jueves, 28 de febrero de 2013

Catalina la Grande, retrato de una mujer


El prestigioso historiador norteamericano Robert K. Massie es uno de los maestros anglosajones de la biografía literaria. Forjado en las universidades de Oxford y Yale, pero contando además con una formación periodística de primer orden en el Newsweek y el Saturday Evening Post ha logrado convertirse en un narrador brillante, impecable y ameno. Así, trabajos suyos como Nicolás y Alejandra o Pedro el Grande: su vida y su mundo, por la que obtuvo el Premio Pulitzer, le han hecho acreedor de un enorme éxito. 

Tras dedicar ocho años de trabajo ha publicado un libro memorable sobre la apasionante historia de Sophie de Anhalt-Zerbst, hija de un príncipe prusiano modesto, gobernador de la ciudad prusiana de Stettin en la actual Polonia, y de una joven aristócrata alemana. A los 14 años de edad se convertirá en pieza clave de la política matrimonial de las grandes potencias al ser enviada a Rusia, una de las naciones más extensas de la Tierra. Viaja a Moscú con el único fin de casarse con su primo, que gobernará como futuro Zar con el nombre de Pedro III y dar un heredero al Imperio. El matrimonio no fue feliz. Catalina encontraba a su marido triste de aspecto y mente. Sin embargo la fortuna tenía previsto otro destino para esta mujer inteligente, culta y hábil. Acabaría ocupando el trono de Rusia durante 34 años con el nombre de Catalina II hasta el día de su muerte en San Petersburgo en 1796 para pasar a la posteridad como Catalina la Grande

Catalina II, que desempeñó un destacado papel en la Rusia del siglo XVIII, fue muchas cosas y todas ellas a la vez. Sobre ella converge la imagen de la mujer corrupta que cambiaba constantemente de amantes, la “Mesalina del Norte”, con una voracidad sexual que, sin embargo, no fue tal ya que el autor nos evidencia sus preferencias no solo por compañeros de cama visiblemente más jóvenes que ella, sino también por otros que le ayudaron de manera fiel, competente y continuada en sus inmensas labores de gobierno. Pero también la versión de la mujer ilustrada, que además de ser la gran constructora de San Petersburgo y fundadora del Hermitage, fue protectora de Voltaire o Diderot además de gran amante de la música y de todas las artes. Y nos queda, finalmente, la legisladora despótica que a pesar del deseo de modernizar Rusia y sacarla de su pasado medieval no tuvo para nada en cuenta a la gran mayoría de la población, sometida, servil y analfabeta. Gran contradicción de un reinado que al final hubo de vérselas con los clamores revolucionarios ante los que terminó imponiendo el cierre de fronteras, la censura de prensa y el inevitable cordón sanitario. 

794 amenas páginas que deslumbran en las que Robert K. Masie logra que entre tantas bodas de conveniencia, escándalos, infidelidades, intrigas cortesanas, guerras, enfermedades, epidemias, complots y todo tipo de fastos, destaque esta mujer eternamente fascinante gracias al retrato magistral de una mujer poderosa, pero también de carne y hueso, necesitada de amor y de compañía que logra que la historia sea tan apasionante como la de la mejor novela.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Aquí yacen dragones

