jueves, 20 de septiembre de 2012

La berlina de Prim


Ian Gibson, el hispanista internacionalmente reconocido y recientemente elegido miembro de la Real Academia Irlandesa por sus numerosos trabajos sobre España, entre los que destacan sus investigaciones sobre Federico García Lorca, Salvador Dalí o Antonio Machado, llega a la Fundación Caja Castellón el próximo martes de la mano del general Prim. Aprovechará para presentarnos una intriga policial de ambientación histórica impecable en la que el autor compone, con gran habilidad, un puzle fascinante de la España de 1873 gracias a una documentación exhaustiva, puesto que sólo el sumario del caso, que el autor ha estudiado minuciosamente, consta de dieciséis mil folios. 

El 27 de diciembre de 1870 el general Juan Prim i Prats, presidente del Poder Ejecutivo de España, sufrió un atentado en la calle del Turco de Madrid (la actual calle Marqués de Cubas), en las cercanías del Congreso de los Diputados. Tres días después moría a consecuencia de las heridas recibidas, lo que influiría decisivamente en el cambio de rumbo de la historia de España. Sin embargo, en la actualidad, casi ciento cuarenta y dos años después, esta muerte sigue sin ser esclarecida. 

Prim había sido un militar valiente y un gran político, pero, a juicio de Machado, quien le calificó como “el hombre del siglo”, demasiado ingenuo al no atender a quienes le prevenían sobre la posibilidad de un inminente atentado. Entonces ¿por qué le mataron? ¿A quién le interesaba su muerte? Gibson baraja distintas hipótesis sobre la identidad de quienes pudieron organizar el magnicidio. En la lista de posibles facinerosos figuran el duque de Montpensier, rico hacendado francés y aspirante al trono de España (que era hijo de Luis Felipe de Orleans y de María Amalia de Borbón-Dos Sicilias y marido de María Luisa Fernanda de Borbón, hermana de Isabel II), así como políticos radicales de verbo encendido, malhechores de poca monta o agentes corruptos. 

En su novela La berlina de Prim, galardonada con el Premio Fernando Lara de Novela 2012, el autor irlandés se apoya en Patrick Boyd, redactor del periódico londinense The People’s Word, quien se había hecho amigo de Prim en Inglaterra y sabía moverse por una España al borde del abismo donde se estaban viviendo momentos difíciles. Además, nos traslada a los años de la efímera Primera República española de 1873, un momento de intriga trepidante poblada de fascinantes personajes como Antonio María de Orleans, duque de Montpensier, José Paul Angulo, diputado republicano federalista revolucionario, el naturalista Antonio Machado Núñez o Benito Pérez Galdós, quien se acababa de embarcar en el ambicioso proyecto de sus Episodios Nacionales

El próximo martes, tenemos la posibilidad de adentrarnos de la mano de este prestigioso hispanista en esta época poco conocida, para dibujar un panorama veraz de la España que asistió atónita al brutal asesinato de quien era entonces el hombre más poderoso y admirado del país y el responsable directo de la subida al trono de Amadeo I de Saboya.


martes, 18 de septiembre de 2012

¡Pastora, tú bien vales un imperio!


Jacinto Benavente la bautizó para la historia cuando al verla sobre las tablas exclamó aquello de “¡Pastora, tú bien vales un imperio!”. Al día siguiente Imperio era el apellido artístico de Pastora, una sevillana garbosa, hija del barrio de la Alfalfa, puro temperamento, torbellino para el flamenco, el amor y la vida que puso de moda la bata de cola y revolucionó no solo su arte al introducir el baile con los brazos sino también los usos sociales y políticos de su tiempo. 

Porque Pastora Rojas Monje (Sevilla, 1889 - Madrid, 1979) gitana, madre soltera y primera divorciada en España, fue la única y pionera artista firmante del primer manifiesto en favor del voto femenino en la machista sociedad de la época. Luchó, sin ser feminista, por la igualdad de la mujer y de los hijos nacidos fuera de matrimonio. Fugazmente casada con el torero Rafael Gómez ‘El Gallo’, mantuvo un romance con Fernando de Borbón, primo del rey Alfonso XIII del que tendría una hija a la que educó sola. Sin embargo, y a pesar de tener el mundo a sus pies, esta mujer, pretendida por un monarca, adorada por un cine al que casi siempre dijo no, que triunfó en teatros de medio mundo y que rindió a su genio a la generación del 98 y a la ‘intelligentsia’ del 27, supo ser superviviente y vivió en muchas ocasiones en el filo de la navaja sin pasar facturas a nadie, dando muestras de generosidad y de una portentosa capacidad de adaptación. 

