miércoles, 25 de diciembre de 2013

Se terminó la fiesta


He pasado gran parte del año mirando a través de la nueva ventana que tengo en casa. La abrí hace tiempo, pero no le había prestado nunca tanta atención como en estos meses. Cada día, al levantarme, lo primero que hago es abrirla de par en par para ver cómo ha empezado el día y cómo anda el clima. Porque parece ser que por aquí el frío se marchó con la intención de tardar en volver. Tampoco es que sea necesario observar mucho para darse cuenta de que la cosa está que arde; que la temperatura va subiendo poco a poco y que en el enorme patio de vecindad que veo desde aquí hay días que parece que los ánimos están a punto de explotar. 

Y ahí sigo asomándome a cada rato, cual cotilla de los de toda la vida, husmeando lo que pasa hasta la hora de irme a dormir. No me malinterpreten, tampoco es que esté ahí enganchado a todas horas auscultando la vida de los demás. Pero, curiosamente, cuando me desvelo, lo primero que hago es asomarme a ver quién está despierto, y allí me va pasando el rato mirando transcurrir las vidas de unos y otros, conversando con los que pasan, hasta que el sueño vuelve y se me apodera. 

De cualquier manera, las cosas han cambiado poco. Unos pasan y ni saludan; otros están todo el día tras los visillos creyendo que nadie se ha dado cuenta de que están allí, mientras no pierden comba de lo que sucede; los hay que no dicen nada, los que solo hablan con unos pocos y los que no tienen rodeos en contarlo todo. Esa es la suerte de vivir en este gran patio de vecindad en el que, como digo, las cosas andan caldeadas. Y es que el personal anda triste, desencantado, deprimido, nostálgico, sin esperanza, cada día un poco más frustrado que el anterior y algunos bastante rabiosos me hacen saber lo que incluso el periódico no se atreve a contar.

Hoy, al asomarme, resonaba por todas partes la música del gran German Coppini, que nos ha dejado. En ese momento Kevin Johansen me ha dicho a mí, y a varios millones de vecinos más, que ya se terminó la fiesta, que no hay que llorar, que son cosas que pasan. Porque si la vida es una orgía lenta lo mejor debe estar por llegar. 

Y entonces es cuando me han dado ganas de ponerme a llorar. Y he cerrado la ventana. Hoy no volveré a abrir el Facebook.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Solo envoltorios aparentes


Somos lo que comemos, víctimas de la vida que nos ha tocado vivir. Tampoco es algo por lo que haya que disculparse. Afortunado el que vive rodeado de comodidades y al que la vida le ha sonreído desde siempre poniendo a su disposición todo tipo de facilidades. Pero una cosa es vivir encima de un horno que no para de cocer panes a todas horas y otra es pensar, como María Antonieta, que quien no pueda comerlos, pues que no se sofoque, porque siempre le quedarán los pasteles.

Es lo que le debió suceder a la Marquesa de Llanzol, la protagonista de “Lo que escondían sus ojos” la novela de Nieves Herrero. Su autora nos presentaba hace unos días en el Edificio Hucha a esta mujer y su secreto, una historia que no podía permitirse que el paso del tiempo dejase en el olvido. Y es que la marquesa, una señora terriblemente atractiva que era centro de todas las miradas allá por donde pasaba, marcó la diferencia ya desde su más tierna infancia, que transcurrió en los lugares más cosmopolitas entre diplomáticos y literatos. Nada, en cualquier caso, comparado con lo que vino después, pero para eso ya hay que leer la novela. 

El contraste viene cuando descubrimos cómo era la maltrecha España de los años 40. Una realidad a la que la Marquesa, la más elegante y fascinante del momento, fue absolutamente ajena. Ella no estaba para que le hablasen de cosas tristes. Viviendo de espaldas a las penurias del resto de los españoles su único objetivo en la vida era ir a todas las fiestas donde le invitasen para poder lucir los últimos complementos y avances de la moda de París, sin importarle la reacción que provocase por Madrid, donde fue una de las primeras mujeres en conducir un Chrysler. Quién diría que lo hacía precisamente por unas calles en las que en lugar de coches lo que se podía ver eran las largas colas de personas que diariamente intentaban subsistir gracias a las cartillas de racionamiento. 

Con toda seguridad, la marquesa de Llanzol aparecería hoy en día, como ya hizo en su tiempo, en la lista de las más elegantes. Alta, rubia, culta, bien vestida y perfectamente perfumada y peinada, su belleza no tendría rival. Toda una señora, un adalid de la clase y el gusto. Un buen envoltorio. La elegancia, sin embargo, es otra cosa, harina de otro costal, y no del de los pasteles. Pese a todo la vida no ha cambiado tanto, aunque hoy en día en lugar de marquesas son motoristas...

viernes, 6 de diciembre de 2013

Racismo de baja intensidad


Una señora que miraba cómo instalábamos un nacimiento para estas navidades en la sacristía de la sala San Miguel apuntaba que sería necesario conseguir unas pinzas de tender la ropa minúsculas ya que en el tendedero en miniatura del belén las prendas estaban dejadas caer sobre las cuerdas en lugar de estar sujetas por las 'españolísimas' pinzas de la ropa y claro, «ni que fueran rumanos los que vivían ahí».

Poco después, pasando en coche por la avenida Chatellerault a las cinco de la tarde, precisamente a la hora de la salida del colegio, la calzada era un hervidero de padres, madres y abuelos recogiendo a los estudiantes, que pasaban y traspasaban la avenida camino ya de casa. Cuando comenté a la persona que me acompañaba que algún día atropellarían a alguien, como si nada respondió que «es que está todo lleno de rumanos, que no se puede ir por la calle». Desde luego y que quede claro, este elemento no es amigo mío. 

Pero por la noche, mientras nos reuníamos un grupo de personas para despedir un conocido que se marcha a trabajar al extranjero, porque le han ofrecido un trabajo estable, una recién despedida ese mismo día, aclaraba sin cortarse un pelo que aunque la habían echado a la calle por la mañana, había abandonado la oficina pacíficamente por la tarde, que podía haberse marchado dejando la puerta abierta todo el día para que los rumanos hubiesen entrado a llevarse lo que había allí dentro. Más que hablar, yo diría que esta persona escupía.

Las encuestas reflejan que la sociedad no es xenófoba, pero en nuestro día a día se observa cómo va calando la existencia de un racismo de baja intensidad basado en la percepción del otro como alguien que te puede crear problemas, como alguien que pasa a ser el conflictivo, el maleducado, el delincuente, en definitiva, el culpable de todo y la diana de nuestras frustraciones.

No es que vaya por ahí fijándome en los tendederos de la gente, en si ponen o no pinzas cuando cuelgan la ropa, ni veo que tenga la menor importancia. Esa es la verdad. Pero lo cierto es que estos comentarios que cada vez son menos puntales cada vez cobran más fuerza. Sutiles humillaciones e insultos que nadie denuncia ante los que parece que nadie actúa. Pero dejan huella.

domingo, 24 de noviembre de 2013

La Panderola vuelve a Castellón


La sociedad eminentemente rural ubicada en la comarca de La Plana experimentó una notable mejora de sus estructuras agrarias a partir de la segunda mitad del siglo XIX. El período, marcado por la Restauración, permitió acrecentar dicha mejora al sentirse apoyado el sector agrario por la potenciación de los medios de transporte, que permitirían la ocupación de mercados inaccesibles gracias al talante mercantil y exportador de sus gentes. Así, con la llegada el 22 de noviembre de 1862 de la primera locomotora a Castellón los excedentes agrarios castellonenses pudieron situarse en los mercados centroeuropeos, lo cual vino a colaborar en una economía floreciente que despertó el interés de inversión en el establecimiento de un ferrocarril que articulara los transportes de viajeros y mercancías en la comarca de la Plana. Las prometedoras posibilidades en la aportación de tráficos de la industria cerámica de Onda y la procedente del cultivo de cítricos y de otros excedentes agrícolas e industriales, son premisas con las que el grupo promotor del ferrocarril de vía estrecha contó en la posibilidad de conseguir óptimos coeficientes de explotación de la futura línea. 

