hago dibujos», afirma. Pues eso, un libro que, en definitiva, todo lo logra curar con sencillez.




domingo, 1 de enero de 2012

Trabajos forzados: ¿A qué se dedican los escritores para poder llegar a ser escritores?


De no haber sido por los mecenas de la antigüedad muchas de las obras que han llegado hasta nosotros probablemente no hubiesen sido escritas. De hecho, la profesionalización de las letras es un fenómeno relativamente reciente. En cualquier caso siguen siendo muy pocos los escritores que viven de la literatura. Y la historia nos recuerda que muchos de ellos, antes de ser considerados como referentes de su sociedad o su tiempo, se vieron obligados a desempeñar oficios poco cualificados y poco creativos, trabajos que poco o nada tenían que ver con su vocación. Por esta razón escogieron empleos que les dejasen tiempo libre o simplemente la cabeza despejada. Pero curiosamente todos, casi todos, se quejaron en algún momento de lo dura que era la escritura, peor que cualquier otro oficio, explica Daria Galateria que, en Trabajos forzados: Los otros oficios de los escritores, publicado en España por Impedimenta, recopila los casos de algunos de los autores más reconocidos.

T.S. Elliot

Sin embargo, fueron estas experiencias laborales las que les ayudaron a descubrir su vocación e inspiraron su faceta artística. Conocer su recorrido vital nos permite comprender mejor su obra, pues su literatura y su vida están mezcladas de manera indisoluble. Porque muchos de ellos, aunque aparentemente celosos de los colegas que podían permitirse no trabajar en otra cosa que sus libros, ganaron al ejercer oficios no literarios. Todo sirve y de todo se aprende. Así, Herman Melville escribió Moby Dick después de navegar en un ballenero; Joseph Conrad usó su experiencia de marinero para escribir sus obras más conocidas; T.S. Eliot, reconoció que su trabajo de contable le fue de gran ayuda en su literatura y cuesta pensar cómo Kafka habría teñido su obra del ambiente oprimente que la caracteriza sin haber tenido la experiencia de la oficina gris que ocupó durante años en un Instituto de Seguros de Accidentes Laborales de Praga.

Otros ejemplos los encontramos en Bruce Chatwin, que formó parte de Sotheby’s hasta erigirse en experto identificador y catalogador, tanto que su primera editora juzgaba que su escritura partía del hábito mental que requiere esta profesión por su atención minuciosa, el registro de una cantidad de detalles físicos, la búsqueda de una procedencia y el relato de una historia. Al igual que Maxim Gorki, que aprendió a leer mientras limpiaba barcos que navegaban en el río Volga y al descubrir a Gogol decidió hacerse escritor; Boris Vian, de cuya experiencia laboral en la Asociación Francesa de Normalización surge la parodia de la burocracia y del trabajo administrativo que es Vercoquin y el plancton; o Guillaume Apollinaire, cuyos trayectos al trabajo en un banco que cada día realizaba atravesando París dieron lugar a poemas que pusieron los cimientos de la poesía del siglo XX.

Raymond Chandler

Sólo cuando lo jubilaron Raymond Chandler se planteó seguir un curso de escritura por correspondencia. Firmó su primera novela, El sueño eterno, a los 51 años de edad. Su vida laboral fue tan larga como la lista de sus cuentos no publicados. Trabajó en Londres, para la marina, de donde pasó brevemente al periodismo y 36 trabajos más. Todos le decepcionaron por igual. Hasta que en el gran boom petrolífero de Los Ángeles entró a trabajar en una petrolera como asistente del contable de la empresa, donde llegó a ser nombrado subdirector. Y fue cuando acabó harto de todo eso y logró la jubilación anticipada cuando pudo destripar la vida de los criminales y otros parásitos corruptos de ese mundo de ricos del que Chandler había lavado sus miserias.