Hija de la bailadora gitana ‘La Mejorana’ y del sastre de toreros Víctor Rojas, subió a un escenario por primera vez con diez años. Se presentó en los carteles siempre con un variado repertorio en el que recitaba, cantaba y bailaba cualquier palo. Su presentación en 1912 en el Teatro Romea de Madrid fue su trampolín al resto de España primero, y luego a París y a Cuba, Argentina y México. Manuel de Falla sucumbió también a su talento al escribir para ella las brillantísimas páginas de ‘El amor brujo’, estrenado el 15 de abril de 1915 en el Teatro Lara, que supondría la consagración definitiva de Pastora. Su éxito global en un mundo localizado le permitió actuar ante los Reyes de España, pero también tratar a Mata Hari y John Dos Passos así como relanzar la carrera de Arthur Rubinstein, un genio del piano en horas bajas que siguió la recomendación de la bailaora y se presentó ante sus contactos argentinos para remontar el vuelo. 

Estos son algunos de los ingredientes de una vida apasionada y apasionante con los que la periodista María Estévez ha novelado la vida de este ciclón artístico y retratado su época. En ‘Reina del duende’, escrito en colaboración con Héctor Dona, biznieto de la bailaora, da luz a una vida a la que la propia artista, muy celosa de su intimidad y sus infiernos, trató de mantener a salvo de la curiosidad pública y nos permite conocer mejor a una mujer provocadora y seductora que supo sacarle partido a sus armas que residían en su belleza y sobre el escenario. Una mujer única, sin miedo a nada, muy valiente y pionera en el baile y en su estilo de vida. 


Foto arriba: Retrato de Pastora Imperio, por Manuel Benedito y Vives.

sábado, 15 de septiembre de 2012

El condottiero de la cultura


Leo Castelli (1907–1999) vivió su infancia con precariedad, expuesto junto a su familia a humillaciones o favores según el capricho de las autoridades administrativas y religiosas de la época, atrapado entre una madre neurasténica y un padre adicto al trabajo, en una familia en la que jamás se hablaba de política, de arte o literatura, ni mostraba el menor interés por las inclinaciones personales de los hijos. Pero, en una Europa a la deriva hacia la segunda guerra mundial, supo desarrollar la personalidad independiente que estableció las bases de su identidad futura. 

El 3 de febrero de 1957, cuando contaba con cincuenta años, inauguró su primer espacio de arte en Nueva York. Tras vaciar en su apartamento la sala de estar y modificar la habitación de su hija en una sala de exposiciones, se convirtió, junto a su esposa Ileana, en árbitro del gusto por antonomasia en la gran epopeya cultural que estaba comenzando. Y pasó de simple aficionado a marchante de arte como si fuese lo más natural, lo cual no hace más que indicar no solo su talento para el oficio, sino también la propensión al riesgo y la intrepidez de este seductor hombre de mundo que acabaría por convertirse en el más importante galerista de las últimas décadas del siglo XX.

Es obligado reconocer la escrupulosidad y el empeño en la excelencia de Leo Castelli, lo que catapultaría a una categoría totalmente distinta a la de sus colegas y le convirtió en un empresario dinámico cuya flamante galería adquiriría de inmediato una posición de predominio en el mundo artístico. Exquisitamente cortés y mundano, de aspecto impecable, generoso, locuaz y atento, recorrió la escena artística percibiendo tendencias, contribuyendo a crearlas, observando y esperando para exponer los mejores lienzos de Europa y Estados Unidos. De este modo dio a conocer a las figuras más importantes que vinieron a romper con el expresionismo abstracto, es decir, a las del pop art, el minimalismo y el arte conceptual, aliándose con los mejores artistas norteamericanos contemporáneos y fue capaz de adelantarse siempre al espectador. Para ello reconoció a los grandes actores, los artistas que iban a desempeñar un papel capital, y luego creó el ambiente propicio para que floreciesen figuras como Jasper Johns, Robert Rauschenberg, Frank Stella, Cy Twombly, Roy Lichtenstein, Andy Warhol, James Rosenquist, Donald Judd, Christo, Bruce Nauman, Ricahrd Serra, Claes Oldenburg o Julian Schnabel entre otros. 

Leo Castelli, a través de su galería, un lugar donde se movían ideas y confluían personas en constante y fecundo intercambio, se convirtió en una institución cultural. Fue el primero en comprender que el mundo del arte podía convertirse en una comunidad intelectual internacional y, al asumir la labor de marchante, las funciones de relaciones públicas, representante, asesor cultural y divulgador de ideas, inició un proceso de renovación, que aún no ha terminado, para transformar el papel del artista y su obra y para redefinir la relación de esta con el público. Este es el hombre que durante las cuatro últimas décadas del siglo XX revolucionó el estatus de los artistas en Estados Unidos y cambió por completo las reglas del mercado del arte que ahora, gracias a la exhaustiva biografía publicada por Annie Cohen-Solal podemos conocer en mayor profundidad. Una obra imprescindible para los interesados en el arte contemporáneo y en el mercado que lo rodea.


