miércoles, 18 de marzo de 2015

No hay veneno, sino dosis


Durante una cena ayer en Valencia, a mitad de la semana, en día laboral pero en plenas fiestas de Fallas y delante de una papillote de verduras, vine a comentar inocentemente cuánto me gustaba el brócoli; que lo comía muchas veces a la semana y no solo porque sea un alimento pluscuamperfecto lleno de súper propiedades. Uno de los comensales, que casualidades del azar era bioquímico, manifestó sus reservas enseguida. Alegaba que su consumo excesivo podía tener consecuencias nocivas para nuestro organismo y que me olvidase de comerlo tan a menudo. ¡Toma castaña! ¿Cómo puede ser esto posible? “Pero si en todas partes dice que es una verdura buenísima y muy sana”, dije. “No hay veneno, sino dosis”, replicó, y nos explicó con ejemplos irrebatibles cómo una sustancia en nuestro metabolismo puede pasar de ser beneficiosa cuando es consumida en su medida justa para convertirse en peligrosamente tóxica, incluso letal, si se aumenta la cantidad ingerida. “No hay veneno, sino dosis” repitió una vez más como epílogo de su razonamiento, dando por zanjado el tema. 

Tras la cena la conversación fue alargándose tranquilamente, adentrándonos sin darnos cuenta en la noche que estuvo acompañada en todo momento por la comparsa del incesante ruido de fondo del ajetreo de la calle. Pero esa era ya la fiesta de otros. Muchos, eso si, pero otros. Así pues los anfitriones me animaron a que me quedase y que regresase tranquilamente a Castellón a primera hora del día siguiente. De ese modo podría llegar al trabajo sin problemas, evitaría tener que atravesar la ciudad llena de calles cortadas y petardos de todo tipo, y acabar llegando a casa a las tantas. 

Pues muy bien. El tema es que en cuanto me metí en la cama la escandalera que montaba una orquesta de repertorio machacón que animaba a la bullanga del vecindario que pasaba y traspasaba por debajo mientras bramaban la canción de Paquito el Chocolatero, se solapaba con una discomóvil-pinchadiscos-rapera que no paró de armar follón hasta las tantas. Hasta las tantas… tantas. Es verdad que son las fiestas, pensé. Si viviese aquí siempre quedaría la solución de los tapones de la piscina, pensé también. O exiliarme de mi casa durante la semana de fiestas, como tengo entendido que hace más de uno para que los demás puedan “pasarlo bien”. 

El brócoli me ha estado “repitiendo” en la cabeza toda la noche. Porque una vez más el argumento es cierto. No hay veneno, sino dosis. El tema es quién decide cuál es la medida.

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