domingo, 25 de mayo de 2014

Que tengas un buen día


El sábado, después de comer con mi amiga Rosario, fuimos a sacar su coche del párking del centro de Castellón. Rosario le dio el tíquet al señor que cobra y se puso a buscar su monedero en el bolso, de modo que al encontrarlo y preguntar cuánto debía, de muy malas formas el cobrador le escupió un “un euro” que nos dejó sorprendidos. Rosario, disculpándose, le dijo que tuviese paciencia, que es normal que las personas mayores como ella pierdan oído, y el señor, en un nuevo escupitajo le dijo que para eso estaba la pantalla de la caja registradora que marcaba 'bien clarito' lo que se debía. Ahora lamento no haberle dicho que no se lo tomase así, porque debe ser terriblemente fácil encontrar a alguien que pueda hacer su trabajo por el mismo sueldo que él, pero indiscutiblemente con doscientas veces mejor predisposición. Visto el estándar de calidad de la atención recibida es un objetivo fácil de conseguir. Desde luego, aquello no iba a ser motivo para una mala digestión, siempre nos queda la opción de aparcar en el otro párking, tan solo dos calles más arriba. 

Como nos recuerda el consultor Juan Manuel Martín Menéndez ningún hombre es una isla, ya que al vivir en relación con otras personas nos necesitamos mutuamente para sobrevivir, pero también para sentirnos plenos. Es la colaboración con los demás lo que nos hace avanzar; es la relación con otras personas una fuente principal del goce de la vida. En su nuevo libro “Que tengas un gran día” incide en la idea de que el hecho de que un día lo sea tiene mucho que ver con las relaciones que mantenemos. Cuando estas son positivas, humanas y armónicas, la colaboración, el disfrute y la satisfacción son consecuencias naturales. Aunque también ocurre lo contrario: las relaciones negativas, difíciles o conflictivas, que acaban convirtiéndose en una fuente de problemas, dificultades e insatisfacciones. Porque aunque nuestra actitud y nuestra forma de relacionarnos tenga un papel muy importante, que sean de una u otra naturaleza no depende únicamente de nosotros. Éste es otro de los factores importantes para que que nuestros días sean grandes: crear y mantener relaciones positivas con las personas con las que trabajamos y nos relacionamos. 

Al final, igual resulta que el señor del párking estaba de mal humor a causa de un dolor de muelas. Rosario sacó el euro, se lo dejó en la cajetilla, recogió su tíquet y nos marchamos, no sin antes desearle un sonoro “que tengas un gran día”. Y allí debe seguir el cobrador... deshidratado, por culpa de tanto escupir.

martes, 13 de mayo de 2014

El hombre que arreglaba las bicicletas


Como muchos de los que estarán leyendo estas líneas yo también nací en la segunda mitad del siglo XX, un tiempo que ahora nos parece lejano, como que no lo hubiésemos vivido. Pero lo vivimos... 

Y en los veranos de mi infancia, antes incluso del año 75, que fue el momento preciso en el que parece que todo empezó a cambiar, mi padre alquilaba una vieja y destartalada casa de campo. Allí llegaba a principios de julio, con mi madre, mi padre y mis hermanos, justo cuando las clases se acababan en el colegio y el calor empezaba a hacerse insoportable en la ciudad. Lo hacíamos en un, también, viejo y destartalado Dyane 6 que oscilaba peligrosamente en las curvas y baches del camino de tierra que llevaba hasta aquella casa, dando la sensación de que íbamos a volcar en cualquier momento. Pero allí pasábamos el verano, junto al perro, las gallinas, el pollo y los patos que se refrescaban, con nosotros, en la acequia de riego que pasaba justo por el linde de aquella finca rústica. Unos veranos que entonces se me antojaban larguísimos y en los que parecía que aparentemente no ocurría nada.

