martes, 28 de febrero de 2012

El herbario de las hadas


Hace casi dos siglos Allan Poe afirmaba que aquellos que sueñan de día comprenden muchas cosas que escapan a los que sueñan solo de noche. Ahora, de la mano de Edelvives, podemos verlo en El herbario de las hadas, un libro que fascina y atrae nuestra atención poderosamente a través del camino que, partiendo desde sus páginas, va al encuentro del universo mágico de los sueños.

Benjamin Lacombe, el joven francés de carrera meteórica en el mundo de la ilustración con su estilo realista y detallado, vuelve de la mano del escritor Sébastien Perez con esta maravillosa fábula ambientada en la revolución rusa, demostrando que forman un equipo que, como ya hicieron en Genealogía de una bruja y Rossignol (aún sin publicar en España), funciona perfectamente.

El libro, en el que se mezclan la fantasía con el rigor de los cuadernos científicos, y en el que el francés demuestra toda su maestría técnica, nos sumerge en el diario de Aleksandr Bogdanovitch, un botánico de prestigio nacido el 5 de agosto de 1876 en San Petersburgo que debido a los excepcionales resultados como estudiante en la Universidad Agronómica de Moscú es reclutado para el secretísimo Gabinete de Ciencias Ocultas, integrado por buena parte de la elite científica del momento. Enviado en 1914 por orden del mismísimo Rasputín al bosque de Broceliande, en la Bretaña francesa, del que se cuentan muchas leyendas, su objetivo será descubrir el elixir de la inmortalidad.

El protagonista al principio se muestra escéptico, pero una vez adentrado en el bosque encuentra un fantástico mundo de seres maravillosos de belleza distante y desconcertante. Poco a poco acabará creyendo todas las leyendas sobrenaturales sobre el lugar y quedará cautivado al descubrir un universo de seres mágicos que antes de ser vistos son intuidos, camuflados entre la naturaleza; ya sea entre los nenúfares de un lago, en el capullo de una flor o entre los tallos de una planta donde se mimetizan a la perfección. A partir de entonces su vida y sus convicciones cambiaran para siempre. Porque el bosque tiene una belleza inusual y está habitado por seres diminutos de grandes ojos y mirada melancólica que emanan cierto aire de desamparo, mucha ternura y, además, se les atribuyen poderes medicinales.

Aleksandr muestra los avances de su valiosa y detallada investigación, compartiendo sus apuntes, las páginas de su diario personal, bocetos delicadísimos con todo lujo de minuciosos detalles de los seres enigmáticamente desasosegantes que va descubriendo junto con los de las plantas que habitan, fotografías de su familia e, incluso, su correspondencia con distintas personas, de modo que nos vamos sumergiendo en un libro tan mágico como los personajes fantásticos que lo pueblan.

La historia finaliza con una carta de Aleksandr a su esposa Irina hablándole de las maravillas encontradas y del por qué de su supuesta desaparición. Recortes de prensa continúan la historia y ultiman el tomo donde se descubren más noticias sobre el misterioso caso de la familia Bogdanovitch.


Curiosamente a Lacombe no le gustan, por melosas, las hadas. Por eso, de su mano, se plantea la idea de plantear falsedades que son presentadas como verdades, pero de una manera nada azucarada. Lo que antes era irreal ahora se presenta como una verdad absoluta. Un sueño se convierte, al fin, en una realidad. Por eso, como Aleksandr, somos nosotros los que ahora anhelamos adentrarnos en el bosque de Broceliande

Un libro, en definitiva, para emocionarse porque nos traslada a un mundo, ciertamente, de ensueño.


lunes, 27 de febrero de 2012

Un poco perdido




Escribe Daniel Defoe en Robinson Crusoe que nunca valoramos el verdadero estado de nuestra situación hasta que la contraria nos lo muestra, porque no nos damos cuenta de las cosas buenas que tenemos, ni sabemos apreciarlas hasta que las perdemos. Es lo que le ocurre al pequeño búho del cuento Un poco perdido. Y a nosotros mismos. Porque efectivamente andamos todos como él, un poco perdidos. Por eso, aunque ya no somos precisamente unos niños, nos sentimos identificados con el protagonista de esta historia infantil del ilustrador irlandés Chris Haughton, recientemente publicada en España por la editorial santanderina Milrazones.