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Nos recuerda el guionista y director de cine Fernando León de Aranoa cómo los dragones yacen desde hace siglos en los mapas incompletos de la antigüedad, en los que el mundo terminaba allí donde lo hacía el conocimiento. Señalaban en ellos la cautela de los navegantes, el lugar donde daban la vuelta ante el riesgo de agotar la provisión de agua o, peor aún, de que sus naves cayeran por el abismo aterrador que esconden sus últimos pliegues.
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“Aquí yacen dragones”. Una leyenda que, acompañada de monstruosas serpientes aladas, advertía de la presencia, a partir de ese punto, de peligros desconocidos. Un “Cuidado con el perro” pavoroso, un aviso a navegantes con el que los cartógrafos medievales perseguían disuadir a potenciales exploradores: no sigan por ahí, de hacerlo encontrarán quizá el horror y la muerte. Y a la vez, una bella metáfora: donde termina el conocimiento, empieza la imaginación. El miedo es, al fin, sólo una de sus manifestaciones, acaso la más popular. La que con mayor eficacia se ha utilizado a lo largo de la historia para inmovilizar, para poner límites. La que han empleado indistintamente madres y dictadores para someter a niños, adolescentes conflictivos o pueblos enteros.
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Fernando León de Aranoa, reputado director de películas como Familia, Barrio, Los lunes al sol o Princesas, que han merecido trece premios Goya, cinco de ellos a título personal, y ha sido presentado con regularidad en festivales internacionales habiendo resultado galardonado en muchos de ellos, llega la tarde del próximo miércoles a nuestra ciudad invitado por la Fundación Caja Castellón para ponernos, como espectadores, frente al lugar en el que los navegantes daban la vuelta, guiados por la cautela. Para ello desprecia las advertencias y los límites y se adentra con decisión en los espacios inexplorados de la fantasía. En el punto donde el conocimiento no alcanza y a partir del cual la ficción se hace necesaria. Porque la fantasía es la única manera de darle sentido a la vida, de someter a una lógica a aquello que no la tiene ni podrá tenerla nunca. Sirve pues para explicarnos y explicar la realidad. Como un mapa detallado nos ayuda a desenvolvernos en ella proporcionándonos orientación, consejo, una ruta. La certidumbre reconfortante de hallarnos: "Usted está aquí".
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Este es el modesto y particular intento de Fernando León de Aranoa de descifrar la lógica de las corrientes profundas de nuestro comportamiento, sus playas de arena blanca, sus mareas cálidas. Pero también las que conviene evitar: aquellas en las que, por más que las señalicen antes tantos naufragios, terminamos por hundirnos sin remedio. Viene a mostrarnos que lo extraordinario está cerca. Porque es probable que, a veces, sucedan cosas al margen de lo probable.
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Para ello nos presentará Aquí yacen dragones un recopilatorio de 113 piezas narrativas que abordan el romanticismo, la amistad, la muerte, el orgullo y toda clase de sentimientos humanos en un plano atemporal. Desde un tono a veces divertido, a veces trágico, nos ofrece la oportunidad de conocer a un León de Aranoa que cinco películas después llega a Castellón y de espaldas al cine reflexionará con nosotros sobre las corrientes profundas de nuestro comportamiento a través de particular homenaje a la ficción y a la capacidad de inventar. Toda una invitación a imaginar...

    

domingo, 17 de febrero de 2013

El país imaginado


En Mongolia cuando alguien se dispone a narrar una historia debe efectuar como prólogo un rito mágico para evitar que los fantasmas conjurados por la narración se instalen entre los vivos. Después, el narrador puede contar tranquilo, sabiendo que, al acabar, sus personajes volverán a la oscuridad de la cual han surgido. 

Nos lo recuerda Alberto Manguel en la introducción de El país imaginado del argentino Eduardo Berti. Una historia que nos hace recordar a la gente querida de la que nos hemos tenido que separar aunque no lo deseásemos. Quién no recuerda dolorosamente al echar la vista atrás el silencio insoportable de las despedidas; ese momento en el que algo dentro de nosotros nos obliga a convencernos de que no volveremos a ver jamás a la persona que se marcha, porque el adiós es definitivo. Quién no ha sentido alguna vez el deseo de salir corriendo a rescatar lo que se muere en esa partida, porque no volveremos a vivir con nadie la complicidad y la profundidad de los sentimientos que hemos sentido con esa persona que nos deja... 

Una narración conmovedora, y a la vez exquisita, elegante y delicada ambientada en una China fabulosa que nos hace evocar recuerdos pasados y la melancolía de algo que se nos escapa. Una historia que hace inevitable recordar todo lo que se marchó, lo que desapareció, lo que se quedó por el camino de la vida, para revivirlo y desear que se quede aquí para siempre. Porque a veces las palabras sobran y hay multitud de sentimientos que flotan en el aire y que solo se perciben a través de otros sentidos. Esta es precisamente la atmósfera mágica e intimista que nos ofrece la lectura de la novela de Berti.

viernes, 15 de febrero de 2013

El sonido de mi voz


Morris tiene una vida en la que aparentemente todo es perfecto: es un joven de treinta y cuatro años, ejecutivo de una fábrica de galletas, y vive en una más que confortable casa junto a su mujer y sus dos hijos. Pero Morris es también un alcohólico esmerado. Su estado anímico oscila entre la euforia del alcohol y la ansiedad provocada por la ebriedad. Porque la bebida se ha convertido en el eje a partir del cual gira su vida, en su forma de huir de un padre distante, un trabajo decepcionante y una vida insatisfactoria. 

Somos conscientes de cómo Morris encuentra en la botella una especie de analgésico para olvidar el pasado mientras se autoengaña haciéndonos creer de que mantiene el control de la situación. Pero la realidad es que las borracheras diarias acabarán siendo las responsables de sus grandes lagunas en la memoria y de la pérdida progresiva de contacto con la realidad; que el alcohol acabará desestructurando su matrimonio y haciendo que su eficacia profesional se vea cuestionada; que precisamente las consecuencias son las contrarias a lo pretendido, ya que Morris acabará metido poco a poco en una embarrada situación de la que dudamos que sea capaz de salir. La realidad es el horror que se desencadena cada vez que cruza el umbral: sus vomitonas, sus caídas, sus delirios e incluso las amenazas a su mujer. 