George Orwell

George Orwell prefirió marcharse a Birmania con 19 años para trabajar como policía. Pero tenía el sueño de ser escritor. Para lograrlo sintió que debía abandonar los privilegios y vivir la vida de los marginados. Viajó hasta París, se quedó sin dinero y terminó convertido en un perfecto vagabundo. Trabajó como lavaplatos y pasó por la cárcel antes de empezar a trabajar en una pequeña escuela privada. Sólo cuando contactó con militantes socialistas se convirtió en el escritor político que firmó obras maestras como El camino de Wigan Pier, Rebelión en la granja o 1984.

George Perec

Hay incluso quien nunca quiso dejar su empleo pese a haber alcanzado el éxito como creador. Es el caso de Dashiell Hammett, que ejercía como detective privado o Georges Perec, reacio a dejar su trabajo en el departamento de documentación de un laboratorio médico cuando sus jefes le ofrecieron ascenderlo. Perec pensó que si para un escritor es peligroso hacer carrera, todavía es peor depender de la escritura para vivir. Por eso prefirió trabajar cuarenta horas a la semana, y después sentirse libre para crear. Lo mismo que Saint-Exupéry, autor de El Principito, para quien subirse a un avión era una forma de vida, “su verdadero trabajo”. Aunque nada que ver con León Tolstoi, que dejó la escritura para retirarse en una aldea de Rusia y trabajar como zapatero o Italo Svevo que, tras publicar novelas, abandonó su carrera literaria para convertirse en empresario de pinturas para barcos.

Charles Bukowski

Quizás el escritor más incompatible con las obligaciones laborales fue Charles Bukowski. Huyó de casa cuando su progenitor tiró por la ventana sus escritos, la máquina y su ropa. Pasó la primera parte de su vida marchándose de todas partes. Tres semanas le parecía una estancia excesiva en cualquier trabajo. Su verdadera vida fueron los bares, pensiones baratas y mucho alcohol, hasta que por casualidad llegó al servicio postal. Solía quejarse de que el servicio postal le había destrozado la espalda. Pero cuando conoció a su primer editor, John Martin, le ofreció convertirse en escritor profesional. A pesar de todo su nuevo trabajo tampoco le gustó: "es más fácil trabajar en una fábrica. Allí no hay presión", dijo a un amigo antes de su primera conferencia.

Colette

La más pragmática fue Colette. Prestó su imagen para un anuncio de Lucky Strike en 1930 y dos años más tarde, ya con 60 años, fundó una tienda de productos de belleza. El negocio creció y ella misma hacía demostraciones en ferias y grandes almacenes de sus cosméticos, hasta maquillaba a sus lectoras y clientas. Entre polvos y cremas, la autora de la exitosa serie de novelas de Claudine se movía como pez en el agua incluso aportando detalles de su célebre personaje para diversos perfumes y lociones.

Lawrence de Arabia

Otros escritores, en cambio, se las ingeniaron para desempeñar oficios que casaban con su naturaleza como un guante: el aventurero Jack London trabajó de pescador ilegal de ostras, cazador de focas en el Ártico y buscador de oro en Alaska. Pero, seguramente, no hay ningún caso comparable al de Lawrence de Arabia. Su obra no literaria ha influido muchísimo más en la historia que sus escritos. Soldado, espía, agitador de revueltas. Fue mucho más allá de cualquier tópico y fue mucho más influyente que cualquier personaje de novela.

Un libro divertido e inteligente lleno de información interesante y un sinfín de anécdotas que casi parecen inventadas. Una nueva forma de acercarse al autor y a su obra. Una fascinante crónica de heroísmo de algunas de las figuras de la literatura internacional del último siglo para poder llegar a ganarse la vida como escritores, mientras otros se han tenido que dedicar a trabajar para vivir. Porque dedicarse en exclusiva a la literatura sigue siendo un sueño, que no siempre resulta maravilloso cuando se cumple.

Antoine de Saint-Exupéry