Un pequeño búho se adormece en su nido, de modo que al caer pierde a su madre búho. ¡Uy… uy, uy! dice el pequeño antes de llegar al suelo, como si presintiese la que le espera. La busca por todo el bosque con ayuda de una ardilla, que le va sugiriendo una mamá tras otra… hasta que la rana ayuda a ambos a encontrar a la verdadera madre. Y, recobrado de nuevo su lugar en el nido del árbol no puede evitar el ¡Uy… uy, uy! cuando, viéndose en el borde del nido, descubre que puede volver a caerse como no sea prudente, con lo que la historia volvería a repetirse. En su caso, pedir ayuda le permite saldar la situación con un resultado más que positivo.

A diferencia del búho del cuento sencillo y tierno de Chris Haughton andamos todos últimamente con la sensación de no saber muy bien a dónde dirigirnos ni a quién pedir ayuda cuando nos sentimos perdidos. No nos podemos fiar ni de nuestra propia sombra, porque nada es como nos dijeron, ni estaba previsto que fuese. Ya no es seguro que el trabajo que tenemos sea para siempre ni que el sueldo que tenemos se mantenga como estaba previsto; ya no es seguro que alguien vele por nosotros cuando seamos mayores ni que mi casa valga el precio que me costó si quiero venderla; ni siquiera es seguro que el próximo invierno haga frío y pueda ponerme la chaqueta que me vendieron en las rebajas... Y las respuestas que recibimos a estas dudas, a diferencia de las que recibió nuestro búho, no nos parece que tengan muchas garantías. La confianza es el fundamento de toda relación y nadie puede caminar junto al otro sin tener la certeza de que puede confiar en él. Sin confianza es imposible avanzar. Por eso ante las respuestas andamos todos un poco ¡Uy… uy, uy! no sea que nos la den.

Pero afortunadamente ese no fue el caso de nuestro búho.

martes, 21 de febrero de 2012

De profesión: sus labores


El jueves pasado la escritora Inma Chacón vino a Castellón con su Tiempo de arena. En el Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón compartió con nosotros su poética interpretación del paso lento, silencioso e inexorable del tiempo, especialmente cuando es de arena. Pero nos recordó que el tiempo pasa. Y por eso llega un día en el que se acaba por descubrir que se ha escapado entre los dedos de la mano como los granos de arena. Y que el tiempo, cual juez implacable, hace que las mentiras, y las injusticias, afloren a la superficie.

Inma Chacón nos recordó cómo hace tan solo un par de generaciones las mujeres carecían de derechos y eran consideradas menores de edad durante toda su vida. Incapacitadas para hacer nada por sí mismas, no tenían derecho a la educación, a una identidad propia, ni a unas mínimas condiciones de dignidad en el trabajo que les garantizasen la independencia económica del marido, del padre o del tutor.

Visto desde la perspectiva de nuestros días no deja de sorprendernos saber que las mujeres en España no tuvieron derecho a voto hasta los años veinte. Y que antes incluso ya reclamaron otros derechos fundamentales que no tenían, como el de la educación. Se contemplaba a la mujer en un papel secundario, cuyo único rol asumible era el de ser las perfectas casadas, reinas del hogar, piadosas, buenas madres y buenas esposas. Su instrucción no estaba dirigida a formar académicas, sino mujeres piadosas; sabias, eso sí, en manejo de labores domésticas y expertas en trabajo de agujas. Por eso, el acceso de la mujer al sistema educativo buscaba fundamentalmente adiestrarla en los quehaceres domésticos para el mejor funcionamiento del hogar y de la familia. Su educación, en caso de haberla, debía ir orientada a esa misión en la vida. Con todo, no deja de sorprendernos que hasta mediados del siglo XIX no consiguieran el derecho a la educación secundaria. Por no hablar de la educación universitaria. Ya que no sería hasta 1910 cuando se promulgó la primera ley que les permitió acceder a la universidad. Y lo más curioso es que los universitarios recibieron a pedradas a las primeras mujeres que fueron a la universidad en España. Por eso debían ir a clase acompañadas de un catedrático, para evitar ser agredidas o acudir al aula disfrazadas de hombres. De ahí la fama de “marimachos” de las mujeres que estudiaban en la universidad, “abogados con falda”, como eran consideradas.