Constituida el 13 de julio de 1887, la Compañía del Tranvía a Vapor de Onda al Grao de Castellón de la Plana contó con gran parte de aportaciones de capital procedente de accionistas castellonenses. El lunes 4 de junio de 1888 se iniciaron los trabajos de colocación del material fijo de vía en la sección entre Castellón y el Grao. Un mes después, el 18 de julio, se realizó la primera prueba oficial en un convoy que partió desde Castellón, de modo que, contando con el informe favorable de la Jefatura de Obras Públicas así como con los oportunos permisos oficiales, la compañía procedió a inaugurar la línea el 13 de agosto de 1888 con el acompañamiento de autoridades, invitados y bandas de música entre gritos y vivas del numeroso público asistente a tan histórico acto que llegó a ocupar todo el recorrido de la línea. Tanto éxito tuvo desde el día de la inauguración que, a pesar de que el precio del billete se consideraba algo elevado en relación al poder adquisitivo de la época, tan solo seis días después de la inauguración de la línea la prensa local anunciaba que el tren tuvo que detenerse por no poder arrastrar la máquina el excesivo número de carruajes que “llenos de bote en bote de viajeros” conducía a la capital. 

Esta locomotora que marcaría el vivir económico y social de Castellón fue indiscutiblemente una de las infraestructuras de transporte más importantes de la provincia de Castellón. El desarrollo de Almassora, Burriana, Castellón, el Grao de Castellón, Onda y Vila-real estuvo marcado por este tranvía, tantas veces añorado, que se erigió como pieza clave de la economía y de la sociedad castellonense desde 1888 hasta 1963.


Testigo de miles de historias y entrañables vivencias, la Panderola, cuyo nombre se debía al color de su máquina de vapor con combustible a carbón, y a lo lento e irregular de su marcha, sigue muy presente en la memoria popular de Castellón. Ahora, la Fundación Caja Castellón le rinde su particular homenaje en la Sala San Miguel con la colaboración de la Diputación de Castellón, del Ayuntamiento de Castellón y de la Asociación del Ferrocarril de Castellón. Desde el próximo día 26 de noviembre, y hasta el día de Reyes la Panderola volverá a estar más viva que nunca en la calle Enmedio de la capital de la Plana.

jueves, 21 de noviembre de 2013

La Petra

 

Me llama mi madre para decirme que a la Petra le han tocado los ciegos. Que te toquen los ciegos es que has ganado una pasta en el cupón de la ONCE. Hace años que no he visto a la Petra, la recuerdo de cuando vivía todavía en casa de mi madre. Era una vecina que no sé si se llamaba Petra o no. Pero no lo sé, esa es la pura verdad. Igual ese no era su nombre y era en realidad su apodo, lo cual, visto lo visto, era de lo más normal, porque el modo como la gente se dirigiese a ti no era garantía de nada. Desde luego nadie se llamaba por el nombre de pila a secas. Como mínimo los nombres venían con artículo de regalo. Muy peculiar. De ahí la Petra, la Carmen, la Manoli, la Esperanza y sus hijos que eran, no podía ser de otro modo, los Esperanzos, y que no sé cómo podían llamarse. Eran los Esperanzos, y ya está. Lo mismo que los hijos de la Pirra, un nombre así de vibrante y rotundo que correspondía a una señora gordísima que apenas podía andar que vivía con sus hijos, que ya eran menos cosa, y por eso todos les conocíamos, claro está, por los Pirris. Y bueno, la Felipa, este sí que es un nombre que siempre me llamó la atención. Felipa. Porque Felipe, era un nombre como más habitual, pero Felipa... Nunca acabé de entender que una mujer pudiese llamarse Felipa. No me cuadraba. 

Como ya puede imaginarse, en el caso de los hombres era lo mismo. De ahí el Paco, el Migue, el Juan, el Manolo, o yo mismo, que era el Alfredo. Eso cuando el apodo no había cobrado tal protagonismo que era posible que nadie supiese el verdadero nombre del finado. De ahí el señor Barrabás que, desde luego, no se llamaba Barrabás, sino, como supe mucho después, Joaquín. Por cierto, el hijo de la Petra, que estaba delgadísimo, se llamaba el Oliva, imagino que sería por la mujer de Popeye. Imagino. 

Luego estaba Carmen la Botija, que de apellido se llamaría García, Pérez o vete tú a saber. Botija, desde luego no era su apellido. Pero es que Carmen siempre que salía de su casa se paraba ante su puerta, y con los brazos apoyados en jarras, echando la tripa hacia adelante, le gustaba echar una mirada a la calle antes de empezar su día. Pues eso, la Botija. Y todo el mundo, todo el mundo, cuando se dirigía a él le llamaba así, Botija. Sin más. Así de normal. 



Foto: Vida de Barrio, extraída del blog "Fotos Imperfectas" de Martín Gallego.

sábado, 9 de noviembre de 2013

La impresión de lo genuino


El sábado pasado fui a Bejís y a Navajas, dos pueblos que conocía por las indicaciones de la autovía cuando voy a Zaragoza, a los que no hubiese ido de no haber sido por trabajo. No haberlo hecho, visto lo visto, ha sido un error. Pero el tema es que estando allí me di cuenta, de repente, que hay algo que no tengo en la ciudad, que no había caído en el detalle de que la 'gran' ciudad unifica mi paisaje olfativo, que hay todo un espectro de olores que están ligados a mi infancia, a mi vida de pueblo en Onda, que aquí he perdido. 

La primera sensación al llegar a Bejís y salir del coche fue la de respirar aire limpio. Al rato vi pasar a una mujer con una bolsa llena de magdalenas. No sé qué mirada debí echarle que la señora se dio cuenta y mirándome se puso a reír y, con una amabilidad que me sorprendió, me acompañó hasta la puerta del establecimiento. La primera sensación que tuve al entrar fue un olor tan típico de panadería que me retrajo treinta años en el tiempo. Vendía a granel mantecados, suspiros, rollitos de anís, 'panquemados', ensaimadas de trenza, almendrados... y aquel olor de panadería que lo envolvía todo. 

Poco después, en Navajas, en la plaza del pueblo, un olmo que casi conoció el descubrimiento de América, da sombra a una casa de porte noble que en su interior alberga una carnicería. Animado por una de las personas que me acompañaba entré y volví a sentir la bienvenida del olor. Un olor tan genuino, auténtico y natural... el mismo de cuando tenía ocho años y mi madre me mandaba a recoger el pedido que le había hecho a su carnicero. 

Curiosamente en estos lugares no ha hecho falta que expertos en márketing diseñen olores especiales que enmascaren la realidad para inducirnos a comprar, como ocurre en los ultramodernos e hiperestudiados centros comerciales que trufan la periferia de nuestras ciudades. No hacen falta luminosos incandescentes en continuo parpadeo, ni músicas seductoras, ni olores que, con sibilina intención y desde las salidas del aire acondicionado, nos inducen a la compra. Porque en estos lugares huele que alimenta, la luz que entra desde la calle nos muestra unos productos que no necesitan de más adornos ni disimulos y las conversaciones de los que allí piden el turno son más que suficientes para amenizar la espera. Simplemente porque todo es genuino. No hace falta nada más.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Un amigo así


El escritor Martín Casariego es uno de los narradores actuales de mejor pulso y mayor interés. Su prosa, de gran sencillez y comunicabilidad, sin renunciar a la pulcritud retórica y la elegancia estilística, hace de su obra una verdadera fiesta para quien la lee. Meticuloso en la estructura de sus libros, busca emocionar al lector, divertirlo y conmoverlo. Pero además le invita a reflexionar sobre la condición humana dentro de unos textos que se sostienen, que no decaen, que apetece leer.
.
Miembro de la de la prestigiosa y extensa saga de artistas y literatos, entre la que se encuentra su padre, el arquitecto Pedro Casariego; su hermano mayor, Pedro Casariego, que escribía poesía, pintaba y dibujaba; su hermano menor, el escritor Nicolás Casariego, o el guionista Antón Casariego, llega a la capital de la Plana, invitado por la Fundación Caja Castellón, para participar en el ciclo de charlas-coloquio 'Condición Literal'. El próximo miércoles, 6 de noviembre, a las 19,30 horas, presentará Un amigo así en el Salón de Actos del Edificio Hucha, un relato contemporáneo de corte intimista que invita a la reflexión; un relato sobre personas, lleno de cultura; la historia de cómo una profunda amistad puede esconder, en algunos casos, una traición. 
.
José y Lucas son dos amigos que llevan casi tres décadas escalando las montañas de medio mundo. Su profunda amistad parece inmune a todo, sin el menor atisbo de duda. Sin embargo, uno de ellos sabe que una fina grieta lleva años resquebrajándola. En una ascensión al Mont Blanc, la cumbre más elevada de los Alpes, en el mismo corazón de la vieja Europa, la naturaleza se rebela, de modo que el frío, la nieve y el viento llevarán a los dos protagonistas al límite, haciéndoles descubrir que siempre hay secretos inconfesables. Toda amistad guarda algún secreto que al final tiene que desvelarse, y por eso, también José y Lucas deberán enfrentarse al conflicto entre lo que saben y lo que callan, entre los nobles instintos y el disimulo, viéndose ante sus fantasmas y miedos, pasados y futurosPorque, como ocurre en la montaña, no hay amistad, ni amor del tipo que sea, que no tenga sus sombras.

