martes, 28 de agosto de 2012

Propósitos de año nuevo


El domingo mi sobrino no estaba para nada. Callado y metido en su mundo no tenía ganas de hablar mientras comía con desgana la paella que habitualmente tanto le gusta porque es la que hace su abuela. Ha pasado dos meses en la playa y volver a casa no le ha dejado indiferente. Por primera vez en su corta vida es consciente de que ha llegado el final del verano, es el momento, y el mundo de la publicidad se ocupa de recordarnos a todas horas, de “la vuelta al cole”. Volvemos todos, él al colegio y los demás, también. Cuando riéndome le dije que lo que le pasaba es que estaba estresado me miró y casí retándome, porque no creo que sepa lo que es estarlo, me dijo que este año iba a quedar el primero en las carreras de bicis del colegio y que le había dicho a su madre que no quería volver más a las clases de solfeo. Y volvió de nuevo a centrarse en el arroz. 

Es curioso. Ahora me doy cuenta que desde muy pequeños sentimos que el año en la práctica ya no empieza en enero. Hasta donde mi recuerdo alcanza para mí siempre ha empezado en septiembre, justo en el momento en el que empezaba el colegio. Y así ha continuado toda mi vida. Septiembre es un mes de entrada, volvemos a la ciudad porque terminan las vacaciones, retomamos la rutina habitual porque se acabó el calor y el día empieza a tener las horas de luz que tocan... es el mes en el que todo comienza. 

Recuerdo la inquietud de los últimos días de verano cuando se acercaba septiembre y llegaban las primeras tormentas. Mi padre siempre, después de la más grande de todas ellas, decía lo mismo: se ha acabado el verano. Y al día siguiente, a la hora del baño, el agua estaba ya fría y no apetecía mojarse porque hasta el sol parecía estar en retirada. Era el momento de empezar a pensar en volver a casa para sacar la ropa con la que iríamos en breve a la escuela y olvidarse de las zapatillas y las camisetas; el momento de los libros y los cuadernos recién comprados, pero también del horario nuevo de las clases. Era el momento en que estaba todo por estrenar, de lo nuevo. 

Y así siento que comienza un año más y que yo empiezo también un curso nuevo. Otra vez el quehacer diario. Pero sobre todo es el momento en el que nos marcamos nuevos objetivos, retos y propósitos. Lo de apuntarse al gimnasio y a la academia de idiomas ya no es un objetivo de enero. Ahora como casi todo es un propósito de septiembre.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Ferragosto en Castellón


Es en las tardes de agosto, con el verano en toda su plenitud, cuando el patio central de la oficina de correos de la plaza Tetuán se presenta ante nosotros como la catedral de la arquitectura civil de principios de siglo de la ciudad. El lugar, habitualmente repleto de gente enfadada que espera su turno, se presenta vacío y no hay que hacer colas, las dos o tres personas que esperan con sus envíos no hablan alto como ocurre siempre, no hay algarabía, se susurran unos a otros. Por eso, mientras llega nuestro turno, podemos disfrutar por primera vez de los juegos de luces y sombras del sol a través de los vidrios de colores de la bóveda del techo. 

A la hora de comer no es necesario reservar mesa en ningún restaurante. Incluso se extrañan cuando llamas para hacerlo. Tampoco molesta el ruido de las conversaciones que se cruzan. Y el menú, el mismo de los días de trabajo, parece en ese ambiente mucho mejor. De regreso a casa, por calles medio vacías en las que los vehículos prácticamente han desaparecido, da la impresión de que todo, incluso las terrazas, a medio gas, se ha tomado un respiro. Desde luego nos encontramos con una ciudad que resulta insólita y sólo posible estos días. 

La cuestión es que ya sea por la crisis, porque todo el mundo está de vacaciones o probablemente por los apartamentos de playa (que en verano ejercen un poderoso y lógico efecto de seducción entre los castellonenses) el mes de agosto nos presenta una ciudad en la que todo el mundo dice que no pasa nada pero que se vuelve aparentemente más habitable durante un tiempo, ya que lo que nos niega durante el resto del año ahora es aparentemente mucho más fácil de conseguir. Una ciudad temporalmente transformada. Los edificios, con sus persianas bajadas, parecen haberse quedado dormidos a la espera de la llegada de septiembre y al salir a la calle solo veo los árboles porque no hay ni un solo coche aparcado en toda la calle en lo que, a priori, pareciera un decorado arquitectónico sin vida, compuesto por avenidas cuya única banda sonora es el silencio. 