Y por si eso fuese poco las mujeres tenían que taparse la cara con un velo negro en el caso de ser viudas. Es más, había una ley que decía que si el marido no le había dado permiso en el testamento para volver a casarse no podía volver a hacerlo y si lo hacía perdía todos los derechos; hasta a sus hijos, que pasaban a la tutela de la familia del marido y perdía, por supuesto y como no podía ser entendido de otro modo, la herencia si volvía a casarse. Y es que hasta incluso después de muerto el marido decidía sobre su vida de su esposa. Increíble, pero cierto…

De hecho la autora recordó que no hace tanto tiempo, cuando ella comenzó a trabajar, de no haber sido soltera hubiese necesitado el permiso de su marido para hacerlo. Como hacía falta también el permiso del marido para poder pedir una tarjeta de crédito, comprar una casa o cualquier cosa que tuviese escrituras, aunque fuese un coche.

Los avances fueron posibles por la tenacidad y decisión de algunas mujeres que decidieron rebelarse contra regulaciones injustas que impedían su acceso al conocimiento y su pleno desarrollo como seres humanos. Por eso, que ya no existan labores propias de ningún sexo, que las mujeres puedan dedicarse a otras cosas que no sean hacer calceta, cortar y coser las ropas comunes de uso, bordar y hacer encajes, demuestra que toda lucha, aunque a corto plazo no lo parezca, tiene su recompensa.

domingo, 19 de febrero de 2012

El galán de noche


Hay personas que tienen el poder de crear dentro de sí mismas y, lo que es mejor, contagiarlo a los demás. Qué duda cabe que la ilusión, el optimismo, en definitiva, el entusiasmo, constituyen una de las claves del éxito en la vida, porque tienen una capacidad positiva de influencia. Mientras que el desánimo, el pesimismo o la desmotivación, ahuyentan.

Al que no le falta nunca entusiasmo es al señor Navarrete. Llevaba semanas sin venir por el Club de Jubilados del Edificio Hucha. Y hoy, a sus 93 años y dos meses -cómo nos recuerda con orgullo- ha vuelto “y sin bastón”. Le habían operado de una “cosilla sin importancia” que le ha dejado fuera de circulación todo este tiempo. Pero a partir de ahora no dejará de venir otra vez todos los días, porque el que será el próximo libro que está escribiendo, se le ha quedado muy retrasado. Y la historia que se trae entre manos es muy interesante, avisa.

Quién lo iba a decir de este nuevo escritor, ya no tan amateur. Pero llegar a la literatura no ha sido un camino fácil. Empezó a trabajar a los doce años. Poco después llegó la Guerra Civil que le arrebató tres años de reclutamiento forzoso y le dejó el recuerdo de tres heridas, una por cada año. Por si no hubiese sido bastante lección, todavía le quedaban otros tres más de servicio militar. En total seis años perdidos. Se casó después y fue durante toda su vida laboral pulimentador en un taller de muebles de Castellón. Pero todavía tendrían que pasar quince años más para sentarse frente al monitor de un ordenador y empezar a convertirse en el Galán de Noche.

Durante seis meses acudió a un curso para jubilados. “No tenía ni idea, pero nunca me he quedado atascado por culpa de un “no sé”, “no puedo”, “no servirá de nada”, “es imposible” o “es muy difícil”. Cuando el ordenador se me resiste pido ayuda-. Y así ha escrito ya tres libros de versos y poemas, un libro de memorias, dos novelas... -Y fin-, apunta.

Ahora que ya tiene salud de nuevo, no puede dejar de venir a darle a las teclas y hacer trabajar al cerebro. Si se queda en casa y no se mueve la única expectativa posible es la de acabar sentado encima de un carro de ruedas o quedarse todo el día mirando la tele, desde la mañana a la noche, justo hasta irse a dormir. Y claro, eso no está en sus planes. Las noches del Sr. Navarrete no son para ver programas de la vida de los otros sino para pensar en lo que escribirá al día siguiente. Por eso él es el Galán de Noche.

Está claro que los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma.