Pero Un amigo así al mismo tiempo es una novela sobre el periodismo, sobre la importancia de la lectura en nuestras vidas y también, cómo no, sobre el alpinismo y el montañismo. Es esto último lo que sirve al autor para poner de manifiesto el carácter tenaz y perseverante que tienen las personas que se dedican a conquistar las cimas, porque es en el momento en el que el alpinista se enfrenta a los retos cuando se tiene la necesidad de soltar todo lo que se tiene dentro. Y nada mejor que el escenario de las nieves perpetuas del Mont Blanc para una novela sobre algo muy presente en nuestras vidas, enormemente importante, y que sin embargo ha sido mucho menos tratado en la literatura: la amistad. La pureza de la nieve y la rudeza de la roca son dos símiles de una amistad limpia, pura y perfecta, pero como podemos intuir, no todo es tan puro. El 'Mont Blanc de la vida' también nos engaña, como la nieve del original se disuelve en grietas ante nuestros pies y puede acabar matándonos finalmente...



martes, 29 de octubre de 2013

Del bolígrafo de gel verde a lo que encontré bajo el sofá


No suele ser lo más habitual, pero a veces pasa. Una película con final feliz. Es lo que le ocurrió a Eloy Moreno, un informático de Castellón que se convirtió en novelista de éxito y en mucho más que un fenómeno editorial, porque con su primera novela El bolígrafo de gel verde logró invertir el orden de las cosas. Fue la editorial la que le llamó a él, y la que compartió su éxito con la ayuda, eso sí, de las redes sociales en Internet. 

Con El bolígrafo de gel verde nos demostró que su caso no es como el de la mayoría de la gente que se refugia en las circunstancias cotidianas de la vida para justificarse y no luchar por aquello en lo que soñaron. El éxito de Eloy no es el resultado de una oportunidad inesperada, es la consecuencia de un largo camino afortunadamente ya recorrido que se remonta a una tarde de 2006 en la que decidió sentarse frente al ordenador con la idea fija de escribir la historia del día a día que a él le hubiese gustado leer. Tras dos años de trabajo, a mediados de 2009, con la novela ya terminada decidió gestionarse su propia edición y salir a vender el libro de puerta en puerta. Pero, finalmente, tras demostrar durante casi un año el espacio que su libro había sabido ganarse, Facebook hizo el resto, y gracias a las opiniones de los lectores la novela llegó a oídas de la editorial Espasa que decidió publicarla a nivel nacional y logró convertirlo en uno de los 'autores revelación' de la temporada. 

Ahora acaba de publicar su segunda novela Lo que encontré bajo el sofá, una historia para la que Eloy Moreno ha necesitado 'levantar' los tejados de las casas de Toledo. Así, al igual que un gato, ha podido mirar hacia el interior y observar. De ese modo nos permite ver sin juzgar lo que todo el mundo calla; reflexionar sobre el dilema que nos plantea lo que queremos hacer frente a lo que finalmente es correcto; los secretos, en definitiva, que sólo uno mismo sabe o incluso, de los que ni uno mismo conoce. Porque, ¿qué ocurre al mover un sofá?, ¿y al mover una vida? Quizás en ambos casos encuentres algo parecido: objetos –o personas- que ya habías olvidado, un calcetín que se quedó sin pareja o una pareja que se quedó a la espera, esquirlas de otra vida… O uno de esos secretos que creías enterrado para siempre y que te obliga a pronunciar la frase que lo cambia todo: «tenemos que hablar.». 

Pero además “Lo que encontré bajo el sofá” es la oportunidad de Eloy Moreno para revalidarse como autor con mayúsculas, en la que demuestra que ha emprendido un camino literario que va hacia adelante. Por eso la Fundación Caja Castellón abre las puertas de la Sala San Miguel la tarde del miércoles, 29 de octubre, a las 19,30 horas, para comprobar con los lectores que la aventura de Eloy Moreno de aventura ya no tiene nada, que se ha convertido en una trayectoria literaria que no ha hecho más que empezar.


martes, 22 de octubre de 2013

Besos de arena


La trayectoria profesional de la periodista Reyes Monforte, reconocida por su trabajo en la radio, donde ha dirigido y presentado diversos programas durante quince años , además de por su colaboración en televisión como colaboradora y guionista, dio un giro con su primer libro, “Un burka por amor”, que se convirtió en un best seller que alcanzó 48 ediciones y cuya adaptación a la televisión en una miniserie fue seguida por más de cuatro millones de espectadores. Tanto esta como sus posteriores novelas, “Amor cruel” o “La rosa escondida”, han sido traducidas a varios idiomas y han confirmado a Reyes Monforte como una de las autoras más importantes del momento. 

Ahora llega a la capital de la plana invitada por la Fundación Caja Castellón para presentar su quinta novela “Besos de arena” en el ciclo de charlas-coloquio “Femenino Singular”. Bajo la máxima “Somos lo que somos por nuestro pasado. Nunca podrás olvidar de dónde has salido, nunca podrás cambiar eso”, se adentra en el pasado de Laia, una joven saharaui a través de una aventura apasionante cargada de romanticismo y secretos inconfesables. Laia ha empezado una vida nueva en España: va a estudiar una carrera, planea irse a vivir con su novio y su familia de acogida la quiere y la apoya. Sin embargo, su felicidad se ve empañada por el terrible peso de los recuerdos pues nadie conoce el oscuro secreto que consiguió dejar atrás entre las jaimas del campamento de Dajla. Y ahora ese pasado ha vuelto para reclamarla. 

Una aventura apasionante cargada de romanticismo, secretos inconfesables, amenazas, injusticias históricas y la impactante denuncia de una realidad enmascarada que nos traslada al corazón del Sahara. Porque “Besos de Arena” nos habla de su presente pero también se hace eco de su pasado reciente. Y lo hace ofreciéndonos una porción de historia. Por un lado Reyes Monforte nos habla del Sahara español, de lo que vivieron allí muchos españoles que emigraron a la zona buscando prosperidad y una salida a la opresión del franquismo. Como Carlos uno de los protagonistas, que llegaron a la ciudad de Dajla, conocida en aquella época como Villa Cisneros, que constituía una colonia española y que fue reclamada por Marruecos a través de la Marcha Verde en 1975. 

Y por otro lado nos hace un retrato del momento actual, en el que las condiciones de vida en los campos de refugiados siguen siendo muy precarias. El agua contaminada, la escasez de alimentos, las condiciones de vida extremas, trabajo duro todo el día bajo un sol abrasador, falta de escolaridad ni posibilidad de disfrutar de la infancia, la desnutrición de niños, la anemia o las enfermedades que auguran una tasa de vida de no más de 53 años dependiendo de la ayuda internacional para subsistir nos ofrecen un acercamiento a la vida de los campamentos, así como la situación de sus habitantes. Conoceremos las jaimas en las que viven, las supersticiones, tradiciones, las costumbres y usos nupciales, la henna pintada en la piel formando un exótico mosaico y la existencia de las hartanis, las mujeres de raza negra que por tradición eran vendidas a saharauis blancos como esclavas. Una figura que actualmente existe y que sufren miles de mujeres en Mauritania. 

"Sabemos poco sobre la presencia española en aquellas tierras y sobre el hecho de que, 40 años más tarde, miles de personas viven en campos de refugiados", recuerda la autora. "Realmente eran españoles pero esa parte de nuestra historia no la tenemos muy clara” a pesar de que “estamos mucho más cerca de lo que pensamos". “La vida en el Sahara es como un enorme reloj de arena: el tiempo pasa y el reloj de arena se va vaciando de esa misma arena del desierto”. Ha llegado el momento de que “alguien dé la vuelta al reloj y les permita seguir avanzando". 

Será el miércoles, 23 de octubre, 19.30 horas´en el salón de actos del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón en el marco del ciclo de charlas-coloquio “Femenino Singular”.

 

domingo, 13 de octubre de 2013

Be water my friend


Vivimos los comienzos de la segunda década del siglo XXI en un clima de visceralidad, de tensión, de irascibilidad y de desencuentro entre las personas. Nos cuesta a todos aprender que, aunque seamos firmes a la hora de defender nuestros derechos, hemos olvidado que son las buenas formas para con los demás lo que realmente crea el mejor caldo de cultivo para una buena comunicación, para dialogar y negociar con esperanza de éxito, además de favorecer pactos mutuamente beneficiosos y gratificantes y de hacernos la vida más agradable a unos y a otros; de modo que evitemos abrir heridas y hagamos que los golpes de la vida o de la maldad no nos hagan mella.

