miércoles, 25 de abril de 2012

Sublimación mística


La ecléctica y singular Loreena McKennitt actúa el día 26 de abril en Castellón en el Auditori i Palau de Congressos. La cantante canadiense de ascendencia irlandesa y escocesa recaba en nuestra ciudad donde finalizará la gira “Celtic Footprints” que, iniciada en Zúrich, le ha llevado por otros 10 países además de las ciudades españolas de Murcia, Zaragoza, Barcelona y San Sebastián.

Una oportunidad para escuchar muchos de los temas de sus doce álbumes en los que, en su constante búsqueda de las raíces de la música celta, nos sugiere realizar un viaje alrededor del mundo que parte de Asia Menor y culmina en Irlanda. 

Pero el viaje de Loreena McKennitt empezó mucho antes en Winnipeg, donde sintió la imperiosa llamada de la música celta durante sus visitas a un club folk. Después, en 1981, se mudó a Stratford donde entró de lleno en la escena cultural de la ciudad, presidida por el Festival de Shakespeare. Allí pudo demostrar su talento como intérprete a la par que como compositora. Un año después, en 1982, hizo un decisivo viaje a Irlanda, la tierra de sus padres. De vuelta a casa, imbuida de tradición celta y con la sangre de sus ancestros hirviendo en sus venas, se las arregló para grabar un disco y fundar Quinlan Road, su propia compañía discográfica. Corría el año 1985, el año que vio nacer a Elemental, un trabajo con nueve canciones que ella misma vendió en su coche en contacto directo con el que luego sería su público.

Después vendría el homenaje a los villancicos navideños, por los que se convirtió en la cantante favorita del la reina Isabel II gracias a sus versiones de baladas medievales británicas como The King o Banquet Hall; así como las referencias a la leyenda artúrica. También encontramos la influencia de la península ibérica; ya sea en Tango To Evora, dedicado a la localidad lusa del mismo nombre, como la influencia de las tradiciones centenarias de España, pero también de Marruecos, que fueron asimiladas en The Mask and Mirror. Y en ese recorrido encontramos la escritura de Yeats y Shakespeare; pero también los paisajes de las costas de Irlanda o de las estepas siberianas. Y desde allí llegamos a la Italia de la Toscana o de la fastuosa Venecia desde donde nos llevará, con Marco Polo, a la Ruta de la Seda pasando por Estambul a través de las puertas del Bósforo. 

De todo ello surge la música de Loreena McKennitt, tan rica en matices que no soporta ninguna etiqueta. Una auténtica epifanía para oídos sensibles.


viernes, 20 de abril de 2012

En el Fondo, un siglo


La Fundación Caja Castellón-Bancaja muestra algunas de las mejores obras de sus fondos artísticos. Una oportunidad única para volver a disfrutar de una selección de la que constituye uno de los olimpos artísticos indiscutibles de nuestra provincia. Para ello, exhibe piezas que abarcan desde el costumbrismo a nuestros días, agrupándolas en dos modalidades. Por un lado la abstracción, en la Sala de exposiciones Bancaja Hucha, representada en las obras de artistas como Salvador Soria, Joaquín Michavila, Fernando Peiró, José Córdoba, Wenceslao Rambla, Arturo Doñate, Julia Llopis, Joël Mestre, Ximo Amigo, José Ibáñez y Patricia Bonet. Y por otro lado el paisaje en la Sala Bancaja Abadía, donde podemos contemplar destacados trabajos de los pintores Juan Bautista Porcar, Ramón Catalán, Francisco Gimeno Barón, José Sábat, Soler Blasco, Francisco Simón, Rafael Bujanda, Vicente Castell Alonso, José Antonio Sorolla y Juan Pascual Gimeno.

Desde la creación de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Castellón han transcurrido 112 años. Por lo que respecta a su labor social y cultural, la Fundación Caja Castellón es su heredera directa. Su aportación a la sociedad castellonense a lo largo de este tiempo ha sido de tal calibre que se hace difícil cuantificarla y cualificarla en toda su extensión. Su función social (esencia misma de su naturaleza), desarrollada además en situaciones sociales muy cambiantes, y ajena siempre a interesadas coyunturas comerciales, a campañas de imagen o a meras ofertas promocionales, se ha perfilado a través del tiempo en todos estos años de ininterrumpida actividad, durante los cuales la Obra Social se ha volcado en beneficio de la sociedad a la que sirve, evolucionando y prosperando con ella. Y en su labor cotidiana, son las artes y las letras las que siguen teniendo afortunada presencia. El patrimonio artístico de la Fundación Caja Castellón-Bancaja es el legado tangible.


Por eso, ahora, podemos visitar estas dos muestras, que son la consecuencia de exposiciones organizadas a lo largo de décadas por la Entidad, pero también encargos realizados a los propios artistas y, en otros casos, donaciones o compras realizadas. La contemplación de estos fondos, además, es una buena oportunidad para crearnos una visión panorámica de la evolución artística experimentada a lo largo de más de un siglo a través de los trabajos de estos destacados artistas, con los que la Fundación Caja Castellón se sigue manteniendo vinculada y que son mucho más que los mudos testigos de su época.