Imagen: "El libro de la vida", de David Kracov.

miércoles, 8 de febrero de 2012

El tiempo de arena de Inma Chacón


La narradora y poeta Inma Chacón (Zafra, Badajoz, 1954) tiene en casa un reloj de arena que está tan mal construido que se detiene. Lo que a ella le gusta es la posibilidad de darle la vuelta, de enmendarle la plana al tiempo. Eso es, más o menos, lo que intentan sus personajes. Afirma que el tiempo, especialmente cuando es de arena, pasa lenta, silenciosa e inexorablemente. Y un buen día levantas la vista y han pasado 10 años. Porque el tiempo se escapa entre los dedos de la mano como los granos de arena. Pero del mismo modo, añade, hace que historias que parece que estaban tapadas vuelvan a surgir.

Inma descubrió la fascinación por los libros muy pronto. Su padre era poeta y su madre una gran aficionada a la lectura. Y es su extensa familia la que la nutre de temas para su literatura. Pero la historia más fascinante es la de Inma con su hermana gemela, la escritora Dulce Chacón, fallecida en el 2003. De hecho, su primera novela, La princesa india era una historia que su hermana quería escribir cuando enfermó del cáncer que terminaría con su vida. Dulce hizo prometer a Inma que realizaría ese proyecto, y ésta se decidió después de encontrar un extraño colgante que pensó que podría haber sido de la princesa.

"La historia que Dulce quería contar no la sabe nadie. Tenía su novela en la cabeza desde hacía tiempo, pero no se la contó a nadie. Ella hubiera escrito algo muy distinto, muy desgarrador. Yo hice la novela que a mí me hubiera gustado leer. Escribirla fue la excusa para sobrevivir a mi hermana. Dulce tuvo el acierto de encargarme este libro y éste es mi homenaje, porque la princesa protagonista es ella. Es mi venganza sobre su muerte", ha explicado Inma. Pero además con esta promesa la transformó en escritora.

Hasta entonces, Inma Chacón, doctora en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, profesora de Documentación en la Universidad Rey Juan Carlos, decana de la Facultad de Comunicación y Humanidades en la Universidad Europea y fundadora y directora de la revista digital Binaria: Revista de Comunicación, Cultura y Tecnología, se había dedicado a la docencia. A La princesa india siguieron Las filipinianas y Nick, una novela juvenil donde se cuenta una historia de amor a través de la red. También ha publicado los poemarios Alas, Urdimbres y Antología de la herida.

El próximo jueves, 16 de febrero, a las 19,30 horas, en el Salón de Actos del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón, Inma Chacón nos presentará Tiempo de arena, su cuarta novela. Se trata de una historia ambientada en la España de principios del siglo XX que pone énfasis en la opresión de la mujer. En particular de cómo aquella sociedad esperaba de ellas que fueran madres sumisas, esposas dóciles y se les exigía obediencia antes que inteligencia. Es una novela de sentimientos, no es feminista, simplemente sucede en un contexto en que las mujeres no tenían derecho a la educación ni al trabajo, y debían estar tuteladas por un hombre, el padre o el marido, porque eran consideradas toda su vida como menores de edad. Y habla también de un tema muy común: la cantidad enorme de niños que eran separados de sus madres simplemente por el qué dirán, porque no habían sido concebidos en el seno del matrimonio. De hecho se trata de una historia real en la familia de la autora, en la que una tía solterona al morir habló de sus hijos, lo que los familiares atribuyeron al delirio... y años después apareció un nieto suyo rastreando sus orígenes.

Y es, al mismo tiempo, una historia que sirve también de telón de fondo de una época de cambio donde las mujeres comienzan a buscar su lugar, que empiezan a ver el futuro más allá de los salones y los fogones, e intentan abrirse paso en la vida pública y política del país.

Con esta novela, de la que fue finalista del Premio Planeta 2011, la escritora espera alcanzar la identidad propia como autora, porque hasta el momento, según ella explica, ha habido mucha tendencia a identificarla con su hermana y ser vista como la prolongación de Dulce. Aunque, añade, eso no le va a impedir seguir dedicándole sus libros.

domingo, 5 de febrero de 2012

Who's who


Ibercaja Patio de la Infanta en Zaragoza acoge la exposición Andy Warhol. Portratis, gracias a la colaboración con The Andy Warhol Museum of Pittsburgh. Se muestran 99 obras realizadas por el artista a lo largo de cinco décdadas, desde 1946 hasta 1986, que nos permiten comprender la evolución artística de uno de los personajes más influyentes en el arte de la segunda mitad del siglo XX.

