miércoles, 25 de diciembre de 2013

Se terminó la fiesta


He pasado gran parte del año mirando a través de la nueva ventana que tengo en casa. La abrí hace tiempo, pero no le había prestado nunca tanta atención como en estos meses. Cada día, al levantarme, lo primero que hago es abrirla de par en par para ver cómo ha empezado el día y cómo anda el clima. Porque parece ser que por aquí el frío se marchó con la intención de tardar en volver. Tampoco es que sea necesario observar mucho para darse cuenta de que la cosa está que arde; que la temperatura va subiendo poco a poco y que en el enorme patio de vecindad que veo desde aquí hay días que parece que los ánimos están a punto de explotar. 

Y ahí sigo asomándome a cada rato, cual cotilla de los de toda la vida, husmeando lo que pasa hasta la hora de irme a dormir. No me malinterpreten, tampoco es que esté ahí enganchado a todas horas auscultando la vida de los demás. Pero, curiosamente, cuando me desvelo, lo primero que hago es asomarme a ver quién está despierto, y allí me va pasando el rato mirando transcurrir las vidas de unos y otros, conversando con los que pasan, hasta que el sueño vuelve y se me apodera. 

De cualquier manera, las cosas han cambiado poco. Unos pasan y ni saludan; otros están todo el día tras los visillos creyendo que nadie se ha dado cuenta de que están allí, mientras no pierden comba de lo que sucede; los hay que no dicen nada, los que solo hablan con unos pocos y los que no tienen rodeos en contarlo todo. Esa es la suerte de vivir en este gran patio de vecindad en el que, como digo, las cosas andan caldeadas. Y es que el personal anda triste, desencantado, deprimido, nostálgico, sin esperanza, cada día un poco más frustrado que el anterior y algunos bastante rabiosos me hacen saber lo que incluso el periódico no se atreve a contar.

Hoy, al asomarme, resonaba por todas partes la música del gran German Coppini, que nos ha dejado. En ese momento Kevin Johansen me ha dicho a mí, y a varios millones de vecinos más, que ya se terminó la fiesta, que no hay que llorar, que son cosas que pasan. Porque si la vida es una orgía lenta lo mejor debe estar por llegar. 

Y entonces es cuando me han dado ganas de ponerme a llorar. Y he cerrado la ventana. Hoy no volveré a abrir el Facebook.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Solo envoltorios aparentes


Somos lo que comemos, víctimas de la vida que nos ha tocado vivir. Tampoco es algo por lo que haya que disculparse. Afortunado el que vive rodeado de comodidades y al que la vida le ha sonreído desde siempre poniendo a su disposición todo tipo de facilidades. Pero una cosa es vivir encima de un horno que no para de cocer panes a todas horas y otra es pensar, como María Antonieta, que quien no pueda comerlos, pues que no se sofoque, porque siempre le quedarán los pasteles.

Es lo que le debió suceder a la Marquesa de Llanzol, la protagonista de “Lo que escondían sus ojos” la novela de Nieves Herrero. Su autora nos presentaba hace unos días en el Edificio Hucha a esta mujer y su secreto, una historia que no podía permitirse que el paso del tiempo dejase en el olvido. Y es que la marquesa, una señora terriblemente atractiva que era centro de todas las miradas allá por donde pasaba, marcó la diferencia ya desde su más tierna infancia, que transcurrió en los lugares más cosmopolitas entre diplomáticos y literatos. Nada, en cualquier caso, comparado con lo que vino después, pero para eso ya hay que leer la novela. 

El contraste viene cuando descubrimos cómo era la maltrecha España de los años 40. Una realidad a la que la Marquesa, la más elegante y fascinante del momento, fue absolutamente ajena. Ella no estaba para que le hablasen de cosas tristes. Viviendo de espaldas a las penurias del resto de los españoles su único objetivo en la vida era ir a todas las fiestas donde le invitasen para poder lucir los últimos complementos y avances de la moda de París, sin importarle la reacción que provocase por Madrid, donde fue una de las primeras mujeres en conducir un Chrysler. Quién diría que lo hacía precisamente por unas calles en las que en lugar de coches lo que se podía ver eran las largas colas de personas que diariamente intentaban subsistir gracias a las cartillas de racionamiento. 

Con toda seguridad, la marquesa de Llanzol aparecería hoy en día, como ya hizo en su tiempo, en la lista de las más elegantes. Alta, rubia, culta, bien vestida y perfectamente perfumada y peinada, su belleza no tendría rival. Toda una señora, un adalid de la clase y el gusto. Un buen envoltorio. La elegancia, sin embargo, es otra cosa, harina de otro costal, y no del de los pasteles. Pese a todo la vida no ha cambiado tanto, aunque hoy en día en lugar de marquesas son motoristas...

viernes, 6 de diciembre de 2013

Racismo de baja intensidad


Una señora que miraba cómo instalábamos un nacimiento para estas navidades en la sacristía de la sala San Miguel apuntaba que sería necesario conseguir unas pinzas de tender la ropa minúsculas ya que en el tendedero en miniatura del belén las prendas estaban dejadas caer sobre las cuerdas en lugar de estar sujetas por las 'españolísimas' pinzas de la ropa y claro, «ni que fueran rumanos los que vivían ahí».

Poco después, pasando en coche por la avenida Chatellerault a las cinco de la tarde, precisamente a la hora de la salida del colegio, la calzada era un hervidero de padres, madres y abuelos recogiendo a los estudiantes, que pasaban y traspasaban la avenida camino ya de casa. Cuando comenté a la persona que me acompañaba que algún día atropellarían a alguien, como si nada respondió que «es que está todo lleno de rumanos, que no se puede ir por la calle». Desde luego y que quede claro, este elemento no es amigo mío. 

Pero por la noche, mientras nos reuníamos un grupo de personas para despedir un conocido que se marcha a trabajar al extranjero, porque le han ofrecido un trabajo estable, una recién despedida ese mismo día, aclaraba sin cortarse un pelo que aunque la habían echado a la calle por la mañana, había abandonado la oficina pacíficamente por la tarde, que podía haberse marchado dejando la puerta abierta todo el día para que los rumanos hubiesen entrado a llevarse lo que había allí dentro. Más que hablar, yo diría que esta persona escupía.

Las encuestas reflejan que la sociedad no es xenófoba, pero en nuestro día a día se observa cómo va calando la existencia de un racismo de baja intensidad basado en la percepción del otro como alguien que te puede crear problemas, como alguien que pasa a ser el conflictivo, el maleducado, el delincuente, en definitiva, el culpable de todo y la diana de nuestras frustraciones.

No es que vaya por ahí fijándome en los tendederos de la gente, en si ponen o no pinzas cuando cuelgan la ropa, ni veo que tenga la menor importancia. Esa es la verdad. Pero lo cierto es que estos comentarios que cada vez son menos puntales cada vez cobran más fuerza. Sutiles humillaciones e insultos que nadie denuncia ante los que parece que nadie actúa. Pero dejan huella.