Lo recuerda el psicólogo, pedagogo y escritor Bernabé Tierno en su último libro "Kárate mental". E insiste que en el momento en el que nos encontramos es imprescindible abandonar las formas primarias, viscerales y agresivas que causan tanto dolor a los demás para recuperar la empatía y la comprensión en la formas. Es necesario pues, añade, aprender a olvidar las injurias, a despreciar las calumnias y a no dejarse dominar por la cólera, que es un tipo de demencia pasajera que nos hace perder el control de nosotros mismos y nos deja a merced de quien nos hace encolerizar, de quien nos desequilibra. Es fundamental aprender cada día, remarca, que la conquista y el dominio de uno mismo son la mayor de las victorias, la que de verdad permite hacernos cargo de cualquier situación conflictiva y ejercer verdadero control sobre el contrario y sobre las circunstancias.

Por extraño que pueda parecer la discreción y el tacto en las palabras valen más que toda la elocuencia; que enfadarse y encolerizarse solo nos genera problemas y que quien camina por la vida teniendo como aliada a la concordia, buscando el bien del otro, consigue convertirse en el primer beneficiado. Sin embargo, quien fomenta la discordia y hace daño a los demás se convierte en su peor enemigo. Al final, la sabiduría auténtica es moderación, paz interior, alegría, humildad, buen humor, adaptabilidad, autocontrol, responsabilidad y felicidad. Pero, antes de todo esto, es necesaria una profunda formación en sabiduría esencial, en inteligencia emocional y habilidades para gestionar a las personas tóxicas y las situaciones problemáticas.

El miércoles, 16 de octubre, a las 19,30 horas el psicólogo, pedagogo y escritor Bernabé Tierno vuelve a la Fundación Caja Castellón para ofrecernos la llave maestra para hacer frente a las situaciones que nos desestabilizan. Inspirándose en el arte marcial más célebre de Japón nos plantea soluciones rápidas y directas para desarrollar estrategias como el poder de la proactividad, el valor de la empatía radical, las claves para entrenar la resistencia frente a los problemas y llaves mentales para salir airosos de cualquier golpe de la vida.

Como afirma el autor, quien se enfrenta con las manos abiertas y vacías, nunca esconde nada. Bernabé Tierno intenta instaurar la necesidad de que hoy en día son necesarias formas más inteligentes de actuar ante la vida, y el kárate mental se basa en demostrar que, sin el uso de ningún tipo de violencia y a través de la potenciación de lo mejor del otro, conseguimos mejorar sus aspectos negativos.
 

domingo, 6 de octubre de 2013

El rey de la casa


De joven, cuando hacía algo que pudiese ser motivo de castigo, no me preocupaba tanto lo que hubiese hecho mal como lo hacía la mirada que sabía que mi padre me 'echaría' encima al enterarse. Nunca temí que me diese ni una bofetada. Me daba 'miradas'. Y eso era lo peor que podía pasarme. Si acudía a él con quejas sabía que daría por supuesto que no tenía nunca la razón y que de recibir un castigo injusto más valía no quejarme, porque lo único que podía conseguir era que, por si acaso, mi padre me diese ración doble de 'mirada'. Luego ya vendrían las aclaraciones. 

Recuerdo un día de excursión del colegio a las grutas de San José en La Vall d'Uixó. Cuando el profesor dijo que no metiésemos las manos en el agua porque nos electrocutaríamos me faltó tiempo para comprobarlo al sentarme en la barca. Al oír el chapoteo el profesor dijo que se levantase el infractor. En solidaridad conmigo, todos mis compañeros se levantaron también para que a nadie le cayese el castigo. Pero nuestro profesor no se dio por satisfecho y dijo que al final del recorrido la iba a pagar el que hubiese sido. No recuerdo nada de la cueva porque me pasé toda la excursión pensando en la 'mirada' que me iba a dar mi padre al enterarse. Así que, cuando al final confesé y mi profesor dijo que no volviese a hacerlo más, no pude evitar preguntarle “¿entonces no me va a expulsar?”. Al responder que no le dije “pues muchísimas gracias”. Mis compañeros alucinaban, pero yo respiraba aliviado porque me acababa de ahorrar una buena 'mirada'.

Por contra, mi padre, que sabía que era el más goloso en cien kilómetros a la redonda tenía un sistema de recompensas acumulativas por puntos que se canjeaban en forma de pasteles. Era su particular manera de motivarme a ser 'civilizado'. Si al entrar en un ascensor cedía el paso a los adultos, si saludaba a los demás, si aguantaba en una cola sin montar follón, si ante los desconocidos me socializaba y no me comportaba según él como un 'orso'... eran dos, tres, cuatro... puntos. Y al final, tras muchos puntos, tarta. 

Y ahora vuelvo a lo de siempre. Cuando en las actividades infantiles veo a estos niños 'asilvestrados' que con la aquiescencia de sus padres se saltan a la torera las más elementales normas de civismo porque sus progenitores creen que educar es satisfacer todos los deseos de su hijo por encima de cualquier otra cosa, no me queda otra que valorar la memoria del trabajo que mi padre hizo conmigo. Pero eso sí, mi padre siempre fue mi padre. Nunca un colega.

martes, 1 de octubre de 2013

Green Planet: una aventura Eco-galáctica en la Fundación Caja Castellón


La Fundación Caja Castellón retoma la temporada del ciclo Cuencuentahucha de espectáculos de artes escénicas para jóvenes, que en esta ocasión programa Green Planet, un montaje ecológico, futurista y de teatro negro, en el que la compañía valenciana de marionetas Teatre Buffo anima a imaginar otros mundos posibles con el objetivo de conocer, respetar y disfrutar de nuestro entorno a través de esta historia de sensibilización medioambiental.

El espectáculo está programado para este viernes, 4 de octubre, a partir de las 18.30 horas, en la Sala Bancaja San Miguel, que abre sus puertas por primera vez a este tipo de espectáculos, que hasta ahora siempre se habían programado en el Edificio Hucha de Castellón y que permite albergar montajes de mayor formato y visualmente más atractivos para el público joven. La representación, que tiene una duración de 55 minutos, es gratuita y exclusivamente para público infantil a partir de cuatro años hasta completar aforo. 



Empar Claramunt y Teatre Buffo

Licenciada en Filología Moderna en 1975, Empar Claramunt inició diez años después su formación de marionetista con Maria Signorelli, para trabajar dedesde 1987 con Philippe Genty en el Instituto del Teatro de Barcelona, y con Peter Suman en el Instituto Internacional de la Marionnette de Charleville-Mézièrs a partir de 1991.

Teatre Buffo nace en 1983 como resultado de una experiencia pedagógica de enseñanza de la lengua italiana dirigida por Empar Claramunt en el Centro G. Leopardi de Valencia. Durante más de 20 años ha desarrollado una línea de innovación temática y técnica (guante, bunraku, títeres de mesa, pupi, maniquís rodantes y objetos) para el mundo de la marioneta, que ha cristalizado en numerosos montajes donde ha amalgamado el teatro de títeres con otras artes escénicas (clown, danza contemporánea y narración oral). Algunos de sus más emblemáticos espectáculos son: “Malasort” (1990), "DZ 3000" (1993) y “¡Viva Rodari!” (2004).

En la vertiente pedagógica ha realizado diversas experiencias con personas afectadas por el Síndrome de Down y con alumnado de Primaria y Secundaria. Desde 1994 inició la tarea de formación al profesorado con “Nuevas Técnicas del Teatro de Títeres Aplicadas al Currículum Escolar”, Jornadas Didácticas de la Lengua de la Conselleria de Educación y Cultura, el Primer Máster de Pedagogía del Teatro en la Educación en la Universidad Valencia y proyectos municipales de diversa índole. Por otro lado, en la vertiente social inició, con su apuesta de "Cuentos en Femenino Plural", la labor de hacer visible a mujeres de todas las edades y condición una serie de problemas comunes.

Además, ha publicado en valenciano, junto a Karmen G. Corberan, “El gosset poliglota” en la editorial Brosquil y ha propiciado El Marionetari, una asociación de amigos y amigas de la marioneta y otras artes, un espacio para la difusión i dignificación de este arte en la ciudad de Valencia.

