miércoles, 29 de julio de 2015

La piel traslúcida


Como las bicicletas ya no son para el verano ni es extraño disfrutar del “helado más helado” en pleno invierno, a nadie debiera extrañar que este sea también el momento, en plenas vacaciones, para aprovechar de todo aquello que la ciudad nos ofrece a resguardo del calor… También fuera de la playa; lo que hace tiempo no hubiésemos imaginado hacer en estos días en los que todo invita a estar de puertas hacia afuera.

Una de ellas es “La piel translúcida”, la exposición que estos días, y hasta el mes de octubre, nos ofrece la Fundación Bancaja, en la que muestra una importante y cuidada selección de los fondos de la Colección Iberdrola, uno de los conjuntos artísticos más relevantes de España. Muchas son las obras de esta colección que recaban nuestra atención. Es obvia la referencia a la escuela vasca de finales del siglo XIX y principios del XX. Obras de gran peso costumbrista que nos transportan a los comienzos de la modernidad artística en el País Vasco y se vinculan con la propia historia de la empresa. También destaca un segundo grupo de obras de artistas españoles que abarcan desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días: Antonio López, Jorge Oteiza, Antonio Saura, Equipo Crónica, Juan Genovés, Guillermo Pérez Villalta… Sin embargo, es la línea de fotografía internacional, amplia y brillantemente representada en esta exposición, la que atrae todo mi interés. 

Imposible no detenerse ante dos fotografías de gran formato “Nocturno Bilbao” de José Manuel Ballester. El autor nos pone ante la retícula de calles de una ciudad limpia y despejada que empieza a entrar en las horas del sueño. Una ciudad que, sin embargo, sigue todavía vital, latiendo en las luces de los coches que van y vienen dejando estelas de luz a su paso. Una ciudad ajena a nuestra visión de observadores anónimos, resguardados en la atalaya que nos permite contemplarlo todo en silencio, sobrevolándolo sin ser descubiertos, para ofrecernos una perspectiva que, al ras de sus calles, no seríamos capaces de apreciar. Una realidad que parece casi de ficción, casi una escenografía. 

Curiosamente, al salir de nuevo a la calle, la luz intensa y el golpe del calor del verano, la velocidad del tráfico rodado y el ruido de la ciudad, nos devuelven a otra realidad mucho más cotidiana que, en definitiva, no deja de ser la misma que la que acabamos de ver dentro. Pero no deja de ser una ciudad en otro tiempo, otra luz y otro espacio... indiscutiblemente menos poética.


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