domingo, 24 de noviembre de 2013

La Panderola vuelve a Castellón


La sociedad eminentemente rural ubicada en la comarca de La Plana experimentó una notable mejora de sus estructuras agrarias a partir de la segunda mitad del siglo XIX. El período, marcado por la Restauración, permitió acrecentar dicha mejora al sentirse apoyado el sector agrario por la potenciación de los medios de transporte, que permitirían la ocupación de mercados inaccesibles gracias al talante mercantil y exportador de sus gentes. Así, con la llegada el 22 de noviembre de 1862 de la primera locomotora a Castellón los excedentes agrarios castellonenses pudieron situarse en los mercados centroeuropeos, lo cual vino a colaborar en una economía floreciente que despertó el interés de inversión en el establecimiento de un ferrocarril que articulara los transportes de viajeros y mercancías en la comarca de la Plana. Las prometedoras posibilidades en la aportación de tráficos de la industria cerámica de Onda y la procedente del cultivo de cítricos y de otros excedentes agrícolas e industriales, son premisas con las que el grupo promotor del ferrocarril de vía estrecha contó en la posibilidad de conseguir óptimos coeficientes de explotación de la futura línea. 

Constituida el 13 de julio de 1887, la Compañía del Tranvía a Vapor de Onda al Grao de Castellón de la Plana contó con gran parte de aportaciones de capital procedente de accionistas castellonenses. El lunes 4 de junio de 1888 se iniciaron los trabajos de colocación del material fijo de vía en la sección entre Castellón y el Grao. Un mes después, el 18 de julio, se realizó la primera prueba oficial en un convoy que partió desde Castellón, de modo que, contando con el informe favorable de la Jefatura de Obras Públicas así como con los oportunos permisos oficiales, la compañía procedió a inaugurar la línea el 13 de agosto de 1888 con el acompañamiento de autoridades, invitados y bandas de música entre gritos y vivas del numeroso público asistente a tan histórico acto que llegó a ocupar todo el recorrido de la línea. Tanto éxito tuvo desde el día de la inauguración que, a pesar de que el precio del billete se consideraba algo elevado en relación al poder adquisitivo de la época, tan solo seis días después de la inauguración de la línea la prensa local anunciaba que el tren tuvo que detenerse por no poder arrastrar la máquina el excesivo número de carruajes que “llenos de bote en bote de viajeros” conducía a la capital. 

Esta locomotora que marcaría el vivir económico y social de Castellón fue indiscutiblemente una de las infraestructuras de transporte más importantes de la provincia de Castellón. El desarrollo de Almassora, Burriana, Castellón, el Grao de Castellón, Onda y Vila-real estuvo marcado por este tranvía, tantas veces añorado, que se erigió como pieza clave de la economía y de la sociedad castellonense desde 1888 hasta 1963.


Testigo de miles de historias y entrañables vivencias, la Panderola, cuyo nombre se debía al color de su máquina de vapor con combustible a carbón, y a lo lento e irregular de su marcha, sigue muy presente en la memoria popular de Castellón. Ahora, la Fundación Caja Castellón le rinde su particular homenaje en la Sala San Miguel con la colaboración de la Diputación de Castellón, del Ayuntamiento de Castellón y de la Asociación del Ferrocarril de Castellón. Desde el próximo día 26 de noviembre, y hasta el día de Reyes la Panderola volverá a estar más viva que nunca en la calle Enmedio de la capital de la Plana.

jueves, 21 de noviembre de 2013

La Petra

 