Y ahora Empar Claramunt vuelve a Castellón para narrar y escenificar una historia eco-galáctica con diferentes tipos de títeres. Una aventura que Teatre Buffo estrena este temporada 2013-2014 y que aterriza en Castellón de la mano de la Fundación Caja Castellón.




domingo, 29 de septiembre de 2013

El descubrimiento del otro


Con Víctor, nuestra siempre querida Clarisa y toda la impedimenta técnica me embarqué en 2008 con destino a Ecuador. Queríamos conocer un país y las razones que habían empujado a Christian, el joven protagonista de nuestro documental Ecuapop, a dejar su ciudad, a una parte de su familia, a sus amigos... toda su vida hasta entonces, para venirse a España y empezar una nueva. Partíamos del casi total desconocimiento del país y sus gentes, por eso tomamos la decisión de ir a conocer a “los de allí”. El objetivo: que “los de aquí”, antes de juzgar y opinar con la alegría e ignorancia con la que intuíamos que lo hacían, pudiesen conocer por si mismos la circunstancias que obligaron a tantas personas a dejarlo todo para iniciar una nueva vida en otro lugar. 

Pero la experiencia del viaje nos resultó emocionalmente devastadora casi desde el mismo momento en el que pusimos los pies en el aeropuerto de Quito. Ya de camino hacia el hotel fue evidente una realidad que nada tenía que ver con la descubierta en viajes a otros lugares y la urgencia de observarla con ojos distintos a los que nos habíamos traído desde la “supuestamente” próspera España. Porque a pesar de nuestro deseo de conocer nos dimos cuenta que involuntariamente habíamos llegado al país con las respuestas ya construidas; que desde la inconsciente superioridad del que concibe su origen como el centro de la existencia pensábamos que éramos los que traíamos las soluciones en lugar de abrir nuestros ojos para percibir aquella nueva realidad. 

Ha sido inevitable recordarlo estos días mientras leía El entenado, la inquietante, pero fascinante novela que en 1982 publicó Juan José Saer, uno de los grandes autores latinoamericanos de las últimas décadas, que ahora acaba de reeditar en España la editorial Rayo Verde. El autor narra en primera persona las peripecias de Francisco del Puerto, el pícaro grumete de una expedición española por el Río de la Plata en 1515 que cae en manos de los indios Colastiné. Estos pacíficos, pero antropófagos habitantes de las orillas del río Paraná, matan y se comen a sus compañeros, pero lo mantienen con vida durante diez años en calidad de huésped-testigo en estado de continua perplejidad, sin entender del todo lo que ve y con la incertidumbre de cuál será su destino hasta que, finalmente, regresa a la vida de las ciudades y, ya anciano, escribe su historia. 

Saer nos obliga a reflexionar y plantearnos la pregunta de a quién consideramos civilizado y a quién primitivo y nos plantea otra visión del mundo en la que nosotros no somos, afortunadamente, el centro. Y es por eso por lo que llegamos a la conclusión de que estamos constituidos en gran parte por el lugar donde nacemos, que nuestras motivaciones son en gran medida el resultado de la relación que mantenemos con el mundo que nos ha tocado vivir y sus circunstancias. Es triste que con tanta frecuencia, y más en nuestros días, para muchos, entender que somos iguales, y al tiempo diferentes, sea un auténtico desafío.



 Imágenes: Grabados Theodorus de Bry

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El paradigma de lo convencional


Más que de un pueblo pequeño, vengo de un barrio de pueblo, que es algo más pequeño todavía si cabe. Un lugar en el que el peso del qué dirán, de lo tradicional, de lo convencional, de lo que se supone que será pesa todavía con demasiada fuerza. Aún se mantienen firmes ciertas normas de comportamiento y solo son los muy seguros de sí mismos los que se atreven a romperlas, a pesar del precio a pagar por ello; a pesar de convertirse a continuación en el centro de las críticas de la mayoría que no cuestiona nada, cómodamente instalada en la impecable rutina de lo establecido. Sin embargo, y bien pensado, al final resulta que no es para tanto. Pero las cosas todavía son como son.

Luisa Casati, una mujer emblemática de la época de entreguerras, desde luego no tuvo ninguno de estos dilemas. Millonaria y extravagante se presentaba ante los demás siempre extraordinariamente vestida, inevitablemente provocadora. Era una mujer demasiado libre, sin duda, diferente, el centro de atención de todos. Mientras, ella, imperturbable, hacía su vida, paradigma de la no convencionalidad, disfrutando con total intensidad del presente. Curiosamente, quienes la conocían de cerca acababan por descubrir que su atractivo residía en la voluntad de conseguir satisfacer cualquiera de los caprichos, deseos y locuras, por descabellados que fueran, la completa libertad con la que actuaba en cualquier parcela de su vida. Pero los envidiosos, que destacan por su falta de generosidad en el elogio en lugar de reconocer las grandezas ajenas, hicieron de la Casati la diana de maledicientes cuchicheos al decir que el magnetismo que la caracterizaba no era producto de otra cosa distinta a su fortuna. A ella, curiosamente, no le importaban las críticas, más bien las prefería, con mucho, a pasar inadvertida.

La periodista y escritora Marta Robles acude esta tarde del jueves al edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón a presentarnos a la legendaria Luisa Casati, protagonista indiscutible de su última novela Luisa y los espejos. Y lo hace recordándonos que ser libre nunca resulta sencillo. Desde luego a Luisa la fortuna la ayudó a lograrlo, pero, más allá de ella, y como en el resto de las ocasiones, es la voluntad de enfrentarse a las convenciones lo que hace a las personas libres.

domingo, 15 de septiembre de 2013

La promesa: o el poder para transformar nuestro mundo


Hay lugares en los que, a poco observadores que seamos, descubrimos que la gente que vive allí no es feliz. En esos lugares parece que todo invita a la bronca y a la pelea, al desencuentro y a la tristeza. En esos lugares la humedad se resiste a marcharse y el sol no encuentra por dónde entrar. Sin embargo, hay otros lugares en los que las risas resuenan por todas partes y surgen a nuestro encuentro; en los que la alegría florece incluso por las esquinas. En esos lugares parece que el aire del verano es más fresco y el sol más cálido en las tardes de invierno. Pero es que además, allí, por la noche se duerme mejor, de un tirón, y los sueños son siempre plácidos. 

Explicaciones para esto las hay de todos los colores: que si la orientación geográfica en la que nos encontramos; que si el agua que fluye bajo nuestros pies y reorienta las energías positivas en la buena dirección; que si calidad de los materiales con los que han estado construidos... pero hay una que parece de las más poderosas de todas, y somos nosotros mismos.

Es lo que logra la protagonista de La Promesa, una historia para niños, y no tan niños, de gran belleza y esperanza recientemente publicada en España por la editorial Milrazones. Su autora, Nicola Davies, arropada por las ilustraciones de Laura Carlin, pone en evidencia de una manera tremendamente sencilla y conmovedora el poder que tenemos para transformar nuestro mundo y lograr que lo que nos hace sufrir desaparezca. Porque La Promesa nos demuestra cómo a cada una de las acciones que emprendemos en la vida le corresponde una reacción igual, que todo tiene una causa y un efecto...



sábado, 14 de septiembre de 2013

Lavarse las manos


¿Quién no se ha encontrado en algún momento con alguien que ante un error se justifica diciendo que se limitaba a hacer lo que le habían dicho que hiciera? Que obedecía a lo que le habían pedido... Es una excusa muy socorrida; una manera fácil de lavarse las manos como si el asunto no fuese con uno para poder pasar, de este modo, la patata caliente al de más arriba. Pero las cosas no son, aparente y afortunadamente, tan sencillas. 

Ayer, como es habitual, la sala de cine del EACC estaba llena en la proyección de la película sobre la filósofa y periodista alemana de origen judío Anna Arendt, una de las más influyentes pensadoras del siglo XX. La cinta aborda el período de su vida marcado por la controversia mientras estuvo trabajando y escribiendo "Eichmann en Jerusalén: informe sobre la banalización del mal" durante el proceso a este criminal de guerra nazi. 

Este informe provocó inmediatamente un escándalo internacional ya que viene a afirmar que Eichmann era un irreflexivo sin juicio, afectado por la banalidad del mal, una circunstancia ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes. Actuó como actuó simplemente por deseo de ascender en su carrera profesional y sus actos fueron un resultado del cumplimiento de órdenes de superiores. Cuando la pensadora judía observa al oficial nazi considerado como uno de "los arquitectos de Holocausto", se asombra de ver a alguien "completamente normal". "Más normal de cualquier forma que yo, después de examinarle", dijo un psiquiatra en el juicio. Hannah se quedó atónita al descubrir que uno de los responsables del mayor crimen de la humanidad "no era un monstruo, sino un payaso". Era alguien gris y mediocre, un patético burócrata que cumplía lo esperado sin reflexionar sobre sus consecuencias. Para Eichmann todo era realizado con celo y eficiencia, y no había en él un sentimiento de «bien» o «mal» en sus actos. Actuó dentro de las reglas del sistema sin reflexionar sobre sus acciones ni preocuparse por sus consecuencias, sólo por el cumplimiento de las órdenes. En resumen, según Arendt podría considerarse una «persona normal». 