Andy Warhol descubrió el cine en su infancia en Pittsburgh, durante la década de 1930. Era la primera época dorada del musical, y se sintió fascinado por las estrellas que actuaban en esas películas, entre ellas Ginger Rogers, Mickey Rooney y Judy Garland. Coleccionaba fotografías de estudio firmadas por estrellas como Shirley Temple, Mae West y Jane Russell, que guardaba en álbumes de recortes y pasaba horas absorto escudriñando revistas de cine, llegando a tener con el tiempo miles de tabloides, revistas y fotografías publicitarias de temas relativos a personajes famosos.

Pero sería su traslado a Nueva York en 1949 y tras abrirse camino con éxito en el campo de la publididad, lo que le permitiría reunir a principios de la década de 1960 una extensa colección de fotografías publicitarias de estrellas de cine como Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Greta Garbo y Kim Novak. No es de extrañar, pues, que el siguiente paso fuesen sus retratos por encargo de los "ricos y famosos", como el actor Sylvester Stallone, la bailarina Martha Graham o el escritor Truman Capote, entre muchos otros.

Estos retratos con la que rompió moldes y brilló, como siempre había soñado, con luz propia, fueron la pieza clave en la producción artística de Andy Warhol y no hacen más que reforzar la idea de que nos encontramos ante la figura más rutilante del pop art, el progenitor de una modernidad aún viva. De hecho, la gente competía por ser retratada por Warhol, porque eso parecía darles una inmortalidad instantánea, una fama del tipo normalmente reservado a las grandes estrellas o los productos más célebres, como si así los retratados también pasasen a formar parte de la conciencia colectiva de la época una vez bendecidos e inmortalizados por la mano del artista.

Ahora, en Zaragoza, tenemos la oportunidad de ver algunas de esas estrellas del firmamento particular de Warhol. Y descubrimos el enorme poder de la imagen y la fascinación por la fama. Hay un momento en el que los límites entre una y otra se desdibujan, de modo que no sabemos que fue antes, si se trata de retratos de celebridades que han marcado una época o si el perfil de las personas que estamos viendo se elevó y fue ungido con un aura de veneración por el mero hecho de haber sido retratados por el ojo de Andy Warhol.



Imagen superior: Truman Capote, 1979. Acrílico y tinta de serigrafía sobre lino. 101,6 x 101,6 cm. cada retrato. The Andy Warhol Museum, Pittsburgh; Founding Collection, Contribution Dia Center for the Arts.

Senderos a la modernidad


La muestra Senderos de la modernidad. Pintura española de los siglos XIX y XX en la colección Gerstenmaier, que permanecerá en el Centro Cultural Cajastur Palacio Revillagigedo de Gijón hasta el próximo 8 de abril, nos traslada a un tiempo artístico marcado por la tradición de la pintura española y la influencia de los nuevos ecos que llegan de Europa en el siglo XIX. Un itinerario que da comienzo en la pintura neoclásica de los discípulos de Jacques Louis David, se dirige hacia el Romanticismo y, ya durante la segunda mitad de siglo, hacia el paisaje que refleja la influencia de la naturaleza sobre las pasiones de los hombres.

Viendo algunas de las obras de la exposición, retratos de señoras con mantón, corridas de toros y toreros, es inevitable recordar una vez más cómo las manifestaciones por el “gusto de lo español” desbordan durante el siglo XIX el pequeño mundo de los aficionados y marchantes, manifestándose en las más diversas formas de la cultura y del arte. Nos traen a la memoria las palabras del diplomático, político y escritor Juan Valera cuando afirmaba que cualquiera que hubiese estado de viaje fuera de España podría decir al regresar cuáles eran las preguntas habituales que nos hacían en el extranjero o lo que le decían acerca de su país: que si aquí se cazaban leones; que si sabía que era el té, como si no lo hubiese visto ni tomado nunca; de cómo se le habían lamentado personas ilustradas de que el traje nacional, o sea, el vestido de majo, no se llevase ya a los besamanos ni a otras ceremonias solemnes, o de que ya no bailase todo el mundo el bolero, el fandango y la cachucha. Además, afirmaba lo difícil que era disuadir fuera de España de la idea de que casi todas las españolas fumaban o de que llevasen un puñal en la liga. Porque, añadía, “las alabanzas que hacen de nosotros suelen ser raras y tan grotescas que suenan como injurias o como burlas".