Paradógicamente Morris no lo ve así. Se ve a sí mismo como un ejecutivo triunfante y perfecto esposo. Sobre todo cuando está borracho. Por eso esta historia obsesiva y oscura nos conmueve. Gracias a la descripción que Ron Butlin hace del alcoholismo en El sonido de mi voz sentimos la ansiedad y desesperación que siente Morris por llevarse algo a los labios en cada nuevo sorbo, apurando hasta la última gota de lo que no es más que su particular viaje a los infiernos regido por la botella. Un viaje que no sabemos si tiene vuelta atrás.


jueves, 14 de febrero de 2013

Cuando dos elefantes luchan es la hierba la que sufre


Uno de los fenómenos editoriales indiscutibles de la temporada es Palmeras en la Nieve, el debut literario de Luz Gabás. Se trata de una monumental novela, tanto en extensión como en ambición narrativa y literaria en el que la autora aragonesa nos ilustra a través del pasado de dos hermanos la historia de España desde una perspectiva muy diferente: la colonial. Y lo hace con estilo y objetividad, presentando unos puntos de vista que nos permiten, como lectores, construir una visión completa de la problemática social que tuvo lugar en la época. 

Nos encontramos en el año 1953 y Kilian abandona la nieve de la montaña oscense para iniciar junto a su hermano, Jacobo, el viaje de ida hacia una tierra desconocida, lejana y exótica, la isla de Fernando Poo. En las entrañas de este territorio exuberante y seductor, le espera su padre, un veterano de la finca Sampaka, el lugar donde se cultiva y tuesta uno de los mejores cacaos del mundo. 

En esa tierra eternamente verde, cálida y voluptuosa, los jóvenes hermanos descubren la ligereza de la vida social de la colonia en comparación con una España encorsetada y gris; comparten el duro trabajo necesario para conseguir el cacao perfecto de la finca Sampaka; aprenden las diferencias y similitudes culturales entre coloniales y autóctonos; y conocen el significado de la amistad, la pasión, el amor y el odio. Pero uno de ellos cruzará una línea prohibida e invisible y se enamorará perdidamente de una nativa. Su amor por ella, enmarcado en unas complejas circunstancias históricas, y el especial vínculo que se crea entre el colono y los oriundos de la isla transformarán la relación de los hermanos, cambiarán el curso de sus vidas y serán el origen de un secreto de inesperado que será finalmente desentrañado cuando, en el año 2003, Clarence, hija y sobrina de ese par de hermanos, llevada por la curiosidad del que deseosa de conocer sus orígenes, se zambulla en el ruinoso pasado que habitaron Kilian y Jacobo y descubre los hilos polvorientos de ese secreto. 

Luz Gabás nos interna con gran agilidad en una novela histórica sin precedentes que avanza paralelamente en la actualidad, creando nuevas incertidumbres en cada página y sorprendiendo al lector con las actitudes de nativos y españoles. Según discurre la lectura nos adentramos en el universo de plantaciones de cacao, la verdadera realidad de lo que fue la explotación, la emigración y los choques culturales, en los errores, las injusticias y logros vividos en un momento que forma parte de nuestra historia reciente y desconocida. 

Nadie puede resistirse a esta historia cautivadora que recrea el pasado colonial en África, la diferencia entre dos culturas, dos países y dos épocas. Un recuerdo a la vida de tantos españoles que lo dejaron todo para buscar un futuro mejor en un lugar tan lejano como Fernando Poo. Hombres que cambiaron su vida en una tierra donde la nieve era protagonista por otra donde hacía calor todo el año, con una vegetación exuberante y donde las palmeras parecían la carta de presentación. Un momento en el que la vida no fue fácil para nadie. Porque, como recuerda la propia autora en el libro hay un antiguo proverbio africano que dice que cuando dos elefantes luchan, es la hierba la que sufre... Pase lo que pase, será la hierba la que sufra. Siempre ha sido así...


martes, 12 de febrero de 2013

Elegantemente vengativo


En Navidad intenté ahorrarme problemas, y de paso hacer economías enviando un correo electrónico de felicitación a todos mis amigos y conocidos, pero no funcionó. A partir de las seis de la tarde empezaron a llegarme mensajes al móvil de todos ellos, y de muchas otras personas que en algunos casos no tenía siquiera en mi agenda del teléfono. Así que, por no parecer desagradecido les devolví mis mejores e hiperbólicos deseos de un año lleno de felicidad y salud. Todo por aquello de las buenas maneras y la buena educación de esos días de celebración compartida. Ni que decir, insisto, de que en algunos casos se trataba de personas con las que no había tenido trato alguno durante todo el año.