Michavila: "Composición", serie "El Llac". Óleo sobre lienzo, 1980, 81x101 cm.
Porcar: "El Castell Vell". Óleo sobre lienzo, 1951, 95x130 cm.
Gimeno Barón: "Secano. Paisaje de Ahín". Óleo sobre lienzo, 1960, 81x100 cm.

viernes, 13 de abril de 2012

El lado kitsch del viaje


Viajamos -antes de la crisis más que ahora-, y nos movemos de un lugar a otro, unos por trabajo, otros por ocio. Y a resultas de estos viajes es imposible resistirse a la tentación de traernos recuerdos de los lugares en los que hemos estado. Pero es un poco triste, una vez más, que al final del viaje acabes por darte cuenta que la globalización, que lo ha unificado todo, también ha llegado al mundo de los souvenirs. Probablemente el precio del progreso es la pérdida de autenticidad. Así, podemos encontrar el mismo tipo de recuerdos, made in China, en casi cualquier parte del planeta: camisetas, tazas, llaveros y un sinfín de productos inútiles en los que sólo cambia el nombre de la ciudad de procedencia, sin aportar ningún signo de identidad más allá de la mera reproducción de lo típico y tópico del lugar. Que si pizzas italianas o sombreros mexicanos, reproducciones de plástico de un elemento arquitectónico en forma de Torre Eiffel o Big Ben de Londres, que si las socorridas figurillas grotecas del David de Miguel Ángel, el toreador y la flamenca...

Chucherías de recuerdo de poco precio que acabarán en el fondo de un cajón y de una frivolidad que en ocasiones raya lo desagradable, porque si identifican o representan la evidencia material del lugar de nuestras vacaciones, en ese caso, ¡válgame Dios! Y es que indiscutiblemente lo más excéntricamente kitsch y banal, a la vez que vulgar e irónico, ha copado el mundo de los recuerdos de viaje.

Todo el mundo asocia Rumanía con el conde Drácula. Y una vez confirmado el destino todos piden que les traigas lo mismo. Una dentadura. Una dentadura picuda. Y, por supuesto, es en los puestos del jardín del Castillo de Bran (el del conocido conde) donde se encuentra al culpable. Nosotros nos cargamos con media docena de espantosas tazas en forma de la cara de Nosferatu, una raza de vampiros que el folklore rumano nos describe como particularmente desagradables. Dicen que la gente compra souvenirs para paliar la culpa de que ellos viajaron y su familia y amigos no. Por eso se regresa con algún recuerdo de regalo, para que al volver no nos odien demasiado por haber disfrutado de un viaje mientras que los demás seguían con su cotidianeidad. Un recuerdo en definitiva para los que no viajan, una cosa destinada a tener ningún sentido para quien lo recibe. Pero viendo ahora en casa y con calma estas tazas no sé si al regalarlas redimo mi culpa o si gano un enemigo para toda la vida.

lunes, 9 de abril de 2012

Extranjero


Cuando era más joven que ahora -y que quede claro que solo digo más joven, porque tampoco es que hayan pasado tantos años-, la idea de viajar al extranjero me parecía algo absolutamente fascinante; como si fuese a descubrir la civilización..., lo cosmopolita. Tampoco es que me fuese tan lejos. Lo que ahora nos parece la simple idea de ir a París me producía entonces cierto vértigo, porque no las tenía todas conmigo -y menos mi familia- yendo a un lugar para nosotros aparentemente tan lejano y trufado de peligros. Viajar, y realmente si era para ir a otro país, nos provocaba la impresión de ir a visitar un lugar que tenía muy poco que ver con nuestra cercana y conocida Castellón. Ahora, que han pasado dos décadas largas, recordar ese tiempo y aquella situación desde la distancia no deja de producirme cierta gracia.

La primera vez que me subí a un tren fue para ir al sur de Francia. Iba acompañado por Sophie, una estudiante de español de intercambio que tras pasar un mes conmigo en España me invitó a pasar el resto de las vacaciones de verano en la casa que tenían sus padres en Saint Tropez. Teníamos 17 años y recuerdo que mi padre tuvo incluso que ir a no recuerdo qué lugar para que me autorizasen en la frontera a salir del país, ya que era menor de edad y no iba acompañado por ningún adulto. Pero Sophie, que era de París, para entonces ya se había recorrido media Europa. Ella solita. Tan solo eso ya nos resultaba, cuanto menos, sorprendente. Para mis vecinas directamente algo que solo podía hacer una “fresca del extranjero”, la hija de unos irresponsables.