Inevitable pues reflexionar sobre la complejidad de la condición humana. Inevitable pues, plantearnos, por qué a veces renunciamos con tan aparente facilidad a nuestra capacidad crítica. Terrible.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Naturaleza muerta


Nuestro día a día constituye la mejor metáfora del dilema de nuestra existencia; busca el diálogo entre la vida y la muerte; entre lo que nos seduce y lo que nos repele. Efectivamente, vivimos guiados por el lógico anhelo de vivir mejor, pero consciente o inconscientemente sabemos que el mundo en muchísimas ocasiones sufre por ello y, por mucho que no lo queramos reconocer, sabemos que nuestro modelo, basado en lograr antes que nada, el beneficio individual por encima del bien colectivo no es sostenible. Por no hablar de la ética que subyace en la idea tan extendida de que después de mí el diluvio... 

Ir cada verano a la poza del río Mijares en Fanzara para mí está asociado al reencuentro con un lugar casi virgen a pocos kilómetros de la gran ciudad, un enclave balsámico y terapéutico, prácticamente intacto en el que todo sigue puro, en armonía con la naturaleza. Pero este verano, al volver, me choqué de bruces, a través de todos los sentidos, con la huella de la acción del hombre y la sensación de que lo que para mí era lo sublime se convertía inmediatamente en lamentable. La presencia agresiva de la basura y su mal olor empequeñecieron enseguida la naturaleza y el sonido del agua, transcurriendo plácidamente entre despojos, restos de papeles y envoltorios de todo tipo provocaron la aparición de una mirada nostálgica, una especie de lamento resignado por lo que tuvimos y se ha abandonado. 

Todo llegó a su culmen en el momento en el que varios coches, haciendo caso omiso de la zona reservada para el aparcamiento, llegaron hasta la misma playa que crea el río, al lado de donde estaban nuestras toallas, abrieron todas sus puertas y al hacer sonar la música a todo volumen nos dieron a entender que allí eramos nosotros los que sobrábamos. 

Creemos que los lugares grandiosos son el resultado de la acción humana tras juntar toneladas de hormigón y mármoles, pero a mí lo que me llama la atención es la grandiosidad de la naturaleza ante la que todos nos empequeñecemos. Sin embargo, la porquería llama a la porquería y parece que en este lugar, que es gratis y estaba antes que nosotros llegásemos, los cerdos han encontrado una pocilga con agua fresca en constante renovación donde poder guarrear a placer.

miércoles, 28 de agosto de 2013

(In)continencia verbal


Estas vacaciones, leyendo la prensa con más tiempo del habitual, sorprende descubrir la de veces que llevados por el primer impulso se dicen cosas, voluntaria o involuntariamente, que acaban convirtiéndose en gigantescas bolas de nieve de las que es difícil librarse, por muchas disculpas que se pidan después. 

José María Blanco White en “Cartas de España” recuerda cómo Carlos IV no se sintió alarmado por la triste suerte de Luis XVI de Francia porque pesaba más en su corazón el recuerdo de unas declaraciones desafortunadas recibidas de su primo que los lazos de la sangre y el interés común. Carlos se había enterado de que, al serle presentada a Luis para su firma la tradicional carta de felicitación con motivo de la ascensión al trono español, el monarca francés había comentado que no le parecía muy necesaria porque “el pobre hombre es una nulidad y está totalmente gobernado y dominado por su mujer (la reina María Luisa de Parma)”. Tanta impresión le causó a Carlos esta salida de tono que al enterarse de la decapitación del francés llegó a decir de la manera más insensible que alguien “tan dispuesto a encontrar faltas en los demás no parecía haber manejado muy bien sus propios asuntos”.

Robert K. Masie en la biografía de Catalina la Grande de Rusia relata una situación similar. Su marido, el Gran Duque Pedro, hacía tal ridículo que Catalina se sentía a menudo profundamente abochornada. Un día un general hizo reír tan fuerte a Pedro que no se le ocurrió otra cosa que decir que: “Este hijo de perra hará que me muera de risa”. El general nunca olvidó las palabras de Pedro. De hecho, en 1767, cuando era Catalina la que ocupaba el trono, le preguntó: “¿Recordáis aquella ocasión cuando el Gran Duque me llamó públicamente ‘hijo de perra’?”. Este, como diría Catalina, es “el efecto que produce una palabra estúpida pronunciada sin la debida atención... no se olvida jamás”. 

Somos buitres de lo que hacemos, habituados a hurgar en la carroña que van dejando nuestros errores e insuficiencias. Por eso se dice que hay cuatro cosas que no vuelven atrás, la piedra una vez lanzada, el instante que ha pasado, la oportunidad perdida y la palabra tras ser dicha. Será cuestión de desarrollar pues el arte de la prudencia. O el de la continencia… la “verbal”.

viernes, 23 de agosto de 2013

Asuntos pendientes


Aunque las vacaciones apenas duran 30 días, vamos aparcando a lo largo del resto del año, todo tipo de asuntos para ese mes que será elástico y que pretendemos que nos cunda como si tuviese diez o doce semanas. Escapadas de un par de días, reorganizar los papeles de todos los cajones, encuentros con amigos que no vemos tan menudo como deseáramos, cenas con nuestras madres con las que no estamos durante el invierno tanto como ellas quisieran... y sobre todo películas y libros. Especialmente eso, leer por que sí, por el puro placer de hacerlo, sin más. 

Por eso, esta semana llegó el momento para “Alba Cromm”, la novela de Vicente Luis Mora, editada hace ya un tiempo en Seix Barral de la que todas las referencias eran inmejorables. No mentían, porque la sorpresa es que solamente unas horas han sido necesarias para devorarla. La suerte, no haberla leído todavía. El problema, no haberlo hecho el día que Elena Blanco me la recomendó y haber aparcado todo lo demás. 

Aborda un asunto tan grave como es el acoso en la red a los menores, así como el hecho de que esta actividad delictiva ha encontrado en el mundo virtual un lugar ideal para ejercer, con relativa facilidad e impunidad (cada vez menor, por fortuna) su acción, y la preocupante realidad de que determinados acosadores hayan encontrado países sin legislación al respecto desde donde poder actuar con total anonimato. En cualquier caso no es algo que nos venga de nuevas, en las noticias se habla constantemente de ello, pero hemos llegado a un punto en el que estos temas, por repetidos, parece que ya no les prestemos la menor de las atenciones, que los escuchamos casi impasibles como si se tratase de una película que no va con nosotros. 

Pero curiosamente, mientras escribo esto, mi sobrino que se pasa la vida cara a la pantalla del impresionante tablet que le regalaron en la comunión, que muerto de envidia me tiene, creo yo que conquistando mundos y matando marcianos, ha tenido, de haberlo querido, la posibilidad de descargar en el tiempo de la comida que va de la fruta al café cientos de archivos por el simple hecho de “echar un vistazo”, archivos que de saber el contenido seguro que nos pondrían los pelos de punta. Y todo ello a pesar de ser un niño, y eso lo digo yo, de lo mejor educado. 

Como es verano podría esconderle el cargador del tablet. O mejor, hacer que su padre aproveche y se lea la novela.

jueves, 8 de agosto de 2013

Tan cerca, tan lejos


Como la semana pasada, la anterior, y las que le precedieron, podría volver a hablar del calor, de las vacaciones o de lo educados que son los daneses, los escoceses y todos los habitantes de los países del norte de Europa en los que en verano no hace calor. O también de la crisis, este tema tan recurrente en los últimos años. Pero no. 

Desde Dinamarca, desde donde escribía la semana pasada, el puente de Oresund, sin necesidad de tomar el barco o el avión como ocurría en el de la canción de los guateques, atraviesa el Mar Báltico y nos comunica con Suecia. Al llegar al centro de Estocolmo lo primero que nos recibió fue una bandera arcoíris. Enarbolada en todos los edificios públicos, sedes de empresas privadas y multinacionales, cafeterías, librerías, supermercados, hoteles, autobuses y taxis... anunciaba por todas partes la celebración lógica e indiscutida de un día de respeto a la diversidad y a las minorías. 