En ese interés por lo pintoresco España desempeñó un papel de primera importancia al ser un foco de resistencia a la vulgaridad de la vida moderna; un lugar, en definitiva, de reacciones extrañas e imprevisibles. Curiosamente, y con el paso de los años, los lugareños aprendieron a satisfacer los gustos de los extranjeros; aunque en este contexto, los andaluces de cierto nivel cultural se sintiesen avergonzados ante la decadencia pintoresquista. De hecho, Alexandre Dumas llegó casi a exigir que se adaptaran a sus gustos y mostró repugnancia al ver a un grupo de bailaores compuesto por “auténticos gitanos” de pelo enredado, rostros morenos, trajes sucios y “pies enormes y mugrientos”, cuando lo que él esperaba eran “manos elegantes, pies delicados y una tez blanca o dorada”. El mensaje de fondo no era otro que el de tratar con salvajes adecentados para turistas civilizados. Para los puristas eso suponía la existencia, ya en la década de 1840, de una incómoda evidencia de erosión cultural. “Las mantillas están desapareciendo. !Qué pena¡, -se lamentaba Richard Ford en Cosas de España, de 1846-. La implacable marcha del pensamiento europeo está aplastando una florecilla silvestre”. Lo que él llamaba el “evangelio de Manchester” (la reverencia por las máquinas y fábricas que destruyen el espíritu humano) ganaba terreno, y el concepto de civilización se equiparaba a la afeminada politesse francesa.

No nos debe extrañar pues, que según fue avanzando la segunda mitad del siglo se dejase sentir el cambio en el gusto estético y el romanticismo empezase a dar señales de cansancio. El interés por el realismo se tradujo en la pintura de paisaje y en el papel predominante de la luz y del espacio frente al detalle pintoresco. Al mismo tiempo, los avances tecnológicos, especialmente en el ferrocarril, hicieron los viajes menos arriesgados y más accesibles a todos. Comenzó el turismo de masas y el pintoresquismo se empezó a perder. Finalmente, la estabilidad que proporcionó la Restauración de Alfonso XII tampoco ayudó a la perduración del mundo romántico que, poco a poco, se fue difuminando ante el progreso y la europeización del país.

En el panorama pictórico contra la imagen autosatisfecha y trivial de lo español surgirá una visión contrapuesta, que inspirándose en el Goya más crítico, cruel y expresionista, tratará de dar una imagen agria, a veces bordeando lo grotesco, del país. A partir de este momento serán varios los pintores españoles que propondrán una desmitificación del tópico españolista, ofreciendo una visión descarnada y a menudo pronunciadamente sombría de la que fue llamada España Negra. Zuloaga, Nonell y Regoyos son los más característicos representantes de esta tendencia, que había de recoger los ecos de la estética naturalista sumados, en el caso particular de estos tres nombres, a la incidencia de las nuevas corrientes de vanguardia. No obstante, paralela a su labor es la de un abundante número de artistas de muy diversa orientación que por la misma época retoman la temática española para readaptarla a las nuevas técnicas. Y así, en los primeros años del XX, encontramos un nacionalismo artístico que se manifiesta en un regionalismo sentimental, culturista y puede que, en algunos casos, movido por un cierto regeneracionismo.

De todo ello queda hoy el testimonio de estos artistas que miraron y vieron, con sus ojos, una España, a través del "sendero" que la condujo a la modernidad.


Imagen superior: Ignacio Zuloaga Zabaleta: Angustias con mantilla blanca y abanico (También titulada Una Manola y Mi Prima Cándida con mantilla). 1913. Óleo sobre lienzo, 93x73 cm. Colección Gerstenmaier.

Imagen inferior: Ricard Canals Llambí: La merienda. Hacia 1925. Acuarela sobre papel pegado a tabla, 122 x 96 cm. Colección Gerstenmaier.