Cuando llegué a Francia las diferencias me parecieron todavía mucho más evidentes. Fundamentalmente en la forma de vida. En la playa Sophie, como todas las demás, tomaba el sol en topless como si nada, cosa impensable todavía en España. Llevaba unas minifaldas tan cortas que parecían más bien cinturones anchos. En su apartamento sus padres nos dejaban solos mientras se iban con sus amigos. La comida era completamente distinta, básicamente porque la madre de Sophie no cocinaba ni perdía el tiempo preparando varios platos con productos frescos del mercado. Todo estaba pre-preparado y en los supermercados la carne estaba cortada en bandejas. El pescado no tenía cabeza ni espinas y se cocinaba con mantequilla, porque el aceite de oliva, además de poco conocido, tenía un precio desmesurado y se vendía en botellitas de vidrio como si fuese perfume. Unos meses después, en Navidad, fui a visitar de nuevo a Sophie a su casa en París. Esta vez el viaje lo hice ya solo. A pesar de los temores de propios y extraños, llegué y volví sin perderme. Y más de lo mismo, pero todo mucho más grande.

Pero hoy, cuando soy solo un poco menos joven, veo que Castellón ya no es tan diferente de los lugares que visito. Todo se ha ido uniformizando a una velocidad de vértigo y nada veo que me parezca particular de ningún lugar. Se come lo mismo, se construye igual, todos vemos el mismo cine y nos reímos de la misma manera de nuestros políticos. Los jóvenes sean del país que sean no paran de viajar y, sobre todo, se visten, se relacionan y se enamoran igual en todas partes. Nos hemos contagiado, unos y otros, de las mismas costumbres y por eso, estos días en Rumanía para mí han sido como si no saliese de casa. No he podido sentir aquello que tanto deseaba: el hecho de notarme extranjero. Porque sentirlo es para mí la mejor manera de saberme libre.

Foto de arriba: Piata Unirii, Bucarest

viernes, 6 de abril de 2012

También la verdad se inventa


En el caso de Fernando Delgado (Santa Cruz de Tenerife, 1947), antes que el periodista fue el escritor. Un escritor precoz de libros únicos. Porque de niño, cuando no había fotocopiadoras que le permitiesen multiplicarlos, solo podía editar un único ejemplar. Más adelante, ya con 14 años, se vistió de domingo y se fue al periódico local para que le publicasen sus artículos literarios. Y se quedó allí. Buscando ser escritor se encontró con el periodismo. Descubrió la tribuna desde la que llegar a la literatura. Además, está la radio. Un medio que le acompaña desde los 17 años en el que se deja querer.

La literatura y el periodismo han sido compatibles en su vida. Sin embargo, hay que reconocer que llegó al periodismo desde la literatura, y no al revés. Y, aunque afirme que es el periodismo el que da de comer, porque la literatura, como ya dijera Vicente Aleixandre, solo da para merendar, podernos afirmar que desde que en 1973 publicó su primera novela, su vida puede considerarse más literaria que periodística. Porque para Fernando Delgado el periodismo es un oficio, mientras que la literatura es una vocación, una pasión.

Puede parecer lógico que un periodista termine escribiendo relatos más allá de la realidad. De hecho, el periodismo y la literatura comparten el material común del lenguaje y la necesidad de contar historias. Ahora, cuarenta años después de la publicación de su primera novela, Fernando Delgado convierte el mundo de la radio en el escenario de También la verdad se inventa. Una historia en la que reflexiona sobre el derecho de cada cual a inventarse una vida en la que, además, celebra su capacidad para trasladar al texto la oralidad, la capacidad para manejar diálogos en los que los oyentes de la radio se convierten en los narradores de sus vidas.

Porque en También la verdad se inventa, la periodista Almudena Farizo desde su programa de radio “Suya es la palabra” cada noche, como ya hiciera Fernando Delgado en el suyo, puede analizar cuanto ocurre a su alrededor escuchando las pequeñas historias cotidianas de algunos de sus oyentes. Pero a diferencia de Fernando, que prefiere ser actor, Almudena se entera de cuanto ocurre a su alrededor, en muchos casos sin implicarse, sin comprometerse.

El próximo jueves, 19 de abril de 2012, a las 19:30 horas, en el Salón de Actos del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón, tendremos la oportunidad, una vez más en el ciclo de charlas-coloquio “Condición literal”, de escuchar al escritor y de saber porque “también la verdad se inventa”. Interesante combinación de las dos vocaciones, de los dos quehaceres de un comunicador convencido que se confiesa vulnerable, indulgente, tímido profundo, pudoroso y por ser generoso, muy débil.

Foto de Eduardo Martín, cortesía de Editorial Planeta.

martes, 3 de abril de 2012

Clarisa


Clarisa dejó su Buenos Aires para venirse a España y tener la oportunidad de contar historias. Mientras intentaba reconducir su destino, preocupada por adaptarse, estudiar y seguir hacia adelante, fuimos nosotros los que tuvimos la suerte de ser privilegiados con su amistad, en este Castellón que deseamos tierra de cruce de caminos. Y un día quisimos contar la historia de otros recién llegados, una historia de la inmigración, una nueva realidad para personas que, sin embargo, han encontrado un camino lleno de trampas, tramposos y trampantojos.

Unos vienen, otros regresarán. Pero Clarisa, aunque ya no está, se ha quedado para siempre con nosotros.