Animados por la familia que nos acogía en la ciudad acudimos a ver el desfile en un punto indeterminado del recorrido. En plan festivo pero a la vez tranquilo y reivindicativo vimos pasar colectivos LGTB de profesores, médicos, policías, bomberos y funcionarios de todos los ámbitos profesionales, además de familias homoparentales con sus hijos, representantes de las distintas confesiones religiosas del país, e incluso, y para mi sorpresa, la práctica totalidad de los partidos políticos, de todos los colores y signos, desde luego todos los importantes sin excepción. El público aplaudía a su paso y les animaba. Y no pude evitar emocionarme. 

No pude evitarlo porque del mismo modo que un puente comunica dos países separados por un mar, un simple viaje en ferry lo acerca a otro país vecino, Rusia. Un lugar del que llegan noticias que no pueden ser peores ya que los derechos de la comunidad LGTB no solo son vulnerados sino que sus miembros son atacados, detenidos por la simple razón de mostrarse su afecto e incluso, como acabo de leer hoy en la prensa, agredidos hasta la muerte como le ha ocurrido a un joven como resultado de numerosas torturas a las que fue sometido. 

Rusia será un país grande que va camino de no tener ninguna grandeza. Tanto mirar la economía y los salarios y nos olvidamos que hay cuestiones de las que parece que a quien debiera no le importan demasiado. De hacerlo, el mundo sería otro.

martes, 6 de agosto de 2013

Familias de cuento


En Copenhague, al final del paseo de la Princesa Heredera, un nombre de calle que ya de por sí tiene bastante de cuento, está el parque del Rey, en el que cada mañana a lo largo del verano se representan para público familiar cuentos de Andersen, el más universal de todos los escritores daneses. 

Desde hace una semana voy cada día a ver el espectáculo. Pero no el de las marionetas, sino el que para mí significa ver al público que, poco antes del inicio de la obra, va llegando tranquilamente para disfrutar de un nuevo cuento. Padres con sus niños, abuelos con sus nietos o grupos de amigos con sus hijos van ocupando las sillas cuidadosamente repartidas por el parque ante el improvisado escenario, que de improvisado no tiene nada. Mientras, al fondo, donde se extiende la pradera de césped del parque los padres más jóvenes extienden sus mantas y esperan a que la música marque el inicio de la representación.

No hay ruidos. No hay carros de niños que vienen y van, dejados justo donde más molesta. Nadie llega corriendo haciendo resonar la grava del suelo. Tampoco se escucha hablar por el móvil, ni levantarse para ir a ninguna parte mientras los actores nos ofrecen su trabajo. No hay padres que ponen la chaqueta a su niño a mitad del espectáculo porque creen que tiene frío, para volver a interrumpir cinco minutos después para quitársela cuando sale el sol, para finalmente volver a pensarlo y ponérsela de nuevo no sea que pille frío. No hay ningún adulto que se siente en una fila en la que tape la visión a un niño… Todos han venido a disfrutar del espectáculo. No a darlo.

Sorprendido por semejante ejemplo de civismo, de saber comportarse, de respeto a los demás que no tienen por qué escuchar cómo comemos palomitas, se lo comentaba a un vecino de lugar. Lo tenía clarísimo y lo reducía a una elemental regla de tres. En una buena sociedad hay buenos colegios que contratan buenos profesores, lo que obligatoriamente generará buenos alumnos que un día serán buenos ciudadanos que acabarán por convertirse en buenos profesionales, mejores políticos y respetables personas. Gracias a los impuestos que pagan unos y administran otros podrán mantenerse las escuelas y así se genera un ciclo que debe repetirse sin detenerse jamás.

Parece fácil, pero me pregunto por dónde se empieza a cambiar la rueda para que todo mejore. “Actuar” como los daneses puede ser un buen principio.


miércoles, 24 de julio de 2013

No es para tanto


La vida está llena de momentos inesperados. Cuando esta mañana ha llegado al trabajo una conocida a la que hacía tiempo que no veía, la sorpresa de la visita inesperada ha hecho que no prestase demasiada atención a la amiga que la acompañaba. Se han sentado las dos frente a mí y tras lo que parecían rápidos saludos de rigor, mirándome a los ojos con el semblante serio me ha dicho “tenemos un problema”. La cara debe haberme cambiado tanto que inmediatamente ha añadido, “bueno, lo tiene mi amiga”. ¡Uf!, por un momento pensé que estaba metido en un lío inesperado sin saber a santo de qué. 

El tema es que acaban de notificarle que, contra su voluntad, le han dado la nulidad matrimonial por la Iglesia. Ella ni la había pedido ni la quiere, porque cuando se casó con su marido, a los 31 años, estaba muy convencida de lo que hacía, tanto ella, como él. Luego vinieron los hijos, que le hipotecaron todo su tiempo, tanto que no le quedó demasiado para hacer nada que no fuese sacarlos adelante. Así que el motivo de inmadurez y desaliño que se alega como definitivo en la resolución del caso no le parece que se ajuste a la realidad de los hechos. En cualquier caso, y casi a la desesperada me planteaba “¿crees que puedo morirme ahora y que quede a los ojos de todo el mundo, y de Nuestro Señor, ¡y de Nuestro Señor! –recalcaba con especial hincapié, como madre soltera? ¡Eso sería faltar contra el séptimo mandamiento! Y ha roto a llorar. 

No he sabido qué hacer, ni qué decir. Una vez más no he podido evitar pensar cómo era posible que estuviese implicado en una conversación como esta. Además, en ese momento no recordaba qué diría el séptimo mandamiento, aunque ya lo estaba imaginando. Así que con un lacónico “bueno mujer, tranquila, porque todo el mundo tiene claro que en el momento de los hechos la situación no era así” he intentado zanjar el tema tras anunciarle que en temas de la curia no puedo prestarle ayuda alguna. 

¡Mira que venir con este problema, con el cacho problemón que me llevo entre manos que por culpa del calor tengo seca la garganta todo el rato!. O el que tiene Concha, que van a venir a cenar sus suegros a casa y no logra que la pasta filo se le quede suficientemente crujiente por más que lo haya intentado de todas las formas posibles. Y eso por no olvidar a otro amigo al que sus alumnos desagradecidos no le ponen “me gusta” en las cosas que cuelga en el Facebook y que por eso vive en el dilema de tener que bajarles la nota. Las cosas son graves o baladís, importantes o frívolas, pesadas o ligeras, pero la vida parece tener voluntad propia y nos lleva a donde a ella le da la gana. Será momento en estos días de julio de aprender a conducirla y tomar las riendas, porque nada es absoluto, porque sí, porque todo es relativo.


Foto: Atef Berredjem: Surface. 2011

miércoles, 17 de julio de 2013

El poder de los hábitos


Esta semana una terrible sed y una sensación como de tener la boca de cartón activó mis alarmas. Todo el mundo me decía que era la señal inequívoca de tener azúcar en la sangre. Durante varios días, hasta que acudí a la doctora, fui mentalizándome con humor y optimismo que tendría que desterrar lo que es el motor de mi dieta, que morir no es triste, que lo triste sería no aceptar una existencia en la que los pasteles y el chocolate deberían estar, a partir de ahora, completamente descartados. 

Tras realizar las debidas observaciones y analizar los resultados, mi doctora me dijo, como si nada, mientras yo cruzaba los dedos por debajo de la mesa, que no es necesario vivir debajo del chorro del aire acondicionado. Que si me alejo del frío, y de paso me callo un rato, el problema desaparecerá del mismo modo que llegó: sin avisar. El tema es que para entonces ya había modificado mi dieta estructuralmente. 

El periodista Charles Duhigg en su libro “El poder de los hábitos” afirma que gracias a nuestros hábitos necesitamos invertir menos tiempo en actividades cotidianas como lavarnos los dientes con lo que nos quedan más recursos mentales disponibles para otras cosas. Por eso, los actos mecánicos, resultado de la costumbre, optimizan nuestro rendimiento. Así, ahora no me cuesta nada ir a comprar fruta, lavarla y pelarla mientras el pan integral se tuesta para comerlo con aceite de oliva. Antes me parecía toda una historia. Y por eso me resultaba más cómodo sustituirlo por un bollo industrial, rico, rico. Rico en grasas saturadas. 

Duhigg nos recalca que muchas actividades de nuestra vida cotidiana se desarrollan con el mismo patrón, que casi la mitad de nuestras acciones diarias no están gobernadas por decisiones conscientes, sino por costumbres. En lineas generales, esto es bueno, nos ahorra mucha energía en nuestras ocupadas vidas para destinarla a otros menesteres. Pero la rutina, está claro, también nos puede poner en problemas, ya que nos acostumbramos a lo que nos resulta habitual y ponemos el piloto automático. 