No se me hubiese ocurrido pensar durante las largas esperas, de dos horas justas, para hacer la digestión antes de volver a meterme de nuevo en la acequia, que llegaría el siglo XXI. En aquel momento me parecía un futuro inalcanzable, una época que no llegaría a vivir, porque para mí, entonces, los 31 años que yo tendría si llegaba al año 2000 me parecían una enormidad. Tampoco pensé que aparecería una nueva herramienta que esponjaría y haría más pequeño este mundo grande: Internet. Ni que llegada la segunda década de esa centuria haría su plena eclosión el fenómeno de las redes sociales Twitter y Facebook.

Facebook fue precisamente quien me mandó un mensaje planteándome el dilema de cómo era posible que no me hubiese todavía enterado que la persona que yo creía que era solamente mi cartero era escritor, y no solamente eso, sino que acababa de publicar un libro de más que recomendada lectura. Se trata de Ángel Gil Cheza, y su segunda novela “El hombre que arreglaba las bicicletas”. Leerla me ha retraído a los veranos de mi infancia. Los veranos del Chaparral, que es como se llamaba aquella casa en la que veraneaba con mi familia. Me ha recordado las siestas, ese momento del día en el que el mundo parece que se detiene. Y los melocotones. Los melocotones que comía directamente del árbol, en aquella época en la que todavía no tenían conservantes, colorantes, ni edulcorantes. 

El miércoles, 14 de mayo, a las 19:30 horas, en el Salón de Actos del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón tendremos la oportunidad de volver a evocarlos.



sábado, 10 de mayo de 2014

Gratuito o pirateado


Ayer fui a visitar a una enferma, se ha caído escaleras abajo y se ha dislocado el hombro. Tiene que hacer reposo y no mover demasiado el brazo. Pero no moverlo no parece impedimento para mover el dedo. Total, que me presenté en su casa con un libro que había comprado pensando en ella y cuando entré en la habitación estaba con un kindle en el que mostraba victoriosa cómo se había descargado, ‘piratamente’ por supuesto, no sé cuantos cientos de libros. A una media de dos libros a la semana calculo que allí tenía material de lectura intensiva para unos diez años de convalecencia. Al final casi me sentí ridículo regalándole el que buenamente yo traía porque… ¡también se había descargado, por si fuese poco, la filmografía completa de Harrison Ford y de Georges Clooney! 

Esta mañana hablaba con un cantante lírico, acaba de venir de Viena donde ha estado siguiendo un curso de dramatización con el objetivo de mejorar su puesta en escena. No deja de ser, en cualquier caso, un curso de una larga serie que ya ha hecho, con su correspondiente pago de matrícula. Cuando hablábamos de lo costoso de esta formación lamentaba que era una inversión de difícil recuperación si tenemos en cuenta que cuando le llaman para actuar muchas veces lo hacen con la intención de que lo haga gratis o, si no, por prácticamente nada. 

Y justo hace un momento hablaba por Skype con una conocida escritora. Se ha marchado a vivir fuera para reorientar su vida. Después de haber ganado prestigiosos premios literarios y haber alcanzado el éxito de crítica, ha decidido dejar de escribir porque no puede dedicar dos años en la preparación de una novela que luego todo el mundo descargará. Además, la alternativa de dar conferencias y cursos de literatura para cobrar, como en el caso del colega músico del que hablábamos, nada, o casi nada, tampoco es viable. 

Creemos que una sociedad sin novelistas, sin músicos o artistas puede vivir, aunque no aceptamos esta idea para otras ocupaciones que consideramos necesario tener cubiertas, máxime en un momento como el que vivimos en el que las necesidades primordiales son tan acuciantes. Sin embargo, como afirma César Antonio Molina con motivo de la presentación de su nuevo libro «La caza de los intelectuales. La cultura bajo sospecha», al igual que el secano se resiente de la falta de lluvias, en la cultura ocurre lo mismo. La cultura es la forma de plantar cara a la muerte y de explicar el mundo. Una forma de vivir que hemos cambiado por el olvido, la distracción del existir y el pirateo. Todo esto a lo único que conduce es a la miseria. Igual que la falta de lluvia al desierto.