Es el mejor momento para adentrarnos en una ciudad que presenta un aspecto extrañamente tranquilo a pesar de ser mes de rebajas. Idílico panorama. Hasta que mi aire acondicionado decidió dejar de funcionar y la temperatura empezó a subir lentamente a lo largo de lo que quedaba de tarde. 

¡Ahora ya sé por qué se fueron todos los demás!

miércoles, 15 de agosto de 2012

El amante uruguayo de Federico García Lorca


A finales de 1953 una extraña ceremonia se realizó en la ciudad de Salto, a orillas del río que separa Uruguay de Argentina. En apariencia se trataba de un homenaje al poeta Federico García Lorca. Cientos de personas habían sido llevadas en autobuses, y decenas de efectivos armados custodiaban el lugar mientras rendían honores militares al homenajeado. 

El anfitrión de todo ese despliegue era Enrique Amorim, un escritor millonario -al que todos los artistas le pedían dinero-, seductor, comunista, homosexual casado, y uruguayo y argentino a partes iguales. Demacrado, visiblemente enfermo y con la piel en los huesos había reunido fuerzas de flaqueza para dirigir aquella ceremonia tan fúnebre en la que la actriz Margarita Xirgu representó escenas de Bodas de sangre para recibir, luego, el pésame de los pescadores de la zona que se acercaron a ella pensando que era la madre del difunto. Amorim, emocionado y tembloroso, subió la intensidad del momento al declarar en su discurso que su homenaje aún no estaba completo, que solo el tiempo se ocuparía de darle el toque final. A continuación los albañiles abrieron una fosa detrás de la lápida y enterraron en ella una caja blanca de las proporciones de un osario de cementerio sobre la cual declaró: “Aquí, en un modesto pliegue del suelo que me tendrá preso para siempre está Federico....”

Aunque Garía Lorca era ya una leyenda no tenía un memorial, ni siquiera un sepulcro. Su cadáver nunca se había encontrado, de hecho su paradero se convertiría en uno de los grandes misterios de la guerra civil. El monumento de Salto, el primero que se erigía en su honor, debía suplir esa carencia. Para ello, contó con el apoyo financiero de numerosos habitantes de la ciudad. Pero a pesar de la pompa del evento ningún periódico dio noticia de él. Algunos de los intelectuales, políticos y artistas del momento estaban invitados, pero tampoco asistieron. Ninguno de ellos se dignó a enviar siquiera unas palabras para excusarse. No le concedieron la menor importancia. Hasta hoy ni tan solo sabemos la fecha exacta de ese entierro. Durante las siguientes décadas, un reducido grupo de personas, hoy todas muertas, llevó flores a ese lugar pero ninguna de ellas divulgó jamás qué había en la caja, se llevaron el secreto a sus propias tumbas. 

Amorim dejó escrito que había sido amante del poeta granadino cuando estuvo en Uruguay, algo que la familia García Lorca no confirma. Y añadió que a Federico lo habían matado por su culpa, algo a todas luces falso. Ante un maestro de la simulación como él, resulta difícil distinguir qué quiso hacernos creer, qué creía de verdad y qué es verdad en el hecho de que, además, había robado su cadáver. Si en efecto bajo el monumento de Salto yacen los restos del poeta, Amorim habrá conseguido pasar a la historia. Pero lo curioso es que si no, también. La sola posibilidad de que estén ha motivado el libro de Santiago Roncagliolo que lo saca del olvido. El amante uruguayo es una investigación por el Buenos Aires de los años treinta, la guerra civil española y el París de posguerra, y por la historia de los máximos creadores del siglo XX, como Picasso, Chaplin, Neruda o Borges. Es un retrato contado desde la perspectiva del personaje que no aparece en las fotos, del que los artistas nunca reivindicaron, y por eso mismo podría ser la última burla, el sarcasmo final de un hombre que convertía sus invenciones en portentosas realidades. 