Me llama mi madre para decirme que a la Petra le han tocado los ciegos. Que te toquen los ciegos es que has ganado una pasta en el cupón de la ONCE. Hace años que no he visto a la Petra, la recuerdo de cuando vivía todavía en casa de mi madre. Era una vecina que no sé si se llamaba Petra o no. Pero no lo sé, esa es la pura verdad. Igual ese no era su nombre y era en realidad su apodo, lo cual, visto lo visto, era de lo más normal, porque el modo como la gente se dirigiese a ti no era garantía de nada. Desde luego nadie se llamaba por el nombre de pila a secas. Como mínimo los nombres venían con artículo de regalo. Muy peculiar. De ahí la Petra, la Carmen, la Manoli, la Esperanza y sus hijos que eran, no podía ser de otro modo, los Esperanzos, y que no sé cómo podían llamarse. Eran los Esperanzos, y ya está. Lo mismo que los hijos de la Pirra, un nombre así de vibrante y rotundo que correspondía a una señora gordísima que apenas podía andar que vivía con sus hijos, que ya eran menos cosa, y por eso todos les conocíamos, claro está, por los Pirris. Y bueno, la Felipa, este sí que es un nombre que siempre me llamó la atención. Felipa. Porque Felipe, era un nombre como más habitual, pero Felipa... Nunca acabé de entender que una mujer pudiese llamarse Felipa. No me cuadraba. 

Como ya puede imaginarse, en el caso de los hombres era lo mismo. De ahí el Paco, el Migue, el Juan, el Manolo, o yo mismo, que era el Alfredo. Eso cuando el apodo no había cobrado tal protagonismo que era posible que nadie supiese el verdadero nombre del finado. De ahí el señor Barrabás que, desde luego, no se llamaba Barrabás, sino, como supe mucho después, Joaquín. Por cierto, el hijo de la Petra, que estaba delgadísimo, se llamaba el Oliva, imagino que sería por la mujer de Popeye. Imagino. 

Luego estaba Carmen la Botija, que de apellido se llamaría García, Pérez o vete tú a saber. Botija, desde luego no era su apellido. Pero es que Carmen siempre que salía de su casa se paraba ante su puerta, y con los brazos apoyados en jarras, echando la tripa hacia adelante, le gustaba echar una mirada a la calle antes de empezar su día. Pues eso, la Botija. Y todo el mundo, todo el mundo, cuando se dirigía a él le llamaba así, Botija. Sin más. Así de normal. 



Foto: Vida de Barrio, extraída del blog "Fotos Imperfectas" de Martín Gallego.

sábado, 9 de noviembre de 2013

La impresión de lo genuino


El sábado pasado fui a Bejís y a Navajas, dos pueblos que conocía por las indicaciones de la autovía cuando voy a Zaragoza, a los que no hubiese ido de no haber sido por trabajo. No haberlo hecho, visto lo visto, ha sido un error. Pero el tema es que estando allí me di cuenta, de repente, que hay algo que no tengo en la ciudad, que no había caído en el detalle de que la 'gran' ciudad unifica mi paisaje olfativo, que hay todo un espectro de olores que están ligados a mi infancia, a mi vida de pueblo en Onda, que aquí he perdido. 

La primera sensación al llegar a Bejís y salir del coche fue la de respirar aire limpio. Al rato vi pasar a una mujer con una bolsa llena de magdalenas. No sé qué mirada debí echarle que la señora se dio cuenta y mirándome se puso a reír y, con una amabilidad que me sorprendió, me acompañó hasta la puerta del establecimiento. La primera sensación que tuve al entrar fue un olor tan típico de panadería que me retrajo treinta años en el tiempo. Vendía a granel mantecados, suspiros, rollitos de anís, 'panquemados', ensaimadas de trenza, almendrados... y aquel olor de panadería que lo envolvía todo. 

Poco después, en Navajas, en la plaza del pueblo, un olmo que casi conoció el descubrimiento de América, da sombra a una casa de porte noble que en su interior alberga una carnicería. Animado por una de las personas que me acompañaba entré y volví a sentir la bienvenida del olor. Un olor tan genuino, auténtico y natural... el mismo de cuando tenía ocho años y mi madre me mandaba a recoger el pedido que le había hecho a su carnicero. 