Foto: Leo Castelli en 1960 con obras de Frank Stella, Jasper Johns, Lee Bontecou, Edward Higgins y Robert Rauschenberg.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Son las cosas de la edad


Una niña espabilada como una campana recomendaba a otros niños de su edad, mientras subían en fila por las escaleras, que en lugar de subirlas cogidos de la barandilla lo hiciesen por la parte de la pared, porque de ese modo no se veía el hueco de la escalera y además de ser menos peligroso se evitaba tener vértigo. Tiene tres años y medio. 

Otro comentaba el reparto completo de “La que se avecina” con todo lujo de detalles, lo que incluía el nombre de los actores y del personaje que representa cada uno en la serie con una descripción de su personalidad. Que si Javier Maroto, al que todos conocen como Javi, está interpretado por Antonio Pagudo. Que es hijo de Vicente y Goya, trabaja como informático y fue el primer presidente de la comunidad. Que está casado con Lola y que deben la hipoteca del ático dúplex donde vive junto a su suegra la actriz fracasada Estela Reynolds a la que no se traga. Por eso, añadía, Javi se pasa todo el tiempo en el bar con sus amigos. Esta criatura tiene siete años. 

Al mismo tiempo, y en otro corro, una niña explicaba el pack combinado para ir a Eurodisney con el desglose de hoteles posibles y los aeropuertos de París que citaba de carrerilla (Orly, Charles de Gaulle y Beauvais -ella decía ‘Bové’ pero yo he buscado el nombre en Google porque ni lo sabía). Por no contar el caso de otro que explicaba los trucos para ganar en los juegos de PSP, las alineaciones de fútbol o las tramas exhaustivamente detalladas de todos y cada uno de los libros de Harry Potter leídos durante el verano. Y todo esto con ocho o nueve años. 

Cuando escucho todo esto no puedo creer que los que me lo están contando tengan la edad que tienen. No puedo salir de mi asombro. Tampoco creo que los niños del 2012 sean más inteligentes y despiertos que los que les precedieron. Pero lo que es evidente que aprenden, y además conocen cosas que no se las ha explicado nadie. Desde dentro tienen una predisposición a fijarse en un determinado tipo de información que les llama la atención y les gusta recordar. Y además no tienen ningún pudor en compartirlo con los adultos, sin ningún prejuicio, sin tener miedo a hacer el ridículo y preguntando abiertamente lo que no saben. Así, sencillamente. Y todo porque, probablemente, todavía no son adultos.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Recuperar el espacio urbano

'skaters castellón'

El grupo de jóvenes que cada tarde, y de manera espontánea, se reúne en la esquina de la calle Enmedio con Colón bajo los porches del Edificio Hucha forma parte ya del paisaje urbano del centro de Castellón. Llueva o haga sol sacan su aparatoso radiocassette, ponen su música y por turno comienzan a bailar break, generando un corro de curiosos viandantes que por días se convierte en multitud, aportando más vida al lugar.

Ahora son los skaters y los grafiteros. Cada tarde, cuando el calor ya no quema, cientos de personas, solas o acompañadas, corren, van en bici, con patines o simplemente pasean por la ruta del colesterol en la Ronda Este. Como alguno de ellos me atrae la curiosidad de ver las piruetas de los skaters en la pista que hay a la altura del barrio de Grapa, a escasos metros de la calle Hermanos Bou. En aquel espacio de obstáculos y rampas los más atrevidos hacen sus giros imposibles sobre la ruedas de las patinetas centrando la atención de los que pasamos por allí. Hasta que un día me puse a mirar los graffitis que recubren por entero los muros del recinto y que, a poco que uno observe se da cuenta que se van cambiando y renovando periódicamente. Ambas culturas, la de los skaters y los grafiteros, comparten espacio y conviven. Como ocurre en las Cuatro Esquinas con los B-boys que sacuden sus cuerpos al ritmo del break, unos cuantos jóvenes toman periódicamente el lugar. Su lienzo es la calle; sus herramientas los aerosoles, brochas y pintura. Su objetivo, pretendido o no, es que los que simplemente les observamos descubramos esta ciudad en la que vivimos y la veamos de otra manera, con otros ojos. 

De modo que, una vez más, los jóvenes nos obligan a asumir que el espectáculo está en la calle, siempre en constante cambio y reciclaje. Un lugar en el que cada uno es la mejor obra que puede crear. La ciudad se convierte en un hervidero de tribus urbanas, y cada una de ellas, en su deseo de socializarse y mantener su identidad compartiendo intereses, ha adoptado simbólicamente un espacio como propio y lo ha transformado. ¡Y nosotros que podamos verlo!