La leyenda de Federico García Lorca y su muerte no tiene fin. De hecho, la naturaleza del monumento de Salto constituye una de las aventuras más misteriosas y extrañas de Amorím. 48 años después el monumento y su misterioso contenido, cierto o no, siguen ahí. Intactos. Si los restos de Lorca están donde dice él que los dejó, es un hecho histórico; pero, si no, es su última burla del mundo intelectual que nunca le tomó en serio.


domingo, 12 de agosto de 2012

A bigger picture


El calor fue el detonante. Pensado y hecho. Nos fuimos a Bilbao en coche a encontrarnos con David Hockney en el Guggenheim. Conocíamos su obra. Pero no al artista. Al final el viaje ha merecido la pena, pero no por haber huido del bochorno pegajoso de estos días en Castellón, ni por contemplar nuevamente el edificio de Gehry o el maravilloso sereno urbanismo de la ciudad, sino porque al disfrutar por primera vez las obras del que es considerado el más célebre pintor británico vivo hemos descubierto la personalidad de este artista que a sus setenta y cuatro años se siente, según él mismo afirma, como un joven de veinte que acaba de encontrar la belleza a la puerta de casa. Una persona envidiablemente joven que a pesar de tener una carrera consolidada no deja de investigar, de renovarse, de utilizar nuevos lenguajes y de asumir nuevos retos. El ejemplo más evidente es esta exposición, A bigger picture, en la que se descubre la sabiduría propia de un artista grande en los trabajos recientes del maestro que se ha tirado de cabeza a la piscina de las nuevas tecnologías y que vive cada día como el juego de un misterioso descubrimiento. 

David Hockney, en el pináculo de sus poderes creativos, ha creado unas obras que nada tienen que ver con sus famosas piscinas de Los Ángeles ni con sus composiciones creadas a partir de fotos de Polaroid. Para ello ha vuelto su mirada a los paisajes de su Yorkshire natal, una ciudad de 30.000 habitantes a la que regresó para visitar a su amigo Jonathan Silver que estaba enfermo para acabar quedándose definitivamente. El recorrido que realizaba cada día, desde la casa de la madre del artista hasta donde su amigo convalecía es protagonista de una serie de pinturas en las que muestra su extrema sensibilidad para reflejar los cambios que va experimentando la naturaleza en las diferentes estaciones, mucho más diferenciadas que en California, lo que le sumerge en una obsesiva exploración de su cambiante clima: lluvia, viento, nieve -a veces sol-; de los árboles, campos, caminos y de la luz de las suaves colinas del este de Yorkshire. 

Como una explosión de color de tonos fuertes y un sinfín de cromatismos verdes, el color de la naturaleza, los cuadros de grandes dimensiones de Hockney provocan un desafío técnico para el autor que sigue desplegando una energía incansable para llenar y dar perspectiva a los amplios espacios del Museo Guggenheim, donde han llegado tras la exposición organizada en la Royal Academy de Londres y desde donde viajarán posteriormente al Museo Ludwig de Colonia. 

Junto a los tradicionales óleos y acuarelas, el artista, de espíritu joven y aventurero, se ha adentrado en el uso de las últimas tecnologías como pocos lo hacen a su edad. Convencido pionero de la adopción de la tecnología introduce el iPad para captar la fugacidad del tiempo, un medio que considera tan serio y válido como hacerlo con acuarela, óleo o lápiz. Además muestra al público a través de varios películas digitales de alta definición su forma de trabajar con esta aplicación, así como sus películas realizadas con 9 y 18 cámaras digitales colocadas en un vehículo, en un ejemplo de su interés por seguir investigando. 

Hockney subraya “el presente es lo eterno”. Es lo que le ha ayudado a superar la muerte de sus amigos, y le inspira a seguir adelante en su trabajo. Este gigante creador nos impregna con su agitación interior, a través de sus afectos, su placer por el simple acto de mirar y por el privilegio de vivir haciendo lo que ama. Un artista que se recupera trabajando y que después de finalizar un reto pasa a otra cosa porque para él no hay tiempo para bajones ya que está convencido de que todavía le queda mucho por hacer.


lunes, 6 de agosto de 2012

Vida de calle


Con las vacaciones volvemos al pueblo. Volvemos a compartir la calle, cortada al tráfico para uso y disfrute de los vecinos que, sentados en las puertas de sus casas, pasan el rato charlando unos con otros mientras esperan a que refresque el calor de las noches de verano. De día recuperamos la vida de la calle, del café, de la tienda y del mercado; la de la familia, los amigos y los vecinos. Pero también se disfruta nuevamente de las largas comidas de agosto, del olor de la tienda de ultramarinos de toda la vida, del arroz hecho en el horno de leña de la panadería y del melón fresco que se come con las manos. Es la rica vida sencilla del día a día que apenas ha cambiado con los años, porque ya era así antes de mi llegada y seguirá del mismo modo cuando me haya ido.