Imagen: Detalle de la portada del libro de César Antonio Molina «La caza de los intelectuales. La cultura bajo sospecha».


viernes, 2 de mayo de 2014

Azar y destino, fortuna y causalidad


Los hechos más sorprendentes de nuestra vida son, en muchos casos, resultado de una concatenación de acontecimientos afortunados y fortuitos. Es la confirmación de la célebre teoría del caos con su ejemplo del movimiento de las alas de una mariposa, que nos recuerda que una pequeña perturbación inicial en una situación particular, mediante un proceso de amplificación, podrá generar un efecto considerablemente diferente a medio o corto plazo y sentirse al otro lado del mundo.

En este caso todo empezó el día que cumplí 40 años. A primera hora de aquella mañana una compañera de trabajo me dijo que aquel día marcaba el ecuador de mi vida, y determinaba si había tenido éxito, o no, en la misma. Inmediatamente después asistí a una reunión de trabajo en la que todos los interlocutores hablaban en inglés. Menos yo. Con una gigantesca sensación de fracaso abrí un atlas al llegar a casa y con los ojos cerrados puse el dedo sobre el mapa del Reino Unido. El destino indicó la ciudad de Edimburgo. Y allí pasé un verano de estudiante. De no haber vivido aquellos meses en la capital escocesa nunca hubiese podido descubrir su Festival, ni la maravillosa voz de los contratenores, y menos todavía la del gran Philippe Jaroussky.

Desde entonces creo haberlo recomendado a todos los invitados que han venido a la Fundación Caja Castellón, como si hubiese descubierto la panacea. La ambrosía musical que todos debieran saborear. Hasta que la actriz Rossy de Palma, modulando la voz en la Sala San Miguel de la Fundación, vino a decir que eso me pasaba por no escuchar a Xavier Sabata, que no era necesario irse tan lejos. Escuchar aquella misma noche sus 'Bad Guys' me dejó sin aliento.

Y el martes pasado las redes sociales culminaron el proceso al mandarme un aviso '¿Cómo es posible que todavía no hayas incluido en la triada a Flavio Ferri-Benedetti?'. Ver alguno de los videos de sus actuaciones justifican el por qué conocerle es una sorpresa total con la que se concluye el proceso de la cuadratura del círculo. Flavio Ferri-Benedetti, que nació en Scandiano, en la Emilia italiana, se trasladó con once años a Castellón donde reside actualmente. ¡Estaba justo al lado de casa!

En 2006 recibió el Premio Velluti en Corridonia en calidad de joven promesa como contratenor y fue admitido en la prestigiosa Schola Cantorum de Basilea para estudiar canto antiguo, recibiendo el diploma superior con Matrícula de Honor en 2010. Desde entonces ha participado en conciertos como contratenor solista en España, Italia, Suiza, Austria, Alemania, Francia e Inglaterra, con un repertorio que abarca desde el medievo hasta el romanticismo. Su primera grabación 'Passo di pena in pena. Cantate italiane' es considerada unánimemente uno de los mejores discos de música vocal barroca de 2012 por los críticos especializados.

Conocer al artista al día siguiente en la Sala San Miguel, escuchar su voz extraordinaria, poderosa y elegante, con sentimiento; contemplar cómo la música y la expresividad fluían de manera tan natural, fue cautivador, fascinante desde el principio al fin y demuestran que Flavio Ferri-Benedetti está mucho más allá de lo que significa el puro virtuosismo vocal. Por eso estamos impacientes ya por poder escuchar al artista, escuchar a Flavio trasmitiendo emociones a través de su música. Será, desde luego, otro de los 'imprescindibles' de San Miguel. Pero para eso tendrá todavía que pasar todo este verano que aún no ha empezado...