Convenimos que se trata de días de conmemoración mecánicos y artificiales en los que nos animamos y envalentonamos para enviar desbordantes y optimistas mensajes de buena voluntad y afecto a personas a las que raramente llamaríamos para ir a comer o para decirles cosas que de otro modo no nos atreveríamos de ninguna de las maneras. Pero el asunto es que de estos días está el año lleno y si no que me diga quién no se ha visto tentado de comprar un pastel para dos en forma de corazón estos días pasados, en los que tocaba festejar San Valentín. Muestras otra vez de amor eterno en cada rincón del supermercado o en el escaparate de la panadería. Que no quepa duda del gran amor profesado a nuestras parejas, porque como no acudas con uno de estos a casa... 

La señora Thackenbury, uno de los personajes de Saki en “Doce cuentos malévolos” se pregunta por qué esa licencia no se permite a la recíproca. Efectivamente. La cuestión es que no hay cauces para mostrar nuestros sentimientos hacia personas a las que simplemente no soportas. Por ello, se plantea lo alegre que sería consagrar un día aparte para saldar viejas deudas y rencillas, un día en el que uno pudiera permitirse ser Elenelegantemente vengativo con los integrantes de una entrañable lista de “gente con la que resolver disputas”. 

Naturalmente la cosa habría de hacerse educadamente, con gran afabilidad, lo cual haría la situación mucho más fácil de manejar. Y, aunque probablemente los aludidos acabarían por convertirse en enemigos de por vida, la ventaja incuestionable es que, al menos, en Navidad tendríamos un mensaje menos que mandar. ¡Ahí es nada!

sábado, 9 de febrero de 2013

Educar niños y adolescentes en la era digital: El reto de la educación en el siglo XXI


Ninguna de las generaciones que han precedido a la de los jóvenes de hoy en día ha tenido el nivel de vida del que ahora disfruta. Pero del mismo modo también es cierto que la preocupación por el futuro de los hijos en un mundo cada vez más complejo va emparejada con la sensación de que no somos capaces de transmitir los valores educativos apropiados. 

La pedagoga Nora Rodríguez, una de las pioneras en el estudio de la violencia escolar, añade que nuestra sociedad está saturada de ideas consumistas sobre la infancia y la adolescencia. Sin embargo, y mientras tanto, niños y adolescentes, viven en solitario una vida paralela que no tiene nada que ver con la que la mayoría cree. Dar un giro en la forma de educar a los niños en el siglo XXI es por tanto una deuda social de la que todos somos morosos. Y afirma que somos deudores por haber tomado como real la idea de una infancia “experimentada”, y “adulta” creada por el marketing y transmitida por los medios comunicación, que ha acabado por convertir a los más pequeños en grandes desconocidos, incluso dentro de sus propias familias. 

Por otra parte, la globalización y la era digital que han traído consigo la socialización de los niños a través de Internet, nos muestran que urge cambiar la forma de educarles. Han nacido en un ambiente de interconectividad, están acostumbrados desde edades tempranas a recibir información visual y a la gratificación inmediata, y aprenden a edades cada vez más tempranas a moverse con naturalidad entre lo real y lo virtual. Además, desde el mundo de la tecnología, tienen un papel protagonista, por ejemplo en sus juegos virtuales, así como en todo lo que está pensado para ellos, que a menudo no tienen ni en sus hogares ni en la escuela. 

Así pues, muchas veces los niños dominan mucho más que sus padres la relación con “el mundo virtual” que tantas horas les ocupa, lo que produce a menudo un distanciamiento entre hijos y padres. Estas razones provocan la necesidad de nuevas claves para educar a los hijos; unas claves que permitan conciliar esta nueva realidad con lo que la autora denomina “el aprendizaje activo y prosocial” que debe presidir la educación de los niños. 

Efectivamente, el aluvión de estímulos que nos llegan a través de los medios de comunicación, la competitividad, la aceleración del consumo y los nuevos modelos de vida han provocado un cambio en las costumbres que se traduce en el miedo a asumir responsabilidades y en la pérdida del sentido colectivo. Si se supera con éxito la adaptación a la modernidad, las nuevas generaciones se insertarán con más garantías en la sociedad del futuro. Para ello, el nuevo reto de la educación en el siglo XXI es educar niños y adolescentes en la era digital, promoviendo, entre otros, y especialmente los valores de proximidad como la familia, los amigos, la lealtad a los suyos y la honestidad. Pero no debe confundirse la juventud con los jóvenes. Y nunca debe olvidarse que, a fin de cuentas, cada joven es una persona única. 