A la señora Carmen Juan, ama y señora de su casa, madre y abuela, la recuerdo siempre igual, desde que nací hasta que me fui a vivir a un piso 'moderno'. Desde el otro extremo de la calle oía su reconocible voz afable, clara y fuerte que permanecerá para siempre viva en mi memoria. Toda una vida con el mismo ritmo en la que mantuvo aglutinado a todo el vecindario. Todos juntos pero sin revolver. Un lugar donde nunca se cierran las puertas, todos se conocen y lo saben todo de todos. Solo hay que salir a la calle para mezclarse e intercambiar las últimas noticias con los vecinos, porque aquí no hay vida de puertas adentro. Por eso te preguntan qué te ocurre si no les saludas al pasar y saben exactamente lo que necesitas incluso antes de que tú lo digas. 

Curiosamente para muchos de los que nos fuimos a la ciudad, huyendo de esta comunión social, asistimos ahora con nostalgia a este enorme conglomerado de detalles arraigados en la vida diaria que constituyen un estilo de vida que se saborea con una tranquilidad que nosotros ya no tenemos. De alguna manera volvemos a aquello de lo que formamos parte. Porque nunca hubiésemos llegado a pensar que llegaría el día en el que echaríamos de menos la estabilidad emocional de sentirse rodeados de personas a las que uno importa; de lo balsámico que es saberse una parte diminuta pero vital del día a día. Porque mi calle de Onda, gracias al sosiego que da sentirse rodeado de personas de confianza que hacen más sencilla la vida, sigue siendo un buen lugar donde vivir.

jueves, 2 de agosto de 2012

Lo importante es vivirlo

Agitación desde la Periferia

Este fin de semana he vuelto a Segovia. Fui de pequeño, muy de pequeño. Me llevaron mis padres hace ya bastantes veranos en un viaje en coche que se me antojó larguísimo y del que sólo recordaba la impresión de enorme monumentalidad del acueducto; la sensación de sentirme pequeño ante aquellos inmensos pilares que soportaban los arcos en todo su esplendor. Pero en esta segunda ocasión la percepción fue distinta, completamente distinta. Porque, aunque no deja se ser sorprendente el prodigio técnico que representa un monumento que contempla dos mil años de historia, aquella visión de la primera vez no se repitió. 

Probablemente porque en los veranos de nuestra infancia todo tenía una magnitud mucho más grande de la que tiene ahora. La mayor de todas el tiempo, que entonces parecía transcurrir con una lentitud desesperante. Recuerdo aquellos veranos anhelando llegar a cumplir dieciocho años, una cifra que me parecía inalcanzable cuando ahora diez años me pasan en un plis plas. Es posible que entonces lo pensase porque lo que tenía era precisamente mucho tiempo para hacerlo. Exactamente dos horas cada día. Las que debía esperar después de comer para poder tomar el baño y hacer la digestión. Según mis padres, avalados -para mi desesperación- por todos los adultos conocidos, si me metía al agua después de comer, un corte de digestión fulminante podría frustrar todos los proyectos de futuro y llevarme a mejor vida. Así que a esperar dos horas, que se hacían eternas, dando vueltas y más vueltas a la balsa en plena tarde, en un silencio sofocante de verano, mientras todo el mundo dormía la siesta. Sudando la gota mortal, pero sin atreverme siquiera a meter un dedo en el agua. 

Todos los días excepto los sábados. Después de las noticias del mediodía hacían nuestro programa favorito de la semana. Eran los dibujos animados de Marco, de los Apeninos a los Andes, que pasaba también una eternidad buscando a su madre, o Mazinger Z con su amiga Afrodita que tenía pechos a modo misiles. ¡Qué largos eran los telediarios!. De media hora. Pero aquellos minutos eran, parece ser, mucho más largos que los de ahora. Porque pensándolo ahora ni dos horas son tantas horas, ni un telediario es tan largo como para que parezca eterno. Pero entonces si que lo parecía. ¡Y tanto!. 

Curiosamente en una terraza debajo del acueducto de Segovia escuchaba a una pareja de ancianos que comentaban las penurias de su infancia de posguerra. Se retaban mutuamente con sus batallitas a ver cuál de los dos lo había pasado peor y entre comentario y comentario se recordaban con la calma que da haber pasado casi toda una vida que aquello sí que era padecer, y no lo de ahora. 

Es lo que me empuja a pensar que realmente todo es relativo. Esperemos que el futuro llegue pronto y se lleve la inquietud que con lógica nos embarga. Como afirmaba el genial Chaplin el tiempo es el mejor autor, porque siempre encuentra un final perfecto. Pero también es verdad que más mata esperar el bien que tarda que padecer el mal que ya se tiene. Y si es verdad que lo importante es vivirlo, también es cierto que al final, el que espera, desespera.