De ser cierto que adoptamos con la misma facilidad tanto los buenos como los malos hábitos, habría que plantearse por qué, aún a sabiendas, no descartamos los malos en muchas ocasiones hasta que le vemos los dientes al lobo. Pero es que a mí los bollos de colores con sabor de capuchino, de tiramisú o de trufa comprados a granel, aunque son tan, tan químicos... me vuelven loco.

viernes, 12 de julio de 2013

Me llamo Lucas y no soy perro


Llegué a la vida de Senda cuando ya era una perra adulta de cinco años y convivimos los diez siguientes, hasta que ya muy mayor y débil una madrugada nos dejó, a pesar de todo, inesperadamente. Aunque de origen belga, Senda se había educado, digo yo, en un internado inglés por la más severa y estricta de las institutrices. Imagino que eso es lo que debió definir su carácter aristocrático y distinguido. Distante, también. Nada que ver con el mío. 

Sin embargo, y no sé por qué, aceptó compartir conmigo el que consideraba su espacio más íntimo y todavía recuerdo cómo, ya en los primeros días de conocernos, casi se volvía loca al punto del infarto cuando me veía entrar por la puerta. Pero eso sí, al rato, después de las efusivas, y creo que también sinceras muestras de bienvenida, retomaba su porte altivo para hacer su vida, y yo la mía, respetándonos en nuestra tranquila convivencia. Así que nunca hubo conflicto posible. Solo aceptaría hacer concesiones en una ocasión más. Cuando llegó Clarisa a nuestras vidas. Creo que no hizo falta hacerle saber cuán importante era ella para nosotros, puesto que debió notarlo inmediatamente, y nos secundó sin condiciones. Eso es lo que se dice tener clase. Es que Senda tenía eso. Era muy british, muy, muy señora. 

Lo he recordado hoy, mientras firmaba un albarán de entrega y abría al tiempo, con curiosidad infantil y casi a mordiscos, para ver qué traía dentro el sobre que me estaba entregando un mensajero. Era la última novela de Fernando Delgado: “Me llamo Lucas y no soy un perro”. Una pequeña joya de 137 páginas. Un entrañable regalo para los lectores. 

Lucas lo ve todo y se entera de todo. Desde Godella, donde vive, viene para contarnos cómo ve la vida de su familia. Es un labrador bilingüe y aunque ladra indistintamente en castellano o catalán pues nació en Granollers, resulta que mira, y cuando mira habla. Además el ingenuo, pero no menos inteligente Lucas, cree que no es un animal, aunque por el aspecto lo parezca y algunas personas se empeñen en tratarlo como tal. No se enteran. Nunca comprenderán por qué no puede evitar sentirse uno más de la familia. En muchas ocasiones el más querido de todos. 

Por cierto, Lucas, de otros perros no quiere saber demasiado, ¡a excepción de la galga Fara! Desde la emoción, pero también con humor recuerdo hoy cómo, cuando salíamos a pasear por la tarde y alguien se ponía a dar bufidos y aspavientos dándome a entender que alejase aquel perro peligroso, Senda ni se inmutaba. ¿Cómo se iba a apartar, si ella no se daba por aludida ante tales histerismos?. Pero si quien se acercaba era un perro metiendo hocico con interés de intercambiar olores, la cosa ya cambiaba... Probablemente será verdad aquello de que los perros son los mejores amigos del hombre. Pero para entenderlo nada mejor que haber convivido, al menos, con uno. Solo entonces podrá entenderse por qué perros, como Lucas, son tan difíciles de olvidar.

miércoles, 10 de julio de 2013

Fugacidad


Tengo dos sobrinos, Jorge e Irene. Están en esa edad en la que, aunque comienzan a tomar conciencia de lo que les rodea, todo es presente y el futuro sólo llega hasta donde alcanza el día. Por eso, su presencia lo limpia todo y siento que cuando estoy con ellos o cuando llamo a mi hermano por teléfono y quien responde es Irene, automáticamente todo se llena de luz.

Pero aunque desearía que no fuese así, me doy cuenta de que también ellos se hacen mayores. Viéndolos temo que un día se alejarán de los niños que son ahora para dejar paso a las nuevas etapas de la vida. Y, aunque sé que es imposible, preferiría que se quedasen para siempre en la edad que tienen justo hoy. 

Sin embargo, la vida no tiene vuelta. Nos lo recuerda Julio Llamazares en su última novela, “Las lágrimas de San Lorenzo” cuando afirma que como la juventud o el viento, la vida pasa y nunca retorna por más que nos neguemos a aceptarlo. La vida es un iceberg que resplandece ante nuestros ojos y que se desvanece al punto como cualquiera de las estrellas que cruzan el firmamento iluminándolo en su camino para desaparecer a continuación. Y así cada minuto y cada día hasta completar el ciclo. Y así cada minuto y cada año de la vida. ¿Por qué desear, entonces, que los minutos y los años vuelvan cuando sabemos que no lo harán jamás? 

Nos pasamos la mitad de la vida perdiendo el tiempo y la otra mitad queriendo recuperarlo, arrepentidos de no haber dedicado más tiempo a los que más queremos y tratar de entender sus sentimientos. Pero eso siempre sucede cuando ya es tarde. Es una de las leyes de la vida, de esta vida que vivimos sin entenderla hasta que ya ha pasado. 

Curiosamente son las mismas preguntas que se harían quienes nos precedieron hace ya un millón de años, las mismas que se repiten seguramente en este momento en muchos lugares y que se repetirán mientras el mundo siga girando. Es la rueda de la vida que gira y gira sin detenerse, pero que nunca vuelve hacia atrás por más que lo deseemos.

Solo hay una realidad insoportable y es que la vida pasa y se desvanece. Como las estrellas parece que no vamos a desaparecer jamás, que vamos a durar siempre en este mundo. Pero de repente un día dejamos de hacerlo sin ni siquiera dejar un rastro de luz; todo lo más una leve huella en la memoria de quienes amamos, que a su vez también desaparecerán un día. Y así generación tras generación lo mismo, porque todo pasa, porque todo es fugaz. Y, sin embargo, a mi cada día más lo que me gustaría es que se parase el tiempo, precisamente lo único que sobrevivirá cuando ya no estemos.

viernes, 5 de julio de 2013

La gente que me gusta


Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace. La gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad. Me gusta la gente con capacidad para asumir las consecuencias de sus acciones, la gente que arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien se permite huir de los consejos sensatos.

Me gusta la gente que es justa con su gente y consigo misma, la gente que agradece el nuevo día, las cosas buenas que existen en su vida, que vive cada hora con buen ánimo dando lo mejor de sí, agradecido de estar vivo, de poder regalar sonrisas, de ofrecer sus manos y ayudar generosamente sin esperar nada a cambio.

Me gusta la gente capaz de criticarme constructivamente y de frente, pero sin lastimarme ni herirme. La gente que tiene tacto.

Me gusta la gente que posee sentido de la justicia. A estos los llamo mis amigos.

Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría y la predica. La gente que mediante bromas nos enseña a concebir la vida con humor. La gente que nunca deja de ser aniñada.

Me gusta la gente que con su energía, contagia. 

Me gusta la gente sincera y franca, capaz de oponerse con argumentos razonables a las decisiones de cualquiera. Me gusta la gente fiel y persistente, que no desfallece cuando de alcanzar objetivos e ideas se trata.

Me gusta la gente de criterio, la que no se avergüenza en reconocer que se equivocó o que no sabe algo. La gente que, al aceptar sus errores, se esfuerza genuinamente por no volver a cometerlos. La gente que lucha contra adversidades.

Me gusta la gente que busca soluciones.

Me gusta la gente que piensa y medita internamente. La gente que valora a sus semejantes no por un estereotipo social ni cómo lucen. La gente que no juzga ni deja que otros juzguen.

Me gusta la gente que tiene personalidad.

Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón. La sensibilidad, el coraje, la solidaridad, la bondad, el respeto, la tranquilidad, los valores, la alegría, la humildad, la fe, la felicidad, el tacto, la confianza, la esperanza, el agradecimiento, la sabiduría, los sueños, el arrepentimiento y el amor para los demás y propio son cosas fundamentales para llamarse GENTE.

Con gente como ésa, me comprometo para lo que sea por el resto de mi vida, ya que por tenerlos junto a mí, me doy por bien retribuido.


Imagen: Mr. Brainwash, "Life is Beautiful".