Esperamos pues a Nora Rodríguez el próximo míércoles en el Salón de Actos del Edificio Hucha. Invitada por la Fundación Caja Castellón, nos mostrará en "Educar niños y adolecentes en la era digital: El reto de la educación en el siglo XXI" cómo abordar estos nuevos retos.

domingo, 3 de febrero de 2013

El testigo invisible


La escritora Carmen Posadas afirma que siempre le ha gustado ser testigo invisible, que en su vida siempre ha sido más observadora que participante. Para ilustrarlo recuerda la anécdota de cómo de niña, en una casa muy grande, observaba desde la parte alta de una gran escalera las fiestas que allí se celebraban y veía a todo el mundo bailando. Observar, confiesa, ha sido una vocación. Pues de hecho, no se puede ser escritor si no se tiene interés ni curiosidad por lo que pasa a tu alrededor, afirma. 

También confiesa que le hubiera gustado vivir en primera persona la revolución bolchevique y la caída de los zares, ser, de nuevo, testigo invisible de estos hechos sangrientos de la Rusia de comienzos del siglo XX que cambiaron el rumbo de la Historia. 

Ambos deseos confluyen en su última novela, “El testigo invisible”, donde nos acerca al trágico final de la dinastía Romanov, el final del zar Nicolás II, de su esposa la zarina Alejandra y de sus cinco hijos, asesinados por quienes creyeron que con esta masacre un mundo más justo, más solidario y, por supuesto, más libre era posible. 

Pocos conocen que Carmen Posadas, tras vivir en Londres y Buenos Aires, residió en Moscú, en donde su padre ejerció como embajador de Uruguay y donde la autora contrajo matrimonio por vez primera. Precisamente fue al cumplir la tradición de muchas novias moscovitas de depositar su ramo el día de la boda ante la momia de Lenin cuando tuvo oportunidad de conocer a fondo cómo vivieron los Romanov y cómo fue su final. Una historia real de la que todo el mundo hablaba y sobre la que ha habido siempre abundante bibliografía pero que, curiosamente, siempre ha estado rodeada de fantasía. 

Tirando del hilo de la historia Carmen Posadas ha llegado a Leonid Sednev, sirviente de la familia imperial desde muy niño y único superviviente de la matanza de Ekaterimburgo, la ciudad de los Urales en la que el 17 de julio de 1918 el zar y su familia fueron asesinados en el sótano de la "casa del propósito especial" en la que los bolcheviques les confinaron. Pinche de cocina en la realidad y deshollinador, Leonid Sednev es el "testigo invisible" del día a día de la familia Romanov en su palacio de Alexander, en el San Petersburgo imperial que los bolcheviques rebautizaron como Petrogrado. 

Posadas nos plantea, de la mano de Leonid, una historia de arriba y abajo, sobre la vida de los señores y la vida de los criados, la de los "testigos invisibles" de todo lo que ocurre, "la intrahistoria" de lo que se conoce. Porque desde su "tiznado laberinto de pasadizos y tuberías" de palacio, Leonid asiste a la vida cotidiana de las cuatro princesas más hermosas de la Europa de comienzos del siglo XX, y padece con el sufrimiento de un zarevich enfermo de hemofilia, mal del que su madre se siente culpable. El pequeño Leonid es testigo de cómo Nicolás II comete error tras error en su propósito de mantenerse como un gobernante autocrático, y de cómo la zarina Alejandra queda atrapada por el poder magnético de Grigori Efimovich Rasputin, el hombre más odiado del momento, "el zar en la sombra", uno de los personajes más complejos y contradictorios que ha dado la Historia, alguien que como escribió Dostoiewski era capaz de "apropiarse" del alma y la voluntad de la gente. 

La Fundación Caja Castellón nos ofrece la oportunidad de conocer y escuchar a Carmen Posadas, una de las mejores autoras latinoamericanas de su generación que viene a Castellón con “El testigo invisible”. Una oportunidad para sumergirnos en una época de luces y sombras, lujo y miseria, amores imposibles, encuentros y desencuentros. Una historia real tan potente que no hace falta “adornarla” de mentiras. Será la tarde del próximo miércoles, a las 19,30 horas, en el Salón de Actos del Edificio Hucha de Castellón.