Curiosamente en estos lugares no ha hecho falta que expertos en márketing diseñen olores especiales que enmascaren la realidad para inducirnos a comprar, como ocurre en los ultramodernos e hiperestudiados centros comerciales que trufan la periferia de nuestras ciudades. No hacen falta luminosos incandescentes en continuo parpadeo, ni músicas seductoras, ni olores que, con sibilina intención y desde las salidas del aire acondicionado, nos inducen a la compra. Porque en estos lugares huele que alimenta, la luz que entra desde la calle nos muestra unos productos que no necesitan de más adornos ni disimulos y las conversaciones de los que allí piden el turno son más que suficientes para amenizar la espera. Simplemente porque todo es genuino. No hace falta nada más.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Un amigo así


El escritor Martín Casariego es uno de los narradores actuales de mejor pulso y mayor interés. Su prosa, de gran sencillez y comunicabilidad, sin renunciar a la pulcritud retórica y la elegancia estilística, hace de su obra una verdadera fiesta para quien la lee. Meticuloso en la estructura de sus libros, busca emocionar al lector, divertirlo y conmoverlo. Pero además le invita a reflexionar sobre la condición humana dentro de unos textos que se sostienen, que no decaen, que apetece leer.
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Miembro de la de la prestigiosa y extensa saga de artistas y literatos, entre la que se encuentra su padre, el arquitecto Pedro Casariego; su hermano mayor, Pedro Casariego, que escribía poesía, pintaba y dibujaba; su hermano menor, el escritor Nicolás Casariego, o el guionista Antón Casariego, llega a la capital de la Plana, invitado por la Fundación Caja Castellón, para participar en el ciclo de charlas-coloquio 'Condición Literal'. El próximo miércoles, 6 de noviembre, a las 19,30 horas, presentará Un amigo así en el Salón de Actos del Edificio Hucha, un relato contemporáneo de corte intimista que invita a la reflexión; un relato sobre personas, lleno de cultura; la historia de cómo una profunda amistad puede esconder, en algunos casos, una traición. 
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José y Lucas son dos amigos que llevan casi tres décadas escalando las montañas de medio mundo. Su profunda amistad parece inmune a todo, sin el menor atisbo de duda. Sin embargo, uno de ellos sabe que una fina grieta lleva años resquebrajándola. En una ascensión al Mont Blanc, la cumbre más elevada de los Alpes, en el mismo corazón de la vieja Europa, la naturaleza se rebela, de modo que el frío, la nieve y el viento llevarán a los dos protagonistas al límite, haciéndoles descubrir que siempre hay secretos inconfesables. Toda amistad guarda algún secreto que al final tiene que desvelarse, y por eso, también José y Lucas deberán enfrentarse al conflicto entre lo que saben y lo que callan, entre los nobles instintos y el disimulo, viéndose ante sus fantasmas y miedos, pasados y futurosPorque, como ocurre en la montaña, no hay amistad, ni amor del tipo que sea, que no tenga sus sombras.

Pero Un amigo así al mismo tiempo es una novela sobre el periodismo, sobre la importancia de la lectura en nuestras vidas y también, cómo no, sobre el alpinismo y el montañismo. Es esto último lo que sirve al autor para poner de manifiesto el carácter tenaz y perseverante que tienen las personas que se dedican a conquistar las cimas, porque es en el momento en el que el alpinista se enfrenta a los retos cuando se tiene la necesidad de soltar todo lo que se tiene dentro. Y nada mejor que el escenario de las nieves perpetuas del Mont Blanc para una novela sobre algo muy presente en nuestras vidas, enormemente importante, y que sin embargo ha sido mucho menos tratado en la literatura: la amistad. La pureza de la nieve y la rudeza de la roca son dos símiles de una amistad limpia, pura y perfecta, pero como podemos intuir, no todo es tan puro. El 'Mont Blanc de la vida' también nos engaña, como la nieve del original se disuelve en grietas ante nuestros pies y puede acabar matándonos finalmente...