martes, 25 de noviembre de 2014

Castellón lejos de la playa


Como en tantas otras cosas también conocí tarde el interior de Castellón. Obviamente este descubrimiento estuvo condicionado a que tuviese el permiso de conducir y un coche. Pero desde el primer viaje tomé consciencia de su impresionante belleza. Era el año 2000, iba camino de Zaragoza. A pesar de haber ido incontables veces a la capital del Ebro por asuntos de trabajo siempre lo había hecho en tren por Sagunto, vía Teruel, así que en cuanto tuve el permiso de conducir y un coche me adentré por el Maestrazgo para llegar a Aragón. Recuerdo perfectamente que era el año 2000 porque escuchando la banda sonora que Hans Zimmer había compuesto para Gladiator, entonces en cartelera, y sugestionado por lo épico de la película y aquella música, fuí a darme de bruces, casi de repente en un giro de la carretera, con la tantas veces soñada Morella que se presentó ante mí como una aparición. La visión sorprendente de la silueta sinuosa de las murallas coronadas por la imponente mole del castillo me dejó sin palabras. Tuve la sensación de haber hecho un viaje en el tiempo a la Edad Media y me prometí en aquel mismo instante que tenía que volver cuanto antes para conocer mejor el lugar. 

Desde entonces he ido descubriendo, poco a poco, el Castellón sin playa, un Castellón que para mí es mucho más que naturaleza e impresionantes vistas; mucho más que patrimonio histórico-artístico o una gastronomía excepcional propia de la tierra; mucho más que usos y costumbres que perviven al paso del tiempo: Vilafamés, Sant Mateu, Catí, Vistabella y tantas otras dignas de mención recomendables a viajeros y a los que anhelen serlo. 

Este fin de semana he vuelto de nuevo a Zaragoza por el Maestrazgo y me ha sorprendido descubrir los estragos que el vandalismo ejerce sobre las construcciones dispersas que salpican la carretera. Edificaciones víctimas de la despoblación que forman parte de la vida de nuestros antepasados. Hablando del triste destino de este patrimonio aparentemente abandonado a la suerte del paso de tiempo salió en la conversación cómo últimamente se están produciendo innumerables robos de las tejas para revenderlas, lo cual significa dejar estos edificios, una vez sin techumbres, al albur de la climatología acelerando con ello su ruina total. 

Triste destino, triste reflejo de nuestra identidad cuando nuestra memoria se borra de este modo por culpa de la falta de valores en el respeto de aquello que forma parte de nuestra idiosincrasia. Pero qué le vamos a hacer, descerebrados los hay a todas horas, independientemente del número de ojos que intenten controlarlos.




miércoles, 5 de noviembre de 2014

El gran misterio


El calendario está cuajado de fechas que nos devuelven a los orígenes. Como el primero de noviembre. Por eso la semana pasada acompañé a mi madre al cementerio. No me quedaba otra alternativa. De no hacerlo me hubiese retirado la palabra por cinco meses. Así, que tras mostrar los respetos de rigor a los abuelos, como hacen las personas de bien –me recuerda una y otra vez mi madre-, nos dedicamos, como todo el mundo, a pasear entre filas y filas de nichos leyendo los nombres de las inscripciones de las lápidas, a la búsqueda interminable de viejos conocidos que ya no están entre nosotros. Un viaje hacia atrás en el tiempo, a los recuerdos que se refrescan al ver las fotos de vecinos y amigos que vemos en el mármol. Un viaje a lo que vivimos con ellos, a lo que fuimos. 

De regreso a Castellón con el coche, en un día dedicado a la nostalgia y el recuerdo, decidí pasar por la casa de campo en la que pasé los veranos de mi infancia. Recuerdo que los meses de verano que pasábamos allí para mí eran lo más cercano al concepto de felicidad que tengo. Por eso sentí curiosidad de volver y ver qué quedaba de todo aquello. 

No había cambiado nada. Todo estaba igual al último día que estuve allí, hace más de 20 años. Pero la memoria, que es imperfecta, lo había mejorado todo. Porque todo era tan diferente… Desde luego el recuerdo era mucho mejor que la realidad actual. Como si recordase un lugar que no hubiese existido. Como si la memoria, que es maleable, hubiese creado unos recuerdos mucho más evocadores de lo que realmente fueron. 

De aquellos veranos, que ahora me parecerían increíblemente aburridos, solo recuerdo que los consumíamos esperando a que pasasen cada día las interminables dos horas de rigor para hacer la digestión antes de poder tomar el baño, porque no había nada que hacer, ni nada de lo que preocuparse. Sin embargo, al pensar en ello, del mismo modo que al ver las fotos de los antiguos vecinos del barrio en las lápidas del cementerio, es inevitable sentir algo de melancolía. Decía John Banville, el último premio Príncipe de Asturias de las Letras, que el pasado es la montaña sobre la que estamos sentados y que cuanto llevamos a cabo está moldeado por él. Para Banville la memoria es una función de la imaginación porque basta volver a un lugar del que llevamos tiempo apartados para descubrir que nunca es tal y como lo recordábamos. ¿Qué es lo que hace que el recuerdo sea más luminoso? Ese es el gran misterio.